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¿Cuándo
caerá Bush?
por
Immanuel Wallerstein*, (Tomado de La
Jornada)
Los
días de George W. Bush están contados. Tiene
serios problemas que no se disolverán así nomás.
El tejido de justificaciones para la in-vasión de
Irak se deshilacha fragmento a fragmento. Tanto el
presidente de Estados Unidos como Tony Blair han
hecho el intento de retractarse de sus más egregias
aseveraciones. Las famosas armas de destrucción
masiva no se hallan por ningún lado. Si aparecen
algunas enterradas en las profundidades, en algún
sitio, será la prueba de que las famosas armas no
estaban listas ni disponibles para hacer la guerra,
definitivamente no en los 45 mi-nutos que anunciaba
el primer ministro británico. Los tubos de aluminio
resultaron ser exactamente lo que Saddam Hussein
decía que eran: material para fabricar cohetes. Las
presuntas ligas entre Saddam Hussein y Al Qaeda
fueron siempre poco probables y no hay evidencia que
las confirme. Bush culpa ahora a la Agencia Central
de Inteligencia, mientras la bancada republicana del
Comité de Inteligencia del Senado acusa a la CIA de
filtrar materiales que ponen en dificultades al
presidente. Los ladrones rompen filas.
Estados
Unidos ya vivió antes circunstancias semejantes, no
hace mucho tiempo. Para el presidente Richard Nixon
la cobertura de Watergate funcionó al principio, y
sólo los francotiradores daban lata. Pero cuando
intentó señalar chivos expiatorios (recuerden a
John Dean), éstos co-menzaron a revelar la verdad.
Nixon se religió. Pero hasta ahí llegó. Al final
tuvo que renunciar a su cargo cuando fue inminente
que sería procesado.
Por
supuesto, ambas situaciones son muy diferentes en
sus detalles. Pero existen sorprendentes
similitudes. Ambas ocurrieron en el contexto de una
ambivalente postura de la opinión pública
estadunidense en torno a la guerra e implican a
presidentes que insistieron en usar todos los
instrumentos a su alcance para intimidar a sus
oponentes y sortear las políticas que los habrían
frenado. Ambos presidentes tenían a su alrededor a
personas con maestría en técnicas de parapeto. El
vicepresidente Dick Cheney debe haber tomado clases
con el procurador general de Justicia de Nixon, John
Mitchell.
En la
política -mundial, nacional, local- uno puede
lograr mucho respaldo si va ganando. Pero a veces
ese apoyo se evapora tan pronto como empieza uno a
perder. Bush prometió a Estados Unidos (y al mundo)
la transformación de Irak, de hecho de todo Medio
Oriente, con sólo derrocar a Saddam Hussein. En
este mo-mento, casi tres meses después del colapso
militar del régimen iraquí, ¿cuál es la
situación de Irak? Todos los días mueren soldados
estadunidenses a manos de ac-ciones guerrilleras con
claras repercusiones. La policía iraquí,
recientemente de-signada por las fuerzas de
ocupación, amenazó con renunciar si los soldados
estadunidenses no abandonaban las estaciones de
policía, sabiendo que sus vidas corren peligro por
la asociación tan cercana con el ejército invasor.
Parece ser que los soldados no son vistos como
protectores de quienes cooperan con ellos sino como
una asociación forzada que pone en peligro la
existencia.
Las
fuerzas de ocupación han sido incapaces de
restaurar un suministro mínimo de energía
eléctrica en los centros urbanos iraquíes.
Francamente me sorprende. Uno pensaría que el
gobierno estadunidense podría reunir el número
necesario de ingenieros, transportar el equipo
requerido y procurar la protección básica a los
profesionistas, de modo que la electricidad
funcionara en el lapso de una o dos semanas. ¿Es
acaso tan costoso? ¿Hay otras prioridades? ¿No lo
considera importante Estados Unidos? Los iraquíes
comunes la vi-ven como la prioridad número uno y
co-mienzan a enojarse. Muy pronto el país
comenzará a añorar el régimen que Estados Unidos
derrocó.
Entre
tanto, en Gran Bretaña el heroico aliado de Estados
Unidos, Tony Blair, está también sumido en serios
problemas. Los conservadores han decidido que no hay
beneficio alguno en respaldarlo. Los liberales nunca
lo hicieron. Crece el número de funcionarios
públicos laboristas que aguarda sin hacer nada.
En
este preciso momento, Estados Unidos anuncia que
juzgará a seis personas, dos de los cuales son
ciudadanos británicos, en la bahía de Guantánamo.
Una tormenta se cierne sobre Gran Bretaña entre los
más respetables juristas que objetan lo que
consideran procedimientos sospechosos, incluso
ilegales. Están conminando a Blair para que haga
que Estados Unidos entregue a estos hombres ante la
justicia británica. Pero Blair no puede prometer a
Estados Unidos que confesiones extraídas sin
asesoría legal aguanten la prueba de las cortes
británicas. No hay una salida fácil, pues Estados
Unidos no puede ayudar a Blair sin poner en riesgo
toda la estructura de la pesadilla de Guantánamo.
Al mismo tiempo, el gobierno estadunidense tiene
dificultades para convencer a algunos abogados
estadunidenses que funjan como defensores de estos
hombres, pues los litigantes argumentan que las
reglas están dispuestas en su contra
ilegítimamente.
Se
suponía que la victoria estadunidense en Irak
tendría el efecto de hacer que sus recalcitrantes
aliados -Francia, Alemania, Rusia- revirtieran sus
posiciones. No hay signos que lo demuestren. ¿Por
qué ha-brían de revertirla? En marzo, cuando la
revista Time llevó a cabo una encuesta en Europa
con la pregunta "¿quién de los tres
siguientes, Corea del Norte, Irak o Estados Unidos,
es la mayor amenaza para la paz mundial?", un
contundente 86.9 por ciento contestó que Estados
Unidos. Y dicho país y Europa están en el sendero
de la confrontación en torno a asuntos mundanos de
comercio. En esto, Estados Unidos tiene, claramente,
una posición débil. La Organización Mundial de
Comercio tiene dictámenes contra Estados Unidos en
es-tos asuntos. Muchos países pequeños re-húsan
plegarse ante Estados Unidos (unos calladamente,
otros no tanto) en su insistencia de ser el único
país por encima de las leyes internacionales.
Por
último, pero no por eso de menor importancia, la
economía estadunidense no está muy bien que
digamos. Además, hay conservadores que gritan que
el régimen de Bush no es realmente conservador,
porque aumenta, no disminuye, el papel del Estado.
Howard Dean comienza a ser visto como el potencial
candidato demócrata. Y aunque no obtuviera la
nominación, algo que sí podría lograr, ya forzó
a los otros candidatos a "moverse hacia la
izquierda" si han de captar algo del apoyo que
Dean parece estar convocando.
¿Podrá
Bush darle la vuelta a todo esto? A corto plazo, tal
vez. Si logra capturar a Saddam Hussein, eso le
ayudaría. De nue-vo, estoy sorprendido de que
Estados Unidos no haya podido lograr tal captura.
Pero no debería sorprenderme. Tampoco han capturado
a Bin Laden, ni vivo ni muerto, después de casi dos
años de persecución. El mullah Omar también anda
suelto, y parece que reorganiza a los talibanes.
Y en
cuanto a los halcones que rodean a Bush, un día
después de la caída de Bagdad arengaban en favor
de invadir Siria. Pero todo eso se calmó después.
Ni Irán ni Corea del Norte frenaron su impulso de
adquirir armas nucleares. Muy por el contrario,
están a punto de presumirlas. Estados Unidos ha
sido muy prudente. No pa-rece siquiera tener tropas
disponibles para lo urgente que es reforzar su
posición en Irak. En esas condiciones no podría,
seriamente, avanzar sobre Irán o Corea del Norte.
Las iniciativas diplomáticas tampoco han logrado
mucho, ni en Israel/Palestina, ni en el nordeste
asiático ni en América Latina.
Si yo
fuera Bush estaría muy preocupado. Tal vez él no
lo está. El orgullo va primero que la caída. Pero
apuesto que sus brillantes asesores políticos se
están mordiendo las uñas. Se sentían muy seguros,
hace tan poco. Pero el barco del Estado se topó con
aguas revueltas. Puede no hundirse de inmediato.
Pero, ¿llegará a puerto a salvo? Los nomios no son
como para que sonrían con displicencia.
*
Director del Centro Fernand de la Universidad de
Binghamtom
Traducción: Ramón Vera Herrera
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