Brasil es sinónimo de samba,
carnaval, fútbol y telenovelas. Es
también mezcla exquisita de culturas, un
pintoresco escenario que hoy se proyecta
con muchísima fuerza hacia el exterior.
El
gigante del sur es un subcontinente que
ejerce gran influencia sobre el resto de
América Latina y tiene un significativo
peso en la economía y en la política
mundial.
Con el compromiso de organizar dos
magnos eventos deportivos (el Mundial de
Fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos
del 2016), además de la continuidad de
los programas sociales y el acelerado
avance económico, la presidenta Dilma
Rousseff tiene ante sí el gran reto de
manejar un país comparado por muchos con
un auto en marcha, con el motor regulado
y a 120 kilómetros por hora.
Con una población estimada en 193
millones de habitantes, erradicar la
miseria es una tarea difícil. No
obstante, la mandataria aseguró en su
último programa de radio semanal del año
2011 que "no descansaremos hasta que
alcancemos nuestra meta de sacar a 16
millones de personas de la miseria",
refiriéndose a los datos del Instituto
Brasileño de Geografía y Estadística
(IBGE) y del Instituto de Investigación
Económica Aplicada (IPEA), que ubican en
la línea de pobreza extrema a 16
millones 267 mil 197 brasileños.
"Estamos en el camino correcto",
dijo. Según datos gubernamentales, en
los últimos nueve años 28 millones de
brasileños fueron sacados de la
indigencia.
La lucha contra el flagelo se
profundiza. Para lograr tal anhelo, el
Gobierno lanzó en junio del pasado año
el programa social Brasil sin Miseria,
como continuidad de los proyectos
emprendidos por la administración de
Luiz Inácio Lula da Silva. Este,
principal plan público de Rousseff,
pretende erradicar la pobreza extrema en
la nación sudamericana antes de concluir
el 2014.
El plan está orientado a los
ciudadanos con un ingreso mensual de
hasta 70 reales, un límite que tuvo en
cuenta el índice utilizado por las
Naciones Unidas para el logro de los
Objetivos de Desarrollo del Milenio, en
cuanto a los montos necesarios para el
consumo de alimentos. Para determinar la
población meta, además de los ingresos,
el Gobierno tuvo en cuenta aspectos como
la infraestructura de los hogares, el
nivel educativo y la edad de los
residentes.
Según datos del IBGE, el 46,7 % de
los extremadamente pobres viven en zonas
rurales. De los brasileños que viven en
el campo, uno de cada cuatro está en
condiciones de pobreza extrema. Norte y
Nordeste son las regiones con la tasa
más alta de la población en la pobreza
extrema: 18,1 % y 16,8 %,
respectivamente. De cada cien brasileños
en la pobreza extrema, 75 viven en una
de estas dos regiones. Es por ello que
son atendidas al menos 250 000 familias
campesinas. De hecho, desde este mismo
año arrancó la asistencia técnica a los
agricultores, basada también en la
distribución de semillas e instalación
de cisternas para garantizar una
atención de calidad a esas familias.
"Este público será la prioridad, dado
su nivel de vulnerabilidad, fragilidad,
lo que justifica esa mirada especial",
declaró Tereza Campello, ministra de
Desarrollo Social y Combate al Hambre.
El Brasil sin Miseria avanza con buen
ritmo. Solo entre junio y diciembre del
2011 localizó 407 000 familias en
situación de pobreza extrema, las cuales
fueron incluidas en el Catastro Único de
Programas Sociales para recibir Bolsa
Familia.
El plan incluyó además 1 millón 300
mil menores y adolescentes en Bolsa
Familia por medio de la ampliación de
los beneficios concedidos a los núcleos
con hijos hasta 15 años de edad. Este
último es un programa social del
gobierno de Lula, y otorga ayuda
financiera mensual a casi 13 millones de
familias pobres con la condición de
escolarizar a sus hijos.