| 24 de Septiembre de 2001 Cuba está contra el terrorismo y contra la guerra
Discurso pronunciado por el Presidente
Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y
Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la Tribuna Abierta de la
Revolución en San Antonio de los Baños, La Habana, el 22 de septiembre del 2001,
"Año de la Revolución victoriosa en el nuevo milenio".
(Versiones Taquigráficas - Consejo de
Estado)
Compatriotas:
Cualesquiera que fuesen las causas
profundas, los factores de orden económico y político y los grandes culpables que lo
trajeron al mundo, nadie podría negar que el terrorismo constituye hoy un peligroso
fenómeno, indefendible desde el punto de vista ético, que debe ser erradicado.
Es comprensible el estado de
irritación unánime por el daño humano y psicológico causado al pueblo
norteamericano por la muerte sorpresiva e insólita de miles de inocentes ciudadanos,
cuyas imágenes estremecieron al mundo. ¿En beneficio de quiénes? De la extrema derecha,
de las fuerzas más retrógradas y derechistas, de los partidarios de aplastar la
creciente rebeldía mundial y arrasar con todo lo que quede de progresista en el mundo.
Fue un enorme error, una colosal injusticia y un gran crimen, sean quienes fueren los
organizadores y los responsables de tal acción.
Pero en nombre de la justicia y bajo el
singular y extraño título de «Justicia Infinita», no se debe utilizar la tragedia para
iniciar irresponsablemente una guerra que en realidad podría convertirse en una matanza
infinita de personas también inocentes.
Las bases, la concepción, los propósitos
verdaderos, los ánimos y las condiciones para tal guerra se han ido estableciendo
precipitadamente en los últimos días. Nadie podría afirmar que era algo no pensado
desde hace rato, que esperaba una oportunidad. Aquellos que después del llamado fin de la
guerra fría continuaron armándose hasta los dientes y desarrollando los más
sofisticados medios para matar y exterminar seres humanos, eran conscientes de que la
inversión de fabulosas sumas en gastos militares les daría el privilegio de imponer un
dominio completo y total sobre los demás pueblos del mundo. Los ideólogos del sistema
imperialista sabían bien lo que hacían y para qué lo hacían.
Tras la conmoción y el dolor sincero de
todos los pueblos de la Tierra ante el atroz y demencial ataque terrorista contra el
pueblo de Estados Unidos, los ideólogos más extremistas y los halcones más belicosos,
ya ubicados en posiciones privilegiadas de poder, han tomado el mando del país más
poderoso del planeta, cuyas posibilidades militares y tecnológicas parecieran ser
infinitas. Su capacidad para destruir y matar es enorme; sus hábitos de ecuanimidad,
serenidad, reflexión y contención son, en cambio, mínimos.
La conjunción de factores donde no
están excluidos la complicidad y el disfrute común de privilegios de otros países
poderosos y ricos, el oportunismo, la confusión y el pánico reinantes, hacen ya
casi inevitable un desenlace sangriento e imprevisible.
Sean cuales fueren las acciones militares
que se desaten, las primeras víctimas serán los miles de millones de habitantes del
mundo pobre y subdesarrollado con sus increíbles problemas económicos y sociales, sus
deudas impagables y el precio ruinoso de sus productos básicos; sus crecientes
catástrofes naturales y ecológicas, sus hambres y miserias, su desnutrición masiva de
niños, adolescentes y adultos; su terrible epidemia de SIDA, su paludismo, su
tuberculosis, sus enfermedades infecciosas, que amenazan con el exterminio de naciones
enteras.
La grave crisis económica mundial era ya un
hecho real e irrebatible que afectaba sin excepción alguna a todos los grandes polos de
poder económico. Tal crisis se ahondará irremisiblemente en las nuevas circunstancias y,
al hacerse insoportable para la inmensa mayoría de los pueblos, traerá caos, rebelión e
ingobernabilidad por todas partes.
El precio será también impagable para los
países ricos. Durante años no podría hablarse con toda la fuerza necesaria de medio
ambiente y ecología, ni de las ideas, investigaciones realizadas y comprobadas, ni de los
proyectos para proteger la naturaleza, porque su espacio y posibilidades los ocuparían
acciones militares, guerras y crímenes tan infinitos como la «Justicia Infinita» con
cuyo título se pretende desatar la operación bélica.
¿Puede quedar alguna esperanza después de
escuchar, hace apenas 36 horas, el discurso del Presidente ante el Congreso de Estados
Unidos?
No usaré adjetivos, enjuiciamientos ni
palabras ofensivas para el autor del discurso, que serían totalmente innecesarias e
inoportunas en instantes tensos y graves como estos que requieren reflexión y
ecuanimidad. Me limitaré a subrayar unas breves frases que lo expresan todo:
«Vamos a utilizar cualquier arma de guerra
que sea necesaria.»
«El país no debe esperar una sola batalla,
sino una campaña prolongada, una campaña sin paralelo en nuestra historia.»
«Cualquier nación, en cualquier lugar,
tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo.»
«Les he pedido a las Fuerzas Armadas que
estén en alerta, y hay una razón para ello: se acerca la hora de que entremos en
acción, y ustedes nos van a hacer sentir orgullosos.»
«Esta es una lucha de todo el mundo, esta
es una lucha de la civilización.»
«Les pido que tengan paciencia [...] en lo
que va a ser una campaña larga.»
«Los logros de nuestros tiempos y la
esperanza de todos los tiempos dependen de nosotros.»
«No sabemos cuál va a ser el derrotero de
este conflicto, pero sí cuál va a ser el desenlace [...] Y sabemos que Dios no es
neutral.»
Pido a todos nuestros compatriotas que
reflexionen con profundidad y serenidad sobre las ideas contenidas en varias de las frases
mencionadas:
Ninguna nación del mundo ha sido excluida
del dilema, ni siquiera grandes y poderosos Estados; ninguna ha dejado de ser amenazada
con guerras o con ataques.
Ningún procedimiento, sin importar cuál
desde el punto de vista ético, ninguna amenaza por mortífera que sea nuclear,
química, biológica u otras han sido excluidos.
No será un breve combate; será una
guerra prolongada, de muchos años, sin paralelo en la historia.
Es la lucha de todo el mundo, es la
lucha de la civilización.
Los logros de nuestros tiempos y la
esperanza de todos los tiempos dependen de nosotros.
Por último, una confesión jamás escuchada
en un discurso político, vísperas de una guerra, nada menos que en época de riesgos
apocalípticos: No sabemos cuál va a ser el derrotero de este conflicto, pero sí cuál
va a ser el desenlace. Y sabemos que Dios no es neutral.
La afirmación es asombrosa. Al meditar
sobre las partes reales o imaginarias de esa extraña guerra santa que está a punto de
iniciarse, pienso que es imposible distinguir de qué lado hay más fanatismo.
El jueves, ante el Congreso de Estados
Unidos, se diseñó la idea de una dictadura militar mundial bajo la égida exclusiva de
la fuerza, sin leyes ni instituciones internacionales de ninguna índole. La Organización
de Naciones Unidas, absolutamente desconocida en la actual crisis, no tendría autoridad
ni prerrogativa alguna; habría un solo jefe, un solo juez, una sola ley.
Todos hemos recibido la orden de aliarnos
con el gobierno de Estados Unidos o con el terrorismo.
Cuba, con la moral que le otorga haber sido
el país que más ataques terroristas ha recibido durante más tiempo, cuyo pueblo no
tiembla ante nada (Aplausos), ni hay amenaza o poder en el mundo capaz de intimidarlo
(Aplausos), proclama que está contra el terrorismo y está contra la guerra (Aplausos y
exclamaciones). Aunque las posibilidades son ya remotas, reitera la necesidad de evitar
una guerra de imprevisibles consecuencias, cuyos autores han confesado que no tienen
siquiera idea de cómo se desenvolverán los acontecimientos. Reitera igualmente su
disposición a cooperar con todos los demás países en la erradicación total del
terrorismo.
Algún amigo objetivo y sereno debiera
aconsejar al gobierno de Estados Unidos que no lance a los jóvenes soldados
norteamericanos a una guerra incierta en remotos, recónditos e inaccesibles lugares, como
una lucha contra fantasmas, de los cuales no saben dónde se encuentran, ni siquiera si
existen o no, y si las personas que maten tienen o no responsabilidad alguna con la muerte
de sus compatriotas inocentes caídos en Estados Unidos.
Cuba no se declarará nunca enemiga del
pueblo norteamericano (Aplausos), sometido hoy a una campaña sin precedentes para sembrar
odio y espíritu de venganza, a tal extremo que se llega a impedir hasta la música que se
inspira en la paz. Cuba, en cambio, hará suya esa música, y sus canciones por la paz las
cantarán hasta sus niños mientras dure la cruenta guerra que se anuncia.
Pase lo que pase, no se permitirá jamás
que nuestro territorio sea utilizado para acciones terroristas contra el pueblo de Estados
Unidos (Aplausos). Y todo cuanto esté a nuestro alcance lo haremos para evitar acciones
de ese tipo contra él. Hoy le expresamos nuestra solidaridad con nuestra exhortación a
la calma y a la paz. Algún día nos darán la razón.
¡Nuestra independencia, nuestros principios
y nuestras conquistas sociales los defenderemos con honor hasta la última gota de sangre,
si somos agredidos! (Aplausos y exclamaciones.)
No será fácil instrumentar pretextos para
hacerlo. Y ya que se habla de guerra con empleo de todas las armas, es bueno recordar que
ni siquiera eso sería una experiencia nueva. Hace casi cuarenta años, cientos de armas
nucleares, tácticas o estratégicas apuntaban contra Cuba, y nadie recuerda haber visto a
un solo compatriota perder por ello el sueño.
Somos los mismos hijos de ese pueblo
heroico, con una conciencia patriótica y revolucionaria más elevada que nunca. Es la
hora de la serenidad y el coraje.
El mundo tomará conciencia y hará escuchar
su voz ante el drama terrible que lo amenaza y está a punto de sufrir.
Para los cubanos, es el instante preciso de
proclamar, con más orgullo y decisión que nunca:
¡Socialismo o Muerte!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
(OVACION).
CATÁSTROFE EN ESTADOS UNIDOS
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