Yo he meditado mucho sobre la seriedad de
estos temas y una serie de datos, pero pienso que este es un tema que se viene discutiendo
hace más de 40 años, y en realidad no avanzamos, sino retrocedemos.
Una prueba de lo que digo es que, en la
actualidad, en más de 100 países el ingreso por habitante es inferior al de hace 15
años.
Cada cual expuso aquí los puntos que más
quisieron transmitir, dentro de la brevedad del tiempo disponible, y quiero expresar que a
mí me traumatizan los temas relacionados con el desastroso estado de salud que hoy está
padeciendo el mundo, especialmente los países del Tercer Mundo. No me gusta usar mucho
los datos, pero voy a usar algunos de ellos.
La esperanza de vida en el Africa
subsahariana alcanza apenas los 48 años. Esto es 30 años menos que los países
desarrollados.
El 99,5% de todas las muertes maternas
ocurren en el Tercer Mundo.
El riesgo de muerte materna en Europa es de 1
muerte por cada 1 400 partos; es en Africa de 1 por cada 16. El número de los que
mueren está en proporción similar.
Más de 11 millones de niños menores de 5
años mueren cada año en el Tercer Mundo a causa de enfermedades previsibles en la
inmensa mayoría de los casos: más de 30 000 cada día, 21 cada minuto. Mientras hablamos
aquí nosotros, mueren 100.
Dos de cada cinco niños en los países del
Tercer Mundo padecen de retraso en el crecimiento, y uno de cada tres, de bajo peso para
su edad.
Dos millones de niñas son forzadas a ejercer
la prostitución.
En los países subdesarrollados alrededor de
250 millones de niños menores de 15 años se ven obligados a trabajar para sobrevivir.
Aquí se ha planteado por numerosas personas
de las que han hablado la cuestión del SIDA. A mí me dio la impresión hace algunos
meses, a raíz de la reunión de Durban, como que la tragedia del SIDA en el Africa
hubiese sido descubierta por Occidente, y allí ocurrió, en esa conferencia que los
cables transmitieron ampliamente, que se habló de cómo reducir el costo de la atención
para una persona infectada de SIDA a fin de que sobreviva. Todos sabemos que el costo es
de 10 000 dólares por persona infectada. Allí se afirmó por representantes de países
occidentales, países europeos en general, que había que buscar fórmulas para reducir
los costos. Cualquiera conoce que producir esos medicamentos cuesta alrededor de 1 000
dólares por enfermo, y eso, a partir de una fórmula perfecta y un coctel perfecto, se
puede resolver con mucho menos dinero. Y unos cuantos representantes africanos expresaron
una realidad: que aunque les regalasen los medicamentos, no tenían infraestructura para
distribuirlos y aplicarlos.
He escuchado también, por otro lado, a
representantes de países industrializados como Francia, Suecia, Alemania y otros aquí
presentes, la disposición de ayudar a estos países del Tercer Mundo.
Esta es una cuestión de vida o muerte. Yo
pensaba, ¿qué podríamos hacer? Recordarles que Cuba es un país pequeño, pobre. Algo
más: hostigado y bloqueado. Pero no es eso de lo que quiero hablarles. Gracias a los
profundos programas de educación que se han llevado a cabo durante muchos años, Cuba
dispone hoy de un importante capital humano, y el capital humano es decisivo; yo diría
que es más importante aún que el capital financiero. Y nuestro país dispone de
suficiente personal médico, si las Naciones Unidas lo decide, para cooperar con la
Organización Mundial de la Salud y con los pueblos del Africa subsahariana, que son los
que están padeciendo en mayor grado este flagelo destructor, para organizar, de manera
emergente, la infraestructura necesaria para poder aplicar esos medicamentos en Africa. No
estoy exagerando. Esto puede significar 1 000 médicos, 2 000, 3 000
trabajadores de la salud, entre los que están paramédicos, los necesarios para llevar a
cabo ese programa en conjunto.
No habría que esperar a que murieran
millones de niños; se podría lograr que sobreviviera una buena parte de los 25 millones
de personas infectadas, evitar que siguiera creciendo el número de huérfanos, que ya son
12 millones, y que dentro de algunos años serán alrededor de 40, ¡una tragedia
dantesca!
No hay país que pueda desarrollarse,
cualesquiera que sean los recursos, si tiene un 25%, un 30% de personas infectadas,
millones y millones de huérfanos. A mi juicio, eso significaría, realmente, el
exterminio de naciones enteras de Africa, y es posible que de una gran parte del
continente africano. Esa es la realidad.
Por eso yo, que tal vez no iba a hablar,
llegué después de iniciada la reunión porque estaba en el plenario, al escucharlos a
ustedes decidí plantear esto, así, en concreto: Cuba ofrece a las Naciones Unidas, a la
Organización Mundial de Salud y a los países africanos, el personal necesario para hacer
programas no solo de SIDA, sino incluso para otros problemas de salud, y también para
formar personal allí sobre la marcha: técnicos, enfermeras.
En los lugares adonde vamos lo primero que
hacemos es crear una facultad de Medicina. Africa necesita cientos de miles de médicos
para disponer de un médico cada 5 000 habitantes; nuestro país dispone hoy de 1 cada 168
habitantes. Tenemos experiencia en salud, actualmente alrededor de 2 000 están trabajando
y prestando excelentes servicios en el exterior. Es lo que quiero plantear aquí en
concreto, con espíritu de cooperación. Y ojalá que los países europeos, países
industrializados que están aquí presentes, tomen en cuenta esto que estoy planteando,
y se pueda hacer un esfuerzo por contribuir a buscar los medicamentos, por abaratar
esos medicamentos.
Eso es peor que las guerras que están
teniendo lugar en el mundo. En Africa mueren en este momento se están
muriendo un millón de personas cada año por la malaria, se infectan de 300 a 500
millones; además, están muriendo 2 millones de personas de SIDA, y por cada dos que
mueren, de cuatro a cinco se infectan conocemos que no se ha avanzado lo suficiente
por una vacuna, y no se sabe cuándo va a aparecer, y mueren 3 millones de
tuberculosis.
Estamos proponiendo, en concreto, un programa
para Africa. No estoy exagerando en lo más mínimo, y no estamos buscando nada. Nuestros
médicos adonde van no hablan ni de religión, ni de política, ni de filosofía, llevan
años cumpliendo misiones y han adquirido un gran respeto y un gran reconocimiento por
parte de la población.
Dejo esta proposición en manos de esta mesa
redonda de las Naciones Unidas, y más nada.
Muchas gracias, señor Presidente.