Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      

     

C U L T U R A

La Habana, 16 de julio de 2010

 

Premio Nacional de Humor para Natalia Herrera
Actriz con conocimiento y humor en pullas

Mabel Machado

A pocos días de haber conocido que le otorgaban el Premio Nacional de Humorismo 2010, Natalia Herrera nos recibió en su apartamento de Playa. Esta vedette cubana, que en la década de los 30 dio los primeros pasos hacia la fama, lloró mucho cuando le llevaron la noticia. "¿En vez de reír? —le pregunté—, mire que el premio es por lo mucho que usted. ha hecho para que la gente ría". "No pude evitarlo era de alegría. Cuando uno se pone viejo le da sentimiento todo y son muy importantes los reconocimientos".

Natalia, una de las más grandes mulatas que dio el teatro bufo en Cuba, la protagonista de la versión de La dama de las camelias que arrebató al Teatro Martí en 1945, la Mimi Chula de San Nicolás del Peladero y cantante estrella de la orquesta del catalán Xavier Cugat, vive sus 87 años "contenta con todo lo que he hecho" y le parece "que no merecía tanto". A la modestia habría que agregarle sus amores: la actuación y su hijo Chiqui, y sus orgullos: llevar la vejez con mente y piernas firmes y haber nacido en Cuba. Porque "ser cubano es lo que más vale. El cubano aprendió con este gobierno y demostró ser guapo. Con otros gobiernos iban cantando por la calle, gustaban del cabaret, trabajaban para divertirse. Este gobierno los enseñó a valorarse. Ahora valen lo mismo que un imperio".

Su casa, habitada en varios rincones por ídolos de la religión afrocubana, también ayuda a dibujarla como una mujer de fe. Las flores y santos están acompañados por retratos suyos que tapizan más de una pared. Natalia señala y describe las fotografías de su gloria, y aquellos en que aparecen amigos como la diva Rosa Fornés y el director de televisión Abel Ponce.

Natalia es muy expresiva. Su vida está llena de situaciones cómicas y ella tiene una gracia especial para contarlas. El humor ocupa un lugar primordial en su vida y lo considera una característica inigualable del cubano. Los años que le ha dedicado, le permiten valorar con agudeza el desempeño del género: "Si bien es muy bueno mantener vivo el humor, encuentro algo que no anda bien: antes todos los grupos humorísticos tenían mujeres, y ahora todo lo hacen los hombres vistiéndose de mujeres. Nunca alcanzan el valor de una mujer trabajando, porque para interpretarlas tienen que exagerar. Se dan sus excepciones, como Osvaldo Doimeadiós, quien trabaja bonito y natural, dondequiera que lo pongan acierta con su haz de luz. Por otro lado, en otros tiempos, ningún actor criticaba a otro. Ahora en los chistes se estila mucho la crítica mutua".

¿Si tuviera que encontrar lo que quiere legar a otras generaciones de actores, cantantes y bailarines, o algo que quede en el recuerdo de la gente, ¿qué escogería?

"Ser artista es muy duro porque siempre aparece alguien para criticar. La crítica que más duele es la de los propios compañeros. Admiro a Rosita Fornés, quien jamás habla mal de un artista, siempre encuentra una explicación para justificar que alguien que no es bueno en lo que hace.

Quisiera que todos los que empiezan entendieran que tienen que sacrificarse mucho para lograr el éxito. Recuerdo la ayuda que me ofrecieron directores como Abel Ponce en televisión. Tenían la delicadeza de llamarnos aparte para explicar lo que estábamos haciendo mal y nos daban confianza para rectificar. Ahora hay pocos directores que señalan con cuidado los errores, y llegan a humillar al artista. Cuando, ya vieja, fui a trabajar con Ponce en los Día y Noche, me propuso un papel dramático y le imploré que me lo cambiara. Le dije: "yo voy a hacer televisión contigo pero ponme con las mulatas chusmas". No me hizo caso y me respondió: "tú eres buena como artista y no sabes el valor que tienes". Me dio el papel de una abuela cuya nieta había sido atropellada por un carro. Le advertí que iba a llorar una sola vez y me señaló: "haga su papel, que yo me ocupo del mío". Cuando estuve en situación, la escena con Enrique Almirante quedó tan real que me quedé llorando alrededor de una hora después. Le agradezco la confianza a hombres como este; de su ejemplo deben aprender las nuevas generaciones."

¿Cómo se siente cuando sale a actuar?

"Siempre salgo y estoy contenta, porque aquel que se pone nervioso tiene dudas en cuanto a su papel. Cuando uno conoce el personaje pasa lo mismo que en la escuela con los exámenes: si has estudiado estás segura de que vas a salir bien. He permanecido segura en mi trabajo, he sentido alegría, curiosidad para ver cómo me reciben."

Ud. ha transitado por muchos géneros, ha bailado y actuado lo mismo en cabarets que en grandes teatros o el cine…

"Sí, es verdad, me adaptaba a cada medio. Fue difícil al principio porque en el teatro la voz tiene que escucharse en la última fila; en la radio, el actor debe hacerse la idea de que está en la playa o en un bohío en el campo; y en la televisión uno tiene todo. Es importante ser natural. No hay nada más malo que exagerar. Cuando quise ser actriz, mi mamá me llevó a ver a Julio Gallo en el Teatro Martí. Él descubrió en mí a una mulata del bufo. Entonces me recomendó que me fijara en las mulatas en la calle, que captara sus gestos, que mirara los rostros, las manos, el movimiento de sus brazos, los pasos. Yo lo hacía: iba caminando desde mi casa con mi tía hasta Monte y Prado, y me paraba a observar a aquellas mujeres."

El cultivo del bufo es un sello en su desempeño.

"El bufo es muy bonito y a la vez critica todo lo mal hecho. Ahí está el encanto: el público se ríe mientras se hace cómplice de la crítica, lo cual es fundamental en una sociedad."

En ese sentido habría que recordar que Ud. se hizo profesional en el espacio Rincón Criollo de la CMQ, donde el humor tenía también un propósito social.

"El director de Rincón Criollo me preguntó al principio: "¿Ud. ha trabajado alguna vez en radio? ¿Ha leído alguna vez un programa radial?" Y yo le respondí: "Nunca, pero si Ud. me lo da yo me lo aprendo. Hice el papel de La Candelaria, lo cual dio una alegría tremenda, porque fue un programa exitoso, que durante 12 años ganó premios, y, por otro lado, como criticaba al gobierno, también por él nos dieron a tomar aceite de avión."

¿Cómo se conjugaba el éxito con el riesgo que representaba la crítica a los gobiernos de turno?

"Yo era La Candelaria y Pitirre; Doña Teresa, Sol Pinelli; Rosita la guajira, Marisol Alba. Criticábamos todo, muy bien traído. Imagínate la audiencia que logró; criticando las cosas malas de un gobierno, todo el mundo lo escuchaba.

Aunque era peligroso, a uno le gustaba interpretar su papel. Y recibíamos muchas cartas halagándonos. Las cartas animan mucho al artista, igual que el aplauso. No me he ido de Cuba por mi pueblo, porque cuando me paro en un teatro, agradezco mucho el aplauso que me da."

Usted. ha trabajado lo mismo de gira en Venezuela y Puerto Rico que contratada en un cabaret de New York…

"He estado en todas partes. Pero es único cómo me quieren los cubanos. Con el triunfo de la Revolución, mi abogado me dijo: "toma el dinero del viaje para que te vayas". A lo que respondí: "¿Cuándo te lo pedí?". Fui internacionalista en tres ocasiones; viajé dos veces al Sur de Angola y una a Etiopía. Lo hice encantada de la vida, como la artista mayor de aquellas brigadas, que con 66 años era parte de aquel proyecto. No critico al que se va, pero nunca me iría. Si ahora mismo me dicen de irme a un país para volver, voy encantada, pero para quedarme, no. Pero ya que me hablas de aquellos países, tengo que contar que el que más me ha gustado es Puerto Rico. Allí aprendí a arreglarme las uñas yo sola. ¡Mira qué sencillez recuerdo! Es que iba a la peluquería y me gastaba un día entero. Entonces compré un set y preguntando aprendí a arreglarme sola."

Usted. estuvo entre los fundadores de la televisión en Cuba. Trasladémonos a esa época…

"Eso sí me puso nerviosa, porque nunca se había hecho y todos nos sentíamos igual. Cuando hice los programas con Garrido y Piñeiro, la primera vez, estuve toda la noche parada a un lado, sin salir, esperando a que me dieran el pie. Cuando el gallego me preguntó qué había pasado y le expliqué, me dio una lección: no aprenderme el libreto, sino ubicarme en la situación que proponía y expresarme ante la cámara según lo que había leído. Si tengo la mente ágil, se lo agradezco a ellos dos porque me enseñaron a improvisar en aquella televisión que era nueva y se hacía en vivo. Me gustaba más por eso, había que interpretar el papel en tiempo real; era un reto y una maravilla porque casi nadie se equivocaba. En esa televisión de los inicios, hay algunas semejanzas con el teatro. Por ejemplo, a Virulo, en Échale salsita, había que recitarle completa la intervención de cada cual antes de la función. Aquello me parecía un imposible, porque se me ocurrían las morcillas en el momento. Entonces me dejaba repetírselas la misma noche. Fue cuando inventé aquello de que me iba a dar "Changó con conocimiento y Yemayá en pullas". Uno va aprendiendo. Ese método de Virulo era nuevo para mí y asimilé que podía trabajar así.

A veces me preguntan que si volviera a nacer me dedicaría a lo mismo, y yo respondo: "¡Ay, no hagas esa pregunta! Artista, por supuesto. Lo que he sido en esta vida, seguro me gustará en otra."
 

 

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