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El
símbolo de la globalización neoliberal ha recibido
un colosal golpe
Discurso
pronunciado por el Presidente Fidel Castro, en la
Facultad de Derecho, Buenos Aires, Argentina, 26 de
mayo del 2003, "Año de gloriosos aniversarios
de Martí y del Moncada".
(Versiones
Taquigráficas-Consejo de Estado)
Queridos
hermanos estudiantes, trabajadores y, estoy por
decir, compatriotas argentinos (Aplausos).

FOTO: JORGE
GONZALEZ |
He
vivido algunos años, pero nunca ni siquiera imaginé
un acto tan azaroso y tan increíblemente
emocionante como este (Aplausos y exclamaciones).
Quiero
comunicarles que a esta misma hora millones de
cubanos estarán presenciando también este espectáculo
(Aplausos y exclamaciones de: "¡Cuba, Cuba,
Cuba, el pueblo te saluda!"). En nombre de
nuestro pueblo se lo agradezco infinitamente, porque
de la fuerza que dan las ideas, que da la verdad y
que da una causa justa es que los pueblos se vuelven
invencibles (Aplausos).
Habíamos
concebido un acto, o habían concebido, según me
explicaban los estudiantes y las autoridades
universitarias, una actividad en esta escuela de
Derecho, un programa modesto. Comenzaría a las 7:00
de la noche y participarían algunos estudiantes
sentados en una sala y, por si acaso venían más,
tenían una pantalla para que pudieran presenciar el
acto.
Yo
podría hacer una crítica —no a ustedes— a
nuestros compañeros y decirles: "Ustedes
subestimaron al pueblo argentino" (Aplausos).
Comenzaron a llegar noticias de que había llenado
el salón, que había el doble de los que podían
allí sentarse, y que en los laterales tampoco ya
cabían, y que el pasillo se había llenado y que la
escalinata se venía llenando, y decían que eran
1 000, que 2 000, que 3 000. En un momento dado
también las emisoras de televisión hablaban y
explicaban ya lo que estaba ocurriendo aquí, y, de
repente, veo algunas imágenes —tenemos cierto hábito
de calcular el número de personas que hay en una
concentración— y esto parecía la Plaza de la
Revolución en Cuba. (Aplausos).
Todas
las comunicaciones y vías de acceso cortadas; menos
mal los aparaticos esos que tanto fastidian y tanto
ruido hacen, pero en momentos como este —me
refiero a los celulares— sirven para comunicarse y
conocer la situación.
Nuestro
embajador, que forma parte del grupo de culpables de
la subestimación (Risas) —sé que ustedes lo van
a defender, porque tiene un gran cariño por el
pueblo argentino (Exclamaciones)— se comunicaba
con su familia en la sala de la facultad donde debía
realizarse el acto —había hasta unos niños allá,
ellos creían que este iba a ser el más pacífico
de los actos, y lo es, ¿no?—, no se imaginaba lo
capaz que es la multitud de organizarse; pero no podía
moverse, todo el mundo estaba aislado, comunicándose
solo por los celulares. No había entrada por
ninguna parte, ya se había declarado que era
imposible entrar, y yo no me resignaba a la idea de
incumplir mi compromiso, que por circunstancias físicas,
obstrucción por multitudes, no pudiera tener el
honor y el orgullo de saludarlos.
Se había
declarado ya que era imposible, y realmente insistí
en que nada era imposible (Aplausos), que era un
problema que debía resolverse, que no podía
resignarme a la idea de quedarme allá esperando
noticias. Toda mi vida he tenido el hábito de
moverme, ir hacia donde haya cualquier dificultad, y
no me podía adaptar a la idea de tomar ese avión,
a la hora en que lo tome, sin venir a esta
universidad.
Claro
está que yo soy un visitante y, primero que todo,
debo respeto a la ley, al orden; no tengo el derecho
a hacer absolutamente nada que en lo más mínimo
viole un reglamento o una orden de sus autoridades.
Hay
que decir que, realmente, las autoridades cooperaron
el máximo en su deseo de encontrar una solución.
De la
escuela de Derecho me continuaban comunicando y nos
decían: "Nadie se mueve de la sala."
Avanzaban un poquito en los laterales, llega un
momento en que se rompe no sé qué cosa por algún
lugar —creo que vamos a tener que asumir también,
que compartir con alguien o pagar nosotros los daños
que se puedan derivar de una ventana rota, alguna
brecha abierta por esta tropa patriótica y
revolucionaria de argentinos (Aplausos).
Entonces
acudimos a un cuadrito joven de nuestra delegación,
el Ministro de Relaciones Exteriores, que ustedes
vieron y escucharon, y le dije: "Tienes que
salir para allá, entra por donde puedas, habla con
los que están dentro de aquella sala y explícales
la situación real, objetiva y como fuera posible
que no diéramos el acto allí", porque había
un justificado temor de que si el acto se daba allí
y las pantallas por allá, algunos que habían
salido voluntariamente entraran otra vez, había que
plantear la necesidad real de moverse hacia la
escalinata y dar el acto en ese lugar.
Impacientes
estuvimos esperando, escuchamos a nuestro enviado
por doble vía, por la televisión, ya que algunas
cadenas estaban transmitiendo sus palabras y hasta
por un teléfono celular, y vimos cuando él trataba
de persuadir a los que estaban dentro de la sala
para que se movieran hacia acá.
Una
vez más se probó la capacidad de los pueblos de
comprender, de cooperar, de reaccionar, porque a los
pocos minutos me dice: "Ya están moviéndose
hacia la escalinata."
Pero
había otro obstáculo que vencer y eran las cámaras
de la televisión y los micrófonos (Exclamaciones).
Fíjense, no se peleen con las cámaras ahora, déjenlo
para mañana, si quieren (Le dicen algo). Ya sé, ya
sé, pero no, yo estuve escuchando, hubo realmente
interés en informar lo que estaba ocurriendo, así
que no tengo quejas; pero había que instalarlas o
si no solo ustedes se enteran de lo que se está
diciendo aquí.
Por
ejemplo, nuestro pueblo, sin las cámaras, sin los
medios técnicos no estaría viendo lo que en este
momento estaba ocurriendo, y entonces eso era lo que
tardaba una hora. ¿Ustedes saben lo que es una hora
de impaciencia? Ustedes y nosotros hemos conocido
esa larga, interminable, e infinita hora de
impaciencia, porque había que poner esto, los micrófonos
y los altoparlantes, los equipos e instalaciones de
la prensa, que todo estaba ajustado al acto
anterior, y la verdad es que ha sido un récord el
tiempo en que pudieron hacerlo.
Preguntábamos,
eran las 8:40, y nos dicen: "Está todo listo,
lo conveniente es que vengan rápido, porque está
el frío, por otro lado, pero un frío que no pueda
ser superado por el calor de ustedes (Aplausos).
Bueno,
a mí me han puesto esto que no lo necesito
realmente, voy a renunciar a él, porque es que me
da vergüenza andar poniéndome aquí algo (Se quita
el abrigo).
Rápido
partimos hacia acá, a fin de llegar más o menos a
la hora en que se había calculado; pero como
milagro fue la proeza organizativa realizada por la
masa (Aplausos). Jamás olvidaré lo que ustedes
hicieron esta noche, permitiéndonos marcharnos
felices y eternamente agradecidos.
Buenos
Aires está enviando un mensaje a aquellos que sueñan
con bombardear nuestra Patria
Alguno
podrá preguntarse, si acaso es vanidad nuestra por
los inmensos honores que ustedes nos han concedido.
No, no es eso en lo que pienso. Cuando hablo de
gratitud eterna es porque este pueblo de Buenos
Aires está enviando un mensaje a aquellos que sueñan
con bombardear nuestra Patria, nuestras ciudades
(Aplausos y exclamaciones de: "¡Cuba, Cuba,
Cuba, el pueblo te saluda!" "¡Bush,
fascista, vos sos el terrorista!"); a aquellos
que sueñan con destruir ya no solo la Revolución,
destruir al pueblo que fue portador de esa Revolución
y que fue capaz de resistir más de 40 años de
bloqueos, de agresiones y de amenazas contra nuestro
país (Aplausos).
En
circunstancias como esas no se pueden calcular solo
los niños muertos, o las madres que han muerto, o
los ancianos que han muerto, o los jóvenes y
adultos que hayan muerto. Hay ocasiones en que
quedan los sobrevivientes tan mutilados y tan
destrozados, que uno se pregunta si estando en esas
circunstancias no preferirían cien veces más morir
que seguir viviendo de aquella forma, como
consecuencia de algo que se realizaba sin razón de
ninguna clase, ley ni justificación, que no fuese
la violación de las normas internacionales, la
violación de las leyes que creíamos que regían
este mundo; aunque muchos de nosotros sospechábamos
que este era un mundo donde lo que menos se
respetaba era la ley y donde se estaba estableciendo
el principio de la fuerza como única justificación
para cometer cualquier tipo de crímenes, para
someter a nuestros pueblos, para conquistar nuestros
recursos naturales, para imponernos lo que ustedes
decían, una tiranía nazifascista mundial
(Abucheos).
No es
exageración, ni uso excesivo de palabras, por
nuestra parte, cuando escuchamos un día decir que
60 países o más podían ser blanco de ataques
sorpresivos y preventivos; nadie jamás en la
historia, ningún imperio, hizo semejante amenaza
(Abucheos).
Cuando
se hablaba de estar preparados para lanzar cualquier
ataque a cualquier oscuro rincón del mundo, no
recuerdo haber escuchado jamás esas palabras.
Cuando
se dijo que cualquier arma podía ser utilizada, lo
mismo armas nucleares, que armas químicas, que
armas biológicas, aparte de las supersofisticadas
armas que ya no tienen nada de convencional, porque
son capaces de causar cualquier tipo de destrucción,
recordábamos eso: ¿Qué derecho tiene alguien para
amenazar de esa manera a los pueblos?
Me
pregunto si también aquí, en este acto, porque no
hay mucha luz, hay que encender muchos más
bombillos para que no seamos un oscuro rincón del
mundo que atacar sorpresiva y preventivamente
(Aplausos).
Claro
que esta plaza y esta escalinata que aquí vemos no
es un oscuro rincón, es un rincón lleno de luz,
lleno de millones de luces. Esta plaza y esta
escalinata es como un sol, como el sol ese que vimos
al llegar aquí o vimos esta mañana cuando visitábamos
la estatua de Martí para colocar una ofrenda floral
en aquel punto (Aplausos). (Del público le dicen
algo.) Sí, pero en la de San Martín era todavía
un poquito más temprano, pero ya el sol era muy
fuerte, y razoné: ¡Caramba!, nuestro sol es
fuerte, es sobre todo caluroso, y pensaba: Este sol
no es tan caluroso, es decir, el clima es frío,
pero el sol era superresplandeciente.
Se le
veía una gran fuerza al sol; porque aquí hay dos
soles en este momento: el sol que vimos esta mañana
y el sol que hemos visto a nuestra llegada a este país,
y el sol que estamos viendo aquí en esta escalinata
y en esta plaza. Son las ideas, son las ideas las
que iluminan al mundo (Aplausos), son las ideas, y
cuando hablo de ideas solo concibo ideas justas, las
que pueden traer la paz al mundo y las que pueden
poner solución a los graves peligros de guerra, o
las que pueden poner solución a la violencia. Por
eso hablamos de la Batalla de Ideas.
Pienso
—porque soy optimista— que este mundo puede
salvarse, a pesar de los errores cometidos, a pesar
de los poderíos inmensos y unilaterales que se han
creado, porque creo en la preminencia de las ideas
sobre la fuerza (Aplausos y exclamaciones), y eso es
lo que estamos observando aquí.
Yo no
tenía el propósito esta noche de pronunciar una
arenga, más bien me sentía en el deber de ser
cuidadoso en mis palabras. Claro, pensaba hablar
principalmente de nuestro país y del mundo, y es lo
que estoy haciendo, pero no puedo hacerlo sin verlos
a ustedes aquí, sin estarlos presenciando en este
acto.
Mi
idea más bien, ya que me hicieron soñar también
con un salón tranquilito y sentaditos allí, pues
pensaba en una cuestión que es la siguiente, decía:
"¿De qué debo hablarles a los
argentinos?" Pronunciar un discurso en
cualquier lugar siempre es complejo, no es fácil,
hay que evitar decir una palabra que pueda lastimar
a alguien o que parezca alguna injerencia —y no
creo que haya pronunciado una sola que parezca la más
mínima injerencia en los problemas internos del país
hospitalario en que me encuentro—; pero decía:
"¿De qué debo hablar?" Y me planteaba
una cuestión: Los oradores suelen imponerles a los
que los escuchan el tema, piensan hablar de tal cosa
y más cual cosa, y entonces yo tenía una idea: no
plantear ningún tema, sino preguntarles a los
estudiantes, que suponía sentaditos allí, que me
dijeran qué temas les interesaban: Pregúntenme de
cualquier tema que a ustedes les interese, sean
ustedes los que me impongan el tema y no sea yo el
que les diga el que mejor me parezca; me parecía más
democrático y más justo.
Eso es
lo que pensaba antes de que ocurriera el terremoto
este, el maremagno, el huracán que se produjo
alrededor de esta universidad en las horas del
anochecer. Al llegar aquí miraba si aquella técnica
sería posible, y ya no era posible. No obstante,
creo que alguien dijo por ahí..., oí una voz que
me dijo: Hábleme de algo (Le dicen que del Che); la
vida del Che (Aplausos).
Extenso
no podría ser, no tendría sentido en estas
circunstancias, pero algunas cosas puedo decir. Me
han preguntado por el Che (Exclamaciones), hablé de
él esta mañana ante la estatua de San Martín,
porque lo recuerdo siempre como una de las
personalidades más extraordinarias que he conocido.
El Che
no se unió a nuestra tropa como soldado, era médico.
Estaba en México casualmente, había estado antes
en Guatemala, había recorrido muchos lugares de América;
había estado por minas, donde el trabajo es más
duro; había estado, incluso, en el Amazonas en un
leprosorio trabajando allí como médico.
Pero
les voy a decir una de las características del Che
y una de las que yo más apreciaba, entre las muchas
que apreciaba mucho: él todos los fines de semana
trataba de subir el Popocatépetl, un volcán que
está en las inmediaciones de la capital. Preparaba
su equipo —es alta la montaña, es de nieves
perpetuas—, iniciaba el ascenso, hacía un enorme
esfuerzo y no llegaba a la cima. El asma
obstaculizaba sus intentos. A la semana siguiente
intentaba de nuevo subir el "Popo" —como
le decía él— y no llegaba; pero volvía a
intentar de nuevo subir, y se habría pasado toda la
vida intentando subir el Popocatépetl, aunque nunca
alcanzara aquella cumbre (Aplausos y exclamaciones).
Da idea de la voluntad, de la fortaleza espiritual,
de su constancia, una de esas características.
¿Cuál
era la otra? La otra era que cada vez que hacía
falta, cuando éramos un grupo todavía muy
reducido, un voluntario para una tarea determinada,
el primero que siempre se presentaba era el Che
(Aplausos).
Uno
de los hombres más nobles, más extraordinarios, más
desinteresados que he conocido
Él se
quedaba, como médico, con los enfermos, porque en
determinadas circunstancias en la naturaleza, montañas
boscosas y perseguidos desde muy diferentes
direcciones, la fuerza que pudiéramos llamar
principal, era la que tenía que moverse, dejar un
rastro bien visible para que en alguna zona más
cercana pudiera permanecer el médico con los que
estaba asistiendo. Hubo un tiempo en que el único médico
era él, hasta que otros médicos se acercaron, y
allí estaba.
Puedo
recordar, ya que ustedes me piden anécdotas, una
acción que fue sumamente riesgosa para todos,
sencillamente porque habían llegado las noticias a
un lugar donde estábamos en las montañas de un
desembarco que se había producido por el Norte de
la provincia. Nos acordamos de nuestras peripecias,
de nuestros sufrimientos en los primeros días y,
como acto de solidaridad a favor de aquellos que habían
desembarcado, decidimos realizar una acción bien
audaz que no era, desde el punto de vista militar,
correcto hacerlo, y fue sencillamente atacar una
unidad que estaba bien atrincherada en la orilla del
mar.
No voy
a dar más datos. Como resultado de aquel combate
que duró tres horas, y tuvimos bastante suerte,
porque habíamos logrado neutralizar las
comunicaciones, y después de tres horas, cuando
terminó aquel combate en que él tuvo, como
siempre, una actitud destacada, estaban muertos o
heridos una tercera parte de los combatientes que
participaron en esa acción, cosa no muy usual;
entonces él, como médico, atendió a los
adversarios heridos —había adversarios que
estaban vivos y no estaban heridos, pero había un número
elevado de heridos y él los atendió— y atendió
a los compañeros que estaban heridos (Aplausos).
¡No
se imaginan ustedes la sensibilidad de aquel
argentino! (Aplausos). Y hay algo que me viene a la
mente: un compañero, cuya herida era mortal, y él
lo sabía; en aquel momento el lugar debía ser
abandonado rápidamente, porque muy pronto, no se
sabía cuándo aparecían los aviones,
milagrosamente no aparecieron durante aquel combate,
porque era lo primero que aparecía a los 20
minutos; pero creo que tuvimos la suerte de destruir
las comunicaciones con algunos disparos certeros.
Dispusimos de ese tiempo, pero había que atender a
los heridos, retirarse rápidamente. Y no se me
puede olvidar, y me lo contó él, cuando un compañero
que iba a morir inexorablemente... No se podía
movilizar; hay heridos más graves que usted no los
puede movilizar, tiene que confiar ahí, puesto que
usted ha atendido los adversarios, ha logrado un número
de prisioneros, prisioneros que nosotros siempre
respetábamos; no hubo un solo caso jamás que,
prisionero en un combate, fuese alguna vez
maltratado o ejecutado (Aplausos). Nosotros les
entregábamos, incluso, a veces nuestros
medicamentos, que eran muy escasos.
Esa
política, sinceramente, nos ayudó mucho al éxito
en la guerra, porque usted en cualquier lucha debe
ganarse el respeto del adversario (Aplausos). En
cualquier lucha —lo vuelvo a repetir—, de una
forma o de otra, el comportamiento de los que
defienden una buena causa, debe dirigirse a ganarse
el respeto del adversario.
En
aquella ocasión tuvimos que dejar un número de
compañeros heridos que no podían evacuarse, entre
ellos algunos muy graves. Pero lo que me impactó
fue cuando me contó, con dolor, recordando aquel
momento en que sabía que no tenía salvación
posible y él se había inclinado y le había dado
un beso en la frente a aquel compañero, que, herido
allí, sabía que inexorablemente moriría
(Aplausos).
Son
algunas de las cosas que les menciono del Che como
hombre, como ser humano extraordinario.
Era,
además, un hombre de elevada cultura, era un hombre
de gran inteligencia; ya mencioné su tesón, su
voluntad. Cualquier tarea que se le asignara, después
del triunfo de la Revolución, era capaz de
aceptarla. Fue director del Banco Nacional de Cuba,
donde hacía falta un revolucionario en aquel
momento, y en cualquier otro, desde luego; pero
acababa la Revolución de triunfar y los recursos
con que contaba eran muy pocos, porque las reservas
se las habían robado.
Los
enemigos bromeaban, siempre bromean, también
nosotros bromeamos; pero la broma, que tenía una
intención política, se refería a que un día yo
había dicho: Hace falta un economista. Pero
entonces se habían confundido y creyeron que yo decía
que hacía falta un comunista, y por eso es que había
ido el Che (Aplausos). Pues el Che era un
revolucionario, era un comunista y era un excelente
economista (Aplausos); porque ser economista
excelente depende de la idea de lo que quiera hacer
quien dirige un frente de la economía del país y
quien dirige el frente del Banco Nacional de Cuba,
así que en su doble carácter de comunista y
economista; no es porque se hubiera llevado un título,
sino porque había leído mucho y observaba mucho.
Che
fue el promotor del trabajo voluntario en nuestro país,
porque todos los domingos se iba, un día a hacer
trabajo en la agricultura, otro día a probar una máquina,
otro día a construir. Nos dejó la herencia de
aquella práctica que, con su ejemplo, conquistó la
simpatía o la adhesión, o la práctica para
millones de nuestros compatriotas.
Son
muchos los recuerdos que nos dejó, y es por eso que
digo que es uno de los hombres más nobles, más
extraordinarios y más desinteresados que he
conocido, lo cual no tendría importancia si uno no
cree que hombres como él existen por millones y
millones y millones en las masas (Aplausos).
Los
hombres que se destaquen de manera singular no podrían
hacer nada si muchos millones, iguales que él, no
tuvieran el embrión o no tuvieran la capacidad de
adquirir esas cualidades. Por eso nuestra Revolución
se interesó tanto por luchar contra el
analfabetismo, por desarrollar la educación
(Aplausos).
Si
antes decía que las ideas eran más poderosas que
las armas, la educación es el instrumento por
excelencia para que ese ser vivo que es el hombre,
regido poderosamente por instintos o leyes
naturales, que evolucionó, como lo demostró Darwin
y hoy no lo niega nadie... Me refiero a la teoría
de la evolución, y decía que nadie lo negaba,
porque recuerdo el momento en que el Papa Juan Pablo
II declaró que la teoría de la evolución no era
inconciliable con la doctrina de la creación. Y,
realmente, experimento un gran aprecio por acciones
como esas, porque cesó de haber una contradicción
entre una teoría científica y una creencia
religiosa. Pero ese hombre puede ser como un
animalito en la selva, si lo ponen allí en la
selva; tiene inteligencia, se sabe los gramos que
hay en una cabeza humana y se sabe, incluso, que es
el único ser viviente cuyo cerebro continúa
creciendo dos años y medio después de nacido,
ustedes lo saben, los estudiantes universitarios,
deben haberlo leído. Eso tiene una influencia
tremenda en el desarrollo de la inteligencia.
Niño
que no se alimente con todos los elementos adecuados
hasta cumplir los dos años y medio, llega a los
seis años, al prescolar o la escuela, con la
inteligencia disminuida, con relación a los niños
que se alimentan de una manera adecuada (Aplausos).
Y debo decir que una de las cosas más necesarias,
si queremos igualdad, es, al menos, el derecho a
llegar a los seis años con la capacidad de
inteligencia con que nazca un niño, y sabemos que
aquellos —y que en el mundo se cuentan por cientos
de millones— que no se alimentan adecuadamente en
esas edades, llegan a la edad escolar —si hubiera
escuelas, si hubiera maestros capaces de enseñarlos—
con menos posibilidades de aprender; aunque también
puede ocurrir que alimentándose adecuadamente en
esa etapa después no tengan ni escuelas ni maestros
(Aplausos).
Pero,
¿qué ocurre con los sectores más pobres de la
Tierra, que están concentrados, fundamentalmente,
en los países del Tercer Mundo, al que pertenecen
las cuatro quintas partes de la humanidad? Es que en
esas regiones se concentran los pobres, los
hambrientos, los que no pueden alcanzar ese nivel de
capacidad instalada, no de capacidad desarrollada,
los que no tienen ni siquiera escuelas.
Si a
ustedes les dicen que hay 860 millones de
analfabetos adultos en el mundo, inmediatamente les
explican cómo casi el 90% de esos 860 millones de
analfabetos viven en el Tercer Mundo. Hay que añadir
que en países muy desarrollados hay analfabetos, en
ese gran vecino cercano a nuestra patria, hay
millones de analfabetos (Chiflidos y abucheos), de
analfabetos totales; pero hay decenas de millones de
analfabetos funcionales. Y nadie tome esto...
(Exclamaciones de: "Un médico"). ¿Qué
dicen, un médico, qué dice del médico? (Le dicen
algo.)
Yo
dije decenas, realmente son cientos. Bueno, no, en
los países desarrollados no, estoy hablando del
Tercer Mundo.
(Le
dicen que están pidiendo un médico, para una
persona del público.) ¿Un médico? Hay un médico
aquí, ¿dónde hace falta el médico? Bueno, pasen
al compañero, rápido. Mandamos un médico, ustedes
verán qué rápido llega.
Les
hablaba —y me estoy extendiendo por encima de mi
voluntad— de dos problemas muy importantes, que
están muy asociados, se llaman educación y salud.
Bueno, hablábamos de un médico argentino que se
convirtió en soldado sin dejar de ser médico un
solo minuto, fue lo que nos trajo a explicar estas
cosas, y después les decía que es la educación la
que convierte el animalito en ser humano. No se
olviden de eso (Aplausos), es la educación la que
es capaz de hacerlo que sobrepase los instintos que
le vienen de la naturaleza. Es más, añado, es la
educación la que podría vaciar las cárceles donde
están aquellos que no recibieron educación, que no
se alimentaron adecuadamente; porque hasta en
nuestra propia Patria, tardamos en descubrir que por
muchas leyes que se hagan, por muchas escuelas que
se construyan, muchos maestros que se formen,
siempre habrá, por una razón o por otra mucho más
que hacer por la educación de los hombres. En
nuestra sociedad, porque hay cientos de miles de
profesionales universitarios e intelectuales, la
influencia del núcleo familiar es decisiva.
Cuando
usted va a una prisión e investiga a los jóvenes
entre 20 ó 30 años que están en prisión, se
encuentra que proceden de las capas más humildes y
más pobres de la población (Aplausos), proceden de
lo que podríamos llamar áreas marginales. Cuando,
a la inversa, busca la composición social de
escuelas que son muy anheladas y donde se llega por
expediente y por notas, es al revés, la inmensa
mayoría son hijos de padres intelectuales o
artistas.
Fíjense
que no estoy hablando de una diferencia de clases
desde el punto de vista económico; el problema de
la construcción de una sociedad nueva es mucho más
difícil de lo que pueda parecer, porque son muchas
cosas que se van descubriendo por el camino. Si
usted empezó luchando contra un 30% de
analfabetismo y un 90% entre analfabetismo total y
funcional, concentra su atención en esas tareas, y
cuando han pasado los años y cuando anda en
estudios más profundos de la sociedad, es cuando
puede darse cuenta de la influencia que tiene la
educación.
Les
puedo decir que en los sectores más pobres, en las
áreas marginales, donde es más frecuente la
disolución del núcleo familiar, esa disolución
tiene una influencia grande. Por ejemplo, usted
puede apreciar un 70% que proceden de núcleos
disueltos, donde, incluso, hasta un 19% no vive con
el padre o la madre, sino con algún familiar que se
ocupa de él, y cuando ese mismo fenómeno ocurre en
un núcleo de intelectuales, no se observa el mismo
efecto en el hijo aquel, aunque se haya producido la
disolución familiar. En general, quedan con el
padre o con la madre; en nuestro país, por
costumbre, con la madre, y las mujeres constituyen
en Cuba el 65% de la fuerza técnica del país
(Aplausos). Es así como les estoy diciendo, es un
poquitico más del 65% y observa usted esos fenómenos.
¿Qué lo puede explicar, sino la educación? Es
decir que el nivel de escolaridad de los padres, aun
cuando se haya hecho una Revolución, sigue
influyendo tremendamente en el destino ulterior de
los niños.
Bien
puede ocurrir, en determinadas circunstancias, en
que los hijos de los sectores más humildes, o con
menos conocimientos, no estoy hablando ya de la
situación económica del núcleo, sino la educación
del núcleo se encuentra que tiende a perpetuarse a
lo largo de decenas de años, y uno puede decir
entonces —como nosotros a veces hemos planteado en
algunos casos—: Estas personas que están haciendo
esta tarea o que brindan tal apoyo, sus hijos nunca
serán directores de empresas, gerentes, u ocuparán
posiciones importantes; los esperan, en primer
lugar, las prisiones.
Nosotros
hemos estudiado eso y unas cuantas cosas más, que
no es el momento de explicar. Lo digo solo para
decir que sin una revolución educacional, bien
profunda, la injusticia y la desigualdad continuarán
prevaleciendo aun por encima de las satisfacciones
materiales de todos los ciudadanos del país
(Aplausos).
En
nuestro país nosotros le garantizamos un litro de
leche a cada niño hasta los siete años (Aplausos).
A partir de esa edad y debido a nuestros recursos,
le garantizamos una leche de otro tipo, ya que,
afortunadamente, existen posibilidades.
Ahora,
esa leche la garantizamos a ese niño, a un costo de
menos de un centavo de dólar (Aplausos). Con un dólar
que le envíe alguien que vive en el Norte a un
amigo, puede comprar la leche de 104 días
(Aplausos).
En
nuestro país, el bloqueo nos obligó al
racionamiento, ese bloqueo que ha durado 44 años
(Silban); pero en nuestro país no se encontrará un
niño sin escuela, uno solo no se encontrará sin
escuela (Aplausos).
En
nuestro país, incluso, los niños que nacen con algún
problema mental —y es algo que estamos estudiando
en profundidad, causas que originan distintos tipos
de retraso mental, si ligero, moderado, severo o
profundo, cada uno con sus características;
afortunadamente, son más numerosos los ligeros y
moderados—, en este momento nosotros tenemos el
expediente de cada uno, y no de los niños solo,
sino de las ciento cuarenta y tantas mil personas de
distintas edades que tienen algún problema de
retraso mental. Todos los niños que tienen algún
problema de incapacidad física o mental, o ciego, o
sordomudo; o algo más terrible, ciego y sordomudo
al mismo tiempo.
Hay
tragedias humanas, que para conocerlas hay que
investigarlas, y nosotros no las conocíamos desde
el primer día. Fue a lo largo de la práctica y
luchando por la educación, como hemos luchado, que
fuimos descubriendo estas cosas.
Tienen
escuelas especiales, hay 55 000 niños matriculados
en escuelas especiales.
Hemos
planteado que no basta que un niño vaya a una
escuela especial entre sexto y noveno grados. Hemos
planteado que de esa escuela, si es un niño que no
puede ir a un nivel superior de nueve a doce grados,
sea bachillerato, o conocimientos técnicos, una
escuela tecnológica, termine su noveno grado o el
tiempo que necesite, si hace falta un año o dos más,
preparado para el tipo de trabajo que pueda realizar
y, además, con un empleo (Aplausos).
No se
puede subestimar a los muchachos que tengan ese tipo
de problemas, tienen cualidades para muchas cosas, y
ya no nos conformamos, no nos podemos conformar,
porque seríamos inconscientes si nos limitáramos a
enseñarle lo que se le puede enseñar a un niño
con ese tipo de limitación, ligeras y moderadas,
que son la mayoría.
A
todos se les atiende, cualquiera que sea el tipo de
incapacidad que se tenga. Podemos tener la
satisfacción de que, a pesar del bloqueo ese que
tiene 44 años, no hay un solo niño con necesidad
de enseñanza especial que no tenga su escuela
(Aplausos).
Quiero
añadir un dato, y nadie lo tome como una vanidad de
nuestro pueblo, porque lo que digo siempre con
relación a lo que hemos hecho por la educación y
la salud nos produce vergüenza en la medida en que
descubrimos nuevas y nuevas posibilidades, vergüenza
por no haberlo descubierto antes. Nadie piense que
Cuba se jacte de éxito, les puedo asegurar algo que
ni siquiera nosotros mismos sabíamos.
Hacíamos
comparaciones por los datos de la UNESCO y las
investigaciones que hizo sobre los niveles de
educación y, en nuestro país, los niños de cuarto
y quinto grados, en lenguaje y en matemáticas, casi
duplican los conocimientos de los niños del resto
de América Latina y de Estados Unidos también, no
vayan a creer que solo de América Latina
(Aplausos).
Sé
que les estoy hablando de un país que tiene
elevados niveles de educación y de cultura; sé cómo
es el pueblo argentino y sus conocimientos. Nuestro
país hoy tiene niveles más altos, pero Argentina
está entre los demás países, cuatro o cinco, que
se acercan, aunque a una relativamente alta
distancia, a los niveles de nuestro país; pero nos
llamó más la atención cuando descubrimos que
nuestros niños de primaria, sus conocimientos de
lenguaje y de matemática, están por encima de los
países más desarrollados del mundo (Aplausos).
Es
decir, nuestro país hoy ocupa ese lugar, del mismo
modo que el índice de mortalidad infantil en
nuestro país está por debajo de siete por cada 1
000 nacidos vivos en el primer año de vida —el último
año fue de 6,5; el anterior había sido 6,2—,
nosotros pensamos bajarlo. No sabíamos siquiera si
en un país tropical podía bajarse el índice de
mortalidad infantil a esos niveles, porque influyen
muchos factores: el clima influye, incluso el
potencial genético de cada población influye; esos
factores, independientemente de los factores de
asistencia, factores alimenticios, etcétera. No sabíamos
si podía bajarse de 10 y nos alentó mucho cuando
lo logramos.
No
crean que es la capital la que tiene los mejores índices,
hay provincias enteras que tienen, incluso, menos de
cinco de mortalidad infantil, y ese índice es más
o menos parejo. No ocurre como en el país vecino
nuestro, donde en algunos lugares, donde viven los
que tienen más recursos, mejor asistencia y mejor
alimentación, etcétera, etcétera, pueden tener un
cuatro o un cinco, y en otros, como en la propia
capital de Estados Unidos, donde hay mucha gente
pobre y donde hay grupos étnicos, los
afronorteamericanos, que no tienen la asistencia médica
adecuada, en que la mortalidad puede ser tres veces,
cuatro veces o cinco veces más que la mortalidad
infantil en determinados lugares que reciben todas
las atenciones (Aplausos).
Sabemos
lo que pasa con los hispanos y con los
afronorteamericanos y los de otras regiones del
mundo, sus índices de mortalidad infantil, sus índices
de perspectivas de vida, sus índices de salud, del
mismo modo que sabemos que hay más de 40 millones
de norteamericanos que no tienen asegurada la
asistencia médica.
II
PARTE
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