Mensaje de
Fidel Castro Ruz, Presidente de la República de
Cuba, a la II Cumbre Sur del Grupo de los 77 y
China, en Doha, Qatar.
12
de junio de 2005
Excelencias:
Hubiese querido
estar con ustedes en esa trascendental reunión,
que tiene lugar precisamente en Qatar, país
hermano al que me une un profundo sentimiento de
amistad derivado de las cordiales y solidarias
relaciones que hemos establecido con su pueblo, su
Gobierno y su Jefe de Estado.
Sin embargo, otros
asuntos apremiantes no me han permitido concurrir
a este encuentro. Enfrentamos los intentos del
Gobierno de los Estados Unidos de dar refugio a un
notorio terrorista confeso, prófugo de la justicia
venezolana, responsable, entre muchos actos
atroces de terror, de la voladura de un avión
civil cubano en pleno vuelo y la muerte de 73
personas inocentes.
Cuba está enfrascada
en una enérgica campaña de denuncia del terrorismo
que nuestro país ha sufrido durante más de 45 años
y que ha costado a nuestro pueblo la vida de miles
de sus hijos e incalculables pérdidas materiales.
También luchamos
contra la impunidad por los crímenes abominables
cometidos en nuestro hemisferio al amparo de
programas represivos como la denominada “Operación
Cóndor” en varios países suramericanos, o las
guerras sucias y campañas masivas de exterminio en
Centroamérica, y para señalar a los verdaderos
culpables de estos monstruosos episodios. He
tenido que recibir, atender y reunirme con cientos
de personalidades destacadas que han visitado
nuestro país en estos días, algunos de los cuales
aún permanecen en Cuba.
El orden económico
impuesto al mundo por la globalización neoliberal,
cobra implacablemente a la humanidad decenas de
millones de vidas en las naciones más pobres de
la Tierra.
Nunca antes el
mundo fue tan desigual y la inequidad tan
profunda.
En la actual
economía mundial nuestros países están incluidos
para la explotación y excluidos para el
desarrollo.
Tal orden impide
el desarrollo de los países del Sur, para sostener
el consumismo derrochador del Norte, la agresión
al medio ambiente y el agotamiento acelerado de
los recursos naturales del planeta. La riqueza
desbordante del Norte es el resultado de la
salvaje explotación colonial y neocolonial del
Sur.
La deuda externa
actual de los países del Tercer Mundo continúa
creciendo, y pese a que se ha pagado un total de
5,4 millones de millones de dólares entre 1982 y
2004, asciende ahora a 2,5 millones de millones de
dólares y sigue actuando como instrumento para que
el Fondo Monetario Internacional imponga ajustes
económicos socialmente desastrosos a nuestros
países.
Continuamos
recibiendo cada día el retórico discurso del libre
comercio, pero los aranceles que aplica Estados
Unidos a sus importaciones de los países del
Tercer Mundo superan en 20 veces a aquellos
aplicados a los países desarrollados. El mundo
rico gasta cada año 300 mil millones de dólares en
subsidiar producciones agrícolas que cierran los
mercados a países del Sur, mientras habla con
hipocresía del libre comercio.
En el mercado
financiero sin regulación son habituales los
ataques especulativos sobre las tasas de cambio de
las monedas. Se exige transparencia informativa a
nuestros países mientras los especuladores se
esconden tras el secreto. Las agencias
calificadoras de riesgo amenazan con malas
calificaciones a nuestros países después de
premiar a empresas norteamericanas que
protagonizaron quiebras fraudulentas. Estas
realidades son expresión de un orden económico que
se impone sólo para defender los intereses de una
opulenta minoría.
El consumismo
derrochador contrasta de modo hiriente con la
pobreza y amenaza con arrasar las condiciones de
vida en el planeta. El petróleo es un claro
ejemplo.
El voraz consumo
de este importante energético en Estados Unidos,
donde un habitante gasta doce veces más que otro
en el Tercer Mundo, mantiene una demanda creciente
que amenaza con el agotamiento de ese vital
recurso no renovable. Con sólo el 5 por ciento de
la población mundial, ese país consume el 26 por
ciento del petróleo.
Debe afirmarse con
toda claridad y decisión que la verdadera causa de
la crisis energética casi apocalíptica que amenaza
hoy al mundo, es el gasto desmedido e irrefrenable
de los países ricos y las absurdas e insostenibles
sociedades de consumo que han creado. A tal
ritmo de derroche energético, la oferta de
petróleo o gas no podrá alcanzar jamás a la
demanda, porque las reservas probadas y probables
se están agotando.
Por otro lado, a
más de 30 años de proclamada y prometida la meta
del 0,7 por ciento, la ayuda al desarrollo no pasa
del 0,2 por ciento y la de Estados Unidos es del
0,1 por ciento. Lo pagado por servicio de la deuda
en el año 2004 fue, en cambio, más de 5 veces lo
que recibió el Sur como ayuda oficial para el
desarrollo.
Resulta ya evidente
que las modestas Metas del Milenio no serán
cumplidas.
El hambre
sigue siendo una realidad diaria para 852 millones
de personas, mientras se gasta un millón de
millones de dólares en armas que servirán para
matar a los hambrientos, pero no para matar el
hambre.
Casi una tercera
parte de los niños en el Tercer Mundo sufren
retraso en el crecimiento y tienen estatura y peso
inferiores a lo normal debido a la desnutrición.
Siguen muriendo
cada año 13 millones de niñas y niños debido a
enfermedades prevenibles, mientras se malgasta
otro millón de millones de dólares en
embrutecedora propaganda comercial.
Casi mil millones
de adultos analfabetos y 325 millones de niños que
no asisten a la escuela, demuestran cuán lejos de
la más elemental equidad y justicia está el mundo.
El futuro de la
Humanidad no puede ser este mundo injustificable e
insostenible.
Frente a los
enormes desafíos que plantea la pobreza y la
injusticia en el mundo actual, el Presidente de
los Estados Unidos proclama el derecho a lanzar
guerras preventivas y sorpresivas contra 60 o más
países. Manipula a las Naciones Unidas. Declara
obsoleta su Carta y desprecia el Derecho
Internacional. Convierte la igualdad soberana de
los Estados en una repugnante burla.
Unámonos entonces
los excluidos de siempre, para fundar un orden
mundial justo, equitativo y sostenible.
Preservemos y pongamos al servicio de los pueblos
a las Naciones Unidas. Defendamos la paz. Luchemos
por nuestros derechos, conscientes de que nada nos
será donado de gratis.
A pesar de los
enormes obstáculos, creemos en el valor de las
ideas y los principios, y confiamos en la
capacidad de lucha de nuestros pueblos.
Fidel Castro
La Habana, 12 de
junio de 2005