GRANMA INTERNACIONAL CIREN CENTRO INTERNACIONAL DE RESTAURACION NEUROLOGICA

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30 de Octubre de 2000

Nuestra cooperación con Venezuela se
inspira en ideales que van mucho más allá
del simple intercambio comercial

Discurso pronunciado por el Presidente Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la sesión solemne de la Asamblea Nacional, en el Palacio Federal Legislativo, Caracas, República Bolivariana de Venezuela, el 27 de octubre del 2000, "Año del 40 aniversario de la decisión de Patria o Muerte".

(Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)

Excelentísimo Señor Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela;

Excelentísimo Señor Presidente de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela;

Excelentísimo Señor Presidente del Tribunal Supremo de Justicia;

Excelentísimo Señor Presidente y demás miembros del Consejo Moral Republicano;

Excelentísimo Señor Presidente del Consejo Nacional Electoral;

Excelentísimos Señores embajadores; honorables encargados de negocios y representantes de organismos internacionales acreditados en el país;

Honorables diputados y diputadas a la Asamblea Nacional;

Altas autoridades eclesiásticas y militares;

Señoras y señores;

Venezolanos:

No vengo aquí a cumplir un deber protocolar, o porque la tradición establezca la norma de que un invitado oficial visite el Parlamento; no pertenezco a esa estirpe de hombres que busque honores, solicite privilegios o se deje arrastrar por vanidades. Cuando visito un país, y en especial si se trata de un pueblo hermano tan querido como el de Venezuela, cumplo los deseos de aquellos a quienes considero que con gran dignidad y valentía lo representan.

Lamento mucho que la mera idea de mi presencia en el Parlamento de Venezuela, incluida en el programa por los anfitriones, fuese motivo de disgusto para algunos de sus ilustres miembros. Les pido excusas (Aplausos).

Debo ser cortés, pero no usaré un lenguaje excesivamente refinado, diplomático y lleno de melindres. Hablaré con palabras abiertamente francas y sinceramente honestas.

No es la primera vez que visito el Parlamento venezolano; lo hice hace más de 41 años. Pero sería incorrecto decir que vuelvo a una misma institución, o que el que vuelve es el mismo invitado de entonces. Lo más parecido a lo real es que vuelve un hombre distinto a un Parlamento diferente.

De mí no tengo ningún mérito que acreditar, ni perdones que pedir. Solo que entonces tenía 32 años y venía cargado de toda la inexperiencia de quien con la ayuda del azar había sobrevivido a muchos riesgos. Tener suerte no es tener méritos. Albergar sueños e ideales es muy común entre los seres humanos; pocos son, sin embargo, los que tienen el raro privilegio de ver algunos de estos realizados, mas no por ello alcanzan derecho a jactancia alguna. Aquel Parlamento con que tuve el honor de reunirme hace tanto tiempo, albergaba también ilusiones y esperanzas. Meses antes, se había producido un levantamiento victorioso del pueblo. Todo ha cambiado desde entonces. Aquellas ilusiones y esperanzas se convirtieron en cenizas. Sobre aquellas cenizas surgieron las nuevas esperanzas y se erigió este nuevo Parlamento. Como en todas las épocas de la historia, los hombres sueñan y tendrán siempre derecho a soñar. El gran milagro consiste en que alguna vez las esperanzas y los sueños de este pueblo noble y heroico se conviertan en realidades.

Yo, como muchos de ustedes, albergo esos sueños; parto de la idea de que en Venezuela, al final de las últimas cuatro décadas, han ocurrido hechos extraordinarios: venezolanos que otrora luchaban entre sí convertidos en aliados revolucionarios; guerrilleros, en políticos destacados; soldados, en audaces estadistas que enarbolan las banderas que un día llenaron de gloria a este país (Aplausos).

No me corresponde juzgar a aquellos que de la izquierda pasaron a la derecha, ni a muchos de los que, tal vez partiendo de un honesto conservadurismo, terminaron saqueando y engañando al pueblo. No es mi propósito ni puedo atribuirme el derecho de convertirme en juez de los personajes del drama vivido por ustedes. Todos los hombres somos efímeros y casi siempre erráticos, incluidos los que actúan de buena fe. Deseo solo acogerme al derecho que Martí legó a los cubanos: experimentar una enorme admiración por Venezuela y por quien fuera el más grande soñador y estadista de nuestro hemisferio, Simón Bolívar (Aplausos). El fue capaz de imaginar y luchar por una América latinoamericana, independiente y unida. Nunca fue procolonialista ni monárquico, ni siquiera en los tiempos en que las Juntas Patrióticas se crearon como acto de rebeldía contra la imposición de un rey extraño en el trono español, como lo demostró el Juramento del Monte Sacro. Casi desde la adolescencia era un decidido partidario de la independencia, en fecha tan temprana como la de 1805. Libertó con su espada la mitad de Sudamérica, y garantizó, en la histórica batalla de Ayacucho, con sus tropas de llaneros invictos y soldados valientes de la Gran Colombia creada por él, bajo el mando directo del inmortal Sucre, la independencia del resto del sur y del centro de América. Entonces Estados Unidos era, como todos conocemos, un grupo de colonias inglesas recién liberadas, en plena expansión, en las que el genial jefe venezolano supo adivinar, en tan temprana época, "...que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad."

Comprendo perfectamente la diversidad de intereses y criterios que inevitablemente existen hoy en Venezuela.

Se cuenta que en su campaña en Egipto, Napoleón Bonaparte, al arengar a sus tropas antes de la batalla de las Pirámides, dijo: "Soldados, desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan."

Como visitante que ha recibido el inmenso honor de ser invitado a dirigirles la palabra, me atrevería a decirles con la mayor modestia: Hermanos venezolanos, desde esta tribuna, 41 años y 10 meses de experiencia en la lucha sin descanso frente a la hostilidad y las agresiones de la potencia más poderosa que haya existido jamás sobre la Tierra, contemplan, admiran y comparten la dura y difícil batalla que ustedes, inspirados en Bolívar, están librando hoy (Aplausos).

Sobre las relaciones entre Cuba y Venezuela, mucho se ha esgrimido el porfiado argumento de que en Venezuela se pretende introducir el modelo revolucionario de Cuba. Tanto se dijo y se habló sobre esto en vísperas del plebiscito que aprobaría o no el proyecto de la nueva Constitución venezolana, que me vi en la necesidad de invitar a un grupo de destacados periodistas venezolanos que, en representación de importantes órganos de prensa televisiva, radial y escrita, nos hicieran el honor de visitarnos. Quienes involucraban cínicamente a Cuba como un diabólico fantasma, tal cual la han diseñado las groseras mentiras del imperialismo, nos daban el derecho a realizar ese encuentro.

En una noche insomne como no lo hice ni en los tiempos febriles de mi época de estudiante finalista, leí y subrayé los conceptos esenciales de aquel proyecto y los comparé con los de nuestra propia Carta Magna. Con la Constitución de Cuba en una mano y en la otra el proyecto de Venezuela, mostré las profundas diferencias entre una y otra concepción revolucionaria. Digo revolucionaria porque ambas lo son: ambas pretenden una vida nueva para sus pueblos; desean cambios radicales; ansían justicia; aspiran a la unión estrecha de los pueblos de la América que definió Martí cuando dijo: "¡Qué más pudiera decirse, ni es necesario decir! que del Bravo a la Patagonia no hay más que un solo pueblo." Ambas luchan con firmeza para preservar la soberanía, la independencia y la identidad cultural de cada uno de nuestros pueblos.

Nuestra Constitución se apoya esencialmente en la propiedad social de los medios de producción, la programación del desarrollo; la participación activa, organizada y masiva de todos los ciudadanos en la acción política y la construcción de una nueva sociedad; la unidad estrecha de todo el pueblo bajo la dirección de un Partido que garantiza normas y principios, pero que no postula ni elige a los representantes del pueblo en los órganos del poder del Estado, tarea que corresponde por entero a los ciudadanos a través de sus organizaciones de masas y mecanismos legales establecidos. La Constitución venezolana se apoya en el esquema de una economía de mercado y la propiedad privada recibe las más amplias garantías. Los famosos tres poderes de Montesquieu, que se proclaman como pilares fundamentales de la tradicional democracia burguesa, eran complementados con nuevas instituciones y fuerzas para garantizar el equilibrio en la dirección política de la sociedad. El sistema pluripartidista queda establecido como un elemento básico. Había que ser ignorante para encontrar alguna semejanza entre ambas Constituciones.

En aquella reunión con los periodistas venezolanos denuncié los primeros movimientos de la mafia terrorista cubano-americana de Miami para asesinar al Presidente de Venezuela. Aquellos gángsters creían, a su modo, que Venezuela sería una nueva Cuba.

A finales de julio del presente año, a pocos días de las últimas elecciones, otra mentira colosal comenzó a circular desde Venezuela a través de medios de prensa nacionales e internacionales. Las conexiones venezolanas de la Fundación Nacional Cubano-Americana habían contribuido a fraguar la conjura: "Desertor cubano denuncia la presencia en Venezuela de 1 500 miembros de los Servicios de Inteligencia de Cuba, filtrados en calles y cuarteles¼ ". Se añadían un montón de supuestos detalles. De tal modo se planeó la infame campaña en vísperas de las elecciones presidenciales, que altos funcionarios del gobierno hablaban de las mentiras "del desertor cubano". Es decir, daban como un hecho la supuesta deserción de un oficial de la Inteligencia cubana. Tal desertor ni siquiera existía. Era un simple holgazán salido de Cuba en tiempos pasados, que vivía del cuento. Pedía asilo y protección. Ya los conspiradores tenían cinco o seis más listos para repetir la historia y el escándalo día por día, mediante el mismo mecanismo, hasta la fecha de los comicios.

De nuevo Cuba envuelta en la campaña electoral de Venezuela, de nuevo la necesidad de hablarle a la prensa de ese hermano país. La denuncia y el rápido desmantelamiento de la truculenta historia hicieron trizas la calumnia.

En esa ocasión, informé sobre los abundantes fondos provenientes de Miami para sufragar los gastos de la campaña contra la elección del presidente Chávez. Ofrecí datos exactos y algunos nombres que resultaba imprescindible divulgar. Todos negaron, por supuesto. Alguno de ellos, con cierto renombre de ilustrado y capaz funcionario de pasados tiempos, juró que era absolutamente falso el papel que se le atribuía. No quise reiterar lo afirmado, aunque tenía y tengo en mi poder los datos precisos del lugar donde se reunieron, donde le entregaron medio millón de dólares, quiénes lo trasladaron a Venezuela y quiénes hicieron llegar el dinero a los destinatarios. No deseaba realmente revolver aquel turbio y repugnante asunto. No era siquiera necesario. Los confabulados habían sido aplastados por la votación popular del 30 de julio (Aplausos). La información quedaba como reserva, por si fuese necesario utilizarla en alguna ocasión posterior.

Cuba no cesa de ser utilizada con fines de política interna en Venezuela, ni cesan de usarla para atacar a Chávez, incuestionable y eminente líder bolivariano, cuya actividad y prestigio rebasan ya ampliamente las fronteras de su Patria (Aplausos).

II PARTE

Encuentro entre estrategas
Escenas imborrables de un encuentro imborrable

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