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La Habana. 23 de julio de 2003

 Antonio Meucci y su vida fructífera
en La Habana


POR MARIA VICTORIA VALDES-RODDA —de GRANMA INTERNACIONAL

LA Habana de 1835 bien pudo haberle recordado su ciudad natal por las regias edificaciones de columnas señoriales y paseos amantes de los árboles, sin embargo, a diferencia de Florencia un amplio mar Caribe lo había recibido dándole con ello las primeras señales sobre el lugar al que había llegado. A través de la brisa marina, el sol, el salitre y la humedad, Antonio Meucci pudo interpretar que la suya no sería una estancia ociosa y sí que habría sobrado campo para la aplicación de la galvanostegia como anticorrosivo y también para poder desarrollar sus investigaciones sobre el alivio del reuma mediante corrientes eléctricas.

Atrás dejaba su prestigiosa condición de mecánico. Della Pergola había significado mucho en su vida, pues como parte de ese teatro él al igual que los actores había sumado a la belleza y al arte, numerosos trucos imaginativos de escenas, con lo cual además de la fama ya legada a la región por artistas plásticos como Miguel Angel, también se podía mencionar la calidad del espectáculo.

Su decisión de asentarse por un tiempo en Cuba debe, al parecer, haber estado amparada en el convencimiento de que un poco de todo esto encontraría en la Isla soñada del genovés Colón, destino y tránsito de un importante comercio marítimo y excelente plaza de renombrados talentos.

A su cargo estaría en lo adelante la responsabilidad técnica del Gran Teatro Tacón (hoy Gran Teatro de La Habana) a donde tenía pensado trasladar su esquema de dirección con los tramoyistas así como las más novedosas ideas acerca de la iluminación. En su empeño no estaría solo, Ester, su esposa, sería la responsable del vestuario. Formarían una buena pareja de trabajo en las temporadas teatrales de noviembre a abril y en el resto del tiempo compartirían paisajes, lecturas y amigos en repetidas jornadas convertidas luego en años

El ajetreo de una sociedad criolla entre próspera e incipiente fueron el telón de fondo habitual del italiano, quien era capaz de admirar tanto la Opera como los avances científicos de la Física o de la Mecánica.

Recorrer el tramo entre el patio, colindante con el Teatro, y su casa fue siempre un ejercicio feliz por aquello de realizar una labor gustada además del contacto sin problemas con las más diversas personalidades le había permitido codearse en un castellano fluido con políticos, literatos y doctores.

Estos últimos lo admiraban por sus dominios de anatomía, a pesar de ser un amateur en esas lides, pero sobre todo por la perseverancia de pretender poner la ciencia a disposición del alivio de sufrimientos corporales, empezando por Ester que padecía artrosis severa.

Sobresalía en las reuniones sociales por sus concepciones independentistas y por su amistad con el patriota Giuseppe Garibaldi, conocido luchador contra el absolutismo del Papa y de la dinastía de los Habsburgos, no obstante, estas circunstancias que pudieran haberlo hecho persona non grata para la Corona Española, Meucci fue apreciado por la modernidad de su pensamiento y su modo de vida.

GALVANOSTEGIA Y MEDICINA

De tal suerte que el Gobernador de Cuba lo citó una mañana de 1844 en los predios de la Administración colonial. Y allá se fue el extranjero al Palacio de los Capitanes Generales cuyas paredes de 1791 le hicieron columpiar la vista de un lado para el otro en espera del Capitán General Leopoldo O’ Donnell. Este finalmente le propuso un contrato de trabajo por cuatro años con vistas a galvanizar las armas y botonaduras del Ejército español en la Isla.

Al unísono a esta actividad, el laborioso Meucci había dispuesto su domicilio al servicio de la electroterapia, modalidad en franco apogeo y con una amplia clientela, que en el caso del italiano había sido heredada a tenor de su afable carácter y reconocimiento entre los galenos criollos.

Entre las anécdotas más sobresalientes transmitidas de boca en boca por los habaneros y recogida después por el insigne intelectual cubano Fernando Ortiz (en la revista cubana Bohemia de 1947) se

refiere a la parálisis cardíaca de la soprano, Consuelo Ispahan. Sin pensárselo dos veces, Meucci auxiliado de un equipo de galvanotecnia por él diseñado, logró reanimar a la dama, que en agradecimiento, cuentan, le dedicó las más variadas piezas musicales.

Según Don Fernando, la suerte del Jefe Técnico del Gran Teatro Tacón estaba ya echada de la mano de la Física y la Medicina a favor de su trascendental descubrimiento: el teléfono. En esos pasos andaba, sin saberlo, una húmeda jornada cuando fue a verlo en 1848 al taller, uno de sus empleados.

"El reuma no me deja en paz, señor", debe haber dicho el dolido, frase más que suficiente para que un Meucci comprensivo y dado al bien humano, se hiciera de una lengüeta de cobre, la cual pasó al paciente para que aquel, sujetándolo por un mango de corcho, se lo introdujera en la boca, pues los horribles pesares estaban alojados en la cara y la cabeza.

TELEGRAFO PARLANTE

Todo debe haber sucedido muy rápido, aunque lo suficientemente exacto para que Meucci pudiera oírlo y aquilatar así la revelación de un principio nuevo. La corriente eléctrica provenía de la habitación contigua y era suministrada por unas pilas Bunsen de las que también había colocado para sí y a la altura de la oreja, igual dispositivo dado al enfermo, en circuito cerrado con la batería. Lo hizo para comprobar la intensidad del tratamiento que en esa ocasión derrochó 114 voltios, llegados como un amenazador relámpago detonado en quejido por vía del alambre conductor.

La transmisión de la voz por un método increíble y desconocido acababa de hacer su entrada triunfal entre los mortales.

Aventura esta fabulosa del "telégrafo parlante", protagonizada a veces por asiduos de los Meucci. Un poco por juego y otras por curiosidad, Esther, su fiel compañera, el tenor Domenico Lorini, el corista Domenico Mariani, el señor Louis Meriance y el comerciante en equipos eléctricos Gaetano Negretti se prestaron más de una vez para repetir la experiencia primera de escuchar voces, emitidas desde un cono colocado al extremo de un alambre. Pasada esa etapa inicial, el italiano consideró que había que darse a conocer...Estados Unidos estaba en el horizonte de sus esperanzas emprendedoras de 1850.

El Commercio di Genova y L'Eco d'Italia de Nueva York, se encargaron en 1865 de atender las apasionadas palabras de un hombre que afirmaba ser el descubridor de algo tan espectacular, pero al que pocos, desgraciadamente querían dar créditos. Una carta de su puño recordó sus experimentos habaneros. Casi nadie atendió.

TRISTE FINAL DE UN INVENTO

El mundo estaba muy ocupado como para fijarse en un emigrante. Nueva York era una urbe demasiado cosmopolita y burocrática. Los documentos, avales de su invento, se perdieron. Alexander Graham Bell en 1876 anunció igual descubrimiento. Meucci apeló durante muchos años sin resultados favorables.

Lejos habían quedado las resplandecientes lámparas de un Teatro caribeño. Distante el mar con su ajetreo. La Habana y los 15 años vividos en Cuba pasaron a ser el pasado, para convertirse entonces en el punto de partida al que Meucci nunca dejó de volver mentalmente una y otra vez. Nos alejan de él 153 años pero todavía sigue cerca.

NUNCA SE ABANDONO AL DESANIMO

• ANTONIO Meucci, recientemente reivindicado como el inventor del teléfono, es considerado con razón un personaje ilustre de la humanidad, no sólo por lo honesto de su vida. La dedicación al trabajo y a la inventiva son también magníficos avales de su ingenio y hombría: En Estados Unidos descubrió el procedimiento mecánico para la fabricación de velas, revolucionó el papel de escribir a partir de la pulpa de la madera, dirigió fábricas de embutidos y de cervezas. Y acogió siempre con hospitalidad en su casa neoyorquina, como hiciera antaño en La Habana, a las mentes creativas y progresistas, lo mismo de Cuba como de Italia.

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