Premio Nacional de Humor para Natalia
Herrera
•
Actriz con
conocimiento y humor en pullas
Mabel Machado
A pocos días de haber
conocido que le otorgaban el Premio
Nacional de Humorismo 2010, Natalia
Herrera nos recibió en su apartamento de
Playa. Esta vedette cubana, que en la
década de los 30 dio los primeros pasos
hacia la fama, lloró mucho cuando le
llevaron la noticia. "¿En vez de reír?
—le pregunté—, mire que el premio es por
lo mucho que usted. ha hecho para que la
gente ría". "No pude evitarlo era de
alegría. Cuando uno se pone viejo le da
sentimiento todo y son muy importantes
los reconocimientos".
Natalia, una de las más
grandes mulatas que dio el teatro bufo
en Cuba, la protagonista de la versión
de La dama de las camelias que
arrebató al Teatro Martí en 1945, la
Mimi Chula de San Nicolás del
Peladero y cantante estrella de la
orquesta del catalán Xavier Cugat, vive
sus 87 años "contenta con todo lo que he
hecho" y le parece "que no merecía
tanto". A la modestia habría que
agregarle sus amores: la actuación y su
hijo Chiqui, y sus orgullos: llevar la
vejez con mente y piernas firmes y haber
nacido en Cuba. Porque "ser cubano es lo
que más vale. El cubano aprendió con
este gobierno y demostró ser guapo. Con
otros gobiernos iban cantando por la
calle, gustaban del cabaret, trabajaban
para divertirse. Este gobierno los
enseñó a valorarse. Ahora valen lo mismo
que un imperio".
Su casa, habitada en
varios rincones por ídolos de la
religión afrocubana, también ayuda a
dibujarla como una mujer de fe. Las
flores y santos están acompañados por
retratos suyos que tapizan más de una
pared. Natalia señala y describe las
fotografías de su gloria, y aquellos en
que aparecen amigos como la diva Rosa
Fornés y el director de televisión Abel
Ponce.
Natalia es muy
expresiva. Su vida está llena de
situaciones cómicas y ella tiene una
gracia especial para contarlas. El humor
ocupa un lugar primordial en su vida y
lo considera una característica
inigualable del cubano. Los años que le
ha dedicado, le permiten valorar con
agudeza el desempeño del género: "Si
bien es muy bueno mantener vivo el
humor, encuentro algo que no anda bien:
antes todos los grupos humorísticos
tenían mujeres, y ahora todo lo hacen
los hombres vistiéndose de mujeres.
Nunca alcanzan el valor de una mujer
trabajando, porque para interpretarlas
tienen que exagerar. Se dan sus
excepciones, como Osvaldo Doimeadiós,
quien trabaja bonito y natural,
dondequiera que lo pongan acierta con su
haz de luz. Por otro lado, en otros
tiempos, ningún actor criticaba a otro.
Ahora en los chistes se estila mucho la
crítica mutua".
¿Si tuviera que
encontrar lo que quiere legar a otras
generaciones de actores, cantantes y
bailarines, o algo que quede en el
recuerdo de la gente, ¿qué escogería?
"Ser artista es muy duro
porque siempre aparece alguien para
criticar. La crítica que más duele es la
de los propios compañeros. Admiro a
Rosita Fornés, quien jamás habla mal de
un artista, siempre encuentra una
explicación para justificar que alguien
que no es bueno en lo que hace.
Quisiera que todos los
que empiezan entendieran que tienen que
sacrificarse mucho para lograr el éxito.
Recuerdo la ayuda que me ofrecieron
directores como Abel Ponce en
televisión. Tenían la delicadeza de
llamarnos aparte para explicar lo que
estábamos haciendo mal y nos daban
confianza para rectificar. Ahora hay
pocos directores que señalan con cuidado
los errores, y llegan a humillar al
artista. Cuando, ya vieja, fui a
trabajar con Ponce en los Día y Noche,
me propuso un papel dramático y le
imploré que me lo cambiara. Le dije: "yo
voy a hacer televisión contigo pero
ponme con las mulatas chusmas". No me
hizo caso y me respondió: "tú eres buena
como artista y no sabes el valor que
tienes". Me dio el papel de una abuela
cuya nieta había sido atropellada por un
carro. Le advertí que iba a llorar una
sola vez y me señaló: "haga su papel,
que yo me ocupo del mío". Cuando estuve
en situación, la escena con Enrique
Almirante quedó tan real que me quedé
llorando alrededor de una hora después.
Le agradezco la confianza a hombres como
este; de su ejemplo deben aprender las
nuevas generaciones."
¿Cómo se siente cuando
sale a actuar?
"Siempre salgo y estoy
contenta, porque aquel que se pone
nervioso tiene dudas en cuanto a su
papel. Cuando uno conoce el personaje
pasa lo mismo que en la escuela con los
exámenes: si has estudiado estás segura
de que vas a salir bien. He permanecido
segura en mi trabajo, he sentido
alegría, curiosidad para ver cómo me
reciben."
Ud. ha transitado por
muchos géneros, ha bailado y actuado lo
mismo en cabarets que en grandes teatros
o el cine…
"Sí, es verdad, me
adaptaba a cada medio. Fue difícil al
principio porque en el teatro la voz
tiene que escucharse en la última fila;
en la radio, el actor debe hacerse la
idea de que está en la playa o en un
bohío en el campo; y en la televisión
uno tiene todo. Es importante ser
natural. No hay nada más malo que
exagerar. Cuando quise ser actriz, mi
mamá me llevó a ver a Julio Gallo en el
Teatro Martí. Él descubrió en mí a una
mulata del bufo. Entonces me recomendó
que me fijara en las mulatas en la
calle, que captara sus gestos, que
mirara los rostros, las manos, el
movimiento de sus brazos, los pasos. Yo
lo hacía: iba caminando desde mi casa
con mi tía hasta Monte y Prado, y me
paraba a observar a aquellas mujeres."
El cultivo del bufo es
un sello en su desempeño.
"El bufo es muy bonito y
a la vez critica todo lo mal hecho. Ahí
está el encanto: el público se ríe
mientras se hace cómplice de la crítica,
lo cual es fundamental en una sociedad."
En ese sentido habría
que recordar que Ud. se hizo profesional
en el espacio Rincón Criollo de la CMQ,
donde el humor tenía también un
propósito social.
"El director de Rincón
Criollo me preguntó al principio: "¿Ud.
ha trabajado alguna vez en radio? ¿Ha
leído alguna vez un programa radial?" Y
yo le respondí: "Nunca, pero si Ud. me
lo da yo me lo aprendo. Hice el papel de
La Candelaria, lo cual dio una alegría
tremenda, porque fue un programa
exitoso, que durante 12 años ganó
premios, y, por otro lado, como
criticaba al gobierno, también por él
nos dieron a tomar aceite de avión."
¿Cómo se conjugaba el
éxito con el riesgo que representaba la
crítica a los gobiernos de turno?
"Yo era La Candelaria y
Pitirre; Doña Teresa, Sol Pinelli;
Rosita la guajira, Marisol Alba.
Criticábamos todo, muy bien traído.
Imagínate la audiencia que logró;
criticando las cosas malas de un
gobierno, todo el mundo lo escuchaba.
Aunque era peligroso, a
uno le gustaba interpretar su papel. Y
recibíamos muchas cartas halagándonos.
Las cartas animan mucho al artista,
igual que el aplauso. No me he ido de
Cuba por mi pueblo, porque cuando me
paro en un teatro, agradezco mucho el
aplauso que me da."
Usted. ha trabajado lo
mismo de gira en Venezuela y Puerto Rico
que contratada en un cabaret de New
York…
"He estado en todas
partes. Pero es único cómo me quieren
los cubanos. Con el triunfo de la
Revolución, mi abogado me dijo: "toma el
dinero del viaje para que te vayas". A
lo que respondí: "¿Cuándo te lo pedí?".
Fui internacionalista en tres ocasiones;
viajé dos veces al Sur de Angola y una a
Etiopía. Lo hice encantada de la vida,
como la artista mayor de aquellas
brigadas, que con 66 años era parte de
aquel proyecto. No critico al que se va,
pero nunca me iría. Si ahora mismo me
dicen de irme a un país para volver, voy
encantada, pero para quedarme, no. Pero
ya que me hablas de aquellos países,
tengo que contar que el que más me ha
gustado es Puerto Rico. Allí aprendí a
arreglarme las uñas yo sola. ¡Mira qué
sencillez recuerdo! Es que iba a la
peluquería y me gastaba un día entero.
Entonces compré un set y preguntando
aprendí a arreglarme sola."
Usted. estuvo entre los
fundadores de la televisión en Cuba.
Trasladémonos a esa época…
"Eso sí me puso
nerviosa, porque nunca se había hecho y
todos nos sentíamos igual. Cuando hice
los programas con Garrido y Piñeiro, la
primera vez, estuve toda la noche parada
a un lado, sin salir, esperando a que me
dieran el pie. Cuando el gallego me
preguntó qué había pasado y le expliqué,
me dio una lección: no aprenderme el
libreto, sino ubicarme en la situación
que proponía y expresarme ante la cámara
según lo que había leído. Si tengo la
mente ágil, se lo agradezco a ellos dos
porque me enseñaron a improvisar en
aquella televisión que era nueva y se
hacía en vivo. Me gustaba más por eso,
había que interpretar el papel en tiempo
real; era un reto y una maravilla porque
casi nadie se equivocaba. En esa
televisión de los inicios, hay algunas
semejanzas con el teatro. Por ejemplo, a
Virulo, en Échale salsita, había
que recitarle completa la intervención
de cada cual antes de la función.
Aquello me parecía un imposible, porque
se me ocurrían las morcillas en el
momento. Entonces me dejaba repetírselas
la misma noche. Fue cuando inventé
aquello de que me iba a dar "Changó con
conocimiento y Yemayá en pullas". Uno va
aprendiendo. Ese método de Virulo era
nuevo para mí y asimilé que podía
trabajar así.
A veces me preguntan que
si volviera a nacer me dedicaría a lo
mismo, y yo respondo: "¡Ay, no hagas esa
pregunta! Artista, por supuesto. Lo que
he sido en esta vida, seguro me gustará
en otra."