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Nuestra misión es mucho más elevada que recaudar unos pocos dólares. Nuestra misión es crear una doctrina con relación a la salud humana, demostrar un ejemplo de lo que puede hacerse en ese campo que es, desde luego, el más sensible para cualquier persona en el mundo. El médico tiene en sus manos la vida y la salud de las personas.

Son muy nobles otras profesiones, mucho, mucho, como la misma profesión de los maestros; claro, sin ellos y la prioridad que se dio a la educación, no tendríamos hoy las decenas y decenas de miles de médicos con que contamos. Es una extraordinaria profesión; yo sitúo las dos entre las primeras, pero veo que la del médico, como tiene que ver con la salud y la vida, es algo que cada ser humano aprecia, aún más que los conocimientos, aún más que la instrucción.

No las separo, no pondría una por delante de otra. Hablo simplemente de cómo reaccionan las personas. Hay familias a las que no les interesa mucho enviar a sus hijos a la escuela, o no lo hacen muchas veces por necesidad, porque tienen que mandarlos a trabajar, o porque necesitan que las ayuden a sobrevivir, o no tienen los hijos ni ropa, ni zapatos; pero no conozco familia alguna que deje de enviar su hijo al médico, e incluso caminar enormes distancias, como ocurría en nuestras montañas y campos antes de la Revolución, para encontrar a un médico, si piensa que la vida del niño corre peligro, o que su salud está en grave riesgo.

Los servicios de salud no conocen excepciones, todo el mundo va en busca de ellos, y son momentos decisivos, dramáticos para las personas. Es dramático que haya un niño o un joven analfabeto; pero es más dramático todavía cuando un niño muere porque no tiene asistencia médica, o cuando una persona, niño, joven o viejo, muere porque no la tiene. Por eso pienso que es tan noble, tan apreciada la profesión médica, y por eso siente uno repugnancia cuando esa profesión se comercializa.En el deporte ustedes saben lo que ocurre. Ustedes saben que tenemos atletas que valen millones en el mercado del deporte. Y si puede haber alguno que otro que flaquee y venda su alma por dinero, como un Judas —para emplear un ejemplo bíblico—, hay que ver por otro lado el gran número, el extraordinario número de atletas nuestros que viven modestamente y, con incomparable dignidad y amor a su patria y a su pueblo, desprecian todo el dinero que quieran ofrecerles.

Nuestros médicos no son mercaderes de los servicios de salud. Reciben lo que necesitan para vivir, y pienso que año por año recibirán más, a medida que nos recuperemos y a medida que avancemos.

Pero les decía que uno siente repugnancia por la comercialización de los servicios médicos, y no ocurre esto solo en los países del Tercer Mundo, sino en países tan superdesarrollados como los de la misma Europa. He hablado con ministros o ex ministros de salud que han estado de visita aquí, que alguna vez han querido, inútilmente, suprimir el privilegio que tienen los médicos en el hospital público donde trabajan a traer pacientes privados, y me contaban que a veces para hacerse una operación, el ciudadano que iba normalmente al hospital a recibir los servicios de salud se podía tardar dos meses, tres meses o más en ser intervenido quirúrgicamente por alguna dolencia y, en cambio, pacientes que pagaban, a los cinco días, o a los 10 días, eran ingresados y recibían el servicio.

La medicina privada privilegia a los que tienen dinero, en detrimento de los que no tienen dinero, y no puede haber nada más inhumano que eso. Es increíble que sociedades ricas que aplican esa y otras muchas cosas similares hablen de derechos humanos y hablen de humanidad, cuando el propio sistema es lo más inhumano que existe, lo más egoísta, lo más individualista, lo más enajenante.

Nos sentimos orgullosos de nuestra medicina. Seguiremos confiando siempre en la honradez de nuestros médicos. Que ninguno se deje llevar nunca por la tentación de privilegiar a otro porque le haga un presente. No hay que rechazar el presente que le quieran hacer a un médico como expresión de gratitud; lo que un médico cubano no puede jamás es discriminar a un ciudadano en nuestro país porque no tiene con qué hacerle un presente o no tiene el hábito de hacerlo.

Que nunca la corrupción o el soborno se introduzca en las filas de nuestros trabajadores de la salud.

Sé de países de Europa —y no quiero mencionar a ninguno— en que el Ministro de Salud tuvo que renunciar porque quiso poner límite a los excesivos privilegios que tenían aquellos que ejercían la medicina privada.

Es una costumbre, casi generalizada, la presencia de médicos que un número de horas lo dedican a la medicina pública y el resto del tiempo lo dedican a la medicina privada. Eso es así. Es muy humano que nosotros hayamos superado esa etapa gracias a los médicos formados en la Revolución.

Pero, ¿por qué hacen eso aquellos médicos cubanos que están allá cumpliendo nobles y a veces heroicas misiones humanas? Yo decía: "Se ha puesto a prueba el sector médico." ¿Cómo responderían a aquella promesa? Yo tenía confianza de que responderían masivamente. Tenía confianza en el comportamiento de esos médicos, y hoy estamos, realmente, maravillados, admirados de lo que están haciendo. Incluso tratamos de que tengan por lo menos un radio de pilas allá donde están, solitarios; de que haya programas por onda media, según la distancia, u onda corta, que les hagan llegar noticias del país, noticias de los familiares.

Hemos hecho inversiones en cámaras de televisión, grabadoras y otros medios necesarios; algunos gastos en pasajes para que nuestras brigadas de periodistas visiten aquellos lugares donde están esos médicos, divulguen en nuestro país la proeza que están realizando y les hagan llegar noticias de sus familias, y, a su vez, las familias puedan no solo escuchar una trasmisión por radio con su voz, sino, incluso, ver en los televisores imágenes de la madre, o de la hermana, o de la hija, o del esposo, o del padre, o del hermano, o del hijo, o de la esposa de quienes están prestando esos servicios o viceversa. Y en ocasiones conmueve ver los diálogos entre familias, o cuando se reúne un grupo de aquellos médicos a ver las imágenes que el periodista de la provincia les lleva de los familiares. Estamos procurando mejorar cada vez más la atención humana de esos médicos. Pero es realmente asombroso su comportamiento. Se formaron así como se forman ustedes, con esos valores, con esos conceptos.

Ya sé que aquí ser alumno eminente y prominente significa, en primer lugar, salir para las montañas más apartadas del país. No se envía hacia esos lugares un médico recién graduado, independientemente de sus resultados académicos.

A aquellos lugares apartados van los mejores expedientes. Esa es una sana costumbre, y es posible que después les asignen tareas, incluso más meritorias y más lejanas, sí. Así se premia en este país, con tareas que requieren más esfuerzo y abnegación, las buenas notas; así se premia a los más destacados estudiantes. Después brillarán aún más a lo largo de sus vidas. Es una hermosa tradición que debe conservarse siempre.

Estoy absolutamente seguro, y lo he dicho más de una vez en más de un lugar, de que si Estados Unidos, un país inmensamente rico que cuenta con 270 millones de habitantes, se propusiera buscar 2 000 médicos voluntarios para enviar a Centroamérica, a trabajar a los lugares adonde van gustosos nuestros médicos, no reúne los 2 000 médicos. Yo no sé si reunirán realmente 1 000 médicos voluntarios para esa tarea. Y si les pagan hasta 100 000 dólares al año, no estoy seguro de que consigan que los médicos vayan a esos lugares por 100 000 dólares ni por ningún dinero. Es la verdad.

Hay una enorme diferencia en la forma en que se educan los seres humanos en aquellas sociedades del egoísmo y el individualismo y la forma en que se educan los jóvenes en un sistema como el nuestro. Y ahí están los frutos. Yo pregunto si alguien puede rebatir eso; como puedo preguntar si algún país, por rico que sea, tiene nuestro índice de médicos por habitantes. Nuestro médico está en todos los rincones del país, y eso no lo tiene ningún otro país del mundo.

Yo pregunto cómo es posible que un país del Tercer Mundo, y además rigurosamente bloqueado económicamente, pueda tener índices de mortalidad infantil menores que los de Estados Unidos. Hay que preguntarse cómo es posible eso; cómo sería posible sin nuestro sistema; cómo sería posible con aquel capitalismo de basura que existía en la neocolonia que fuimos desde principios de siglo hasta 1959. Aquí está la obra, y en muchos otros campos: en la educación, en el desarrollo de las facultades físicas y el deporte, en la cultura, en la intelectualidad y en la formación de personal calificado y profesionales.

Tengo la seguridad de que nosotros contamos hoy con más profesionales universitarios graduados que personas con octavo grado al triunfo de la Revolución. Sáquense los cálculos y verán si tengo o no razón, porque nosotros estamos por encima de los 600 000 graduados universitarios. Es la cifra que yo conocía hace rato. Es así.

A ustedes les ha correspondido vivir una etapa de sacrificio, pero, realmente, participando en una de las obras más meritorias que ha tenido posibilidad de realizar cualquier otro pueblo: la doctrina acerca de la salud humana que hemos desarrollado y queremos promover.

Otra cosa nueva en esta graduación de hoy es la presencia de 150 estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina, que tiene 1 600 alumnos y llegará a tener alrededor de 3 300. A principios del próximo año comenzarán a ingresar nuevos alumnos para hacer la premédica, ya que es necesario prepararlos y nivelarlos, pues proceden de distintos centros de enseñanza que no tienen todos el mismo nivel, y la carrera de medicina es difícil, ¡bien difícil!

Sabemos los trabajos que pasan los estudiantes con la bioquímica, la biología, la anatomía y otras complejas materias. Los años más difíciles son los dos primeros años de ciencias básicas, por eso nosotros hemos pedido que vengan unos cinco o seis meses antes. Es fácil en Centroamérica, porque ellos terminan el curso varios meses antes que Cuba, y empiezan sus vacaciones; en otros países de nuestro hemisferio es igual que en Cuba. En Centroamérica es así, relacionado con las épocas de lluvia y la tradición; debe ser también en fechas diferentes en Suramérica, donde hay invierno cuando en el trópico tenemos el verano. No todos los países, por otra parte, tienen el mismo nivel de educación media. Hay diferencias, incluso, entre zonas del mismo país.

Hay estudiantes aquí de toda la América Latina, solo faltan dos o tres países, que albergo la esperanza de que en el futuro también tengan alumnos en esa escuela.

Priorizamos aquellos donde había más población campesina, más población indígena o pobre; países, digamos, como Bolivia, o Paraguay, donde ya había un número de estudiantes becados —se iban acumulando—, o Perú, o Ecuador, aparte de Centroamérica y Haití por donde se inició el programa.

Me decía el Rector que cuando se habla de los estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina, se olvidan siempre de la de Santiago de Cuba, y allí hay una escuelita pequeña, una réplica de esta escuela en Santiago de Cuba, que ya tiene 120 alumnos procedentes de Haití.

Por cierto, me han dicho que tienen un buen nivel escolar los que han llegado procedentes de ese país, pero tienen que aprender, desde luego, el idioma. Estamos pensando qué hacemos, discutiendo con ellos; como los seleccionan un año antes, de acuerdo con el momento en que termina el curso, nosotros podemos enviar profesores para que les den clases de español y ganamos ese tiempo de espera, para que cuando lleguen aquí ya tengan los conocimientos del español y no tengan que invertir en la escuela de medicina ese tiempo en el idioma. Hay ya un número de estudiantes de Haití en Santiago de Cuba.

En Haití tenemos 379 colaboradores y esa cifra es posible que crezca bastante en los próximos meses. Alrededor de cuatro millones y medio de personas en estos momentos reciben atención médica de nuestras brigadas. No pudieron ir para los lugares apartados en el campo, porque había muchos poblados con algunas instalaciones médicas sin un médico que fue necesario priorizar y unos pocos fueron para la capital, porque es el único hospital que tienen para una ciudad de 2 millones de habitantes, y que no es un hospital más grande que el "Calixto García"; se trata de un hospital universitario. Allí pidieron alrededor de 35 especialistas, porque no disponían de los mismos en número suficiente.

Tienen buenos médicos allí —nos han dicho nuestros compañeros—, bien preparados, con literatura médica actualizada y todo eso; pero muchos de sus médicos se fueron tras la emigración y están fundamentalmente en Estados Unidos y en Canadá.

En ese país un médico rinde mucho más que en otro del Caribe o América Latina, porque allí la mortalidad infantil es el doble, el potencial de vida salvable que puedan salvar nuestros médicos con sus servicios es el doble.

Hay países de Africa donde el potencial de vida salvable por un médico es todavía mucho mayor, el doble que en Haití. Hay países con un índice de mortalidad infantil de 213 por cada 1 000 nacidos vivos; más de uno están por arriba de 200, y un número alto por encima de 150. Cuando me refiero a este índice, es el relacionado con los que mueren de 0 a 5 años de edad, por cada 1 000 que nacen vivos. En Cuba es alrededor de 9. Es por ello que nosotros incluimos a esos países.

Hemos hablado con algunos países europeos para que colaboren con un programa que hemos elaborado para el norte del Africa Sudsahariana, donde se encuentran la mayoría de los países mencionados.

En América Latina nosotros hemos dicho que tenemos potencial suficiente para salvar cientos de miles de vidas, en aquellos lugares donde la población no recibe asistencia médica alguna, y en nuestro hemisferio, desde el sur de Estados Unidos hacia abajo —no tanto en el Caribe, el Caribe anglófono tiene buenos índices de salud, aunque en el Caribe está también Haití—, se sabe que mueren cada año más de 500 000 niños que pudieran salvarse, sin contar el número de personas que podrían salvarse con adecuados servicios médicos.

Hemos propuesto así, públicamente, cómo se pueden salvar cientos de miles de vidas todos los años en este hemisferio. ¡Qué gran cosa! ¡Qué gran motivo de aliento saber que nuestro país, ese país al que le robaron tres mil médicos y le dejaron solo tres mil, tenga hoy más de sesenta mil con la preparación que tienen nuestros médicos, y pueda ofrecer a un hemisferio los recursos humanos suficientes para salvar cientos de miles de vidas, sin afectar lo más mínimo sus propios servicios nacionales!


III PARTE


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