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Antonio
Meucci y su vida fructífera
en La Habana
POR
MARIA VICTORIA VALDES-RODDA —de GRANMA
INTERNACIONAL—
LA
Habana de 1835 bien pudo haberle recordado su ciudad
natal por las regias edificaciones de columnas
señoriales y paseos amantes de los árboles, sin
embargo, a diferencia de Florencia un amplio mar
Caribe lo había recibido dándole con ello las
primeras señales sobre el lugar al que había
llegado. A través de la brisa marina, el sol, el
salitre y la humedad, Antonio Meucci pudo
interpretar que la suya no sería una estancia
ociosa y sí que habría sobrado campo para la
aplicación de la galvanostegia como anticorrosivo y
también para poder desarrollar sus investigaciones
sobre el alivio del reuma mediante corrientes
eléctricas.
Atrás
dejaba su prestigiosa condición de mecánico. Della
Pergola había significado mucho en su vida, pues
como parte de ese teatro él al igual que los
actores había sumado a la belleza y al arte,
numerosos trucos imaginativos de escenas, con lo
cual además de la fama ya legada a la región por
artistas plásticos como Miguel Angel, también se
podía mencionar la calidad del espectáculo.
Su
decisión de asentarse por un tiempo en Cuba debe,
al parecer, haber estado amparada en el
convencimiento de que un poco de todo esto
encontraría en la Isla soñada del genovés Colón,
destino y tránsito de un importante comercio
marítimo y excelente plaza de renombrados talentos.
A su
cargo estaría en lo adelante la responsabilidad
técnica del Gran Teatro Tacón (hoy Gran Teatro de
La Habana) a donde tenía pensado trasladar su
esquema de dirección con los tramoyistas así como
las más novedosas ideas acerca de la iluminación.
En su empeño no estaría solo, Ester, su esposa,
sería la responsable del vestuario. Formarían una
buena pareja de trabajo en las temporadas teatrales
de noviembre a abril y en el resto del tiempo
compartirían paisajes, lecturas y amigos en
repetidas jornadas convertidas luego en años
El
ajetreo de una sociedad criolla entre próspera e
incipiente fueron el telón de fondo habitual del
italiano, quien era capaz de admirar tanto la Opera
como los avances científicos de la Física o de la
Mecánica.
Recorrer
el tramo entre el patio, colindante con el Teatro, y
su casa fue siempre un ejercicio feliz por aquello
de realizar una labor gustada además del contacto
sin problemas con las más diversas personalidades
le había permitido codearse en un castellano fluido
con políticos, literatos y doctores.
Estos
últimos lo admiraban por sus dominios de anatomía,
a pesar de ser un amateur en esas lides, pero
sobre todo por la perseverancia de pretender poner
la ciencia a disposición del alivio de sufrimientos
corporales, empezando por Ester que padecía
artrosis severa.
Sobresalía
en las reuniones sociales por sus concepciones
independentistas y por su amistad con el patriota
Giuseppe Garibaldi, conocido luchador contra el
absolutismo del Papa y de la dinastía de los
Habsburgos, no obstante, estas circunstancias que
pudieran haberlo hecho persona non grata para
la Corona Española, Meucci fue apreciado por la
modernidad de su pensamiento y su modo de vida.
GALVANOSTEGIA
Y MEDICINA
De tal
suerte que el Gobernador de Cuba lo citó una
mañana de 1844 en los predios de la Administración
colonial. Y allá se fue el extranjero al Palacio de
los Capitanes Generales cuyas paredes de 1791 le
hicieron columpiar la vista de un lado para el otro
en espera del Capitán General Leopoldo O’
Donnell. Este finalmente le propuso un contrato de
trabajo por cuatro años con vistas a galvanizar las
armas y botonaduras del Ejército español en la
Isla.
Al
unísono a esta actividad, el laborioso Meucci
había dispuesto su domicilio al servicio de la
electroterapia, modalidad en franco apogeo y con una
amplia clientela, que en el caso del italiano había
sido heredada a tenor de su afable carácter y
reconocimiento entre los galenos criollos.
Entre
las anécdotas más sobresalientes transmitidas de
boca en boca por los habaneros y recogida después
por el insigne intelectual cubano Fernando Ortiz (en
la revista cubana Bohemia de 1947) se
refiere
a la parálisis cardíaca de la soprano, Consuelo
Ispahan. Sin pensárselo dos veces, Meucci auxiliado
de un equipo de galvanotecnia por él diseñado,
logró reanimar a la dama, que en agradecimiento,
cuentan, le dedicó las más variadas piezas
musicales.
Según
Don Fernando, la suerte del Jefe Técnico del Gran
Teatro Tacón estaba ya echada de la mano de la
Física y la Medicina a favor de su trascendental
descubrimiento: el teléfono. En esos pasos andaba,
sin saberlo, una húmeda jornada cuando fue a verlo
en 1848 al taller, uno de sus empleados.
"El
reuma no me deja en paz, señor", debe haber
dicho el dolido, frase más que suficiente para que
un Meucci comprensivo y dado al bien humano, se
hiciera de una lengüeta de cobre, la cual pasó al
paciente para que aquel, sujetándolo por un mango
de corcho, se lo introdujera en la boca, pues los
horribles pesares estaban alojados en la cara y la
cabeza.
TELEGRAFO
PARLANTE
Todo
debe haber sucedido muy rápido, aunque lo
suficientemente exacto para que Meucci pudiera
oírlo y aquilatar así la revelación de un
principio nuevo. La corriente eléctrica provenía
de la habitación contigua y era suministrada por
unas pilas Bunsen de las que también había
colocado para sí y a la altura de la oreja, igual
dispositivo dado al enfermo, en circuito cerrado con
la batería. Lo hizo para comprobar la intensidad
del tratamiento que en esa ocasión derrochó 114
voltios, llegados como un amenazador relámpago
detonado en quejido por vía del alambre conductor.
La
transmisión de la voz por un método increíble y
desconocido acababa de hacer su entrada triunfal
entre los mortales.
Aventura
esta fabulosa del "telégrafo parlante",
protagonizada a veces por asiduos de los Meucci. Un
poco por juego y otras por curiosidad, Esther, su
fiel compañera, el tenor Domenico Lorini, el
corista Domenico Mariani, el señor Louis Meriance y
el comerciante en equipos eléctricos Gaetano
Negretti se prestaron más de una vez para repetir
la experiencia primera de escuchar voces, emitidas
desde un cono colocado al extremo de un alambre.
Pasada esa etapa inicial, el italiano consideró que
había que darse a conocer...Estados Unidos estaba
en el horizonte de sus esperanzas emprendedoras de
1850.
El
Commercio di Genova
y L'Eco d'Italia de Nueva York, se encargaron
en 1865 de atender las apasionadas palabras de un
hombre que afirmaba ser el descubridor de algo tan
espectacular, pero al que pocos, desgraciadamente
querían dar créditos. Una carta de su puño
recordó sus experimentos habaneros. Casi nadie
atendió.
TRISTE
FINAL DE UN INVENTO
El
mundo estaba muy ocupado como para fijarse en un
emigrante. Nueva York era una urbe demasiado
cosmopolita y burocrática. Los documentos, avales
de su invento, se perdieron. Alexander Graham Bell
en 1876 anunció igual descubrimiento. Meucci apeló
durante muchos años sin resultados favorables.
Lejos
habían quedado las resplandecientes lámparas de un
Teatro caribeño. Distante el mar con su ajetreo. La
Habana y los 15 años vividos en Cuba pasaron a ser
el pasado, para convertirse entonces en el punto de
partida al que Meucci nunca dejó de volver
mentalmente una y otra vez. Nos alejan de él 153
años pero todavía sigue cerca.
NUNCA
SE ABANDONO AL DESANIMO
•
ANTONIO Meucci, recientemente reivindicado como el
inventor del teléfono, es considerado con razón un
personaje ilustre de la humanidad, no sólo por lo
honesto de su vida. La dedicación al trabajo y a la
inventiva son también magníficos avales de su
ingenio y hombría: En Estados Unidos descubrió el
procedimiento mecánico para la fabricación de
velas, revolucionó el papel de escribir a partir de
la pulpa de la madera, dirigió fábricas de
embutidos y de cervezas. Y acogió siempre con
hospitalidad en su casa neoyorquina, como hiciera
antaño en La Habana, a las mentes creativas y
progresistas, lo mismo de Cuba como de Italia. |