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     De producirse un fenómeno similar al de 1929, entonces los norteamericanos, todos, sin discusión, tomarán conciencia de la locura hacia donde los han conducido y los siguen conduciendo. Yo lo que no veo son posibilidades de que los que los dirigen tengan suficiente juicio para rectificar, y si algunos lo comprenden, no tienen el suficiente poder para ello, se los lleva el viento, los arrastran las olas de los acontecimientos. Un presidente y un grupo de políticos que quisieran adoptar algunos cambios para evitar una catastrófica crisis no podrían hacerlo; la crisis es congénita del sistema y no se ha inventado remedio, medicina ni vacuna contra ella, ni se puede inventar, al contrario, se agrava al procrearse ideas que pretenden como doctrina universal apartar cada vez más de cualquier función económica al Estado, que solo actúa cuando ya no queda más remedio en algunas situaciones, y se proclama el principio de que cada cual haga con la riqueza de la nación y del mundo lo que le dé la gana. Con esa filosofía no tendrán ninguna posibilidad de rectificar.

   Ahí se ve, ahora mismo están discutiendo, tienen un superávit de 80 000 millones; ya calculan que en los próximos 10 años —lo cual es demasiado optimista, es vivir en un mundo idílico— acumularán 3 millones de millones de dólares. Entonces, dos teorías: Si se reducen los impuestos para que cada cual gaste más todavía, o se aseguran los fondos de pensiones que en un plazo matemáticamente calculado se agotarán.

    Estoy hablando del superávit presupuestario, no del comercial. Este año el déficit comercial de Estados Unidos oscila entre 200 000 y 300 000 millones de dólares: mercancías y servicios que importan frente a mercancías y servicios que exportan, único país que puede hacer eso con el mundo, porque lo paga con papeles, con bonos de la Tesorería es con lo que se paga todo eso.

    Les están diciendo a los consumidores "consuman más, consuman más", y cuando se conoce que han comprado más carros porque cambiaron el otro que tenía 10 meses o un año, los aplauden y los estimulan. Es una locura, un absurdo. ¿Quién paga eso? El resto del mundo. ¿De dónde salen las materias primas? Del resto del mundo. ¿De dónde sale el combustible y todo lo demás? Del resto del mundo. ¿Qué recibe el resto del mundo? Papeles, que van a parar a la reserva, o para pagar deudas —ustedes las mencionaron aquí entre los temas. He perdido la cuenta, la deuda externa de América Latina alcanza no menos de 700 000 millones y aparece el creciente gravamen en los presupuestos del Estado todos los años. Hay países que dedican hasta el 40% de su presupuesto a pagar esa deuda. Mundialmente en los llamados países emergentes debe ascender —hace algún tiempo que no me actualizo sobre eso— a 2 millones de millones de dólares.

    Estados Unidos mantiene, pues, una economía artificial, basada en la fe mística de un sistema congénitamente condenado a morir, marchando al borde de un precipicio, y no tiene manera de evitar caer en ese precipicio.

    He dicho todo esto porque hay que contar con esto cuando se va a pensar en lo que va a ocurrir en el futuro. Es una gran cosa que haya norteamericanos conscientes, norteamericanos que participen en esta actividad.

    Mira, por ejemplo, a los norteamericanos se les prohíbe viajar a Cuba; creo que es el único país del mundo a donde no pueden viajar, hace casi 40 años lo tienen prohibido. Nos hemos convertido en la manzana prohibida del ciudadano norteamericano y en factor de violación constante de los derechos constitucionales del ciudadano norteamericano. No puede viajar a Cuba, ni informarse de las cosas de Cuba, y hay muchos norteamericanos que piensan y que saben.

Claro, cuando se vive una vida cómoda, sin problemas, y todos los días le dicen que la economía es sólida y que jamás habrá problemas; que el índice de desempleo está reducido al mínimo, que han descubierto la piedra filosofal, a estas horas, cuando el capitalismo tiene ya más de 200 años de existencia y jamás nadie le encontró remedio, y mucho menos se lo van a encontrar en un mundo donde hay 5 000 millones de pobres que no tienen capacidad adquisitiva, si se analizan todos esos factores se ve que, realmente, hay que preparar las conciencias del propio pueblo norteamericano.

    Nosotros algunos de estos mensajes los enviamos; algunos de estos materiales los repartimos a veces por decenas de miles a periodistas, académicos, personalidades y políticos de Estados Unidos. Hay que hacer un esfuerzo.

    Pero, claro, uno sabe el valor de la palabra y el valor de los hechos. Desgraciadamente estas cosas no se comprenden, no hay manera de persuadir. Lo mismo que decíamos cuando Viet Nam, que no iban a poder vencer a los vietnamitas; tuvieron que morir 4 millones de vietnamitas y 50 000 norteamericanos, ser lanzados sobre un pueblo pobre y no industrializado no se sabe cuántos millones de toneladas de bombas, antes de que los hechos demostraran que era un error. Han pasado 40 años de bloqueo a Cuba antes de que los hechos demuestren que es un error, aunque el hecho más elocuente esté irrebatiblemente presente, que es la existencia de la Revolución Cubana después de 40 años de bloqueo y en un proceso de fortalecimiento. ¡Ah!, bueno, algunos empiezan ya a comprenderlo. Ha pasado tiempo, pero, realmente, yo no veo posibilidades de que puedan rectificar fácilmente, y si algunos están conscientes —no importa cuán elevada sea su autoridad o jerarquía—, los demás no se lo permiten. No hay más que oír las polémicas de los candidatos que se están disputando el puesto en la nómina republicana, para ver cuántos criterios diferentes se debaten.

    Hay quienes han hablado de enviar tropas a la frontera de México, que si existe la fuerza hay que ubicarla allí, para expresar categóricamente que México tiene que acabar con el narcotráfico, y culpan a México de todo lo que pueda cruzar por el territorio mexicano. Así, indefectiblemente, se habla de tropas; no se habla de atletas, se habla de tropas, en todo caso de tropas atléticas, bien alimentadas y armadas. Así que existen pensamientos de todas clases, contradictorios, que no admiten la esperanza de que haya en la actualidad fuerzas que puedan rectificar eso; no la hay ni puede haberla. Es por eso que al desatarse una tremenda e inevitable crisis, y solo cuando esa crisis se desate, vendrá, es la realidad, el despertar de decenas de millones de norteamericanos, al presenciar cómo el enorme globo se desinfla, un globo que mientras más se infla más graves serán las consecuencias el día que estalle.

    Si yo fuera ciudadano norteamericano, viviendo allí, estaría preocupado por ver cómo divulgo estas realidades, cómo trato de formar un poco de conciencia; no es fácil, comprendo que no es fácil. No se trata de que nosotros estemos deseando que se produzca una gran crisis como la de 1929 en Estados Unidos, porque cuando allí estén sufriendo las consecuencias, en el mundo subdesarrollado muchos más millones de pobres morirán de enfermedad y hambre. Lo que podría desearse es que, por primera vez en la historia, la conciencia y la racionalidad humanas se impusieran sobre las leyes ciegas que han regido su destino hasta hoy. Pero uno medita que, en circunstancias como las que generaron y sostienen el orden mundial imperante, las crisis son inevitables y no tienen forma de impedirlo ni siquiera aquellos que comprendan esos riesgos, envueltos en la atmósfera de una fe mística generalizada en el sistema, y, si eso es así, lo mejor es ponerse a meditar y pensar qué hacer cuando eso ocurra. Es lo que yo puedo responder a esa pregunta.

    Si no nos remitimos a las realidades de esa economía, al parecer invulnerable, más sólida que una pirámide egipcia, no podríamos ni siquiera tener una idea de las realidades o de lo que puede ocurrir en Estados Unidos, entonces esa será la hora del pueblo norteamericano.

    No sé si fue Otto el que dijo en su discurso que cada semana los niños norteamericanos presenciaban, durante 28 horas en la televisión, tantos hechos violentos que equivalían en un año a 10 000 actos de ese carácter, incluidos no solo asesinatos, sino violaciones y otros hechos similares. Imagínense la juventud, los niños de un país recibiendo tal dosis de violencia cada semana. Quienes han estudiado el fenómeno —el Director de El Mundo Diplomático lo ha estudiado y tiene los índices estadísticos—, saben que el 60% de lo que se percibe en los seriales y material fílmico norteamericanos está relacionado con la violencia. ¿Qué tiene de extraño que venga un niño —unido a leyes que permiten que cada cual compre las armas que quiera— con una metralleta o una pistola y protagonice los casos asombrosos, alarmantes de violencia que estamos viendo entre los niños de Estados Unidos? Pudiera extenderse a otros países. ¿Quién tiene la culpa? El sistema con su inmenso poder de desarrollo y monopolio de los medios de divulgación masiva. Lo más que pueden hacer un día sus dirigentes principales es reunir a los jefes de empresas de la industria recreativa y pedirles que, por favor, reduzcan el porcentaje de violencia en sus filmes, y estas continuarán haciendo lo que más convenga a sus intereses, porque otras que compiten con ellas aspiran a ganarse los mercados. Es la ley ciega del mercado lo que determina. Cuando leemos noticias de ese tipo todos los días, parece que se trata de una epidemia más.

    Entonces, por dondequiera salen los frutos del sistema. Yo pienso que los jóvenes norteamericanos tienen que meditar sobre estas cosas, estudiar y profundizar, y, aunque sean diez, decir verdades dondequiera que puedan decirlas, escribirlas y trasmitirlas. Ayudarán con ello a enfrentar el momento trágico en que llegue la hora de una gran crisis que vendrá inexorablemente.

    Excúsenme de que haya tenido que usar estos argumentos, porque la pregunta, de otra forma, no podría responderla (Aplausos).


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