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Hay cosas que
resultan fáciles de copiar, entre ellas las películas, y creo que los compañeros de
nuestro prestigioso ICAIC, en los primeros años y con razón, es un mérito
histórico se especializaron en copiar películas norteamericanas, cuando había
algunas buenas; antes había más películas norteamericanas de calidad, como también
europeas. Se podían ver.
El espíritu comercial se ha introducido de tal manera que es aplastante aplastante para la cultura. ¿Qué país en Europa puede gastar 300 millones o más en una película? ¿Qué país en Europa puede obtener ganancias de 500 millones, comercializar 1 200 millones alrededor de una película? Esas son empresas que lo exprimen todo: por la venta de mercancías, alrededor de una película costosa y muy promocionada, ganan más que por la exhibición del filme.
Aparte de que esas películas, solo con el mercado de Estados Unidos, cubren ya todos los costos y producen elevadas ganancias. Calculen ustedes, las pueden vender luego mucho más barato en cualquier parte de Europa o del mundo. ¿Quién puede competir con ellos?
Y aun esos países europeos, algunos de ellos bajo un verdadero trauma cultural, otros relativamente indiferentes al fenómeno, que aspiran con su unidad y su integración a desarrollar sus posibilidades económicas, tecnológicas, científicas y culturales, como una cuestión prácticamente de supervivencia y no se trata de países pequeñitos, pequeñas islas, o naciones muy pobres, subdesarrolladas, que tienen 200 ó 300 dólares anuales de Producto Interno Bruto per cápita, sino de países que tienen 20 000, 25 000, 30 000, y alguno hasta 40 000 dólares per cápita de Producto Interno Bruto, apoyan la política imperialista, apoyan hoy la política de barrer con los principios de la soberanía.
Ellos, claro, van cediendo soberanías nacionales, en la medida en que se unen, abren fronteras, aplican la libre circulación del capital, de los trabajadores, de los técnicos e instituciones comunes que aportan ventajas exclusivamente para los países europeos; los del Sur tienen que llegar en botecitos y entrar ilegalmente.
Aquellos países van renunciando a la moneda nacional, y con buena lógica, para adoptar una moneda común, que no es lo mismo que adoptar una moneda extranjera regida por el Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, que prácticamente significa anexar el país a Estados Unidos.
¿Qué sería de nosotros que, al menos, hemos demostrado que se puede resistir un doble bloqueo y un período tan difícil como hemos estado atravesando estos años; cómo habría sido posible si no tuviéramos nuestra propia moneda?, a lo cual puedo añadir, entre paréntesis, que la hemos revalorizado siete veces. De 1994, en que con 1 dólar se adquirían 150 pesos, a 1999, o fines de 1998 digamos casi cinco años, hay que contar 1994 completo, la hemos revalorizado siete veces. De modo que hoy por 1 dólar solo se pueden adquirir alrededor de 20 pesos. Ningún país ha hecho eso, se lo advierto, ¡ninguno!
Las fórmulas del Fondo Monetario Internacional, ¿adónde conducen?
Las fórmulas del Fondo Monetario, todas las recetas que impone, ustedes lo saben muy bien, ¿adónde conducen? A tener sumas, a veces enormes, guardadas de reserva para proteger la moneda y que, a pesar de todo, en unos cuantos días, o en unas cuantas semanas, pueden ver desaparecer esas reservas, fruto de ahorros, o fruto de privatizaciones. En cuestión de días lo hemos visto. Nosotros ni tenemos ni necesitamos esas enormes reservas. Los demás las tienen y las pierden.
Solo hay un país, ¡uno solo en el mundo!, que no necesita ni reservas, porque es el que imprime los billetes que circulan por el mundo; el país que como hemos dicho otras veces convirtió primero el oro en papel el día que unilateralmente suspendió la libre conversión de sus billetes, el cambio de oro de sus reservas por el papel moneda que imprimían, aceptada por todos en virtud de su valor equivalente en oro, y luego después cuando convirtió el papel en oro, el milagro aquel que aspiraban a realizar desde la edad media los alquimistas; es decir, imprimen un papel que circula como si fuese oro. Estoy explicando el fenómeno de forma simple, aunque es más complejo el procedimiento.
Ellos utilizan los bonos de la tesorería y aplican distintos mecanismos; pero la cuestión, en esencia, es que pueden darse ese lujo, son los que imprimen la moneda que circula por el mundo, los que imprimen los billetes de las reservas de los bancos de todos los países del mundo. Imprimen el papel, compran, y aquellos guardan el papel una gran parte, no todo, desde luego, entiéndase bien. Son, por tanto, los que imprimen la moneda de reserva del mundo. Esa es una de las causas por las cuales surge el euro, en un intento de sobrevivir frente a ese privilegio y a ese poderío monetario, digamos; y que no venga un especulador cualquiera y les haga a cualquier país europeo lo que hicieron al Reino Unido, a Francia, a España y otros a los que devaluaron la moneda y los hicieron víctimas de enormes operaciones especulativas, ya que cuando se reúnen unos cuantos lobos norteamericanos multimillonarios no hay país que resista sus ataques especulativos.
La libra esterlina, otrora no lejana reina de las monedas, fue puesta de rodillas en cuestión de días. Eso puede dar una idea de lo que quiero decir. Y ese país, bueno, no hay casi ni que decirlo, es Estados Unidos. Es el único que está protegido. Eso es lo que, desesperados, lleva a algunos a pensar frente a las continuas e incesantes devaluaciones, crisis, catástrofes y fugas de capitales en la idea de suprimir la moneda nacional y adoptar el dólar como moneda nacional, administrada por la Reserva Federal de Estados Unidos.
Si nosotros tuviéramos un sistema como ese, por ejemplo, y nuestra moneda fuera el dólar, bloqueados, sin poder adquirir dólares, comprándoles a los campesinos sus productos, una gallina, un huevo, un mango ó 100 mangos en dólares, ¿podría existir este país? En nuestras condiciones, por lo que hemos tenido que pasar y por lo que hemos aprendido, nos damos cuenta de que si no tuviéramos nuestro modestísimo peso, que hemos reevaluado, como dije, siete veces, no lo habríamos podido reevaluar en lo más mínimo. Aquí se habrían cerrado prácticamente todas las escuelas y no se ha cerrado una sola; todos los hospitales y no se ha cerrado uno solo; al contrario, en este período especial hemos incrementado el cuerpo médico del país, especialmente los médicos que trabajan en la comunidad, aunque también en los centros hospitalarios, en una cifra que asciende a 30 000 nuevos médicos aproximadamente, a pesar de nuestras grandes dificultades económicas, escasez de recursos, e incluso de medicamentos muchas veces, aunque tengamos los esenciales.
Hoy el periódico publicaba que en la provincia central del país, no en la capital, sino en Villa Clara, la mortalidad infantil en niños menores de un año estaba a nivel de 3,9 por cada 1 000 nacidos vivos. Si pensamos, por ejemplo, en Washington, la capital de Estados Unidos, debe tener una mortalidad infantil cuatro o cinco veces mayor que en la provincia de Villa Clara. Hay un barrio, el Bronx, que tiene 20 por cada 1 000, y hay lugares en Estados Unidos con 30 por cada 1 000.
Nuestra mortalidad infantil, como promedio nacional, está por debajo del promedio nacional de Estados Unidos, por lo menos, en dos o tres puntos; quizás estén en 10 ó en 11, y nosotros tenemos la esperanza este año de bajar de 7, y tuvimos en el pasado año 7,1.
Es por el esfuerzo realizado que no se ha cerrado un solo círculo infantil. ¿Para qué hablar? No se ha cerrado una sola consulta del médico de la familia, ha aumentado en muchos miles el número de consultorios, en este período especial. Y eso lo hemos podido hacer, desde luego, porque hay una Revolución, hay un pueblo unido, hay un espíritu de sacrificio, hay una cultura política bastante generalizada, porque cuando se habla de cultura no se puede olvidar la cultura política, que es una de las ramas cuyo desarrollo necesitamos mucho y de la que se carece mucho en el mundo, puesto que no hay que pensar ni imaginarse que un norteamericano promedio tenga cultura política, o tenga más cultura política que un cubano, o que un europeo. Admito que los europeos tienen más cultura política que los norteamericanos, pero en general los europeos no tienen más cultura política que los cubanos, eso es seguro. Se puede hasta hacer un concurso con promedio europeo de conocimientos políticos y promedio cubano; entre gente que no vive enajenada por millones de cosas y gente que, desgraciadamente, lo viven.
En nuestros países latinoamericanos a veces la necesidad y la pobreza ayudan a desarrollar más la cultura política que en aquellos países muy ricos que no sufren las calamidades que sufrimos nosotros. Por eso en los congresos latinoamericanos de maestros, de miles de maestros que se efectúan en Cuba, no hacen más que hablar de los horrores del neoliberalismo, que les quita los presupuestos; y en los congresos de médicos dicen horrores, en los de estudiantes o en los de cualquier tipo, porque lo están viendo todos los días y adquieren conciencia. Desde luego, hay horrores en Latinoamérica que ya hace rato no se ven en Europa, donde pueden tener hasta subsidios que, según cuentan algunos, permiten, incluso, salir de vacaciones al exterior 15 días y más de una vez al año.
Donde no existe nada de eso se sufre mucho más. Terreno más fértil para adquirir cultura política lo tenemos, en nuestro caso además, experiencia acumulada por el país, batallas muy difíciles frente a las agresiones imperiales, dificultades muy grandes y las dificultades también hacen a los luchadores.
Pero, además de todo eso, nada de lo que les estoy diciendo podríamos hacer si no tuviéramos una moneda nacional que nos ayude a redistribuir, y muchos servicios. Desde luego, la comparas con el dólar y viene la fórmula engañosa del cambio en las Casas de Cambio entre el dólar y el peso, y si dice que está 20 a 1, entonces alguien que gane 300 pesos dicen que gana 15 dólares. Si fuera en Nueva York, a los 15 dólares habría que añadirle de 1 000 a 1 500 dólares de salario por pago de alquileres, otros 500 por pago de servicios de salud pública ya estaríamos como en 2 000, otros entre 500 y 1 000 ó más, según el nivel de enseñanza, porque hay matrículas universitarias que allí cuestan 30 000 dólares al año; se le suman unos 750 dólares más por la educación que reciben gratuitamente niños, adolescentes y jóvenes, entonces la suma podría dar unos 2 750 dólares más 15, serían 2 765 dólares. Se hace muy engañoso todo, ¿no?
Si toman en cuenta que todos los niños hasta los siete años reciben en Cuba un litro de leche por 25 centavos de peso cubano, es un niño o una familia que está pagando de los supuestos 15 dólares, solo 1,3 centavos de dólar por un litro de leche, y así por otros alimentos esenciales. No son, desgraciadamente, suficientes, desde luego, pero hay una cantidad determinada de alimentos que medidos en dólares se adquieren a un precio ínfimo.
Si usted va a nuestro estadio puede ver un partido de pelota importante por 50 centavos, máximo un peso; si va a Baltimore, allí donde tuvo lugar el encuentro del equipo nuestro con el equipo norteamericano, de los 45 000 aficionados que allí se reunieron, el que menos pagaba, pagaba 10 dólares; y el que más pagaba, pagaba 35 dólares. Para ver un espectáculo semejante cien veces, el cubano paga un máximo de 100 pesos; un norteamericano tiene que pagar 3 500 dólares. Así ocurre con muchas otras actividades y servicios. Pero nuestro sistema, con todas esas características, no podría lograr eso sin una moneda nacional.
Bien, esta larga disquisición relacionada con el problema de lo que significa una moneda nacional y las cosas delirantes que se les ocurren a los que piensan abolir la moneda nacional.
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