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27 de
Noviembre de 2000 No
descansaremos en nuestra heroica y digna lucha
Discurso pronunciado por el
Presidente Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista
de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la Tribuna Abierta de la
Revolución en la Plaza Batalla de Guisa, Granma, el 25 de noviembre del 2000, "Año
del 40 aniversario de la decisión de Patria o Muerte".
(Versiones
Taquigráficas-Consejo de Estado)
Compatriotas de Guisa, de Granma y
de toda Cuba:
¿Ni nosotros mismos nos
dábamos cuenta de la magnitud de la audacia con que nos vimos envueltos en aquella
batalla que aquí se libró entre el 20 y el 30 de noviembre, hace ya cuarenta
y dos años. Sólo 13 kilómetros por carretera asfaltada nos separaban de
Bayamo, entonces cuartel general de operaciones del ejército enemigo. Ciento ochenta
combatientes bisoños, casi todos jóvenes recién salidos de nuestra Escuela de Reclutas,
desafiaban a 5 000 hombres de las tropas elites enemigas.
Durante aquellos inolvidables días,
la aviación atacaba sin cesar desde el amanecer hasta la noche. Nuestras fuerzas,
distribuidas en pequeñas unidades, ocupaban sus posiciones en un amplio espacio, el
grueso de ellas en la dirección principal Bayamo-Guisa. Unos tras otros, eran emboscados
los refuerzos que intentaban liberar a la compañía cercada en la pequeña ciudad. Los
refuerzos quedaban, a su vez, aislados, atacados por la retaguardia, y en determinados
momentos nuestras posiciones estaban en riesgo de ser cercadas por un movimiento
envolvente de las fuerzas enemigas, abrumadoramente mayoritarias. Un batallón completo
que se trasladaba en 14 camiones con dos tanques ligeros a la vanguardia, en un segundo
intento de apoyar la guarnición de Guisa, fue totalmente cercado. Una poderosa columna,
enviada por el alto mando con fuerte apoyo aéreo y tanques pesados, logró rescatarlo,
con numerosas bajas después de más de treinta horas de incesantes combates. En ese
momento el número de combatientes nuestros, nutrido con las armas que se venían
ocupando, alcanzaba ya aproximadamente la cifra de 250 hombres. En nuestro poder quedaron
los 14 camiones, uno de los dos tanques y más de 30 000 balas, cuando nuestro parque, que
solía usarse en cantidades ínfimas, comenzaba ya a escasear peligrosamente.
Esa altura se volvió decisiva para
impedir la entrada de los refuerzos. Defendida por no más de treinta hombres, era
incesantemente bombardeada. Tres veces la abandonaron sus defensores, otras tantas veces
fue necesario ocuparla de nuevo, y en la última ocasión fue reforzada con dos escuadras
de mujeres, que no retrocedieron ni abandonaron sus posiciones aun cuando un disparo
directo del cañón de un tanque pesado mató a su valiente jefe, el capitán Braulio
Coroneaux, certero e imbatible con la única ametralladora calibre 50 de que disponíamos
en esa porfiada lucha.
El 30 de noviembre se combatió
intensamente durante todo el día. El enemigo, que había reunido la casi totalidad de sus
fuerzas y en un último intento por desalojarnos de nuestras posiciones atacó desde todas
las direcciones posibles, se retiró al atardecer, completamente derrotado, hacia Bayamo,
y esa misma noche Guisa fue ocupada por nuestras fuerzas.
La batalla de Guisa fue uno de los
hechos que demostraron que nada era imposible para el pequeño ejército que, con sólo
siete armas, renació del durísimo revés con que tres días después del desembarco del
«Granma» pagó su inicial inexperiencia.
Aquella proeza que hoy conmemoramos
fue obra de hijos de obreros y campesinos que en su mayoría no sabían siquiera leer y
escribir. En su duro entrenamiento no habían realizado un disparo de bala real; toda su
práctica en el uso de los órganos de puntería de sus armas era teórica y geométrica.
¡Nunca dejaré de sentir orgullo, gratitud y admiración por ellos, muchos de los cuales
ya no se encuentran entre nosotros! Los jóvenes que ingresaban en nuestras filas
aprendían a combatir combatiendo y a vencer venciendo.
Hoy la lucha es diferente, pero no
menos épica; hoy nuestro invencible ejército está constituido por millones de hombres y
mujeres poseedores de una elevada cultura política, que hace mucho rato saben todos leer
y escribir. Es inagotable nuestro parque en la batalla de ideas en que estamos envueltos.
Aprendemos historia haciendo historia; fortalecemos nuestras ideas revolucionarias y
justas destrozando las ideas de los adversarios, y consolidamos nuestra verdad destruyendo
sus mentiras.
II
PARTE
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