Peter Pan y el tráfico de niños
Gabriel Molina
A los enemigos de Cuba
les resulta particularmente difícil
justificar por qué razón a los
ciudadanos norteamericanos les está
prohibido viajar libremente a Cuba.
Hace unos diez años,
casi al finalizar su segundo mandato, el
presidente William Clinton trató de
devolver ese derecho a sus compatriotas.
Entonces declaró que forma parte del
interés de Estados Unidos el hecho de
que sus ciudadanos viajen a Cuba, pues
resulta el mejor modo de influir en la
Isla.
Pero los derechos e
intereses de los ciudadanos
norteamericanos no son respetados.
Grupos mafiosos de La Florida exigieron
al sucesor de Clinton, el odiado
presidente George W. Bush, que revocase
esa política pues, increíblemente,
quienes resultaban influenciados eran
los visitantes en lugar de los
visitados.
Todo lo contrario a lo
que ocurre respecto a los países
subdesarrollados, el interés de esos
grupos radicados sobre todo en Miami es
provocar que los cubanos abandonen la
Isla y se refugien en Estados Unidos.
Los vecinos no pueden comprender que
mientras a ellos les levantan muros, les
oponen toda clase de trabas, los cazan,
los maltratan, los expulsan y hasta los
matan; a los cubanos, si llegan
fugitivos a territorio norteamericano,
se les confiere refugio y toda clase de
privilegios. En nombre de la democracia
y la libertad.
Esa arbitraria
disposición ha sido causante de un
incesante tráfico humano que se ha
convertido en un lucrativo y mortal
negocio.
Todo comenzó hace ahora
50 años, cuando en 1960 la CIA forjó una
falsa ley profusamente reproducida y
distribuida por sus agentes. Mediante
ella, se hacía creer que el Gobierno
cubano despojaba a los padres de la
Patria Potestad sobre sus hijos y se
abrogaba de ella el Estado.
Una rara masa de
confundidos niños preparándose a viajar
solos hacia Estados Unidos, comenzó a
colmar el Aeropuerto José Martí de La
Habana. Porque unas 14 mil familias no
pensaron ni actuaron con sensatez y se
dejaron engañar por el criminal plan
organizado por la Agencia Central de
Inteligencia (CIA), con el criptográfico
nombre de Operación Peter Pan.
Los investigadores José
Wajasán y Ramón Torreira la califica
como "la siniestra manipulación por
parte de Washington de los grandes
temores de los padres cubanos".
En el libro Operación
Peter Pan, los autores citan
documentos de la Biblioteca Kennedy,
desclasificados del National Security
Files, en los cuales, por una carta del
general Maxwell Taylor, se informa sobre
el programa de acciones encubiertas para
derrocar al Gobierno cubano.
La emisora Radio
Swan, creada por la CIA, habló el 26
de octubre de 1960 por primera vez de
una supuesta ley para quitar los hijos
desde 5 años de edad hasta los 18, a fin
de "convertirlos en monstruos del
materialismo".
El complo de la Patria
Potestad se había comenzado a manejar,
boca a boca, desde meses antes. La CIA
dio la tarea en principio al grupo
conspirador dirigido por el ex primer
ministro del Gobierno del presidente
Carlos Prío, conocido como Pony Varona,
derivación de su nombre, Tony, en honor
a su carencia de finura personal.
Después se involucró a
otros grupos, pues Varona abandonó el
país y dejó la encomienda en manos de
sus principales socios, Leopoldina y
Ramón Grau Alsina, sobrinos del ex
presidente, Ramón Grau San Martín,
quienes al ser detenidos confesaron su
culpabilidad. Ellos imprimieron la falsa
ley, diciendo que la habían robado de la
oficina del presidente Dorticós, y la
hicieron circular clandestinamente. El
apócrifo documento expresaba en el
artículo 3: "A partir de la vigencia de
la presente ley, la Patria Potestad de
las personas menores de 20 años será
ejercida por el Estado a través de las
personas u organizaciones en el cual se
delegue esta facultad."
Entre miles de familias
cubanas prácticamente cundió el pánico.
Estructurado el plan a nivel nacional y
continental, el Gobierno de Estados
Unidos declaró que podía llevarse a
todos los cubanos que lo desearen, sin
visas ni papeles. En esa violación de
sus propias leyes de inmigración,
Washington gastó grandes sumas con las
compañías aéreas para recibirlos en
Miami
El Padre Bryan O. Walsh,
a quien las autoridades colocaron al
frente del programa, pudo declarar años
después que recibió a unos 15 mil niños.
Era una gran paradoja: abandonaban sus
hijos a una incierta suerte, con la
ingenua intención de protegerlos.
La mayoría de esos niños
sufrió un gran trauma que desembocó en
desarraigo. Hubo desde quienes
aprendieron solos a situarse en la vida,
hasta casos dramáticos como el de Robert
Rodríguez, que a los 55 años presentó
demanda ante un juez de Miami,
denunciando que durante los cinco años
que estuvo bajo la "protección del
programa de la arquidiócesis de esa
ciudad, fue víctima, junto a otros
niños, de continuos abusos sexuales y
emocionales". Aseguraba que "lo
maltrataron y abusaron sexualmente de él
en los distintos campamentos donde lo
tuvieron, al igual que a otros infantes
llevados allí".
Durante los últimos 50
años distintas variantes de la Operación
Peter Pan han salido de Miami y
Washington. La última ensayada desde el
año 2003, no extrañaba a nadie. Era muy
propia de los desmanes de la
Administración Bush que en todo el
planeta ha creado desprecio por su
inescrupuloso modo de gobernar. Pero al
mantener a Cuba incluida en la lista de
países que trafican con niños -según se
anunció el 14 de junio último-, el
Gobierno que se suponía con un mínimo de
decencia del presidente Barack Obama,
destroza las pocas esperanzas de cambio
que algunos podrán tener todavía.