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Les advertimos a nuestros enemigos que Cuba está cada día menos sola

Discurso pronunciado por el presidente Fidel Castro Ruz, en la conmemoración del 40 aniversario del INDER y en la inauguración de la Escuela Internacional de Educación Física y Deportes, el 23 de febrero del 2001, "Año de la Revolución victoriosa en el nuevo milenio".

(VERSIONES TAQUIGRAFICAS – CONSEJO DE ESTADO)

No se hagan ilusiones, que no voy a hacer un discurso largo (Risas y exclamaciones).

Distinguidos invitados;

Queridos estudiantes:

Tengo un problema, y es que hoy estamos conmemorando dos cosas: el 40 aniversario del INDER (Aplausos) y la inauguración de la Escuela Internacional de Educación Física y Deportes (Exclamaciones). ¿Qué hago? ¿De qué hablo? Y todo ha sido fruto de la casualidad, porque esta escuela no se inauguró hace dos o tres meses porque no hubo tiempo. Ahora vino a coincidir la posibilidad con este aniversario, y las dos cosas, a mi juicio, son muy importantes.

Del INDER y sus 40 años puede hablarse mucho. Algunos compañeros han recordado parte de esa historia. Humberto también mencionaba algunas cuestiones relacionadas con el INDER, pero lo mejor habría sido separar los dos acontecimientos: el INDER y su aniversario, la escuela y su inauguración.

Yo preferiría no hablar tanto de nuestra historia deportiva. Cuando entraba a la sala de exposición donde nos esperaban cuatro de los mejores alumnos: una mozambicana, una haitiana, un venezolano y una boliviana, que me dijo que practicaba natación, y después al ver fotos y más fotos sobre nuestros excelentes atletas, sobre gloriosos minutos del deporte revolucionario, meditaba y me preguntaba: ¿Por qué tantas fotos? ¿Es que estamos haciendo la apología del deporte cubano con espíritu chovinista? ¿No estaremos, de cierta forma, humillando a los atletas, o a los jóvenes, o a los estudiantes de otros países, exaltando las victorias cubanas? Es que en ese momento realmente no me acordaba que se estaba conmemorando también el 40 aniversario del INDER. Ahora me explico que hayan puesto tantas fotos sobre nuestro deporte.

Hemos avanzado, se han alcanzado muchos éxitos. ¿Nos sentimos orgullosos? No, todavía no. ¿Nos sentimos satisfechos? No, nunca podremos estar totalmente satisfechos.

Sin embargo, no se apartaba de mi mente la impresión de que este era un gran día, porque si ha sido bueno nuestro deporte, si ha sido meritoria nuestra historia deportiva es porque, precisamente, hemos acumulado la experiencia y el prestigio suficientes para crear esta Escuela Internacional de Educación Física y Deportes.

Sí, uno puede sentir satisfacción al ver esta escuela. ¿Uno puede sentir orgullo? No. Llamémoslo convicción y confianza de lo mucho que puede hacerse en el futuro.

Si de algo podríamos lamentarnos es de que la escuela nos parece pequeña en cuanto a su capacidad de estudiantes.

Yo venía insistiendo en la idea de que alcanzáramos una capacidad de 2 000, porque son cinco años y eso podría garantizar una matrícula un poco mayor, 450 ó 500; pero en presencia de la maqueta, que estaba allí a la entrada en un pequeño salón, me di cuenta de que no debemos ampliar la matrícula.

Yo tenía idea de la escuela. Conocía este lugar, al que viajé muchas veces, recorrí todo este terreno, hasta más allá, del otro lado de las colinas, porque estábamos desarrollando centros genéticos de ganadería, por eso en las proximidades hay muchas lecherías.

Aquí, donde hubo años atrás —bastantes años atrás— un central azucarero pequeño, creo que se llamaba Portugalete, ya no había caña en esta área. Recuerdo que leyendo sobre la campaña de Máximo Gómez en la provincia de La Habana, mientras Maceo marchaba hacia Pinar del Río, él recorrió estos territorios; aparece, en las crónicas de aquella heroica guerra, el nombre de aquel central. Vean cuán relativamente cerca estaban los mambises de la capital.

Gómez realizó grandes proezas y llevó a cabo audaces operaciones militares. Cuando regresaba Maceo de Pinar del Río, aquí en la misma provincia, libraron cerca de esta zona, antes de llegar al pueblo de Madruga, un combate muy importante en el que participaron ambos. Todos estos sitios están llenos de historia, mas en el gran esfuerzo por fortalecer la defensa del país, un día hubo necesidad de construir aquí una escuela y otras instalaciones militares, talleres de equipos ópticos, relacionados con la artillería, y por último, incluso, una escuela de comunicaciones y defensa química.

Pasaron los años, vinieron tiempos difíciles, se cambiaron muchas concepciones relativas a la defensa, y con motivo de ello se fue reduciendo el personal permanente de las fuerzas armadas y quedaron liberadas importantes instalaciones. Esta era una de ellas.

Y vean qué casualidad, fue precisamente en una de las instalaciones de las fuerzas armadas, una gran escuela de oficiales para la Marina, tanto militar, mercante, como pesquera, y no solo de oficiales, sino de técnicos en equipos para la navegación, que quedó liberada al formarse aquel personal en otras escuelas más pequeñas, y gracias al excelente estado en que se mantuvieron esas instalaciones fue posible destinarlas a una escuela internacional de medicina. Aquello coincidió con dos huracanes: uno que arrasó Santo Domingo, golpeó duramente a Haití, y ya debilitadas sus fuerzas por la elevada cordillera que separa a Haití de la República Dominicana llegó a Cuba un poco disperso, y se reorganizó, aunque con menos fuerzas, y atravesó casi la mitad de nuestra isla. Venía como un automóvil o un camión, exactamente por la ruta de la Carretera Central hasta que torció hacia el norte.

Pocas semanas después, tal vez cuatro semanas, un huracán mucho más fuerte cruzó, a determinada distancia de nuestras costas, por el sur, con fortísimos vientos, alcanzó el territorio continental a la altura de Honduras; fue el Mitch, que ocasionó decenas de miles de víctimas y grandes destrucciones. Los hondureños saben, deben haber estado allí estos jóvenes que aquí exhibieron la cultura y la danza de su país, lo terrible que fue aquel huracán y el daño que hizo no solo allí, sino también en Guatemala, Nicaragua, El Salvador, en mayor o menor grado —los tres primeros que mencioné fueron los más azotados—; ello originó la idea de enviar un contingente de médicos a Centroamérica, elaborada sobre la base de la posibilidad de salvar cada año, en esa área, tantas vidas como las que había liquidado el huracán. Así surgió la oferta de enviar 2 000 médicos a Centroamérica.

No habíamos olvidado a Haití ni a Santo Domingo, les propusimos cooperación. Una brigada estuvo allí en Santo Domingo, y otra después, mucho más numerosa, ha permanecido hasta hoy en Haití.

Estábamos proponiendo planes integrales de salud a largo plazo y no simplemente hacer, como hacen muchos, que envían un equipo de salvamento, un pequeño equipo médico 10 días, 15 días; nosotros ofrecíamos un programa por años, programas integrales de salud, a partir de los datos que conocíamos de la mortalidad infantil en el primer año de vida y entre los 0 y 5 años, bastante elevada.

Cuando nosotros afirmábamos que se podían salvar tantas vidas cada año como las que se habían perdido en aquella catástrofe, estábamos razonando sobre bases sólidas. Hoy se ha demostrado que en el primer año de trabajo se logró reducir la mortalidad infantil, en algunas áreas donde estaban trabajando los médicos, de 42 por cada 1 000 nacidos vivos a 16.

Pero más que en aquellos momentos, estábamos pensando en el futuro y de ahí surgió la idea de la Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas, para jóvenes latinoamericanos (Aplausos), latinoamericanos no, en este caso centroamericanos. Habíamos ofrecido 500 becas, y fue tanta la demanda que fue necesario conceder más de 1 000 becas a los países centroamericanos para estudiantes de medicina.

No es que falten médicos en los países latinoamericanos, más bien podía decirse que sobran; pero realmente la medicina en el mundo se ha comercializado extraordinariamente, como está ocurriendo con el deporte, y, en consecuencia, los médicos se acumulan en las capitales y en las grandes ciudades. No hay médicos para ir a los pequeños poblados, a las aldeas y mucho menos a las áreas rurales, y menos aún a las mesetas o a las montañas, donde hay víboras, cosa que no se conoce en nuestro país —me refiero al tipo de serpientes venenosas—, insectos peligrosos; en ocasiones incluso hasta felinos agresivos, y, desde luego, horas y a veces días de camino a pie para llegar a lugares donde no hay electricidad ni nada que se parezca. Sí es muy alto, con mucho frío, y, además, en ocasiones, mosquitos abundantes, donde el trabajo de un médico se convierte realmente en un acto heroico.

Continua

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