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La revolución socialista ha creado más propietarios que los que había creado el capitalismo en Cuba a lo largo de siglos

En respuesta al discurso de Bush el 20 de mayo, Fidel recordó como “Cientos de miles de  familias campesinas son hoy propietarias de sus tierras, por las cuales no pagan siquiera impuestos.  Otros cientos de miles las poseen en usufructo gratuito y las explotan de forma individual o cooperativa, y son propietarios de la maquinaria, los talleres, el ganado y otros bienes.

Queridos compatriotas de Holguín, Granma,
Las Tunas y toda Cuba:

El 20 de mayo, día del bochornoso espectáculo del auditorio de Miami, era irónico escuchar al señor W. Bush hablar enérgicamente de independencia y libertad -no para Puerto Rico sino para Cuba-, y mucho sobre democracia -no para la Florida sino para Cuba.  Especial énfasis puso el señor W. en la defensa de la propiedad privada, como si ésta no existiera en Cuba.

Me di cuenta de que los años pasan.  Qué lejos quedaban aquellos tiempos en que un hombre de voz cálida y persuasivo acento, desde un sillón de ruedas, hablaba como Presidente de Estados Unidos e inspiraba respeto: era Franklin Delano Roosevelt.  No se expresaba como un perdonavidas o un matón;   ni era Estados Unidos la superpotencia hegemónica que es hoy.

Etiopía había sido ocupada.  La sangrienta guerra civil española había estallado.  China estaba siendo invadida y el peligro nazi-fascista amenazaba al mundo.  Roosevelt, a mi juicio un verdadero estadista, luchaba por sacar a su país de un peligroso aislacionismo.

Yo era entonces un colegial de sexto o séptimo grado.   Tendría de 12 a 13 años.  Había nacido en pleno campo, donde ni luz eléctrica existía, y muchas veces sólo a caballo, por caminos de espeso lodo, podía arribarse.

Alternaba los meses del año entre un rígido internado segregacionista -léase apartheid sexual, los varones a distancia infinita de las hembras, separados en escuelas que estaban a años luz unas de otras- en Santiago de Cuba, y breves vacaciones, aunque una más extensa durante el verano, en Birán.

Los que teníamos privilegios, vestíamos, calzábamos y nos alimentábamos.

Un mar de pobreza nos rodeaba.  No sé qué tamaño tendrá el rancho en Texas del señor W.;  sí recuerdo que mi padre dominaba sobre más de diez mil hectáreas de tierra.  Eso apenas era nada.  Otras gigantescas extensiones, que variaban entre 110.409 y 115.079 hectáreas -propiedad de la West Indies Sugar Company y de la United Fruit Company-, rodeaban el latifundio familiar.

Cuando un Presidente de Estados Unidos anunciaba un discurso, equivalía a decir:  hablará Dios.  Era lógico,  todo venía de allí:  lo bello, lo bueno, lo útil;  desde una cuchilla de afeitar hasta una locomotora; desde una postal con la Estatua de la Libertad, hasta una película de cowboys que tanto fascinaba a niños y adultos.  Además, "desde allí nos vino la independencia y la libertad".  Eso les decían a las decenas de miles de obreros agrícolas y campesinos sin tierra de aquellos territorios que una parte del año obtenían empleo limpiando y cortando caña.

Descalzos, mal vestidos y hambrientos, vivían bajo el terror de la guardia rural, creada por los interventores, con fusiles Springfield, largos y estrechos machetes, sombreros y caballos de Texas de siete cuartas, que sembraban el pánico con su imponente altura en nuestros desnutridos trabajadores, a los cuales reprimían sin piedad ante cualquier amago de huelga o protesta.

En aquellas inmensas extensiones de campos, barracones, bohíos de guano, pueblos empobrecidos y centrales de azúcar, de vez en cuando aparecía una mísera aula por cada 200 o 300 niños, sin libros, con muy pocos materiales   escolares, y a veces sin maestro.  Sólo en los bateyes de los grandes centrales había uno o dos médicos para atender fundamentalmente a las familias de administradores y altos funcionarios de las empresas azucareras extranjeras.

En cambio, abundaba un extraño profesional,  con instrucción escolar no mayor de tres o cuatro grados -un verdadero sabio entre la masa de analfabetos, que casi siempre era compadre y visitante ocasional de las familias que vivían en el campo-, se encargaba de los asuntos electorales de los ciudadanos.   Sacaba cédulas, comprometía al elector.

Era el sargento político.  El hombre de campo no vendía su voto, pero ayudaba a "su amigo".  Quien contara con más dinero y más sargentos políticos contratara, salvo excepciones, era el seguro candidato triunfador como aspirante a cargos legislativos nacionales u otras funciones que podían ser de carácter municipal o provincial.   Cuando en algunas de aquellas elecciones se decidía un cambio presidencial -nunca del sistema político y social, algo impensable- y surgían conflictos de intereses, la guardia rural decidía quiénes serían los gobernantes.

La inmensa mayoría de la población era analfabeta o semianalfabeta; dependía de un mísero empleo que debía conceder un patrón o un funcionario político.  No había para el ciudadano opción alguna, ni contaba siquiera con el conocimiento mínimo indispensable para decidir sobre temas cada vez más complejos de la sociedad y del mundo.

De la historia de nuestra patria no conocía más que la leyenda que de boca en boca contaban los padres y abuelos sobre las pasadas y heroicas luchas de la era colonial, lo que al final fue por cierto una gran suerte.  Pero lo que significaban aquellos partidos políticos tradicionales, dominados por las   oligarquías al servicio del imperio, ¿cómo podían comprenderlo?

¿Quién lo ilustraba?  ¿Dónde podrían leerlo?   ¿En qué prensa?  ¿Con qué alfabeto?  ¿Cómo transmitirlo?  El brillante y heroico esfuerzo de los intelectuales de izquierda, que lograron admirables avances en aquellas condiciones, chocaba con las murallas infranqueables de un nuevo sistema imperial y la experiencia acumulada durante siglos por las clases dominantes para mantener oprimidos, explotados, confundidos y divididos a los pueblos.

El único derecho de propiedad que conocía la casi totalidad de Cuba hasta 1959, era el derecho de las grandes empresas extranjeras y sus aliados de la oligarquía nacional a ser dueños de enormes extensiones de tierra, de los recursos naturales del país, y a la propiedad de las grandes fábricas, los servicios públicos vitales, los bancos, los almacenes, los puertos, los hospitales y escuelas privadas que prestaban servicio de calidad a una ínfima minoría privilegiada de la población.

(II parte)

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Javier SotomayorDocumentos | Revistas | Correo-E | Inglés | Francés | Portugués | Alemán
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