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INTERVENCIÓN
PRONUNCIADA POR EL MINISTRO DE RELACIONES
EXTERIORES DE CUBA, FELIPE PÉREZ ROQUE, EN LA
CUMBRE MUNDIAL SOBRE DESARROLLO SOSTENIBLE,
JOHANNESBURGO, SUDÁFRICA 3
DE SEPTIEMBRE DEL 2002
Excelencias:
Obligaciones
ineludibles dentro del país, derivadas de un
colosal esfuerzo por el desarrollo social de
nuestro pueblo, particularmente en las esferas de
la educación, la cultura, la salud y la ciencia,
que multiplique su capacidad de enfrentar el
bloqueo y los efectos de la crisis económica
internacional, preservar la Revolución y
garantizar la independencia en medio de políticas
belicosas, amenazas y riesgos, han impedido a
nuestro Presidente viajar esta vez a
Johannesburgo.
Diez
años atrás, el Presidente Fidel Castro señaló
ideas como estas:
"Una
importante especie biológica está en riesgo de
desaparecer por la rápida y progresiva liquidación
de sus condiciones naturales de vida: el hombre.
"[...]
Tomamos conciencia de este problema cuando casi es
tarde para impedirlo.
"[...]
Las sociedades de consumo son las responsables
fundamentales de la atroz destrucción del medio
ambiente.
"La
solución no puede ser impedir el desarrollo a los
que más lo necesitan [...].
"Si
se quiere salvar a la humanidad de esa
autodestrucción, hay que distribuir mejor las
riquezas y las tecnologías disponibles en el
planeta, menos lujo y menos despilfarro en unos
pocos países para que haya menos pobreza y menos
hambre en gran parte de la Tierra.
"Páguese
la deuda ecológica y no la deuda externa.
"Desaparezca
el hambre y no el hombre.
"Cuando
las supuestas amenazas del comunismo han
desaparecido y no quedan ya pretextos para guerras
frías, carreras armamentistas y gastos militares,
¿qué es lo que impide dedicar de inmediato esos
recursos a promover el desarrollo del Tercer Mundo
y combatir la amenaza de destrucción ecológica
del planeta?"
Tras
diez años de nuevas locuras y más despilfarro
para unos —la minoría— y más pobreza,
enfermedades y muerte para otros —la inmensa
mayoría—, esas palabras resuenan en esta sala
sobre la conciencia de unos y otros. Sus preguntas
permanecen hoy sin recibir respuesta.
Cabe
hacerse, sin embargo, tres nuevas preguntas:
La
primera: ¿qué resultados hemos alcanzado desde
la Cumbre de Río a la fecha?
Casi
ninguno. Una década más tarde las cosas no han
mejorado. Al contrario.
El
medio ambiente está más amenazado que nunca.
Mientras
el Protocolo de Kyoto naufraga víctima de un
arrogante boicot, las emisiones de dióxido de
carbono, lejos de disminuir, han aumentado un 9
por ciento, y en el país más contaminador en ¡un
18 por ciento! Los mares y ríos están hoy más
envenenados que en 1992; el aire está más
contaminado; 15 millones de hectáreas de bosques
son devastados cada año, casi cuatro veces la
superficie de Suiza. Es tan insostenible el modo
de vida en los países desarrollados, que son los
principales depredadores, como en los demás. El
Norte contamina derrochando, el Sur para no morir.
Una
gran parte de la población del planeta vive en
condiciones críticas.
Ochocientos
quince millones de hambrientos, 1 200 millones de
personas en pobreza extrema, 854 millones de
adultos analfabetos y 2 400 millones de personas
sin saneamiento básico, son una prueba. Cuarenta
millones de enfermos o contagiados por el virus
del SIDA, dos millones de muertos por tuberculosis
y un millón por malaria cada año, son otra
prueba. Once millones de niños menores de 5 años
morirán este año por causas evitables, lo que
además de una prueba adicional, es un crimen.
El
mundo es más injusto y desigual que hace diez años.
Lejos
de acortarse la brecha, se ha ensanchado. La
diferencia de ingresos entre los países más
ricos y los más pobres era de 37 veces en 1960,
unas 60 cuando nos vimos en Río, y es ahora de 74
veces.
Segunda
pregunta: ¿quiénes son los responsables de este
estado de cosas?
El
orden económico y político impuesto por los
poderosos al mundo. Este es no solo profundamente
injusto, sino, además, insostenible. Heredero del
colonialismo y fruto del imperialismo, continúa
privilegiando al pequeño número de países que
se desarrolló sobre el sudor y la sangre de la
inmensa mayoría de los pueblos del planeta. Sus
instituciones financieras internacionales y, en
especial, el Fondo Monetario Internacional, que
responden a los intereses de los gobiernos de unos
pocos países desarrollados, particularmente a los
del más poderoso, a los de varios cientos de
transnacionales y a los de un grupo de políticos
cuyas campañas electorales han sido financiadas
por aquellas. Para defender esos ilegítimos y
minoritarios intereses se somete a la pobreza y la
desesperanza a la mayoría de la población
mundial.
El
Fondo Monetario Internacional, institución pública
nacida del reconocimiento explícito del papel de
los Estados y de que el mercado no podía resolver
los problemas, ha sido, paradójicamente, el
instrumento principal con que se impuso el
neoliberalismo en un mundo globalizado. Los países
pobres —la mayoría— tuvieron que aceptar el
infame Consenso de Washington. Los ricos y
desarrollados —la minoría— han podido darse
el lujo de no cumplirlo; no han abierto sus economías
y no han eliminado los subsidios.
Los
países subdesarrollados, víctimas principales de
esta nueva década perdida, no hemos podido luchar
unidos para defender nuestros derechos, no hemos
sabido ser aliados de los millones de
trabajadores, organizaciones no gubernamentales y
de los intelectuales que en los países
desarrollados claman también por un cambio
profundo.
Tercera
pregunta: ¿qué debemos hacer?
Hoy
faltan dos cosas: voluntad política y acceso a
los recursos financieros.
Asumiendo
hipotéticamente que la voluntad política brote,
como resultado de esta Cumbre y de la noción de
que el tiempo se acaba y de que si este nuevo
Titanic se hunde pereceremos todos, entonces la
cuestión estriba en garantizar los recursos que
permitan a nuestros países obtener financiamiento
fresco, estable y sobre bases concesionales y no
condicionales.
Cuba propone obtenerlo de:
-
Implantar
un impuesto para el desarrollo de apenas un
0,1 por ciento a las transacciones financieras
internacionales. Ello generaría recursos por
casi 400 mil millones de dólares anuales, que
bien administrados por la ONU y su sistema de
instituciones podrían cambiar la actual
situación.
-
Condonar
de inmediato la deuda externa de los países
subdesarrollados, cuyo monto total han pagado
ya más de una vez. Ello evitaría a nuestros
países dedicar por concepto de pago del
servicio de la deuda no menos de 330 mil
millones de dólares anuales, la cuarta parte
de nuestros ingresos por exportaciones de
bienes y servicios.
-
Acordar,
como un paso inmediato, que el 50 por ciento
de lo que hoy se dedica a gastos militares sea
integrado en un fondo a disposición de la ONU
para el desarrollo sostenible. Ello significaría
de inmediato casi 400 mil millones de dólares,
la mitad de ellos aportados por un solo país,
el más poderoso y rico, y también el más
responsable de la depredación del medio
ambiente.
-
Garantizar
el inmediato cumplimiento por parte de los países
desarrollados de su compromiso de dedicar el
0,7 por ciento de su Producto Nacional Bruto
como ayuda oficial al desarrollo. Ello elevaría
su contribución de 53 mil millones de dólares
en el año 2000 a casi 170 mil millones en el
2003.
Estas
son solo algunas ideas. Si a ellas sumamos el
establecimiento de una nueva arquitectura
financiera internacional, incluida la demolición
del actual FMI y su sustitución por una institución
pública internacional que responda a los
intereses de todos, el desarrollo de un sistema
comercial justo y equitativo que garantice el
trato especial y diferenciado a los países
subdesarrollados, y el fortalecimiento del
multilateralismo y del papel de la Organización
de Naciones Unidas basado en el respeto
irrestricto a su Carta, podríamos entonces decir
que ha valido la pena esta Cumbre.
Muchas
gracias
Cumbre
de Johannesburgo
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