ANTE
LA PRENSA NACIONAL Y EXTRANJERA
Fidel presenta pruebas de las mentiras de Fox
y Castañeda Presionaron al
líder cubano para que abandonara la Cumbre de Monterrey, según conversación sostenida
entre los presidentes de México y Cuba, cuya grabación se presentó a la prensa
internacional y nacional Si lo desean pueden llamar de inmediato a Fox y Castañeda
y preguntarles si existió o no esta conversación y si son exactas sus palabras,
solicitó Fidel "La promesa de no auspiciar, promover, ni apoyar una
resolución contra Cuba, tanto de Castañeda como del presidente Fox durante su visita a
Cuba, había sido vilmente traicionada", indicó
Mi renuencia a presentar las pruebas de lo ocurrido en Monterrey,
que me obligó a retirarme el mismo día de mi discurso en la Cumbre, se debía a que el
señor Castañeda había arrastrado en su descocada aventura al presidente Vicente Fox. No
podía revelarlas sin implicar al propio Jefe de Estado mexicano.
La actual conspiración contra Cuba en
Ginebra había sido urdida por el señor Castañeda en Washington. El gobierno checo
estaba ya hastiado de su costoso y desacreditante papel mercenario. El gobierno de Estados
Unidos el pasado año, después de la resolución impuesta por la fuerza contra Cuba en
Ginebra, había sido privado de su condición de miembro de la Comisión de Derechos
Humanos en humillante y merecido castigo, mediante voto secreto del Consejo Económico y
Social, (ECOSOC). Fue la más vergonzosa derrota que jamás había sufrido desde que fuera
creado ese órgano en 1945.
El canciller mexicano Jorge Castañeda se
ofrece para latinoamericanizar la nueva y artera maniobra. Una proposición cínica,
amañada y engañosa debía ser promovida por delegaciones latinoamericanas en la
Comisión de Derechos Humanos. A eso se consagró el resto del año 2001, dando lugar a
reiterados incidentes con Cuba, que fueron objeto de numerosas críticas por parte de
personalidades políticas y miembros de la Cámara de Diputados y el Senado de México.
Ya desde el 20 de abril del 2001, un día
después de la votación de la resolución contra Cuba en la que México se abstuvo, el
compañero Felipe Pérez Roque, ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país,
declaró que el canciller de México, Jorge Castañeda, había hecho todo lo posible para
tratar de que México cambiara su posición y Cuba fuese condenada. A lo largo de todo ese
año, el señor Castañeda se dedicó a intrigar y conspirar en esa dirección.
A principios del presente año, por
iniciativa de México se fragua el viaje a Cuba de una delegación de alto nivel,
presidida por Fox, con el pretexto de mejorar las relaciones entre nuestros dos países.
La Conferencia de Monterrey se acercaba. Bush, como ya había hecho Reagan en 1981, a
raíz de una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Norte-Sur que tendría lugar en
México en el mes de octubre de ese mismo año, amenaza con no asistir si Cuba
participaba. El honor y los deberes del gobierno de México entraban de nuevo en
contradicción con sus intereses. Entiéndase bien, del gobierno de México; no hablo, ni
mucho menos, del hermano pueblo de México. El viaje de Fox y Castañeda a Cuba, adonde
llegaron el 3 de febrero a las 10:30 a.m. estuvo minuciosamente diseñado. En todo había
doblez y cálculo. Conocíamos perfectamente que uno de los objetivos era solicitarnos que
renunciáramos a nuestra participación. No se atrevieron. Bastó la primera hora de
reunión, iniciada a las 11:14 a.m. Los primeros minutos fueron casi suficientes. Me
adelanté a recordarles la invitación transmitida a nuestro país por las Naciones Unidas
para participar en esa Cumbre. Después analicé a fondo toda la hipocresía y perfidia de
las maniobras contra Cuba en Ginebra.
El intercambio con Fox y otros miembros de
la delegación esa mañana se tornó serio y productivo sobre variados temas. Castañeda
se revolvía nervioso e inquieto no vayan a creer que tengo nada contra él.
Almuerzo ligero con Fox y su delegación, al concluir la primera reunión. Ofrenda floral
a Martí. Un amplio recorrido programado, en el que lo acompañé todo el tiempo.
Conversamos durante los trayectos con bastante seriedad y familiaridad sobre varios temas.
Visitamos La Habana Vieja; una planta generadora de electricidad al este de la capital,
que funciona con gas acompañante del petróleo mediante la tecnología del ciclo
combinado; a sugerencia mía, un encuentro en la casa del Historiador de la Ciudad,
Eusebio Leal, al que Fox acababa de condecorar, para visitar a su señora madre, que se
encontraba convaleciente.
Finalmente, el recorrido concluyó en el
Centro Internacional de Restauración Neurológica donde numerosos mexicanos reciben
exitosos tratamientos.
Por otro lado, a las cuatro de esa tarde
tenía lugar una reunión de nuestro Ministro de Relaciones Exteriores y el señor
Castañeda. Éste no se atrevió siquiera a discutir con Felipe la historia del proyecto
contra Cuba en Ginebra. No menciona la Cumbre de Monterrey, y le promete que México no
auspiciará, promoverá o apoyará moción alguna contra Cuba en Ginebra.
A las ocho de la noche recepción oficial en
el Palacio de la Revolución; 8 y 53, reunión privada con el Presidente Fox en mi
despacho. Cuando abordamos el tema de Ginebra, después de varias disquisiciones, me
aseguró textualmente que México nunca haría algo que afectara a Cuba, pues eran muchos
los años de relaciones que no querían afectar de ninguna manera. Más tarde, la cena
prevista, que tiene lugar en un ambiente amistoso. La visita nos deja una impresión
positiva. Fueron muchas las horas de intercambio respetuoso y aparentemente sincero.
Poco tiempo duró, sin embargo, la agradable
impresión. A Castañeda le dio por hacer declaraciones enigmáticas y extrañas:
"Dejaron de existir las relaciones de México con la Revolución cubana y han
comenzado con la República de Cuba..." , "la postura mexicana de hoy no es la
postura del pasado", etcétera. Viaja a Miami poco después para inaugurar el 26 de
febrero un instituto cultural de México. Allí son invitados una curiosa fauna de
terroristas y contrarrevolucionarios de origen cubano que nada han tenido que ver jamás
con la cultura. Aborda de nuevo las elucubraciones teóricas sobre las relaciones de
México con la Revolución o con la República, y les dirige palabras edulcoradas a sus
"selectos" oyentes. Declara: "Las puertas de la Embajada de México en La
Habana están abiertas a todos los ciudadanos cubanos, del mismo modo que lo está
México". Redactores de la subversiva y mal llamada Radio Martí manipulan sus
palabras, y durante todo el día siguiente repiten que las relaciones entre México y Cuba
se han roto y las puertas de la Embajada de ese país en La Habana están abiertas para
todos.
Un grave incidente tiene lugar ese mismo
día en horas de la noche, resuelto sólo por la cooperación seria y eficaz de Cuba la
madrugada del 1º de marzo, solicitada por el gobierno mexicano, sin el menor rasguño
para los asaltantes de la sede. Ruedan infundios y groseras calumnias. Hasta se afirma que
todo se debió a una provocación de Cuba. Comenzaba marzo. La Cumbre de Monterrey estaba
muy cerca.
Como suele ocurrir, nunca anuncio la
decisión de asistir o no a tales eventos. Son obvias las razones. Y cuando lo decido,
sólo a última hora lo comunico a quien corresponda. Hay quienes llegan a estos eventos
incluso sin haberlo informado previamente, y jamás han tenido dificultad alguna con los
anfitriones. En esta ocasión, tomada la decisión aproximadamente tres días antes,
anuncié mi llegada con 24 horas de anticipación, el 19 de marzo. Tenía dos razones: ni
Bush quería mi presencia ni el propio Fox. Tampoco deseaba enfrascarme en una larga
discusión con Fox y Castañeda, tratando de persuadirme e implorándome que no fuera.
Cuando el presidente Reagan amenazó con boicotear la reunión en 1981, me vi obligado a
complacer al presidente José López Portillo. Pero éste, en medio de su vergüenza y su
pena, se comportó como un caballero. Fue elegante, me invitó a Cozumel, y con toda
franqueza me explicó su tragedia. Accedí.
Esta vez habían cambiado los hombres y los
tiempos. La situación internacional es hoy extraordinariamente grave y compleja. Se
abordaba en esa conferencia un tema de vital importancia para todos los países del mundo
pobre y explotado. Era mi derecho asistir y decidí asistir. Sabía bien que tan pronto
comunicara la noticia de mi participación, el Presidente de Estados Unidos no tardaría
un minuto en conocerlo, con las inevitables presiones sobre México. No deseaba darles
demasiado tiempo para ello. Redacté una carta breve y cursé instrucciones a nuestro
Embajador de entregarla a la Presidencia de México a las 7:00 p.m. hora de Cuba, 6:00 de
la tarde hora de México.
Aunque Monterrey estaba saturada de
delegados, nuestra delegación había alquilado con tiempo 20 de las 40 habitaciones de un
pequeño hotel recién inaugurado. Debido a la incertidumbre sobre el viaje, no habían
sido alquiladas todas. Deseábamos, además, desinformar a los sempiternos y omnipresentes
terroristas, entrenados, consentidos y amparados por Estados Unidos. A última hora me
bastaba con la mitad de aquel hotelito.
II PARTE
|