|
INFORME
DE CUBA AL SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES
UNIDAS SOBRE LA RESOLUCIÓN 56/9 DE LA ASAMBLEA
GENERAL DE LA ONU.
“Necesidad
de poner fin al bloqueo económico, comercial y
financiero de los Estados Unidos contra Cuba”
-INTRODUCCIÓN
El pueblo cubano
sigue siendo víctima del bloqueo genocida que le
ha impuesto el gobierno de los Estados Unidos de
América en su afán por doblegar su apego al
ejercicio de la libre determinación y su voluntad
de independencia, justicia social y equidad. Por
más de 42 años, sucesivas administraciones
norteamericanas no han dudado en tratar de
provocar el hambre y las enfermedades entre el
pueblo cubano, como recurso para tratar de someter
su espíritu de resistencia a la agresión y la
anexión.
La política del
bloqueo ha causado y continúa infligiendo serias
y onerosas afectaciones al bienestar material,
psíquico y espiritual del pueblo cubano y, a la
vez que limita su desarrollo económico y social,
ha obligado a sucesivas generaciones de cubanos a
vivir bajo un clima de permanente hostilidad y
tensión. Seis de cada diez cubanos han nacido y
vivido bajo las condiciones impuestas por esta
política.
La guerra
económica de los Estados Unidos contra Cuba
carece de todo fundamento legal y, conforme a lo
dispuesto en el inciso (c) del Artículo II de la
Convención de Ginebra para la Prevención y la
Sanción del Delito de Genocidio, del 9 de
diciembre de 1948, califica como un acto de
genocidio y, por consiguiente, constituye un
delito de derecho internacional.
El bloqueo
económico, comercial y financiero impuesto a Cuba
por el país más poderoso en toda la historia de
la humanidad, no sólo se mantiene, sino que ha
sido recrudecido por decisión del actual gobierno
del Presidente George W. Bush, quien ha hecho de
la retórica anticubana y de los fuertes
compromisos asumidos con los grupos extremistas
con sede en Miami, el fundamento de sus acciones
contra Cuba en busca de beneficios electorales
para sí y para su familia.
En una
intervención pronunciada recientemente en la Casa
Blanca, el 20 de mayo del 2002, en ocasión de la
conmemoración del centenario de la imposición a
Cuba de un régimen de dominación neocolonial por
parte de Estados Unidos, el Presidente Bush
declaró abiertamente que “Estados Unidos
continuará haciendo cumplir las sanciones
económicas sobre Cuba” [i] .
Si alguien aún
albergaba dudas acerca de la continuidad y el
recrudecimiento en la aplicación de la política
estadounidense de bloqueo contra el pueblo cubano,
pudo encontrar la más clara respuesta en dichas
declaraciones del Presidente Bush, que repitiera
el mismo día en Miami.
Es a la luz de
estas circunstancias, que la Asamblea General de
las Naciones Unidas nuevamente deberá examinar,
durante el 57 período de sesiones, este tema de
su Programa, después de diez años en que ese
mismo órgano aprobara por primera vez una
resolución que solicita al gobierno de los
Estados Unidos poner fin al bloqueo económico,
comercial y financiero contra el pueblo cubano.
Para ello, cabría preguntarse:
¿Cómo pudo
crearse a lo largo de estos años un sistema tan
meticuloso e infernal para impedir a todo un
pueblo acceder a los alimentos y medicamentos
esenciales producidos en el principal mercado del
mundo, máxime si se toma en cuenta que algunos de
ellos son únicos y no pueden ser suministrados a
precio alguno por otro proveedor?
¿Cómo podría
admitirse que a un pueblo le siga siendo negado el
acceso a tecnologías y piezas de repuesto, a
equipos médicos y literatura científica
imprescindibles para la plena realización del
derecho humano a la salud?
¿Cómo podrían
justificarse esas prácticas, ya no sólo frente a
las normas universales de los derechos humanos y
del derecho internacional humanitario, sino
incluso vistas a la luz de los principios de la
liberalización económica y comercial que
promueven los países industrializados, incluidos
los Estados Unidos, en el marco del proceso de
globalización en curso?
A lo largo de
este informe se tratará de dar respuesta a estas
interrogantes, y la Asamblea General derivará sus
propias conclusiones de la información que aquí
se reseña.
-ALBORES,
CONSOLIDACIÓN Y RECRUDECIMIENTO DEL BLOQUEO
ESTADOUNIDENSE A CUBA.
Los últimos 200
años han planteado a la nación cubana difíciles
desafíos, en particular a partir del peligro que
históricamente han representado las pretensiones
de anexión y dominación de Cuba por parte de los
sectores más conservadores de poder en los
Estados Unidos. Bastaría con un somero atisbo a
la historia, para encontrar sobrados testimonios
de las verdaderas intenciones que han guiado la
política estadounidense hacia Cuba. Estados
Unidos no ha escatimado recurso alguno en sus
planes hegemónicos, especialmente después del
triunfo de la Revolución Cubana en 1959.
La política de
aplicar sanciones económicas ha constituido un
eslabón fundamental de la hostilidad de los
Estados Unidos contra Cuba. La decisión de
promover el hambre, las enfermedades y la
desesperación del pueblo cubano como herramientas
para alcanzar sus fines de dominación política,
no sólo se ha mantenido, sino que se ha
recrudecido en estos últimos cuarenta años.
Cuba ha estado
sometida a una política brutal de hostilidad y
agresiones de todo tipo por parte de la
superpotencia, cuyo propósito estratégico no ha
sido otro que la liquidación de la Revolución
Cubana y la destrucción del sistema político,
económico y social establecido, sostenido y
perfeccionado permanentemente por la libre
voluntad de su pueblo.
Para lograr su
propósito, las sucesivas administraciones
estadounidenses desde 1959, han recurrido a todo
tipo de presiones políticas; intentos de
aislamiento diplomático; acciones
propagandísticas; aliento a la deserción y a la
emigración ilegal; espionaje; guerra económica y
agresiones de la más diversa índole, incluidas
la subversión, las acciones terroristas y de
sabotaje, la guerra biológica, el fomento de las
bandas armadas y las infiltraciones e incursiones
criminales contra territorio cubano, el
hostigamiento militar, la amenaza de exterminio
nuclear y hasta la agresión directa mediante el
empleo de un ejército mercenario.
Ni una sola
actividad económica y social cubana ha quedado
exenta de la acción destructora y
desestabilizadora resultante de la política
agresiva de los Estados Unidos. Cifras
conservadoras apuntan a que el valor de las
afectaciones a Cuba por la aplicación de esta
política genocida supera ya los 70 mil millones
de dólares. Estas cifras no incluyen los más de
54 mil millones de dólares reportados como daños
directos ocasionados a objetivos económicos y
sociales del país durante las últimas cuatro
décadas, por los sabotajes y acciones terroristas
llevadas a cabo por agentes al servicio de los
Estados Unidos, toleradas por dicho país u
organizadas y financiadas desde su territorio.
Como ya se ha
denunciado en informes anteriores, en 1992 se
agravaron las dificultades que enfrentaba la
economía cubana a partir de la desarticulación
de los vínculos con sus antiguos socios
comerciales de la desaparecida Unión Soviética y
de Europa del Este. Es en esa coyuntura que se
aprueba la llamada Ley Torricelli, con el objetivo
de aislar totalmente a Cuba del entorno económico
internacional y hacer colapsar su economía. Las
disposiciones contenidas en esa legislación, de
carácter profundamente extraterritorial,
constituyen una flagrante violación de las normas
internacionales que rigen la libertad de comercio
y navegación y reflejan el desprecio e irrespeto
hacia la soberanía de terceros Estados.
En 1996,
insatisfecho aún por no haber logrado el colapso
del sistema político y económico del país con
la enmienda Torricelli, el gobierno de los Estados
Unidos da un paso más en su escalada de acciones
hostiles y agresivas hacia el pueblo cubano. Ese
año se promulga la Ley Helms-Burton, en la cual
se integran los principales programas y políticas
que había estado promoviendo la ultraderecha
estadounidense y la mafia terrorista cubano
americana contra el pueblo cubano y su proyecto
emancipador.
La Ley
Helms-Burton, injerencista por su naturaleza y por
su letra, pretende dictar en sus Títulos I y II,
cómo debe ser el ordenamiento político,
económico y social de un Estado soberano vecino,
Cuba, al tiempo que promueve la subversión como
vía para lograr sus propósitos, mientras que en
sus Títulos III y IV intenta internacionalizar el
bloqueo imponiéndole normas y reglas a la
comunidad internacional sobre cómo desarrollar
las relaciones económicas con la nación cubana,
y estableciendo sanciones contra ciudadanos de
otros países por sostener negocios con Cuba.
Estas leyes y
regulaciones que afectan a nuestro país y que,
además, extienden su acción contra toda la
comunidad internacional, han sido complementadas
con ulteriores disposiciones y medidas dirigidas
al recrudecimiento del bloqueo. Entre las acciones
más recientes, debe llamarse la atención acerca
de la instrumentación de nuevos mecanismos de
control y monitoreo para hacerlas más efectivas.
El arribo al
poder de la Administración del Presidente George
W. Bush, ha significado un recrudecimiento de la
retórica anticubana y un mayor comprometimiento
con la Fundación Nacional Cubano-Americana y
otras organizaciones extremistas del Estado de La
Florida, cuyas acciones terroristas y anexionistas
son bien conocidas, y ha traído como resultado un
endurecimiento de la política de bloqueo contra
el pueblo cubano.
La actual
Administración estadounidense se ha propuesto
lograr a toda costa la aplicación más rigurosa
de las regulaciones del bloqueo, en particular de
la Ley Helms-Burton, tanto en sus aspectos
económicos como políticos. Las sanciones y
restricciones económicas han estado acompañadas
de nuevas iniciativas para la promoción,
organización y el financiamiento de la
subversión interna en la Isla, valiéndose de la
Sección de Intereses que mantiene Estados Unidos
en La Habana, de los recursos de la Agencia de los
Estados Unidos para el Desarrollo Internacional
(USAID) y otros fondos oficiales, y de los
recursos que brinda la Administración a
organizaciones que, como Freedom House, fomentan
la subversión y la injerencia en el territorio de
la República de Cuba. Este año, el Gobierno del
Presidente W. Bush ha llegado incluso a emitir una
convocatoria pública para el otorgamiento de los
recursos federales disponibles para el
financiamiento de proyectos de subversión interna
en Cuba, ofreciendo millones de dólares por cada
proyecto presentado.
Uno de los
aspectos más notables de la acción anticubana de
la Administración del Presidente W. Bush ha sido
el tema de la restricción de la libertad de
viajes mediante el recrudecimiento de
las sanciones y
las amenazas contra los ciudadanos norteamericanos
que desean viajar a Cuba, actos que se han
recrudecido durante los últimos 18 meses, cuando
el gobierno de los Estados Unidos ha sometido a
procesos judiciales y multas a un número
creciente de ciudadanos estadounidenses. Baste
decir que si bien del 3 de enero al 3 de mayo del
año 2001, un lapso de cuatro meses, el
Departamento del Tesoro envió 74 cartas a
ciudadanos norteamericanos que se atrevieron a
viajar a Cuba sin permiso, imponiéndoles multas
por 7,500 USD como promedio, en los tres meses
siguientes, del 4 de mayo al 31 de julio del
propio año, se enviaron 443 cartas de esta
naturaleza.
A modo de
ejemplo, baste citar el caso del Sr. Cevin Allen,
ciudadano estadounidense, quien ha sido una de las
víctimas de las sanciones impuestas por el
gobierno norteamericano por viajar a Cuba. El
pasado año, en audiencia del Comité de
Asignaciones del Senado, este ciudadano
compareció para dar a conocer su caso.
Por las
insólitas e inhumanas circunstancias asociadas al
mismo, se presentan a continuación algunos de sus
detalles :
“Residente en
Sammamish, Washington, el Sr. Allen vivió en Cuba
entre 1948 y 1955, con sus padres, que eran
misioneros de la iglesia Pentecostal. Estos
mantuvieron estrechos vínculos con la Isla
después de su partida hacia Estados Unidos. En
1987, un lamentable incendio provocó la muerte de
sus padres. En esos momentos Allen prometió que
traería sus cenizas a Cuba, el lugar que ellos
siempre habían amado, lo cual pudo cumplir diez
años después. A su regreso, se le impusieron
multas a él y a su acompañante por valor de 7500
dólares cada una, las cuales fueron rebajadas a
700 dólares tras una intensa batalla legal. [ii]
El Presidente
George W. Bush, en la intensificación de su
accionar anticubano, ha designado y promovido a
funcionarios de origen cubano, incluso a algunos
con antecedentes terroristas, a cargos claves en
su gabinete o dentro del Departamento de Estado.
Estos son parte activa o se relacionan
estrechamente con la llamada Fundación Nacional
Cubano Americana (FNCA) y otras organizaciones de
ultraderecha de La Florida, cuya naturaleza
terrorista ha sido denunciada y probada.
Durante los
últimos años, el gobierno de los Estados Unidos
ha pretendido confundir a la opinión pública
internacional con una supuesta flexibilización de
las regulaciones del bloqueo que, según aducía,
permitirían la venta a Cuba de alimentos y
medicamentos. Sin embargo, como señalamos en
anteriores informes al Secretario General, las
restricciones impuestas para llevar a cabo las
transacciones que posibiliten estas compras por
parte de Cuba, y los condicionamientos asociados,
impidieron e impiden llevarlas a cabo, aún cuando
exista la voluntad de Cuba de realizarlas y el
interés por parte de los productores
estadounidenses en efectuar las ventas.
A fines del
pasado año, tras las consecuencias del más
devastador huracán que haya azotado a Cuba en el
último siglo, en un gesto calificado en su
oportunidad como amable por las autoridades
cubanas, la Administración estadounidense no
objetó la venta de cierta cantidad de alimentos
al país, adquiridos para reponer las reservas
utilizadas para enfrentar la necesaria atención a
los damnificados por el Huracán Michelle.
Este hecho
aislado motivó la falsa expectativa en diversos
medios, entre ellos el propio empresariado
estadounidense, de que se había emprendido un
camino favorable a una política menos hostil de
Estados Unidos hacia Cuba. Sin embargo, lo cierto
es que las compras tuvieron que efectuarse con
estrictas licencias del Departamento del Tesoro,
en efectivo, y sin financiamiento alguno, ni
siquiera privado, a la par que su transportación
sólo pudo realizarse en buques norteamericanos, o
sea, que en ellas se mantuvieron las múltiples
restricciones que impone el bloqueo.
Adicionalmente, en el mes de abril del presente
año, el gobierno de los Estados Unidos, de forma
unilateral, canceló los visados de los
empresarios cubanos que negociaban nuevas compras
con las compañías norteamericanas que habían
efectuado ventas a Cuba en meses recientes, y
otras interesadas.
Vale también
recordar los complejos procedimientos que han
regido y rigen estas ventas. De una parte, los
productos que las compañías norteamericanas
exportarán a Cuba deben cumplir los requisitos
establecidos para las exportaciones, deberá
existir un contrato escrito y los embarques
deberán realizarse en el término de un año a
partir de la firma del contrato. Asimismo, los
exportadores estadounidenses deberán realizar
previamente una notificación, mediante la
presentación de un modelo o planilla, o su
equivalente electrónico, con la información que
solicita el Departamento de Comercio, en
particular el Buró para el Control o
Administración de las Exportaciones (BXA),
oficina que referirá la notificación a las
restantes agencias gubernamentales de los Estados
Unidos, como el Departamento de Defensa, el
Departamento de Estado y presumiblemente al
Consejo de Seguridad Nacional y otras entidades en
algunos casos, que serán las que definitivamente
decidirán, mediante un dictamen político, la
realización de las ventas, procedimiento
totalmente ajeno a las normas que deben regir el
comercio entre países.
No es posible
concebir racionalmente el desarrollo del comercio
entre dos Estados soberanos, sin que exista entre
ambos un régimen normal de relaciones
inter-empresariales, que permita la negociación,
un normal flujo financiero, el transporte aéreo y
marítimo, el beneficio de fórmulas habituales de
apoyo al comercio exterior y el imprescindible
acceso a créditos.
Pero más aún, y
para que no existiera la menor duda, tanto
funcionarios del Departamento de Estado, como el
propio Presidente Bush se encargaron
inmediatamente de aclarar que independientemente
de dichas ventas, el bloqueo seguía en pie, sin
modificación alguna y que, por el contrario, se
produciría una revisión de la política hacia
Cuba, con el declarado objetivo de reforzar las
medidas de coerción económica y las sanciones
vigentes.
En violación de
los más elementales principios de la libertad de
comercio, la Ley de Reforma de Sanciones
Comerciales aprobada en octubre del año 2000, si
bien permite bajo ciertas condiciones la venta de
alimentos y medicinas a nuestro país, también
establece importantes restricciones en adición a
las ya previstas en leyes anteriores. Esta Ley
exige al Departamento de Comercio controlar las
exportaciones de los productos agrícolas y del
sector de la salud mediante la emisión de
licencias, las cuales se encuentran bajo el
control del Departamento del Tesoro, en particular
de su Oficina para el Control de Bienes
Extranjeros. Los productos que sean autorizados
para ser exportados hacia Cuba, deberán cumplir
determinados requerimientos de control y
clasificación, atendiendo a las disposiciones
dictadas por consideraciones de “seguridad
nacional”.
En cuanto a las
compras de alimentos específicamente, los
exportadores norteamericanos interesados en
beneficiarse con la licencia, deberán presentar
previamente un formulario que contiene la
información que solicita el Departamento de
Comercio. Este referirá la notificación al
Departamento de Defensa, al Departamento de Estado
y presumiblemente al Consejo de Seguridad
Nacional, que serán quienes definitivamente
decidirán, mediante un dictamen político, la
autorización para la realización de estas
ventas. Este procedimiento es ajeno totalmente a
las normas que deben regir el comercio entre los
países, máxime cuando los Estados Unidos se
presentan como adalides del libre comercio.
En el transcurso
de este procedimiento, y en cumplimiento de la
sección 906 de la Ley en cuestión, puede
rechazarse la exportación de productos agrícolas
a cualquier entidad en Cuba alegando razones de
seguridad nacional. En cuanto a la moneda de pago,
en las regulaciones no aparece definida la
autorización para la utilización del dólar
estadounidense en las compras por parte de las
entidades cubanas. Las operaciones se realizan a
través de bancos ubicados en terceros países y
en otras monedas, fundamentalmente en euros, con
las consiguientes pérdidas para Cuba en las
operaciones cambiarias.
En relación con
los productos del sector de la salud, se
continúan aplicando las disposiciones de la Ley
Torricelli. Los exportadores requieren de una
licencia específica, concedida caso a caso, con
vigencia de 24 meses. El otorgamiento de las
licencias se condiciona a que el gobierno de los
Estados Unidos sea capaz de monitorear y verificar
mediante inspecciones in situ u otros medios, el
usuario final del producto.
Por otro lado,
solamente en el transcurso de este año se han
introducido en el Congreso norteamericano 25
iniciativas legislativas contra Cuba, que, de ser
aprobadas, seguirán profundizando aún más, si
ello fuera posible, el bloqueo contra la Isla.
Sin embargo,
paralelamente con este irracional comportamiento,
existen diversas iniciativas legislativas a favor
del levantamiento de las sanciones económicas
unilaterales, que son el resultado, entre otros
procesos, del incremento de las gestiones de los
representantes del sector agrícola para encontrar
nuevos mercados donde ubicar sus productos. Cada
vez son más los sectores sociales y económicos
estadounidenses que exigen el levantamiento del
bloqueo, que no sólo afecta al pueblo cubano,
sino a intereses de los sectores económicos
norteamericanos y al propio pueblo de ese país.
El pasado 21 de
marzo se anunció de manera oficial la creación
del Grupo de Trabajo sobre Cuba (GTC) en la
Cámara de Representantes, primero de su tipo en
el Congreso norteamericano en más de cuatro
décadas. El GTC ha estado promoviendo la
eliminación de las restricciones para el
financiamiento privado de las ventas agrícolas a
nuestro país, la libertad de viajes y la
eliminación de la Sección 211 de la Ley Ómnibus
de Asignaciones Presupuestarias de 1999, que ha
permitido el robo de marcas comerciales cubanas,
en franca violación de las legislaciones sobre
propiedad intelectual.
Cada día se
suman más voces al rechazo de la política de
bloqueo a Cuba. La prensa, las iglesias, el sector
empresarial, y el propio ciudadano común, se
cuestionan por qué se trata como enemigo a un
país, por demás vecino, que no constituye una
amenaza para los Estados Unidos.
La continuada
aplicación de esta política agresiva y de
bloqueo por parte del Gobierno de los Estados
Unidos, sólo demuestra su arrogancia e irrespeto
por los valores compartidos por la comunidad de
naciones, y constituye un claro desafío y un
verdadero desprecio a los propósitos y principios
contenidos en la Carta de las Naciones Unidas y el
Derecho Internacional.
(Continúa)
|