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Discurso
pronunciado por el Presidente de la República de
Cuba Fidel Castro Ruz, en la clausura del V
Encuentro sobre Globalización y Problemas del
Desarrollo, en el Palacio de las Convenciones,La
Habana, el 14 de febrero del 2003.
Muy
estimados participantes en el Encuentro sobre
Globalización y Desarrollo:
Distinguidos
invitados:
Nos
hemos reunido aquí a debatir con respeto y escuchar
puntos de vista diferentes. Hemos tenido el honor de
contar con la presencia de eminentes y lúcidos
pensadores así como representantes de organismos
internacionales, que tuvieron la amabilidad de
aceptar la invitación que se les hizo, a pesar de
conocer que en este evento la mayoría de los que
asisten tienen opiniones discrepantes de las
políticas que siguen las instituciones que
representan. Se ha convertido en tradición de estos
encuentros la hospitalidad y el respeto para los que
sostienen criterios diferentes. ¿De qué valdrían
nuestros análisis si las ideas no entrasen en
confrontación con otras absolutamente opuestas
sostenidas con valentía por los que sustentan otra
concepción del mundo?
Los
que no somos académicos también necesitamos una
dosis de valor. Aun cuando procuremos estar lo mejor
informados posible de cuanto ocurre en el
mundo, escasea a veces terriblemente el tiempo con
que satisfacer nuestras ansias de conocer el
creciente número de hechos y opiniones
relacionadas con el singular proceso histórico que
estamos viviendo y tratar de adivinar el incierto
porvenir que tenemos delante.
No
podemos quejarnos. Nos ha tocado el privilegio de
vivir lo que me atrevo a calificar como la más
extraordinaria y decisiva época que ha conocido
hasta hoy la especie humana. Del mismo modo que el
profesor norteamericano Edmund Phelps, de la
Universidad de Columbia, cuando alguien
abordaba una cuestión que se apartaba del tema económico
que estaba exponiendo, respondía: "ese no es
mi tema", debo adelantarme a decir que la
economía no es hoy mi tema. Mi tema es político.
Aunque no hay economía sin política, ni política
sin economía.
Todo
cuanto hasta hoy existió o existe le ha sido
impuesto a la humanidad. Desde las leyes naturales
que la hicieron evolucionar hacia la categoría de
seres pensantes, hasta el origen étnico y el color
de la piel; desde la condición de grupos que
vagaban por los bosques recogiendo frutas y raíces,
cazando o pescando, hasta las sociedades
capitalistas de consumo con que hoy esquilman a la Tierra
un grupo de naciones ricas.
El
capitalismo desarrollado, el imperialismo moderno y
la globalización neoliberal, como sistemas de
explotación mundial, les fueron impuestos al mundo,
igual que la falta elemental de principios de
justicia durante siglos reclamados por pensadores y
filósofos para todos los seres humanos, que aún
están muy lejos de existir sobre la Tierra. Ni
siquiera los que en 1776 liberaron las 13 colonias
inglesas de Norteamérica proclamando "como
verdades evidentes" que todos los hombres nacían
iguales y a todos les confería su Creador
derechos inalienables como la vida, la libertad
y la consecución de la felicidad, fueron
capaces de liberar a los esclavos, por lo que la monstruosa
institución se prolongó durante casi un siglo,
hasta que, anacrónica e insostenible, una cruel
guerra la sustituyó por formas más sutiles y "modernas",
aunque no mucho menos crueles, de explotación
y discriminación racial. Del mismo modo que los que
bajo el emblema de libertad, igualdad y fraternidad
proclamadas en 1789 por la Revolución Francesa
no fueron capaces de reconocer la libertad de sus
esclavos en Haití y la independencia de esa
rica colonia en ultramar. En lugar de esto, enviaron
30 mil soldados para reprimirlos, en intento inútil
de someterlos nuevamente. Por encima de los deseos
o las intenciones de los hombres de la Ilustración,
se iniciaba, por el contrario, una etapa colonial
que durante siglos abarcó África, Oceanía y casi
todo el Asia, incluidos grandes países como
Indonesia, India y China.
Las
puertas de Japón al comercio fueron abiertas a cañonazos
de la misma forma que hoy, aun después de una
guerra que costó cincuenta millones de muertos en
nombre de la democracia, la independencia y la
libertad de los pueblos, se abren a cañonazos las
puertas para la OMC y el Acuerdo Multilateral
de Inversiones, el control de los recursos
financieros mundiales, la privatización de
empresas de las naciones en desarrollo, el monopolio
de patentes y tecnologías, y la pretensión de
exigir el pago de deudas ascendentes a millones de
millones de dólares, imposibles de cobrar por los
acreedores e imposibles de pagar por los deudores,
cada vez más pobres, más hambrientos y más
alejados de los niveles de vida alcanzados por las
que fueron sus metrópolis durante siglos y
vendieron a sus hijos como esclavos o los explotaron
hasta la muerte, como hicieron con los nativos de
este hemisferio.
No
podría afirmarse que en la segunda mitad del siglo
xx tuvo lugar un nuevo reparto del mundo como ocurrió
a finales del xix y principios del xx. El mundo
hoy ya no puede repartirse por ser posesión casi
exclusiva de la que al final de esta azarosa
historia emerge como superpotencia única y el más
poderoso imperio que jamás existió. Basta observar
cómo casi todas las capitales del mundo tiemblan
ante la última palabra o la última declaración
que se pronuncie o esté a punto de
pronunciarse en Washington. Si existió alguna vez
la ilusión de que la Organización de las Naciones
Unidas existía, esta fue prácticamente disuelta
por decisión imperial después del fatídico
11 de septiembre, hace apenas 17 meses, y el más
feroz unilateralismo ocupó enteramente su lugar.
Cuando
en estos días escuchaba a nuestros distinguidos
ponentes e invitados esgrimir afilados argumentos
para discutir temas como la crisis económica
mundial y especialmente en América Latina, el ALCA,
los obstáculos para el desarrollo de los países
pobres en el mundo actual, el papel de las políticas
sociales y los hechos reales, muchas veces en
detalle, que tales temas suscitaban sobre las causas
de tantas y tales tragedias; cuando escuchaba que el
PIB aumentó o se redujo, que el crecimiento
sostenido se produjo y luego se detuvo, que el
aumento de las exportaciones es el único camino
para reducir el déficit, equilibrar balanzas, crear
empleos, reducir el número de pobres, impulsar el
desarrollo, cumplir obligaciones; o en otras
ocasiones, cuando se afirmaba que las privatizaciones
pueden ser muy útiles, crear confianza, atraer
inversiones a toda costa, buscar competitividad, etcétera,
etcétera, no dejaba de admirar la
persistencia con que hace medio siglo se
nos recomienda la forma de salir del
subdesarrollo y la pobreza.
Dije
anteriormente que toda opinión era respetable. Pero también
pueden serlo las múltiples interrogantes y
preguntas que asaltan nuestras mentes. ¿En qué
mundo idílico estamos viviendo? ¿Dónde están las
mínimas condiciones de igualdad que hagan posibles
las soluciones que nos enseñan en las escuelas de
economía para el desarrollo de los países del
Tercer Mundo? ¿Existe acaso verdaderamente la libre
competencia, igual disponibilidad de recursos, libre
acceso a las tecnologías pertinentes, monopolizadas
por aquellos que poseen no solo los frutos del
talento propio sino también del ajeno, sustraído
de los países menos desarrollados, sin pagar
por él un solo centavo a los que con sus magros
recursos lo formaron? ¿En manos y bajo el control
de quiénes están las instituciones
financieras internacionales y los grandes
excedentes de fondos? ¿Quiénes son los poseedores
de los grandes bancos? ¿Dónde, cómo y quiénes
lavan y depositan las enormes sumas derivadas de las
especulaciones financieras, evasiones de impuestos,
comercio de droga en gran escala y los frutos de las
grandes malversaciones? ¿Dónde están los fondos
de Mobutu y otras decenas de grandes malversadores
de bienes públicos, que con el beneplácito de
sus tutores occidentales entregaron los recursos y
las soberanías de sus países al capital
extranjero? ¿Cómo, por qué vías y dónde
están los cientos de miles de millones de dólares
escapados de la antigua URSS y de Rusia cuando
los asesores, técnicos, especialistas e ideólogos
de Europa y Estados Unidos la condujeron hacia el
brillante y bienaventurado camino del capitalismo,
en el que una plaga de buitres salidos de todas
partes se apoderó de gran parte de los recursos
naturales y económicos del país? ¿Quién
rinde cuenta moral de que hoy su población
disminuya y sus índices de salud
―incluidos mortalidad infantil y
materna― hayan empeorado, y muchos ciudadanos,
entre ellos ancianos que lucharon contra el
fascismo, sufran hambre y pobreza extrema, que
afectan a millones de personas? ¿Quiénes destruyen
las culturas nacionales de otros pueblos a través
del monopolio de los medios masivos y siembran el
veneno del consumismo en todos los rincones de la
Tierra? ¿Cómo juzgar el gasto de un millón de
millones de dólares en publicidad comercial
cada año, con los cuales podrían
resolverse los principales problemas de educación,
salud, falta de agua potable y techo, desempleo,
hambre y desnutrición que azotan a miles de
millones de personas en el mundo? ¿Se trata
simplemente de un problema económico y no político
y ético?
La
globalización neoliberal constituye la más
desvergonzada recolonización del Tercer Mundo. El
ALCA, como ya se reiteró aquí, es la anexión de
América Latina a Estados Unidos; una unión espuria
entre partes desiguales, donde el más poderoso se
tragará a los más débiles, incluidos Canadá, México
y Brasil. Un inmoral acuerdo para el tránsito de
capitales y mercancías, y la muerte de los "bárbaros"
que traten de cruzar los límites del imperio por el
matadero de la frontera entre México y Estados
Unidos. Para ellos no existe Ley de Ajuste que
conceda derecho automático a residencia y empleo
—cualesquiera que fuesen las violaciones y delitos
que hayan cometido—,y que fue inventada para
desestabilizar a Cuba como castigo por los cambios
revolucionarios que tuvieron lugar en nuestra
Patria.
Debo
expresar resueltamente y sin vacilación alguna,
como revolucionario y luchador que cree realmente
que un mundo mejor es posible, el criterio de que la
privatización de las riquezas y los recursos
naturales de un país a cambio de inversión
extranjera constituye un gran crimen, y equivale a
la entrega barata, casi gratis, de los medios de
vida de los pueblos del Tercer Mundo, que los
conduce a una nueva forma de recolonización más cómoda
y egoísta, en la que los gastos de orden público
y otros esenciales, que antaño correspondían
a las metrópolis, correrían ahora a cargo de
los nativos.
En sus
relaciones con el capital extranjero, Cuba recurre
a formas de cooperación mutuamente beneficiosas y
bien calculadas que no enajenan la soberanía
ni ponen a merced del capital y el poder extranjero
el control de las riquezas y la vida política, económica
y cultural del país.
Como
norma, no regalamos absolutamente nada y, puestos en
el dilema de pagar un precio, damos al César
lo que es del César y al pueblo lo que es del
pueblo. Nadie se engañe, somos un país socialista
y seguiremos siendo socialistas. Y pese a colosales
obstáculos, estamos construyendo una sociedad
nueva y más humana, con más experiencia,
entusiasmo, vigor y sueños que nunca. Circula el dólar
y comienza a circular el euro, a las que
pudieran seguir otras para facilitar el turismo,
pero circulan también fundamentalmente el peso
cubano normal y el peso cubano convertible. La
situación monetaria está bajo control. El valor de
nuestra moneda nacional se mantuvo estable durante
todo el año en el 2002, algo inusual en otros países,
y no hay escape de divisas.
Entre
los inmensos males que agobian a este hemisferio
—como es de sobra conocido— está la gigantesca
deuda externa, cuyo pago de capital e intereses
absorbe a veces hasta el 50 por ciento de los
presupuestos nacionales, en detrimento de servicios
vitales para cualquier país: la salud, la educación
y la seguridad social.
Los
enormes intereses que se ven obligados a pagar
los gobiernos por los depósitos en los
bancos, para defenderse precariamente de los asaltos
especulativos y la fuga de capitales, hacen
absolutamente imposible todo desarrollo con los
fondos propios de cualquier país.
El
libre cambio de monedas impuesto por el nuevo orden
económico, constituye un instrumento mortífero
para las débiles economías de los países que
pretendan desarrollarse. Hace rato el dinero ha dejado
de ser inevitablemente un valor en sí, como lo
fuera en pasados tiempos, que podía ser guardado y
enterrado dentro de una botija como piezas de oro o
plata.
En
Bretton Woods ―como todos los economistas
conocen―, Estados Unidos, que poseνa el
80 por ciento de las reservas mundiales de oro,
recibió el privilegio de asumir el papel de emisor
de la moneda de reserva mundial. Pero entonces, por
cada papel moneda que emitía, contraía la
obligación de convertir en oro su valor. La
obligación se cumplió garantizando el valor del
papel moneda mediante la estabilidad del precio del
oro por el sencillo procedimiento aplicado por
el gobierno de ese país, de comprar o vender
el metal en cantidades suficientes cuando había
excedentes o déficits del mismo en el mercado.
Esta fórmula duró hasta 1971 en que un presidente
de Estados Unidos, Richard Nixon, después de
colosales gastos militares y una guerra sin
impuestos, adoptó la decisión unilateral de
suspender la conversión en oro del papel
moneda norteamericano.
Nadie
podía imaginarse cuán colosal especulación se
desataría después con la compraventa de monedas,
que hoy asciende a cifras siderales de transacciones
que superan el millón de millones de dólares
cada día.
Por la
credibilidad adquirida, el hábito de usar el dólar
como instrumento de cambio aceptado por todos,
el enorme poder económico del país que lo
emitía, y la ausencia de otro instrumento, el dólar
continuó ejerciendo su papel.
De ese
privilegio no gozaban ni podían gozar los países
latinoamericanos y otros del Tercer Mundo. Nuestras
monedas son simples papeles en el mercado
internacional. Su valor se limita a la cantidad
de reservas en moneda externa, fundamentalmente dólares,
con que cuente el país. Ninguna moneda nacional en
los países de América Latina y el Caribe es ni
puede ser estable. Su valor real puede equivaler hoy
a 100, y en cuestión de meses, semanas o días,
en dependencia de factores externos o internos,
puede ser 50, 40, o el 10 por ciento del
valor que tenían. Lo ocurrido con el idílico, utópico
y folklórico intento en Argentina de mantener la
paridad entre el peso y el dólar, terminó, como
era lógico, en desastre; otro tanto ocurrió entre
el real y el dólar. Países como Ecuador terminaron
lanzando su moneda al basurero, adoptando el dólar
directamente como única moneda de circulación
interna.
En México,
como norma, cada seis años el cambio de
gobierno producía una fuerte devaluación que reducía
considerablemente el valor de su moneda. Brasil, a
raíz del último ataque especulativo y la crisis de
1998, perdió en apenas ocho semanas los casi 40 mil
millones de dólares que había obtenido con la
privatización de muchas de sus mejores empresas de
producción y servicios.
La
fuga de capitales es una de las peores formas de
sangría económica que han estado sufriendo los países
de América Latina en las últimas décadas. No se
trata de remesas de ganancias obtenidas por
inversionistas extranjeros; no se trata del saqueo
que se deriva del pago de una deuda externa contraída
muchas veces por gobiernos tiránicos y corruptos
que despilfarraron y malversaron los fondos
recibidos, o para asumir responsabilidades derivadas
de deudas privadas y en ocasiones de robos o
negocios turbios de la banca privada, ni tampoco de
las pérdidas crecientes que ocasiona el
conocido fenómeno del intercambio desigual; se
trata de fondos creados dentro del país, plusvalía
arrancada a los obreros mal pagados, o ahorros bien habidos
de trabajadores intelectuales y profesionales, o
ganancias de pequeñas industrias, comercios y
servicios.
El
yugo estrangulador que ata a los países
latinoamericanos a la fuga de capitales, es la
compra libre, sin restricción ni requisito alguno,
de divisas convertibles con moneda nacional, fórmula
impuesta como sagrado principio neoliberal por las
organizaciones financieras internacionales. Se
estima que tales fugas ascendieron, en algunos países
como Venezuela, durante un período de más de 40 años,
a 250 mil millones de dólares aproximadamente.
Súmese a esta cifra los fondos nacionales que
escaparon de Argentina, Brasil, México y el resto
de América Latina.
¡Gloria
al bravo pueblo venezolano y a su valiente líder,
que acaban de establecer el control de cambio!, con
lo cual ponen fin en su país a la tragedia que he
mencionado.
Recuerdo
que al triunfo de la Revolución cubana, en 1959, el
conjunto de la deuda de América Latina ascendía
solo a 5 mil millones de dólares. Su población, de
214,4 millones, se incrementó a 543,4 millones de
habitantes ―de ellos 224 millones de pobres y
más de 50 millones de analfabetos―, y su deuda
a no menos de 800 mil millones de dólares, en el
2003.
¿Cuál
es la causa por la cual esta región del hemisferio
no hubiese alcanzado en la posguerra un desarrollo
que pudiera ser similar a Canadá, Nueva Zelandia o
Australia, que fueron colonias europeas en un tiempo
menos ricas y desarrolladas que nosotros? ¿No se
debe acaso en parte al dudoso privilegio de ser el
patio trasero de Estados Unidos? ¿O será porque
somos un despreciable conjunto de blancos, negros,
indios y mestizos, y por tanto la negación
de lo que los estudios del genoma humano y las
investigaciones científicas han demostrado: que no
existen diferencias de capacidad intelectual entre
las distintas etnias que integran la especie humana?
¿Dónde está la culpa?
Comencé
expresando que todo cuanto existió y existe ha
sido impuesto a la humanidad. Coincido enteramente
con Carlos Marx, quien afirmó que cuando el sistema
de producción y distribución capitalista no
exista, y con él desaparezca la explotación del
hombre por el hombre, la sociedad humana habrá
salido de la prehistoria. Basaba sus razonamientos
en el desarrollo dialéctico de la historia de
nuestra especie.
Este
pensamiento puede parecer a muchos demasiado simple
y demasiado distante. Marx estudió el capitalismo
en su primera etapa, que coincidió con el
nacimiento de una nueva clase llamada a transformar
aquella sociedad, que inevitablemente devino
explotadora y despiadada, y dar paso a una nueva época
y a un mundo justo. Cuando tales puntos de vista
sustentó, no existían siquiera la electricidad, el
teléfono, los motores de combustión interna,
los barcos modernos de gran velocidad y capacidad de
carga, la química moderna, los productos sintéticos,
los aviones que cruzan el Atlántico con
cientos de pasajeros en cuestión de horas, la
radio, la televisión, las computadoras. Se
libró de la terrorífica visión de la forma
irresponsable en que la técnica moderna
ha sido utilizada por el hombre para destruir
bosques, erosionar la tierra, desertificar cientos
de millones de hectáreas de suelo fértil,
sobreexplotar y contaminar los mares, liquidar
especies vegetales y animales, envenenar el agua
potable y la atmósfera.
Marx,
que elaboró su teoría en las condiciones de
Inglaterra, el país más desarrollado de la época,
no planteó la necesidad de una alianza
obrero-campesina, ni pudo percibir todavía el
colosal problema que sobrevendría del mundo
colonial de aquel entonces, algo que Lenin, su
genial discípulo, siguiendo la línea de su
pensamiento en las circunstancias especiales del
Imperio Ruso, descubriría y profundizaría después.
En época
de Marx, que observaba el desarrollo acelerado de la
revolución industrial inglesa y la incipiente
industrialización de Alemania y Francia, nadie habría
sido capaz de prever, salvo que asumiese una actitud
de adivino, algo tan ajeno a su carácter,
el papel que vendría a desempeñar Estados Unidos
de Norteamérica apenas 60 años después de su
muerte.
Mientras
Malthus sembraba el pesimismo, él alentaba la
esperanza.
En
aquel tiempo la geografía del planeta y las leyes
que rigen la biosfera —tierras, bosques, mares y
atmósfera— eran poco conocidas. Muy poco se
sabía del espacio. No existía la teoría de la
relatividad ni se había escrito una palabra sobre
la gran explosión, el «big bang».
Marx
no podía imaginar que el teléfono celular permitiría
comunicarse de un extremo a otro del mundo a la
velocidad de la luz, que millones de millones de dólares
en acciones, monedas, operaciones de resguardo,
productos básicos que no se moverían de su sitio,
y otros títulos, pasarían de mano cada día, y que
el valor de las ganancias especulativas
superaría el valor de la plusvalía.
Marx
creía por encima de todo en el desarrollo de las
fuerzas productivas y las posibilidades infinitas de
la ciencia y el talento humano. Concibió un mundo
cabalmente desarrollado como condición sine qua
non de la existencia de un sistema social capaz
de producir los bienes necesarios para la plena
satisfacción de las necesidades materiales y espirituales
de la sociedad. No concebía la Revolución en un
solo país, y vio tan lejos, que fue capaz de
generar la idea de un mundo globalizado, tal como lo
entendí siempre, hermanado en la paz y en el acceso
al disfrute pleno de las riquezas que fuera capaz de
crear. No podía pasar por su mente la idea de un
mundo dividido entre pobres y ricos.
"Proletarios de todos los países, uníos",
proclamó, que en el mundo real de hoy podría
interpretarse como un llamado a la unión de todos
los trabajadores manuales e intelectuales, los
campesinos y los pobres de todos los países, en
busca de lo que se ha dado en llamar "un mundo
mejor".
Por
primera vez en la historia humana, nuestra especie
corre un riesgo real de extinción. La amenazan
no solo la destrucción de su medio natural de vida,
sino también graves riesgos políticos, armas cada
vez más sofisticadas de destrucción y exterminio
masivo y doctrinas extremistas que podrían apoyarse
en mortales y aniquiladoras fuerzas.
La paz
no vive sus mejores días de gloria y esperanzas.
Una guerra está a punto de estallar. No se trataría
de un enfrentamiento entre fuerzas equiparables. De
un lado estaría la superpotencia hegemónica con
toda su abrumadora fuerza militar y tecnológica,
apoyada por un aliado principal, otro país nuclear
y miembro del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas. Del otro lado, un país cuyo pueblo ha
sufrido más de 10 años de diarios bombardeos y la
pérdida de cientos de miles de vidas,
principalmente niños, por hambre y enfermedades,
después de una desigual guerra provocada por la
ilegal ocupación iraquí de Kuwait, que era un
estado independiente y reconocido por la comunidad
internacional. La inmensa mayoría de la opinión
mundial rechaza con unánime oposición la nueva
guerra. No acepta en primer lugar la decisión
unilateral del gobierno de Estados Unidos, que
ignora las normas internacionales y las facultades
que corresponden a las Naciones Unidas, que ya de por
sí son bastante pocas. Se trata de una guerra
innecesaria, bajo pretextos nada creíbles ni
probados.
Completamente
debilitada por la anterior guerra que tuvo lugar en
1991 frente a Estados Unidos, Iraq —que en su
conflicto con Irán fue apoyada y armada en no poca
medida por Occidente— carece en absoluto de
capacidad para contrarrestar el armamento ofensivo y
defensivo con que cuenta Estados Unidos —capaz de
anular cualquier riesgo de uso por parte de Iraq de
un arma nuclear, química o biológica si ese país
contara con alguna de ellas, lo cual es muy poco
probable—, y sería además absurdo políticamente
y suicida desde el punto de vista militar que
intentara hacerlo.
El
verdadero peligro radica en que tal acción bélica
se convertiría para el pueblo iraquí en una guerra
patriótica, y nadie podría de antemano asegurar cuál
sería su reacción y su resistencia, cuánto duraría
esa guerra, cuántas muertes y destrucción
ocasionaría, y cuáles serían las consecuencias
humanas, políticas y económicas de la misma para
cada uno de los contendientes. El mundo sin
duda sería sometido a colosales riesgos económicos
en medio de la profunda crisis que hoy afronta. No
podría calcularse lo que ocurriría en esas
circunstancias con los precios del petróleo.
El
pasado 29 de enero, cuando hablé en ocasión del
150º aniversario del natalicio de José Martí,
recordé y analicé varios discursos pronunciados
por el Presidente de Estados Unidos. Citaré en esta
ocasión solo algunos párrafos que hablan por sí
mismos:
"Vamos
a utilizar cualquier arma de guerra que sea
necesaria."
"Cualquier
nación, en cualquier lugar, tiene ahora que tomar
una decisión: o está con nosotros o está con el
terrorismo."
"Esta
es una lucha de la civilización."
"Los
logros de nuestros tiempos y la esperanza de todos
los tiempos dependen de nosotros."
"Y
sabemos que Dios no es neutral." [Septiembre 20
del 2001].
"Nuestra
seguridad requerirá que transformemos a la fuerza
militar que ustedes dirigirán en una fuerza militar
que debe estar lista para atacar inmediatamente en
cualquier oscuro rincón del mundo, [...] que
estemos listos para el ataque preventivo" [...]
"Debemos
descubrir células terroristas en 60 o más países."
"Estamos
ante un conflicto entre el bien y el mal."
[Discurso
ante los cadetes en el 200º aniversario de West
Point, junio 1º del 2002]
"Estados
Unidos le pedirá al Consejo de Seguridad de la ONU
que se reúna el 5 de febrero para considerar los
hechos sobre los desafíos de Iraq al mundo."
"Vamos
a consultar, pero que no haya malos entendidos. Si
Saddam Hussein no se desarma plenamente, por la
seguridad de nuestro pueblo y por la paz del mundo
encabezaremos una coalición para desarmarlo."
"Y
si nos obligan a ir a la guerra, vamos a luchar con
el pleno poderío de nuestras Fuerzas Armadas."
[Declaración
ante el Congreso, enero 28 del 2003]
Aunque
el Presidente Bush expresa su convicción de que
Dios no es neutral, lo cierto es que el Papa Juan
Pablo II y casi todos los jefes religiosos del mundo
están contra esa guerra. ¿Quién interpreta
realmente los designios del Señor?
Aquí
se discutía hace dos días cuál será el futuro de
la humanidad. Algunos preguntaban qué vendría
después de la globalización, si sería largo o
breve el actual orden económico mundial, cuánto
durará el nuevo sistema imperial. Intentaré con
gran riesgo improvisar una respuesta a esas
preguntas, sobre las que he meditado más de una
vez.
Parto
de algunas convicciones íntimas, en las cuales creo
firmemente. Los hombres no hacen la historia. Los
factores subjetivos pueden adelantar o retrasar los
grandes acontecimientos, incluso por períodos
relativamente largos, pero no constituyen el factor
determinante, ni pueden impedir el desenlace final.
Accidentes de gran trascendencia de origen humano o
de origen natural, una guerra nuclear, la destrucción
acelerada del medio ambiente y el cambio
relativamente brusco del clima, pueden alterar todos
los cálculos o pronósticos que hacen los más
preclaros talentos de nuestra especie. Ambas cosas
podrían todavía evitarse.
Los
factores objetivos derivados del propio desarrollo
de la sociedad humana son los que determinan los
acontecimientos.
La
economía no es una ciencia natural, no es ni puede
ser exacta; es una ciencia social. Conceptos e
ideas, tendencias y leyes surgidas en una época
dentro de un sistema económico y social
determinado, tienden a perdurar en el tiempo, aun
cuando tales sistemas estén agotados o hayan
desaparecido, lo cual no pocas veces perturba la
interpretación más correcta de los
acontecimientos. La enorme diversidad de opiniones y
teorías que se escuchan en los encuentros o
reuniones de las ciencias sociales son una prueba de
ello. Servirán igualmente de ejemplo los enormes
errores que se cometen en cualquier proceso
revolucionario profundo.
De la
política me parecería mejor decir que es una
mezcla de ciencia y de arte, aunque más de arte que
de ciencia.
Nunca
debe olvidarse que tanto en uno u otro caso, la
responsabilidad de la tarea corresponde a los seres
humanos, y éstos son tan variados y variables como
partículas llevan en las combinaciones de su mapa
genético.
De la
historia se puede sacar una lección en la que suelo
insistir. Solo de las grandes crisis han surgido las
grandes soluciones. Entiendo que de esta regla
escapan muy pocas excepciones.
Nos
encontramos hoy ante una gran crisis generalizada,
tanto económica como política. Tal vez la primera
de carácter plenamente global.
El
orden económico prevaleciente ni es sostenible ni
es soportable. No tiene solución posible sin
grandes y profundos cambios. No es necesario abundar
en datos, que aquí y en todas partes se repiten,
para comprender la realidad. Los ejemplos de crisis
locales, regionales y hemisféricas que se repiten
con creciente frecuencia lo demuestran. De ellas no
se libran ni países pobres ni países ricos. Muchos
partidos están sumidos en total descrédito. Los
pueblos se hacen cada vez más ingobernables. Los
organismos financieros internacionales e
instituciones afines como la OMC, o grupos de
superricos como el de los 7, no encuentran ya dónde
reunirse. Las organizaciones y los movimientos
sociales afectados o sensibilizados por la tragedia
que vive el mundo se multiplican en todas partes.
Las tecnologías modernas han hecho posible la
transmisión de mensajes sin acudir a la ayuda de
los medios tradicionales de comunicación.
A
pesar de los 800 millones de analfabetos que todavía
existen, miles de millones de personas de una forma
o de otra tienen acceso a determinadas informaciones
y sufren a diario las calamidades del desempleo,
pobreza, carencia de tierras, insalubridad,
inseguridad; falta de escuelas, techos, condiciones
higiénicas mínimas, autoestima y reconocimiento
social. Hasta la propia publicidad comercial
consumista exacerba la conciencia de sus propias
carencias y desesperanzas.
No hay
forma de continuar el engaño sistemático, no es
posible matarlos a todos; son ya más de 6 220
millones los habitantes del planeta, que en solo un
siglo se han multiplicado por más de cuatro veces.
Al ejército de descontentos del Tercer Mundo se
unen millones de trabajadores instruidos, y hombres
y mujeres de los sectores profesionales y de las
capas medias de los países desarrollados, cada vez
más preocupados por su propio destino y el de sus
hijos, al ver envenenarse el aire, las aguas, los
suelos, las plantas y desaparecer lo agradable de
cuanto los rodea, producto de la irresponsabilidad y
la anarquía en el uso de los recursos naturales. La
existencia de los ciudadanos en cualquier parte se
convierte cada vez más en una lucha por la
supervivencia.
Que la
humanidad no tiene otra alternativa que cambiar de
rumbo, es algo que no puede dudarse. ¿Cómo cambiará?
¿Qué nuevas formas de vida política, económica y
social adoptará? Es la pregunta de más difícil
respuesta, lo cual me conduce a la última idea que
deseo expresar.
En
esto el factor subjetivo deberá desempeñar su
papel más importante, y para ello debe ser
informado e incitado a pensar. Transmitir información,
alentar debates, crear conciencia, será tarea de
los más avanzados. Un ejemplo alentador de nuevos métodos
de lucha fue el Foro Social Mundial de Porto Alegre.
Las cien mil personas que allí se reunieron a
meditar y debatir han mostrado una imagen de las
fuerzas emergentes e impulsoras de los cambios que
objetivamente se imponen en el mundo.
En
Cuba llamamos a esta lucha Batalla de Ideas. En ella
estamos fuertemente enfrascados hace ya tres años y
dos meses. Más de cien programas sociales han
surgido de esa lucha, la mayoría consagrados a la
educación, la cultura general y artística, la
masificación del conocimiento, la revolución de
los sistemas de enseñanza escolar, la divulgación
de conceptos sobre los más variados temas políticos
y económicos, el trabajo social, la multiplicación
de las posibilidades de realizar estudios
superiores, la búsqueda a fondo de los problemas
sociales más sensibles, causas y soluciones; la
meta de alcanzar una cultura general integral, sin
la cual no bastaría obtener un título profesional
universitario para dejar de ser analfabeto
funcional.
Son
ambiciosos nuestros planes, pero estamos realmente
alentados por los resultados que vamos obteniendo.
A
pesar de que el mundo atraviesa una gran crisis económica,
nuestro país ha logrado reducir el desempleo a 3,3
por ciento; esperamos a finales de este año
reducirlo a menos de 3, con lo cual ingresaríamos a
la condición de país con pleno empleo.
Quizás
lo más útil de nuestros modestos esfuerzos en la
lucha por un mundo mejor será demostrar cuánto se
puede hacer con tan poco si todos los recursos
humanos y materiales de la sociedad se ponen al
servicio del pueblo.
Ni la
naturaleza debe ser destruida, ni las podridas y
despilfarradoras sociedades de consumo deben
prevalecer. Hay un campo donde la producción de
riquezas puede ser infinita: el campo de los
conocimientos, de la cultura y el arte en todas sus
expresiones, incluida una esmerada educación ética,
estética y solidaria, una vida espiritual plena,
socialmente sana, mental y físicamente saludable,
sin lo cual no podrá hablarse jamás de calidad de
vida.
¿Acaso
algo impide que podamos alcanzar tales objetivos?
¡Queremos
demostrar lo que todos proclamamos: que un mundo
mejor es posible!
¡Ha
llegado la hora de que la humanidad comience a
escribir su propia historia!
Muchas
gracias.
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