| 26 de Marzo de 2002 EDITORIAL
El culpable de lo ocurrido en Monterrey
se llama Jorge Castañeda
LA HISTORIA de lo ocurrido en Monterrey está muy
reciente.
La extrañísima política de México en relación
con el incidente tiene un diabólico y cínico arquitecto: se llama Jorge Castañeda
Gutman.
Fue él quien ideó y concertó con el Departamento
de Estado norteamericano el plan de que México, junto con Argentina y alguna otra
Cancillería latinoamericana, presentaran un proyecto de resolución en la Comisión de
Derechos Humanos de Ginebra para condenar a Cuba, algo tan desprestigiado que ya ni
siquiera el Gobierno checo estaba en disposición de continuar realizando. Con relación a
la Cumbre de Monterrey, su idea era que durante la visita a Cuba el pasado 3 de febrero se
solicitara al compañero Fidel el "favor" de no asistir a la Conferencia de
México. Nadie se atrevió, sin embargo, a plantear este espinoso tema. La primera
reunión entre ambas delegaciones adquirió carácter profundo y serio. Las francas e
irrefutables palabras de nuestro Comandante en Jefe acerca de las indignantes
maquinaciones yanquis contra Cuba en Ginebra fueron escuchadas con respeto por el
Presidente Fox, y sin duda influyeron en el ulterior desenvolvimiento de los contactos e
intercambios entre los Presidentes de México y Cuba.
En ese primer encuentro que tuvo
lugar, el compañero Fidel, como si adivinara las intenciones de los visitantes,
conociendo que el Presidente de Estados Unidos había advertido que no asistiría a la
reunión "si Castro participaba", tomó la iniciativa de recordarle al
Presidente Fox que había recibido la invitación de las Naciones Unidas para participar
en la Cumbre de Monterrey. Lo que se habló en aquel encuentro, que tuvo lugar en el
Palacio de la Revolución entre las 11:15 a.m. y la 1:45 p.m., fue tomado íntegramente
por las taquígrafas allí presentes.
Posteriormente, durante todo el tiempo
de la intensa pero breve visita del Presidente Fox a Cuba, nadie se atrevió a mencionar
siquiera el tema de la reunión de Monterrey, ni solicitar la no participación de nuestro
Comandante en Jefe.
A las 4 de la tarde de ese primer y
casi único día de visita, tendría lugar una reunión entre nuestro Ministro de
Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, y el señor Castañeda. Allí Felipe
abordaría con toda energía y seriedad la conspiración de Castañeda contra Cuba en
contubernio con el jefe del Departamento de Estado norteamericano. No hizo falta.
Castañeda, completamente desmoralizado por el intercambio y desarrollo de la reunión
anterior entre ambas delegaciones, aseguró que México no promovería un proyecto de
resolución contra Cuba. En iguales términos, el Presidente Fox le comunicó al
Presidente de Cuba la posición de México en el encuentro personal sostenido por ambos en
horas de la noche, programado antes de la cena que se ofrecía a la representación
mexicana.
Castañeda había elaborado otros
maquiavélicos planes: un encuentro del Presidente, en un desayuno en la Embajada de
México en Cuba, con un grupo de conocidos cabecillas contrarrevolucionarios, antes de
partir de regreso a México. De eso no se había hablado una palabra durante todo el
proceso de la preparación del programa de visita. Fue mencionado por el Presidente Fox al
compañero Fidel en la reunión de la noche anterior, minutos antes de la cena. "No
habrá problema alguno entre nosotros por ese encuentro", le respondió nuestro
Comandante en Jefe, "pero temo que pueda defraudar y empañar su imagen ante nuestro
pueblo, muy sensible a este tema". La respuesta de Fox fue que sólo los saludaría y
no se reuniría con ellos.
Castañeda no cesaba, sin embargo, en
sus maniobras y provocaciones. Suministró al Presidente Fox una lista de los llamados
"presos de conciencia" que cumplían sanción por sus actividades
contrarrevolucionarias. Esto responde a un viejo truco del Gobierno de Estados Unidos con
cuanta personalidad política occidental visita a Cuba, con el ánimo de molestar y
enturbiar los encuentros de amigos comunes con la Dirección cubana. Esta práctica ha
sido rechazada por Cuba, que hace rato decidió no leer siquiera las insidiosas listas.
Fox no le dice una sola palabra a nuestro Comandante en Jefe sobre el tema durante las
numerosas veces que hablaron solos o viajaron juntos. Entrega la lista al Canciller
cubano, que lo acompañó al aeropuerto. Después se dijo que el Presidente Fox había
entregado tal lista al Comandante en Jefe.
Castañeda, sin embargo, se salió con
la suya: al día siguiente, los cables hablaban más del famoso desayuno con los
contrarrevolucionarios y la supuesta entrega a Fidel de la mencionada lista, que de la
excelente visita y los fructíferos y sinceros intercambios realizados entre ambas
delegaciones.
Al parecer insatisfecho, el
imprevisible Canciller a su regreso a México hace declaraciones enigmáticas y extrañas:
"Dejaron de existir las relaciones de México con la Revolución cubana y han
comenzado con la República de Cuba."
Pocos días más tarde, el martes 26
de febrero, vuelve a la carga al inaugurar en Miami el Instituto Cultural de México en
esa ciudad, al expresar textualmente: "Este Instituto Cultural es de todos los
mexicanos, de todos los latinoamericanos y, naturalmente, de todos los
cubanoamericanos". Y agregó: "Las puertas de la Embajada de México en La
Habana están abiertas a todos los ciudadanos cubanos, del mismo modo que lo está
México".
Al día siguiente, 27 de febrero, la
emisora oficial del Gobierno de Estados Unidos, muy asociada a la mafia terrorista de
Miami, que de forma insultante e hiriente para nuestro pueblo lleva el nombre del Apóstol
de nuestra independencia, toma las extrañísimas palabras del Canciller mexicano y desde
las 7:31 de la mañana hasta las 8:01 de la noche, repite ocho veces sus declaraciones,
haciendo especial énfasis en la mentira de que las relaciones diplomáticas entre ambos
países se habían roto, y en la frase de Castañeda: "Las puertas de la Embajada de
México están abiertas para todos los cubanos", lo que provoca el incidente en esa
Embajada. Cientos de elementos antisociales y lumpens intentan penetrar por la noche en
esa misión diplomática. Un ómnibus, a toda velocidad, se impacta contra las verjas:
hubo policías heridos, y sólo por el esfuerzo heroico de un pequeño grupo de
guardianes, varios cientos de personas no penetraron en la sede. Sólo 21 lograron
hacerlo. Ninguno era profesional, intelectual, ni estudiante universitario o algo
parecido; más del 50 por ciento tenía antecedentes penales o advertencias policiales por
conductas delictivas.
A petición del Gobierno de México,
fuerzas especiales desarmadas desalojaron sin el menor daño físico a los asaltantes.
Todas las agencias de prensa extranjeras fueron testigos de lo ocurrido.
En aquel acto de Miami había mucha
gente que nada han tenido que ver con la cultura. Estaba presente Jorge Mas Santos y
demás cabecillas de la llamada Fundación Cubano-Americana, entre otros muchos
terroristas, como invitados de honor.
No importa si se trataba de
mercenarios y terroristas, ni importaba que la Fundación para el crimen que dirigen pagó
durante años los atentados terroristas contra hoteles en Cuba, y los ataques contra otras
instalaciones turísticas desde el mar. Son para Castañeda muy importantes: al fin y al
cabo decidieron mediante escandaloso fraude las elecciones presidenciales en Florida.
¿Por qué semejante provocación?
¿Por qué tal discurso del Canciller
mexicano en la inauguración de un instituto cultural mexicano en Miami?
¿Por qué sus babosas y adulonas
palabras al "selecto grupo" de mafiosos y terroristas invitados a ese acto?
¿Por qué Cuba tiene que tolerarlo?
¿Por qué el Gobierno mexicano no
pone límite a los incesantes insultos y provocaciones de este caballero?
Estos bochornosos antecedentes
precedieron el incidente con motivo de la Cumbre de Monterrey.
Todo fue obra de la política
maquiavélica y provocadora del señor Castañeda. Al Presidente cubano se le solicitó
que no asistiera a la Cumbre 24 horas antes de su partida hacia Monterrey. A duras penas,
el Gobierno mexicano accedió, mediante arduos intercambios, a un acuerdo aceptado por
Cuba sin otra alternativa posible, de que el Jefe de la Delegación se retirara en horas
de la tarde del día 21. El Comandante en Jefe cumplió su palabra, mas no podía
marcharse sin un mínimo de explicación, tanto para el pueblo de Cuba como para la
opinión internacional: "Les ruego a todos me excusen que no pueda continuar
acompañándolos debido a una situación especial creada por mi participación en esta
Cumbre, y me vea obligado a regresar de inmediato a mi país."
Era lo mínimo que podía explicar
sobre tan extraña conducta, que podía ser tomada o interpretada como gesto cobarde ante
el temor de cruzarse o verse cara a cara frente al amo del mundo. Ya había ocurrido una
vez en junio de 1992 con el Presidente George H. Bush sin el menor incidente y con mutuo
respeto. Explicó que en su lugar quedaría Ricardo Alarcón de Quesada, Presidente de la
Asamblea Nacional de Cuba, órgano supremo del poder del Estado. Pidió que no se le
prohibiera participar en todas las actividades de la Cumbre. Acceder a esa simple, mínima
y lógica solicitud habría puesto fin al incidente. Sin embargo, pudo más la arrogancia,
la soberbia y la siniestra influencia del señor Castañeda. Se quería, además de
pisotear sus derechos, humillar a Cuba. Fue necesario protestar y denunciar lo ocurrido.
El Canciller mexicano juró y perjuró que nadie en absoluto había solicitado poner
obstáculo o límite a la participación del Presidente de Cuba. Mintió descaradamente
sobre hechos que conoce con toda exactitud. Ha dejado incluso en el ambiente la duda sobre
lo que realmente ocurrió.
Han llovido declaraciones oficiales
sembrando dudas sobre la veracidad de los pronunciamientos del Canciller de Cuba, Felipe
Pérez Roque, y el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón
de Quesada.
¿Hasta cuándo se va a poner a prueba
la paciencia de nuestro noble y amistoso pueblo?
Cuba posee pruebas irrebatibles de
todo lo ocurrido que barrerían cualquier duda. Ha preferido abstenerse de usarlas porque
no desea perjudicar a México, no desea lesionar su prestigio, no desea en lo más mínimo
crear desestabilización política en ese hermano país. Nuestro Gobierno, sin que nadie
nos lo solicitara, apoyó, a pesar de Castañeda, la elección de México como miembro no
permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. No quisimos comunicarlo al
Presidente Fox a través del deshonesto e intrigante Canciller; lo hicimos en mensaje
directo al Presidente.
Era la segunda vez que el Gobierno de
México trataba de impedir la asistencia de Cuba a una Cumbre. La primera vez fue en 1981
cuando nuestro país era Presidente del Movimiento de Países No Alineados. Entonces el
Presidente de Estados Unidos era Reagan. Amenazó con no asistir, igual que el actual
Presidente de Estados Unidos. Pero entonces el Presidente López Portillo, asesorado por
su Canciller, Jorge Castañeda de la Rosa, hombre amistoso y honorable, con toda elegancia
lo invitó a Cozumel, habló largo con el líder cubano y le explicó toda la verdad por
la cual le solicitaba declinara su derecho a participar. Cuba respondió con su invariable
espíritu de amistad hacia México. Aquello podía comprenderse y soportarse.
Hoy los tiempos son distintos. El
imperio es más poderoso y agresivo que nunca, amenaza a nuestra Patria, recrudece su
hostilidad, insiste en su propósito de continuar su criminal bloqueo de casi medio siglo
y mantener a Cuba en su arbitraria e injusta lista de países que auspician el terrorismo,
designa Secretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos a un verdadero gángster de
sobra conocido, partícipe de groseras acciones de terror y crimen en Centroamérica,
amigo entrañable de Posada Carriles y Orlando Bosch, autores de la explosión en pleno
vuelo de un avión de Cubana de Aviación con 73 personas a bordo, entre ellas el equipo
juvenil de esgrima, que con todas las medallas de oro obtenidas en un evento deportivo
centroamericano y caribeño, pereció completo sin dejar huellas. Decenas de ataques
terroristas contra Cuba han sido realizados, y planes de atentado para asesinar al
compañero Fidel han sido organizados por el primero de los siniestros personajes
mencionados, financiados por esa Fundación, con cuyos jefes se relaciona ahora tan
íntimamente el señor Castañeda.
Es imposible mayor cúmulo de hechos
que los que viene perpetrando este renegado, que incluso en sus años mozos solicitó y
hasta llegó a recibir entrenamiento militar para apoyar al movimiento guerrillero en
Centroamérica, hoy convertido en instrumento de los planes imperialistas contra Cuba.
Más por ambición y vanidad que por odio, o ideología que nunca tuvo ni tendrá.
De alguna forma, por el honor de
México, debe ponerse fin a tales ofensas y agresiones al pueblo cubano. Que no se obligue
a Cuba a presentar las pruebas que poseemos. Somos conscientes de que los Gobiernos pasan
y los pueblos quedan. Aún deseamos, sin embargo, mantener relaciones normales con el
Gobierno de México y no lesionar en lo más mínimo la autoridad y el prestigio del
Presidente Fox, en instantes en que graves problemas de carácter humano y económico
están pendientes de soluciones, de las que depende la suerte de millones de mexicanos que
hoy viven ilegales en tierras arrebatadas a su patria, de los cuales mueren cientos cada
año cruzando y recruzando las fronteras, o se abstienen durante mucho tiempo de ver a sus
seres más queridos, resignándose a la discriminación y las violaciones a sus derechos
humanos más elementales.
No pedimos otra cosa que el cese de las
provocaciones, insultos, mentiras y macabros planes del señor Castañeda contra Cuba. De
lo contrario, no quedará otra alternativa que divulgar lo que no hemos querido divulgar y
hacer polvo sus falsos y cínicos pronunciamientos, cueste lo que cueste. ¡No lo dude
nadie!
Monterrey
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