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Desde
Haití
Clínica
móvil en la frontera
AMELIA DUARTE DE LA ROSA Enviada
especial
Capotillo está enclavado en las
montañas que colindan con la República
Dominicana. La comuna parece un pueblito
detenido en el tiempo prehistórico de la
civilización. El cuadro de miseria se
cierne, como el polvo amarillento del
camino, entre las pocas callejuelas de
piedras y las temblorosas chozas de
pencas, barro y palos que dan guarida a
sus pobladores.
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Ese día desfilaron por la
clínica más de 300 personas,
no hubo una que no dejara de
agradecer y preguntar cuándo
regresaban los cubanos.
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Cerca de 22 000
personas viven en la región fronteriza
que, aun bajo el eterno sol caribeño,
tiene niveles soportables de calor. La
desolación y la escasez material son
asombrosas, pero aun así sus habitantes
sonríen. Nada parece interrumpir la
calma y la resignación. Sin embargo, el
día que llegaron los médicos cubanos la
algarabía fue estentórea.
Era una mañana
de sábado y el largo toque de sirena de
un altoparlante indicaba que, al menos
por unas horas, muchos podrían encontrar
las respuestas de sus dolencias. Una
larga y nutrida fila hizo estancia
frente al magistrado donde los ocho
colaboradores de la salud, que dan
servicio a las 13 comunas del
departamento nordeste del país, montaron
una clínica móvil para consultar a la
población.
Los primeros en
entrar fueron dos hermanitos que no
alcanzaban los diez años de edad. Ignoro
sus nombres, pero la premura de su
independencia me sorprendió de manera
mayúscula. Llegaron solos, con la ropa y
el calzado limpio. Por lo que pude
entender en mi bajísimo conocimiento de
creole, sus padres estaban trabajando.
Nada que ver con lo que estoy
acostumbrada. En Haití he aprendido que
la infancia no siempre, por desgracia,
es sinónimo de atención sostenida.
A primera vista
se veían saludables, pero debajo de sus
ropas la piel estaba llena de fístulas y
secreciones. Piodermitis fue el
diagnóstico de la pediatra Mayelín
Rodríguez. La enfermedad, junto a las
infecciones respiratorias y diarreicas,
es común en la zona producto de malos
hábitos higiénico-sanitarios y la
insalubridad. El más pequeño de los dos
también tenía bronconeumonía.
Luego de la
prescripción médica, rápidamente
entraron dos niños más, esta vez
acompañados de la madre. Afuera cientos
de pacientes esperaban y los análisis
debían ser precisos y ágiles. Los
pequeños salieron a buscar la medicina
que en otra habitación suministraban dos
doctoras cubanas.
Parecía una
locura: cinco consultas funcionaban a la
vez (pediatría, gastroenterología,
fisiatría, medicina interna y
ginecobstetricia) y todos estaban
impacientes por recibir atención
gratuita. En medio de tanta concurrencia
pude divisar a los hermanos, casi
imperceptibles, ante las varias cajas de
medicamentos. Estaban callados
extendiendo tímidamente los bracitos con
las recetas. Decidí llegar hasta ellos y
ayudarlos. Me sentí satisfecha cuando se
fueron con los medicamentos y me
agitaban las manos en señal de
agradecimiento. Su sonrisa fue lo último
que vi de ellos antes de que otros
cientos de pacientes irrumpieran por la
puerta de una manera abrumadora.
Quedé absorta
ante tanta desesperanza, el regocijo que
sentí por los muchachos se desvaneció al
instante. Resolví salir de la clínica y
explorar el pueblo. No muy lejos de
donde estaba, en Flit, una subcomuna de
Capotillo, me junté con el grupo de
pesquisa que andaba repartiendo Aquatab
—producto para potabilizar el agua— y
buscando posibles casos de cólera o
brotes de epidemias.
¡Y cuál no fue
mi sorpresa al encontrarme nuevamente a
los pequeños hermanos! Estaban junto a
su madre, ayudándola a lavar una inmensa
montaña de ropa. Cargaban en sus cabezas
tanquetas de agua, habían cambiado su
vestimenta y andaban descalzos. No me
vieron, pero pude percibir que en los
desvencijados pantalones del mayor, en
uno de los bolsillos, estaban las
medicinas de ambos. |