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Testimonios sobre el cerco de la muerte
• Por primera vez, testigos inusuales de un combate, en este caso del asalto al Cuartel Moncada, en julio de 1953, asoman sus vivencias • Ni soldados del Ejército ni asaltantes del cuartel
POR MARELYS VALENCIA —de
Granma Internacional—
LA profunda impresión causada por los hechos, decía la revista Bohemia una semana después de los sucesos del Moncada, no desaparecía con el último disparo del furioso combate: la persecución de los atacantes, las medidas adoptadas por el mando militar, y el acuerdo del Consejo de Ministros de suspender las garantías constitucionales durante tres meses, mantuvieron expectantes a la opinión pública.
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Generoso
Jimenéz, quien
luego encandilaría a
Benny Moré con sus arreglos
musicales, era miembro de
la Banda de la Policía en
1953. Durante el ataque
una bala le atravesó
el pantalón, en el
Cuartel Moncada, pero no
llegó a heririlo.
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¿Pero supo alguien todo lo que sucedió en realidad dentro de aquellas empinadas paredes del Cuartel Moncada, el segundo en importancia en el país para el ejército de Batista, cuando la historia la conforman una suma de narraciones? A lo largo de cinco décadas protagonistas de aquellos hechos, soldados del régimen, testigos de la ciudad de Santiago, han ofrecido su testimonio.
Medio siglo después de los acontecimientos que despertaron a Santiago del reposo de sus fiestas de carnaval, a las noticias más sobrecogedoras y trágicas en muchos años, dos testigos presenciales hablan para Granma Internacional de recuerdos y sentimientos sobre aquella inesperada vorágine. Ni atacantes ni soldados de Batista: músicos; en esa época, de las Bandas del Estado Mayor y de la Policía; hoy, figuras relevantes y de larga trayectoria de la cultura cubana, sorprendidos dentro del cuartel la madrugada del 26 de julio.
Luis Aragú, en la actualidad percusionista de la Orquesta Sinfónica Nacional, y Generoso Jiménez, quien en un abrir y cerrar de ojos encandilara a Benny Moré con sus arreglos musicales, sacan a la luz, por primera vez, momentos que nunca han podido olvidar. Los dos: personajes tocados por el azar histórico y por una obra a la que muchos le rinden pleitesía.
EL SONIDO DE LA MASACRE
Las colombinas, tipo de cama sencilla, de hierro y con bastidor de alambre, colmaban el largo dormitorio del ala derecha del cuartel. Luisito, utilero-educando de la banda, pues a la vez que se encargaba del traslado de atriles, instrumentos, sillas de los músicos, se entregaba al aprendizaje de la percusión, de la que su padre Domingo era todo un maestro, había salido en la noche a tocar en un cabaret de la ciudad, el Flamingo, gracias a un contrato que el bongosero Manolo Ramos consiguió para ganar dinero extra.
Alrededor de las tres de la madrugada llegaron a la instalación militar donde dormían tradicionalmente los músicos de ambas bandas, durante las fiestas de carnaval. Guardó los instrumentos y cayó rendido por el cansancio en su columbina. Dos horas después, el saxofonista, Morell, lo sacudía de su profundo sueño.
La confusión envolvía a los hombres. Unos afirmaban que eran fuegos artificiales, hasta que el ataque se hizo patente. Pero de quiénes. Los rumores achacaban el tiroteo a una discusión entre soldados de la posta tres; otros, al asalto de un grupo de extranjeros recién desembarcados.
Precisamente, de una discusión entre soldados me habló Generoso Jiménez. Cuenta que uno de los guardias le gritaba a otro: “No te duermas, coño”. El estaba sentado en el portal del cuartel, vestido con su uniforme de la Banda de la Policía, pasadas las cinco, pues en unos minutos partirían hacia Holguín a una presentación en el teatro principal de la ciudad. Salieron rumbo al ómnibus que aguardaba por ellos en el polígono; los miembros de la banda competían por los asientos con ventanilla cuando empezaron a sentir el tiroteo. “Nos tiraban a nosotros, pero a quién se le ocurre que alguien va a atacar un cuartel de noche vestido de blanco, chica”, me dice el viejo y famoso trombonista del Benny, con sus 86 años que le otorgan mayor autenticidad a su popular forma de hablar.
Los soldados de la posta se percatan de la situación, y llaman a los músicos de la Banda de la Policía a salir del ómnibus y entrar al cuartel. Una bala le atravesó el pantalón a Generoso, luego ya en el interior del recinto militar, pero no lo llegó a herir. Me comenta su hija Regla, especialista en musicología, que por mucho tiempo Generoso guardó aquella prenda.
Fue en ese momento del tiroteo que Luisito Aragú saltó de la cama a ponerse los zapatos. “Tírate al suelo”, le dicen, y comienza a arrastrarse hasta localizar a su padre. “No podíamos movernos ni ver nada, porque el ataque ocurrió por el lado izquierdo del enclave militar. “La situación era muy confusa, pero cuando amainaron los disparos, la especulación dio paso a la certeza de lo que ocurría. Una vez concluido el combate, nos tuvieron acuartelados todo el día hasta la noche, en que fuimos a la estación del ferrocarril para regresar a La Habana.
Según Generoso, fue Morales, el comandante de guardia, quien levantó la moral de los soldados y los puso en atención. “¿De dónde nos tiran?”, espetó el oficial, y entonces armó la estrategia de enfrentamiento a los asaltantes, que estaban situados en diferentes puntos cercanos al objetivo.
“¡Cómo tiraban esos muchachos! Oyeme, donde ponían el ojo ponían la bala”, recuerda Generoso. El grueso del combate se dirigió a la derecha del edificio, pero comenzó por la posta tres, situada a la izquierda, y por donde los revolucionarios pensaban entrar para tomar la armería, cuenta Luis. Con la luz del amanecer llegó también la orgía de sangre. En el patio, justamente al fondo del dormitorio de la Banda del Estado Mayor, los rafagazos dieron cuenta del asesinato a sangre fría. “No veíamos lo que ocurría, pero sí cuando trasladaban a unos muchachos hacia el campo de tiro, después de iniciada la persecución por toda la ciudad. Después vimos pasar al coronel Del Río Chaviano, jefe militar del acantonamiento. Existen algunas versiones como que esperó el decline del fuego, y entonces pasó por allí”. Las orientaciones de La Habana habían llegado y los jefes militares del distrito le dieron paso a la masacre. Cuenta Luis que cuando se le fue a dar el parte a la prensa, sacaron a los cadáveres del campo de tiro y los regaron por todo el cuartel. La fachada: habían caído en combate. Generoso me refiere el momento en que fueron apresadas Melba y Haydeé, la dos mujeres que acompañaron a los combatientes en el hospital, como enfermeras preparadas para la acción. Las encerraron en un local del cuartel, pero los soldados querían entrar a violarlas. Dice mi entrevistado que el oficial a cargo de la vigilancia no permitió que las dos jóvenes fueran ultrajadas. Las patrullas merodeaban por la ciudad en busca de los revolucionarios. “Los estaban fusilando a todos. Yo presencié una parte, pero no pude más. Dije, ‘me voy’ y le pregunté al comandante de guardia: ‘¿Pero no les van a celebrar ningún juicio?’ Y el hombre se viró hacia mí, y me respondió: ‘¡Piérdete de aquí!’”. “¿Tú quieres saber una cosa, periodista?, me dice casi en un susurro Generoso, tomándome la mano, con el brillo de los ojos que quieren confesar algo, algo que han retenido por mucho tiempo, pero por cosas de la vida nunca se convirtió en testimonio hablado. En su caso, porque le duele haber vivido aquel momento que estremeció a tantas personas en Cuba, y no es hasta ahora, en su casa de puntal alto en la calle Serafines ,de la barriada de 10 de Octubre, casi a las 11 de la noche y al término de nuestro encuentro, que necesita sacar de adentro lo que sus ojos guardaron durante cincuenta años: “Fue terrible, periodista. Ninguno de esos muchachos permitió ser vendado antes de los fusilamientos. Se paraban firmes y gritaban: Tírenme directo aquí, y se golpeaban el pecho”.
Para Luis Aragú las cosas también están frescas en su memoria y no ocurrieron como fueron mostradas a la opinión pública. “Los revolucionarios muertos estuvieron expuestos al sol de Santiago, que tú sabes lo fuerte que es, en el mismo patio donde cayeron asesinados. Estaban cosidos a tiros. Luego vino el teatro para presentárselos a la prensa, y después los camiones que se llevaron los cuerpos. “Durante el combate, la mayor parte de las bajas pertenecían al Ejército, unas 15 ó 17. Pero cuando se inició la búsqueda y los prisioneros fueron traídos al cuartel, cada vez veía más muertos de los atacantes.” Luis tenía 19 años cuando ocurrieron los hechos. Salvo los músicos de las orquestas de prestigio, de moda, como la Aragón, la Riverside, la orquesta de la CMQ o la de Tropicana, por ejemplo, que eran aclamadas y les sobraban los contratos, en aquel tiempo pertenecer a una banda significaba contar con un empleo estable. De ahí que en 1952 entrara a la del Estado Mayor, donde su padre era percusionista. Entonces no sólo se presentaban en ceremonias y desfiles de las Fuerzas Armadas, sino que cada año inauguraban el carnaval santiaguero, uno de los más populares del país, por sus tradicionales y arrolladoras congas en las calles Trocha, Martí y Aguilera.
Dice Generoso que la Banda de la Policía también viajaba cada julio hacia Santiago. Los carnavales duraban un mes, y el primero de agosto partían de regreso los músicos. Su cumpleaños siempre lo celebraba en la más caliente y caribeña de las ciudades cubanas, porque Generoso nació un 17 de julio.
Aquella primera visita de Luis Aragú en 1953 a la capital del oriente de Cuba, marcada definitivamente por los hechos del Moncada, forma parte de los recuerdos más desagradables que él guarda. “Sentí temor porque por primera vez en mi vida estaba rodeado de tiros, no había visto tampoco caer a nadie de un disparo en el pecho, como el soldado de línea que se desplomó herido frente a nosotros. Nunca vi a una persona asesinada ni he podido olvidar las expresiones de aquellos rostros tan jóvenes de los atacantes ametrallados”. “Por supuesto que en ese momento no sabíamos quiénes eran.
Luego, cuando llegamos a La Habana, la gente del barrio de la calle Merced, donde yo vivía, me comió a preguntas. La situación se fue aclarando con el paso de los días, a pesar de la censura. Vinieron el juicio a Fidel y su alegato de defensa conocido como La historia me absolverá; luego la amnistía; el regreso en el yate Granma, desde México, de los revolucionarios, y la lucha en la Sierra Maestra. “Yo, que fui testigo de forma involuntaria de aquellos sucesos, sí te puedo decir una cosa: Creo que éste fue el hecho más trascendente de la historia de la Seudorrepública.
El asalto al Cuartel Moncada dio al traste con muchas cosas y permitió la asunción de las intenciones verdaderas del pasado, desde 1868. “Cuando la gente conoció La historia me absolverá pensó que era una ilusión, nadie creyó que iba a ser realidad. Muchas personas estaban acostumbradas a las promesas de los gobiernos de Grau, Prío, Batista.” Luis era muy joven, pero cuando Batista llegó al poder su “linaje” era bien conocido. “Mi padre me dijo: ‘Ese mata, y ahorita empieza a matar otra vez’. Y así fue”. En 1959 junto a su padre, el viejo Domingo —en la actualidad con 93 años—, Luis tocaba esporádicamente en la Orquesta Filarmónica, en la Zarzuela, siempre por temporadas. Pero los primeros años del triunfo revolucionario les cambiaron sus vidas. “Nos invitan a formar la Sinfónica Nacional y nos dicen que tendríamos un salario estable. Se inició en Cuba una ofensiva cultural; se crearon teatros, escuelas de música que antes escaseaban, porque aquí nada más estaban el conservatorio municipal y los privados; se hizo masiva la enseñanza artística con la formación de las Escuelas de Instructores de Arte; se creó la Orquesta de Música Moderna, entre otras instituciones”.
Opina Luis que las bandas antiguas siempre las integraron los mejores músicos, por eso la ofensiva cultural de los 60 contó con ellos. Le pregunto si valió la pena aquel ataque que conmovió no sólo a Santiago, sino a la nación entera. Y me dice que sí. “Para alguien como yo o mi padre, que no tuvimos participación en las luchas, pero que después nos integramos al proceso y nos dedicamos a fundar, enseñar y crear, fue la realización de nuestros sueños. Cuando Fidel expresó que sus compañeros caídos no estaban ni olvidados ni muertos, creo que se levanta todos los días pensando en ellos y todos los días realiza algo inspirado en ellos”.
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