Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      

     

N U E S T R A  A M E R I C A

La Habana, 7 de Febrero  de 2012

 

Desde Haití
Clínica móvil en la frontera

AMELIA DUARTE DE LA ROSA Enviada especial

Capotillo está enclavado en las montañas que colindan con la República Dominicana. La comuna parece un pueblito detenido en el tiempo prehistórico de la civilización. El cuadro de miseria se cierne, como el polvo amarillento del camino, entre las pocas callejuelas de piedras y las temblorosas chozas de pencas, barro y palos que dan guarida a sus pobladores.

Ese día desfilaron por la clínica más de 300 personas, no hubo una que no dejara de agradecer y preguntar cuándo regresaban los cubanos.
Ese día desfilaron por la clínica más de 300 personas, no hubo una que no dejara de agradecer y preguntar cuándo regresaban los cubanos.

Cerca de 22 000 personas viven en la región fronteriza que, aun bajo el eterno sol caribeño, tiene niveles soportables de calor. La desolación y la escasez material son asombrosas, pero aun así sus habitantes sonríen. Nada parece interrumpir la calma y la resignación. Sin embargo, el día que llegaron los médicos cubanos la algarabía fue estentórea.

Era una mañana de sábado y el largo toque de sirena de un altoparlante indicaba que, al menos por unas horas, muchos podrían encontrar las respuestas de sus dolencias. Una larga y nutrida fila hizo estancia frente al magistrado donde los ocho colaboradores de la salud, que dan servicio a las 13 comunas del departamento nordeste del país, montaron una clínica móvil para consultar a la población.

Los primeros en entrar fueron dos hermanitos que no alcanzaban los diez años de edad. Ignoro sus nombres, pero la premura de su independencia me sorprendió de manera mayúscula. Llegaron solos, con la ropa y el calzado limpio. Por lo que pude entender en mi bajísimo conocimiento de creole, sus padres estaban trabajando. Nada que ver con lo que estoy acostumbrada. En Haití he aprendido que la infancia no siempre, por desgracia, es sinónimo de atención sostenida.

A primera vista se veían saludables, pero debajo de sus ropas la piel estaba llena de fístulas y secreciones. Piodermitis fue el diagnóstico de la pediatra Mayelín Rodríguez. La enfermedad, junto a las infecciones respiratorias y diarreicas, es común en la zona producto de malos hábitos higiénico-sanitarios y la insalubridad. El más pequeño de los dos también tenía bronconeumonía.

Luego de la prescripción médica, rápidamente entraron dos niños más, esta vez acompañados de la madre. Afuera cientos de pacientes esperaban y los análisis debían ser precisos y ágiles. Los pequeños salieron a buscar la medicina que en otra habitación suministraban dos doctoras cubanas.

Parecía una locura: cinco consultas funcionaban a la vez (pediatría, gastroenterología, fisiatría, medicina interna y ginecobstetricia) y todos estaban impacientes por recibir atención gratuita. En medio de tanta concurrencia pude divisar a los hermanos, casi imperceptibles, ante las varias cajas de medicamentos. Estaban callados extendiendo tímidamente los bracitos con las recetas. Decidí llegar hasta ellos y ayudarlos. Me sentí satisfecha cuando se fueron con los medicamentos y me agitaban las manos en señal de agradecimiento. Su sonrisa fue lo último que vi de ellos antes de que otros cientos de pacientes irrumpieran por la puerta de una manera abrumadora.

Quedé absorta ante tanta desesperanza, el regocijo que sentí por los muchachos se desvaneció al instante. Resolví salir de la clínica y explorar el pueblo. No muy lejos de donde estaba, en Flit, una subcomuna de Capotillo, me junté con el grupo de pesquisa que andaba repartiendo Aquatab —producto para potabilizar el agua— y buscando posibles casos de cólera o brotes de epidemias.

¡Y cuál no fue mi sorpresa al encontrarme nuevamente a los pequeños hermanos! Estaban junto a su madre, ayudándola a lavar una inmensa montaña de ropa. Cargaban en sus cabezas tanquetas de agua, habían cambiado su vestimenta y andaban descalzos. No me vieron, pero pude percibir que en los desvencijados pantalones del mayor, en uno de los bolsillos, estaban las medicinas de ambos.

 

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