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La unión y
la solidaridad entre los pueblos es hoy más necesaria
Palabras de
Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea
Nacional del Poder Popular en ocasión del aniversario 192 del
Grito de Dolores
Compañero Fidel
Castro:
Señores Representantes del Cuerpo Diplomático
Distinguidos invitados mexicanos:
Compañeras y
compañeros:
"Este júbilo
es justo, porque hoy nos reunimos a tributar honor a la nación
ceñida de palmeros y azahares que alza, como un florón de
gloria, al cielo azul, las cumbres libres donde el silbato del
ferrocarril despierta, coronada de rosas como ayer, con la
salud del trabajo en la mejilla, el alma indómita que
chispeaba al rescoldo en las cenizas de Cuauhtémoc, nunca
apagadas. ¡Saludamos a un pueblo que funde, en crisol de su
propio metal, las civilizaciones que se echaron sobre él para
destruirlo! ¡Saludamos, con las almas en pie, al pueblo
ejemplar y prudente de América!"
Así
habló José Martí, en 1891, en homenaje al pueblo que amó
tanto como al suyo. Con el mismo espíritu nos reunimos esta
noche a celebrar el aniversario 192 del Grito de Dolores.
El 16 de
septiembre es fecha que pertenece a todos los pueblos que
integran lo que el Apóstol llamó, precisamente desde suelo
mexicano, nuestra América.
Ese día de 1810
se inició la larga y compleja lucha que convertiría en
estado independiente al antiguo vierreinato de la Nueva España.
Pero el movimiento iniciado en Dolores iba más lejos y calaba
más hondo. Comenzaba la Revolución mexicana, el primer gran
movimiento revolucionario de los pueblos iberoamericanos, que
forjaría una nueva nación y tendría una repercusión que aún
perdura sobre todo el Continente. Con la abolición inmediata
de la esclavitud y la servidumbre y al decretar el reparto de
las tierras entre quienes las trabajaban el padre Miguel
Hidalgo y su ejército de indígenas y mestizos descalzos y
desarmados, comenzaban una batalla que todavía libran, dos
siglos después, millones de desposeídos, discriminados y
excluidos de América.
Esa revolución
fue una de las fuentes de la que brotaría la nuestra. Sus
ideas inspiraron a lo más lúcido del pensamiento cubano. En
México estrenaron sus armas, con Juárez, quienes habrían de
crear después nuestro Ejército Libertador.
Fue México el
primer país que expresó oficialmente su solidaridad con la
Revolución iniciada en La Demajagua y reconoció su
beligerancia desde el 5 de abril de 1869 antes aun de
celebrarse la Asamblea Constituyente en Guáimaro.
No fueron pocos
los mexicanos que vinieron a pelear y morir por nuestra causa
y miles de perseguidos cubanos encontraron refugio en tierra
azteca. Don Benito Juárez, presidente de la nación que
acababa de derrotar una de las numerosas agresiones que han
marcado su historia, seguía con desvelo la dura batalla
cubana. En una ocasión en 1870, por intermedio de un amigo
común, cuando nuestra Revolución entraba en una de sus
etapas más difíciles ante el aislamiento internacional y el
respaldo activo que Estados Unidos daba a España, Juárez
envió un mensaje al Padre de la Patria: nos recomendaba
confiar en nuestro valor y tener fe y perseverancia. En su
respuesta, el 13 de diciembre de aquel año, Céspedes le
aseguró que aun en las circunstancias más adversas,
careciendo incluso de todo apoyo externo, los cubanos pelearían
hasta la victoria o la muerte y que al hacerlo "tendrán
siempre ante sus ojos, como modelo la inmortal figura del
hombre que supo llevar la bandera mexicana a los límites
septentrionales".
La admiración,
el cariño y el apoyo cubano hacia la incansable resistencia
de México y la comprensión y la solidaridad mexicana con el
proceso revolucionario que desde el 10 de Octubre y a lo largo
de más de un siglo lleva a cabo nuestro pueblo, han sido el
sustento y la savia de nuestra fraterna relación.
En México
encontró Martí "casa hermana", amparo y ayuda para
su infatigable labor libertadora. El estudio de la experiencia
mexicana, el despojo de más de la mitad de su territorio, las
provocaciones y amenazas a lo largo del río Bravo y los propósitos
anexionistas abiertamente proclamados, lo ayudó a descubrir
el fenómeno imperialista y a denunciarlo, aportes decisivos
del Maestro a la historia y la política contemporánea.
Profesó por México amor profundo, compartió sus dolores y
sus afanes, advirtió los peligros que enfrentaba y promovió
la solidaridad constante, cultivó allí amistades entrañables
y a ellas dedicó los últimos minutos de su vida.
Nada interrumpió,
ni podrá hacerlo jamás, un vínculo que se afinca en las
comunes raíces, se ha desarrollado inquebrantable a lo largo
de los tiempos y se ha manifestado en el combate y la creación.
Desde Heredia hasta Guillén, Marinello y Roa, México ha sido
espacio fecundo para lo mejor de nuestra intelectualidad en
tiempos de persecución y tiranía; para Martí y Mella, para
Fidel Castro y la generación del Centenario, México fue
terreno indispensable para continuar la lucha y preparar el
sacrificio necesario hasta conquistar finalmente la victoria.
Nos hermanaba el
haber sido, ambos, pueblos nacidos de revoluciones que unían
indisolublemente, como un solo objetivo, el logro de la
independencia plena con la realización de las más avanzadas
aspiraciones de transformación social. Nos juntaba, en ruta
semejante, un siglo de contienda heroica frente a la agresión
brutal y la intromisión constante del imperio más poderoso y
prepotente.
Por eso fue México
el país que resistió con gallardía las presiones que se le
hicieron para sumarlo al bloqueo y la hostilidad desatados
contra Cuba desde la victoria de Enero. No pocas veces alzó
su voz, valerosa y digna, en aparente soledad, en los siempre
dóciles salones de la OEA. Sus representantes, en verdad,
nunca tuvieron más nutrida y noble compañía. Con ellos
andaban Hidalgo y Morelos, Juárez y Zapata, Villa y Cárdenas
y con ellos marchaban los desposeídos, los ignorados, los
humillados pueblos de la América nuestra, la que no dejará
nunca de reclamar justicia y peleará hasta conquistarla.
La hermandad que
siempre han mantenido los pueblos de Cuba y México se ha
nutrido del común empeño por la independencia nacional, la
igualdad y la justicia y una vida de hazaña y sacrificios que
hemos vivido, como nos pedía Juárez, con valor, fe y
perseverancia. La historia colocó sobre los hombros de
nuestros pueblos la grave responsabilidad de estar en la
primera línea de la resistencia de un Continente asediado y
amenazado por la codicia de un imperio que, al decir de uno de
los mayores poetas mexicanos, actúa movido por la arrogancia
y la ignorancia.
En la compleja
situación del mundo de hoy esos móviles, la arrogancia y la
ignorancia, desbordadas sobre todo el planeta, ponen en riesgo
no solo las culturas y las identidades nacionales sino la
supervivencia misma de la humanidad. La unión y la
solidaridad entre los pueblos es hoy más necesaria que nunca.
Con la certeza
de que nada ni nadie podrá quebrar nuestra amistad saludamos
con júbilo el 16 de septiembre. Que llegue nuestro abrazo
fraterno a todos los mexicanos y mexicanas.
A todos sus
trabajadores, sus campesinos, sus intelectuales y artistas,
sus jóvenes y sus mujeres. Nos unimos a su celebración de
esta fecha gloriosa que también es nuestra. Abrazamos también
a las decenas de millones de mexicanos que también la
celebran, más allá del río Bravo, discriminados en tierras
que fueron de sus abuelos y a los millones perseguidos por
carecer de un papel que solo pueden recordarla en la intimidad
de sus corazones.
Que a todos
llegue desde aquí nuestro mensaje solidario. Junto a ellos,
con todos ellos, digamos, a una voz: Viva México.
Nunca he
sentido tan cerca la dignidad de nuestros pueblos como esta
noche
Semejante
identidad de sentimientos, de emociones, de historia, no se
borra por decreto
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