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EE.UU.,
Paquistán y el 26-11
CLAUDIA FONSECA SOSA
¡Que nadie tome a Paquistán a la
ligera!, han advertido muchas voces en
ese país surasiático, ofendido otra vez
por los ataques aéreos de Estados Unidos
y la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) sobre su
territorio, cuyo episodio más reciente
acabó con la vida de 24 soldados
paquistaníes en Salala.
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Manifestación popular frente
al consulado estadounidense
en Islamabad,
tras el 26-11.
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Tal parece que
la alianza EE.UU.-OTAN quiere cobrarle
alguna deuda a Islamabad, que desde el
2001 colabora con ellos en la guerra de
Afganistán. ¿Será el fin de las
relaciones bilaterales?
En mayo pasado,
un comando norteamericano incursionó en
la ciudad paquistaní de Abbottabad con
el objetivo de atrapar y asesinar al
líder de Al Qaeda, Osama bin Laden. La
operación secreta fue repudiada por
Islamabad —incluidos los miembros del
Ejército y de los Servicios de
Inteligencia— que la consideraron una
flagrante violación a la soberanía
nacional.
A finales de
septiembre, importantes funcionarios
estadounidenses acusaron al Gobierno
paquistaní de colaborar con la red
Haqqani, una de las más activas del
Talibán. Desde entonces mucha sangre
civil ha corrido por los "errores" de
los drones de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA). En ambas
oportunidades Paquistán habló de
disolver alianzas.
Pero el 26 de
noviembre último, cuando EE.UU. volvió a
mover sus fichas contra la República
Islámica, esta no aceptó disculpas y le
dio la espalda a su "aliado". Y lo hizo
en un momento clave para los
norteamericanos: cuando los cañones
pretenden apuntar hacia Irán, la Casa
Blanca extiende su presencia militar en
la región Asia-Pacífico y el Pentágono
realiza artimañas para seguir saqueando
Afganistán más allá del 2014.
Islamabad dio
golpes estratégicos. Bloqueó las rutas
por donde transitan el 50 % de los
convoyes con suministros para la Fuerza
Internacional de Asistencia para la
Seguridad (ISAF) en Afganistán, así como
expulsó a los aviones espías de la base
aérea de Shamsi, tan próxima a la
frontera con Teherán.
Actores
políticos como el primer ministro Yousuf
Raza Gilani, advirtieron: "Nuestra
cooperación con EE.UU., la OTAN y la
ISAF se basa en el respeto a la
soberanía y la integridad territorial de
Paquistán. Bajo ninguna circunstancia
aceptaremos otra flagrante violación de
nuestro territorio. El 26-11 (como llamó
a la agresión de ese día) constituyó un
enorme revés para las perspectivas de
colaboración entre las partes".
Para Gilani, lo
ocurrido en Salala fue un complot bien
pensado por parte de EE.UU. y la OTAN,
que aseguran haber consultado antes con
el Ejército paquistaní para comprobar si
sus tropas estaban en la zona; pero en
la práctica, los helicópteros siguieron
ametrallando los puntos de control
incluso después de haber advertido del
"error" a uno de los centros de
coordinación fronteriza.
"Hace mucho
tiempo que a los comandantes de la
Alianza se les suministran mapas que
señalan los puestos de control
paquistaníes", explicó a IPS el exjefe
del Estado Mayor del Ejército, general
Mirza Aslam Beg. "El ataque tuvo que ser
intencionado. No tenían justificación.
Tal vez fue un ojo por ojo para
castigarnos por el bombardeo de la
embajada de EE.UU. y la sede de la OTAN
en la Zona Verde de Kabul, hace unos
meses", opinó.
"En el 2001 nos
unimos a la ISAF en su guerra contra
Afganistán y cometimos el peor pecado.
Debemos corregir ese error,
estableciendo nuestras relaciones con el
pueblo afgano y colaborando totalmente
con él para reconstruir el país y su
modo de vida tradicional", agregó el
general.
Las tensiones
entre Washington e Islamabad van de mal
en peor. ¿Quién perdería más con una
ruptura definitiva? En ambos casos
median intereses geopolíticos y
económicos. No obstante, lo sucedido en
la base de Shamsi ha resultado una
sorpresa: tanto el Gobierno como el
Ejército coincidieron en expulsar al
Pentágono de allí.
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