GRANMA INTERNACIONAL CIREN CENTRO INTERNACIONAL DE RESTAURACION NEUROLOGICA

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16 de Septiembre de 2000

Rechacemos el empleo de ONU para imponer
un nuevo orden colonial

INTERVENCION DEL MINISTRO FELIPE PEREZ ROQUE EN EL DEBATE DEL
55 PERIODO DE SESIONES DE LA ASAMBLEA GENERAL

Señor Presidente:

Vivimos un momento decisivo en la historia de la humanidad. Más de medio siglo después de la creación de las Naciones Unidas, a las puertas del nuevo milenio que hubiera debido significar una era de paz entre los hombres, solidaridad entre las naciones y mayor bienestar para los pueblos más pobres, nos enfrentamos, en cambio, a la crisis económica, social, política y ambiental más grave y compleja que recuerde el género humano.

Distan mucho de haberse materializado las expectativas de paz, estabilidad y colaboración que despertó en el mundo el fin de la guerra fría. El surgimiento de un mundo unipolar, en el que una sola superpotencia mantiene la capacidad militar de dominar la escena internacional, lejos de haber significado mayor seguridad para nuestros pueblos, ha instaurado una etapa en la que prevalece el hegemonismo de esa única superpotencia, el intervencionismo directo o encubierto bajo el manto de acciones multilaterales, la inseguridad para los países pequeños, el egoísmo como norma de conducta en las relaciones internacionales, el intento de desconocer los principios de la igualdad entre los Estados, la soberanía nacional, la autodeterminación, la no intervención, la no amenaza ni el uso de la fuerza y la solución de controversias por medios pacíficos, principios que han constituido el fundamento de existencia de la Organización de las Naciones Unidas.

Vivimos, además, en un mundo marcado por la explotación y por la espantosa miseria de más de 1 300 millones de seres humanos que, mientras sufren cada día sin renunciar a la esperanza de una vida mejor para sus hijos, se preguntan si seguimos teniendo razones para "reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana", como proclamaron hace más de cinco décadas los fundadores de las Naciones Unidas.

La pretensión de imponer por la fuerza y bajo presión el llamado "derecho de injerencia humanitaria", es hoy la mayor amenaza a la paz y la seguridad internacionales. Todos sabemos que el grupo reducido de países desarrollados que, lidereados por Estados Unidos y aliados a fuerzas poderosas, intentan imponer este peligroso concepto en las discusiones y decisiones de nuestra Organización, no tendrían que temer las consecuencias del reconocimiento de ese pretendido derecho en las relaciones internacionales. Ellos no son, como nosotros, la periferia euroatlántica definida por la OTAN como el escenario probable de sus agresiones, y no es contra ellos, sino contra nosotros, los países pobres, contra los que está dirigida la nueva doctrina estratégica de esta alianza.

Los intentos de fragmentar países y naciones, de recolonizar territorios y restablecer zonas de influencia, deben cesar. Los precedentes recientes de desatar mortíferas guerras contra poblaciones indefensas, sin siquiera consultar al Consejo de Seguridad, constituyen no solo una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas, sino que arrastran al mundo de nuevo a situaciones como las que ya una vez nos costaron más de 40 millones de vidas en una sola guerra.

¿Cuántas otras guerras contra países pequeños y pobres deberán ocurrir para que entendamos la necesidad de respetar la Carta y producir una profunda democratización en las relaciones internacionales?

¿Acaso los que hoy alientan con lenguaje amenazante la pretensión de intervenir en los asuntos internos de otros países, se ilusionan con la idea de que los graves problemas del subdesarrollo, las secuelas del colonialismo, el hambre, las enfermedades, las consecuencias del saqueo permanente a que son sometidos los países del Tercer Mundo —causas verdaderas de los conflictos actuales—, puedan resolverse mediante el empleo de bombas inteligentes?

¿No es realmente paradójico el hecho de que las potencias occidentales, al tiempo que desarrollan nuevos y cada vez más sofisticados artefactos para matar, intenten impedirnos a los países pobres el empleo de armamento convencional ligero, esencial para los países que, como Cuba, sufren la amenaza permanente de una agresión militar? Basta ya de hipocresía y fariseísmo. El mundo será más seguro realmente si se produce el desarme general y completo, incluido especialmente el desarme nuclear. Hay que llegar un día a eliminar el armamento ligero, sí, pero hay que eliminar también, y cuanto antes mejor, otros tipos de armamento convencional, mucho más mortíferos y peligrosos, de los que hoy disponen solamente los países desarrollados. Hay que eliminar las minas, sí, pero antes hay que eliminar las amenazas de agresión contra los países pobres.

¿Acaso nuestro planeta será más seguro si Estados Unidos acaba por desplegar su alucinado y costoso proyecto de sistema defensivo contra misiles, con el que los gobernantes de ese país engañan a su propio pueblo, prometiéndole protección contra unos misiles que nadie sabe a ciencia cierta de dónde podrían ser lanzados?

¿Por qué la Organización de las Naciones Unidas, en vez de prestarse dócilmente al peligroso juego con la muerte de las potencias occidentales, no pone en el centro de su accionar el logro del propósito, tantas veces proclamado y nunca cumplido, de dedicar una parte de los casi 800 mil millones de dólares que hoy se dedican a gastos militares a promover el desarrollo y tratar de salvar a las víctimas de la guerra silenciosa que hoy mata cada año de hambre y enfermedades en el Tercer Mundo a más de 11 millones de niños menores de 5 años?

En definitiva, la paz no será posible si no hay desarrollo para los más de 100 países del Tercer Mundo que hoy contemplan, como convidados de piedra, el derroche irresponsable de las opulentas y egoístas sociedades de consumo que devoran, con apetito insaciable, el futuro de nuestros hijos. Proponernos reducir a la mitad, dentro de 15 años, el número de pobres que hoy tenemos, es un empeño sin duda encomiable, pero ¿qué juicio le merecerá nuestra meta a la otra mitad a la que condenamos a vivir como indigentes toda su vida?

¿En qué ha terminado el derecho al desarrollo una vez proclamado solemnemente por esta misma Asamblea General? ¿No creen, estimados colegas, que ha llegado el momento de proponernos, con serenidad y firmeza, el rescate del tema del derecho al desarrollo como una prioridad de las Naciones Unidas? ¿No es precisamente ahora —cuando ya nadie discute el fracaso resonante de las políticas neoliberales que, para beneficio de las transnacionales, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron con obstinación fundamentalista a los países del Tercer Mundo— la oportunidad en que nuestros pueblos, unidos en una gran alianza por los más elementales derechos, deben exigir un papel protagónico y decisivo en estos asuntos del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas y de esta Asamblea General?

¿Por qué debemos seguir permitiendo que la cooperación internacional prácticamente desaparezca justo ahora cuando es más necesaria? ¿Tenemos derecho a seguir discutiendo año tras año, sin llegar a nada concreto, sobre el derecho al desarrollo que reclaman nuestros pueblos, mientras contemplamos, dispersos y desorientados, cómo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial continúan despojando a la Organización de las Naciones Unidas de las prerrogativas de que la dotó la Carta? Tanta responsabilidad tendrán ante sus hijos y la historia los que impusieron decisiones tan devastadoras como la privatización desenfrenada de las riquezas nacionales de los países del Tercer Mundo, y la liberalización indiscriminada de la cuenta de capital, que permite la fuga de las escasas divisas de los países pobres, como los que, por conveniencia o temor, no han sido capaces de luchar por los derechos de sus pueblos.

La Cumbre del Milenio, que concluyó con resultados positivos, puso de manifiesto, una vez más, que los efectos devastadores de la imposición del modelo neoliberal en un mundo globalizado golpean particularmente a los países del Tercer Mundo, cuya situación económica y social, principalmente en Africa, es ya prácticamente insostenible. Asimismo, dejó claro que el unilateralismo y la imposición no tienen cabida en un mundo en el que la solidaridad y la cooperación son el único camino posible para la salvación de todos.

Después de la Cumbre ya no hay dudas: es la hora de actuar, de adoptar medidas concretas para luchar contra la miseria y el subdesarrollo que azotan actualmente a la mayoría de la población del planeta. Cuba, país pobre pero poseedor de un importante capital humano, ya ha comenzado a actuar. Hechos y no palabras es lo que necesitamos hoy.

Hace ya dos años hemos puesto en marcha un programa Integral de Salud, en el que casi 2 000 trabajadores de la Salud cubanos prestan servicios gratuitamente en 16 países de Centroamérica, el Caribe y Africa Subsahariana.

Ahora, ante el llamado urgente de los pueblos africanos, reiteramos el ofrecimiento que hiciera el Presidente Fidel Castro en la Cumbre del Milenio a las Naciones Unidas, a la Organización Mundial de la Salud y a los países desarrollados, de cooperar con Africa en la lucha contra el SIDA y otras terribles enfermedades que amenazan hoy con liquidar a un continente entero.

Cuba está dispuesta a destinar, adicionalmente, hasta 3 000 médicos y paramédicos cubanos a ese empeño en Africa Subsahariana, quienes además, contribuirían a formar personal de Salud africano sobre el terreno. Pero es imprescindible que los países industrializados hagan su parte y suministren los medicamentos e insumos necesarios para el programa. Africa espera por nosotros. Cuba ya está lista. Los países desarrollados tienen ahora la palabra.

(Continúa)

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