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Mensajeros
de la bondad
POR MARELYS VALENCIA -de Granma Internacional-
NO fue hasta que
conversé con tres jóvenes trabajadores sociales
que comprendí la magnitud de una labor que en Cuba
cobra un auge especial. Aunque apenas rondan los 20
años, estos muchachos investigan para la sociedad
cubana múltiples fenómenos que tienen por
escenarios los barrios, las familias, y tienden un
puente para quienes necesitan la ayuda que el Estado
estipula para cada caso. Aunque en un principio
conocieron las reticencias de muchas personas a
abrirse y dar a conocer sus problemas, hoy son
vistos como mensajeros de la bondad.
El programa de
formación emergente de trabajadores sociales, uno
de los 150 iniciados en esta década por el Gobierno
revolucionario, comenzó en el 2000 con la apertura
de una escuela en Cojímar. Luego se amplió a otras
provincias y en la actualidad llega a 14 570 la
cifra de egresados. En la más reciente graduación,
a mediados de julio, de la Escuela de Cojímar,
decía su director Rubén Zardoya, que se trata de
una batalla por “alejar los demonios de otras
sociedades”, por ofrecer valores e igualdad de
oportunidades a todas las personas.
¿Qué han
descubierto estos jóvenes durante el ejercicio de
su profesión? ¿Qué razones los estimulan a seguir
en sus puestos de trabajo?
Esta es la historia
de cómo ven tres de ellos una carrera que recuerda
la máxima de García Márquez: “El amor es una
ideología para militantes eternos”.
DE LAS YAGUAS A LA
CIVILIDAD
Yanara Serrano
nació en el barrio capitalino Raúl Cepero Bonilla,
en el residencial Casino Deportivo. Creció oyendo
los cuentos de su padre sobre cómo llegó allí su
familia y dónde vivían antes. Así fue que
conoció de “la celebridad” de las Yaguas, la
comunidad más insalubre de La Habana hasta
principios de los 60, cuando la Revolución comenzó
a despejar a la capital del país de la
marginalidad. Dato curioso: una de las famosas fotos
del Che, en la que aparece sin camisa cargando una
carretilla, fue tomada durante una jornada
voluntaria del guerrillero junto a los vecinos de
Las Yaguas durante la construcción de sus nuevas
viviendas.
Entonces surgió el
reparto Cepero Bonilla, con sus casas de dos y tres
cuartos, unidas en forma de bloques. Pero a pesar de
los esfuerzos del Estado por garantizar una equidad
social en cuanto a servicios sociales, oportunidades
de estudio y trabajo, aún “los demonios” no han
desaparecido.
El bario del
Consejo Popular Armada, del Casino Deportivo, es el
de mayor cantidad de problemas. Dice Yanara, quien
es hoy una de los 14 trabajadores sociales con que
cuenta el Consejo, que había niños sin matricular
en las escuelas, madres solteras con bajo nivel
cultural y desempleadas, jóvenes que abandonaron
los estudios y tampoco trabajaban, agresivos, con
otras deformaciones de la conducta social...
Pero a Yanara, que
conocía a casi todos en el barrio, le fue menos
difícil enfrentarse a “los casos”. “Hicimos
un trabajo profundo, primero un levantamiento casa
por casa de las condiciones de vida y los problemas,
y luego tratamos de influir en esas personas, que no
nos vieran como intrusos, sino como amigos, prestos
a ayudar. Les hablamos del plan de superación
integral para jóvenes con las facilidades de un
estipendio de 80 pesos para los que estudien décimo
y onceno grados y de 120 a los que cursen el nivel
12, además de la ventaja de optar por carreras
técnicas o universitarias una vez concluido el
bachillerato, entre otros programas.
“En la
actualidad, no conocemos a ningún niño que no
asista a clases. Tuvimos que ser severos en algunas
ocasiones y acudir a los órganos judiciales porque
había madres que, excepcionalmente, no les
importaba la educación de sus hijos en edad
escolar. “
Una Comisión de
Prevención, de la que forman parte el trabajador
social, el Médico de la Familia, las autoridades
policíacas y de Gobierno de la comunidad, laboran
para detectar y dar seguimiento a los casos con
problemas de conducta.
“Veo el fruto de
mi trabajo. Es muy gratificante saber que después
de nuestra intervención en los núcleos familiares
se obtienen resultados positivos”, afirma
convencida Yanara.
EL ALIENTO DE
TENERLOS CERCA
Los trabajadores
sociales, una vez en las comunidades, hacen un
diagnóstico o levantamiento sobre la situación de
cada hogar, luego verifican si son ciertos los datos
ofrecidos, y en dependencia de lo que arroje la
investigación se buscan soluciones.
El trabajo se
organiza en varios grupos: atención a los
discapacitados, a los jóvenes de 16 a 30 años, y a
los niños de 0 a 15. Sobre estos últimos, me dice
Reynieris Trujillo, de 20 años, jefe del equipo de
Trabajadores Sociales que opera en el Consejo
Popular Armada: “Fuimos con un doctor de la
comunidad a las escuelas y círculos infantiles,
donde se pesaron a los niños y se determinó si
tenían algún tipo de insuficiencia; después en
los consultorios del médico de la familia recogimos
información sobre la situación económica de los
que presentaron bajo peso”.
A través de
Reynieris conocimos que estos niños empezaron a
recibir un módulo alimenticio (aparte de la canasta
básica) de arroz, aceite, granos y pastas, además
de 50 pesos si viven con madres solteras o impedidas
de trabajar.
Los ancianos que
viven solos o perciben ingresos mínimos, también
cuentan con nuevas alternativas: gratuidad de los
medicamentos, chequera aparte, de 45 pesos, para el
pago del comedor comunitario donde adquieren las
comidas del día, siempre con un plato proteico
incluido (falta por conseguir calidad en la
preparación de los alimentos para que la oferta
cumpla su cometido).
Los jóvenes
trabajadores sociales fueron bendecidos con la
experiencia de Nurvis Trejo, especialista en
Seguridad Social del Municipio Cerro, quien los ha
asesorado desde que llegaron al Consejo Popular
Armada. De lunes a jueves, nos cuenta Rolando Ledo,
integrante del grupo, llegan diferentes casos al
pequeño local donde está enclavado el Consejo:
mujeres cuyos hijos fueron abandonados por los
padres, madres obligadas a dejar sus empleos por no
tener quien cuide a los niños o porque sus hijos
presentan alguna discapacidad...
Rolando era
graduado de técnico medio en Agronomía; su vecina
ejercía como trabajadora social y fue ella quien le
habló de la convocatoria de la Escuela de
Formación Emergente. Y le tomó la palabra. “Yo
quería seguir estudiando, y cuando nos explicaron
todos los problemas que podríamos resolver, lo
noble que es esta profesión y que además
tendríamos acceso a carreras universitarias, pues
opté por pasar el curso de la Escuela de Cojímar.
Ayudamos tanto a la gente; las experiencias en la
comunidad son infinitas”.
Mientras
conversamos con Rolando, una mujer de tez mestiza,
con el pelo encanecido, le espera en las afueras de
este consultorio del alma en que se ha convertido el
local. El le dice que pase y nos la presenta: su
nombre es Ismaela Eloísa y en cuanto se sienta
frente a mí su historia sale a borbotones. Los
jóvenes del Consejo conocen su historia, pero la
escuchan de nuevo.
Ismaela tiene dos
hijos, uno de 16 años que padece de sonambulismo, y
otro de 22 , sicótico. Cuando el mayor nació le
diagnosticaron hiperquinesia cerebral. Durante el
crecimiento las dificultades aumentaron y fue en la
Clínica del Adolescente donde le comunicaron que
sufría de sicosis. Podía ingresarlo en un hospital
siquiátrico pero ella quería asumir la
responsabilidad del cuidado. Los trabajadores
sociales llegaron a su casa un día y le preguntaron
por sus problemas. Enseguida le fue tramitada una
pensión de 50 pesos al menor de sus hijos y otra de
82 para ella y el mayor. De las donaciones que han
llegado al municipio con el fin de ser distribuidas
entre los casos sociales, le entregaron ropa y
zapatos para ellos.
“También
lavo y plancho y trato de ganarme unos pesos más”,
me dice. “Cuando ya no tenga fuerzas, por lo menos
me quedará el respaldo de los trabajadores
sociales. Solamente el hecho de que te escuchen, la
posibilidad de desahogarte, la solidaridad que te
manifiestan es un apoyo muy grande. Me siento
protegida, amparada, atendida. Estos muchachos
tienen la paz en su rostro; es increíble cómo
reciben los problemas ajenos”.
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