Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      

     

I N T E R N A C I O N A L

La Habana, 19 de Enero de 2012

 

Noticia alucinante
La Moscoso reaparece en Miami junto a Posada, el terrorista que indultó

JEAN-GUY ALLARD

Alucinante: la expresidenta panameña Mireya Moscoso, quien justo seis días antes de terminar su mandato, en el 2004, indultó a Luis Posada Carriles, reapareció explicando a una radio mafiosa de Miami, en presencia del viejo asesino y de sus cómplices, que lo había liberado porque "era una forma de ayudar a Cuba."

Con la Moscoso y el "Comisario Basilio" de la DISIP, polícia política venezolana de los años 80 que se dedicaba a cazar jóvenes rebeldes, a torturarlos y desaparecerlos, se encontraban en el estudio de Radio Mambí, Gaspar "Gasparito" Jiménez Escobedo y Pedro Crispín Remón, también connotados terroristas condenados en Panamá por su infernal proyecto: nada menos que volar con una carga de explosivo militar C-4 el anfiteatro universitario en medio de una intervención del Presidente cubano Fidel Castro, en ese momento, noviembre del 2000, huésped del gobierno de la propia Moscoso, ante miles de estudiantes y de personalidades, quienes también serían víctimas.

Celebrada por el locutor Armando Pérez Roura, dinosaurio de la fauna mafiosa local, la Moscoso confesó implícitamente las relaciones sulfurosas mantenidas con los círculos cubanoamericanos de la ciudad.

Con cierta nostalgia, la viuda del expresidente panameño Arnulfo Arias —derrocado por Omar Torrijos y sus compañeros— recordó el "exilio" dorado que vivió en el Miami de los ricos, el de Posada y sus socios.

Pero de la cárcel del Renacer, en Panamá, donde Posada y sus tres sicarios (Jiménez, Remón y Novo Sampol) disfrutaban una suite todo incluido a dos pasos de la oficina del director, nada dijo.

De esa mañana del 26 de agosto del 2004 donde se fugan en dos jets particulares, con la ayuda del exdirector de la Policía Nacional, Carlos Barés; del exsubdirector de Migración, Javier Tapia, y del jefe de la Dirección de Investigación e Información Policial (DIIP), Arnulfo Escobar, y que estos altos funcionarios se dedicaban a ofrecer café y pastelería a los cuatro asesinos que abrazaban con emoción, tampoco hablaron.

Tampoco del mensaje que le dejó al entonces embajador estadounidense Simón Ferro en su contestador, que ha sido publicado por los medios: "Embajador buenos días, es la presidenta para informarle que los cuatro cubanos ya fueron indultados en la noche de ayer y que ya salieron del país. Tres van con rumbo a Miami y el otro con rumbo desconocido. Un abrazo".

Ni de la escala de San Pedro Sula, Honduras, donde les esperaba un oficial del FBI y donde Posada desaparece con la gente de su socio CIA, Rafael Hernández Nodarse.

Moscoso se habrá olvidado, tal vez, de los Ros-Lehtinen, Díaz-Balart, Reich, Noriega y otros patrocinadores del terrorismo imperial que multiplicaron las comunicaciones para hacerla sentir la necesidad de sacar de su jaula a los terroristas. Y de la suma astronómica que le tocó y de la cual sigue disfrutando en su propiedad de lo que fue la zona del canal, en compañía —dicen— de su exministro de Justicia.

Fíjese, todos omitieron señalar que, la semana pasada, un Tribunal panameño entregó su decisión de confirmar que¼ el indulto de la Moscoso era ilegal y que, tarde o temprano, se reclamará la extradición de los prófugos.

Ni siquiera Santiago Álvarez, quien dirigió en Miami —con la bendición de las autoridades norteamericanas— una ruidosa campaña para recolectar fondos a fin de comprar la liberación de Posada y sus cómplices, estimó útil recordar que fue forzado a interrumpir sus viajes al istmo por su complicidad con el complot y una orden de arresto de Interpol.

Para medir lo alucinante de tal reunión, no hace falta recordar la interminable lista de los crímenes de Posada Carriles que van desde sus días de colaborador de la policía batistiana en Cienfuegos, Cuba, donde nació equivocadamente, hasta su carrera de sicario, al servicio de la CIA, la cual ni se sabe si algún día se terminó. Tampoco de los crímenes de sus cómplices presentes, desde la cobarde ejecución en Mérida, México, del funcionario cubano D’Artagnan Díaz Díaz, a la de Félix García Rodríguez, diplomático de la Isla ante la ONU.

Para rematar, Moscoso dijo a la radio que volvería a firmar los indultos si fuera necesario. Ni siquiera le importó que hoy, en su propio país, los indultados por ella afrontan una causa reabierta por la justicia.

 

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