Intervención en la Reunión de Trabajo de
la X Cumbre Iberoamericana, el 18 de noviembre del 2000
Estimados colegas:
Tuve ayer el privilegio de hablar
sobre la infancia. No pensaba por eso intervenir con el tema, pero el importante debate
que ha tenido lugar esta mañana me obliga a pronunciar breves palabras. Señalo esto de
breve para que nadie se asuste.
La globalización neoliberal conduce
al mundo al desastre. Punto y más nada.
No comparto filosofías y dogmas de
ninguna índole. Punto y basta.
Cuando hablamos aquí, nos olvidamos
de muchas cosas. Nos olvidamos de que hay naciones europeas y naciones latinoamericanas.
Olvidamos que, muy excepcionalmente, sólo algunos pocos países latinoamericanos y
nos alegramos alcanzan determinados niveles de desarrollo económico, industrial y
social muy por encima del resto de los países latinoamericanos.
Chile habló de que, por ejemplo, se
había reducido el número de pobres de cinco millones a tres millones. Y merece nuestro
reconocimiento y felicitación por este éxito.
Los estudios más serios demuestran,
sin embargo, que en el conjunto de América Latina el número de pobres crece cada día y
cada año, y que alrededor del 50 por ciento son pobres e indigentes. Me refiero a los
niños.
Nos olvidamos de que, por ejemplo,
la deuda pública de América Latina y el Caribe, que era en 1992 de 478 mil millones de
dólares, es hoy de 750 mil millones.
Nos olvidamos de que, después de
haber pagado en ese período 913 mil millones, se ha producido ese colosal incremento.
Nos olvidamos de que el Fondo
Monetario Internacional, bien conocido por todos, y sus amos, existen.
Nos olvidamos de que la inversión
extranjera privada, que ascendía a fines de la última década a 115 mil millones, se
eleva hoy, o se elevó en 1999, a 865 mil millones. Y que, de esa suma, el 71 por ciento
se invirtió en los propios países ricos y sólo el 29 por ciento se invirtió en los
países llamados en desarrollo. De ese 29 por ciento, el 45 por ciento se invirtió en
China, el 40 por ciento en América Latina y el 15 por ciento en África y Asia. De ese
total invertido, el 85 por ciento aproximadamente no se invirtió en crear nuevas
instalaciones industriales y servicios, y por tanto, fuentes de empleo y de creación de
nuevas riquezas, sino en adquirir empresas y servicios existentes. Un fenómeno nuevo.
No hay respuesta real a las
necesidades de la inmensa mayoría de nuestras naciones.
Aun en países como Cuba, que ha
reducido la desigualdad en la distribución al mínimo, hay diferencias que se hacen
sentir. Cuando estas son abismales y la pobreza produce marginalidad, surge la tragedia.
La marginalidad, fruto de las
enormes diferentes de ingreso, produce en la educación consecuencias desastrosas; no hay
la más mínima igualdad en las perspectivas de un niño pobre y un niño con los ingresos
mínimos indispensables y, prácticamente, afecta a la mitad de los niños de América
Latina y el Caribe. Esta real tragedia requiere respuesta.
No puedo negar que, aun en esas
condiciones, existe un margen de lo que puede hacerse por los niños en América Latina.
Eso debe hacerse, y aquí se ha demostrado que algunos países están haciendo un esfuerzo
especial en esa dirección. En Cuba, de cuyos avances hablé ayer, a pesar del bloqueo y
la pobreza, no estamos satisfechos, porque hemos comprendido que aún nos queda un mundo
por hacer. Puede hacerse, y lo haremos, apoyados en los fabulosos medios audiovisuales y
técnicos con que hoy puede contarse.
Incidentalmente le añado que en
nuestro país hemos desarrollado un método para enseñar a leer y a escribir por radio,
tal método está siendo probado en la República de Haití, comenzó por 300 personas y
los resultados han sido espectaculares. Ahora se ha extendido a 3 000 personas, y están
planificando cómo llevarlo a cabo en todo el país. Lo desarrollamos en creol, que es el
idioma de los haitianos. Los resultados son verdaderamente esperanzadores. Si eso es así,
la posibilidad de reducir el número de analfabetos es grande, con un mínimo de recursos,
un mínimo. Una estación central sencillamente trasmite esos conocimientos.
No hablo de la televisión, eso es
facilísimo. Nosotros estamos extendiendo la enseñanza por televisión, gradualmente, a
extremos tales que prácticamente el país entero se convierte en una universidad. Hablo
de cosas no por hacer, sino que están haciéndose ya, con resultados espectaculares y
partiendo de la inmensa sed de conocimientos que el hombre tiene.
Estamos haciendo, entre otras cosas,
una profunda investigación entre pobreza, marginación, educación. Estamos realmente
buscando dónde están las fuentes del delito, las canteras del delito. Y aquí se han
pronunciado algunas palabras muy interesantes relacionadas con la situación incluso
familiar de los jóvenes. Sobre eso hemos reunido, y estamos reuniendo, infinidad de
datos.
Un mundo se abre ante nuestros ojos,
no solo en este campo, sino en muchos otros. Sin ser ricos la disposición de un abundante
capital humano, fruto de la educación alcanzada, nos permite hoy concebir sueños que
años atrás habrían parecido inconcebibles utopías, y nos hacen sentir abochornados de
lo poco que hemos alcanzado hasta hoy.
Partamos de las realidades actuales,
no marchemos sobre nubes de ilusiones y engaños; busquemos en el injusto orden político
y económico impuesto al mundo la gran causa real y fundamental de que carezcamos de los
ansiados recursos con los que quisiéramos hacer más humano el destino de todos nuestros
niños.
Les agradezco a todos, con sus
exposiciones y criterios diversos, pero interesantes y notables, la profunda necesidad que
experimenté de redactar estas reflexiones.
Me sumo a las justificadísimas
felicitaciones a Su Majestad el rey Juan Carlos, a quien estimo mucho, mucho mucho. Espero
que no se disguste si le dije que quedábamos dos. Es que Dios quiso que él fuera Rey y
Dios quiso que yo estuviera vivo.
Gracias.
|