Con
un temperamento espontáneo
Raciel del Toro
DESDE el comienzo, los
realizadores aprovechan la acción que
ocurre en pantalla en función de
estructurar el relato: el paso de los
autos introduce o borra los créditos, y
luego, el ómnibus que pasa en primer
plano suprime la entrada de luz a la
cámara y sirve como salida y entrada de
negro, como transición entre dos
escenas. Así, el documental
Temperamento, dirigido por Jorge
Fuentes, explicita desde el inicio la
intención de que lo que sucede es lo que
interesa, no quién lo cuenta ni cómo; ni
siquiera sus protagonistas: los
integrantes de la agrupación musical
Temperamento, liderada por Roberto
Fonseca, uno de los jóvenes jazzistas
cubanos de más éxito y mayor
proyección internacional en los últimos
años.
En Temperamento
se advierte la influencia del más
genuino free cinema inglés, al
estilo de Tony Richardson, Lindsay
Anderson y Karel Reisz; su frescura, su
espontaneidad, la manera en que la
realidad fluye de un modo natural ante
el lente. Jorge Fuentes revalida, con un
acento cubano, la idea de un audiovisual
sin exuberancias formales; un cine
sencillo, franco, directo, emancipado de
las «cabezas parlantes» que han
caracterizado buena parte del documental
internacional e insular de las últimas
décadas.
La cámara se mueve
libremente, desdeñando el empleo de
filtros o iluminación artificial, con un
naturalismo expresivo que ambiciona
defender la estética del instante, que
parece perseguir la verdad más esencial.
Estamos en presencia de
un documental que utiliza la observación
como principal método de representación
de la realidad; que se vale de una
cámara —fundamentalmente en mano— que a
ratos parece no estar ahí, que
escudriña, se inmiscuye, penetra en las
intimidades, pero no interviene
directamente en la exposición de esa
realidad.
Del documental de 52
minutos de duración resalta la
potenciación de una textura de casi
«video doméstico» que brinda la luz
natural o circunstancial lo que refuerza
el sentido de espontaneidad de la obra,
el alejamiento de los artificios del
cine; pero de la mano de un
experimentado en el género como Jorge
Fuentes, logra tomas hermosas, como esa
donde Omar, en la luz, ensaya con su
bajo mientras la cámara, agazapada, lo
«escucha» desde la penumbra; o ese plano
donde los acordes de Robertico al piano
(desnudo el torso, iluminado tenuemente
de manera lateral) se funden con la
caída melancólica de la lluvia sobre las
calles de La Habana.
Sólo hay un fragmento
donde ex profeso se estetiza la
imagen de manera artificial —y sin
embargo, el realizador no lo esconde, lo
quiere dejar bien claro: «sí, mírenlo,
estoy maquillando a los protagonistas»—
para crear un contraste con los
testimonios recogidos en la calle sobre
determinadas preferencias musicales, que
intercalados con la melodía que sale de
los instrumentos, sugieren la
revalidación del carácter «popular» con
que nació la música jazz, del
jazz cubano de manera general, más
allá de la música que, de forma
particular, pueden hacer Robertico
Fonseca y su Temperamento.
El documental es en sí
mismo esa esencia del latin jazz,
que puede parecer toda una
improvisación, pero que en realidad es
la fusión de talento, mucho ensayo y un
arte mayor.
(Tomado de Cartelera
Cine y video)