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El
“nuevo Iraq”
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Hace unos meses
moría un soldado estadounidense a la semana, hace
tres semana era uno diario, y ahora son dos o tres
al día. JR reproduce a continuación el reportaje
publicado recientemente por el enviado especial del
periódico británico The Independet sobre el caos
que enfrentan las fuerzas ocupantes en la nación
iraquí
Robert Fisk
BAGDAD.—
Los convoyes circularon por la carretera de Amman a
Bagdad toda la semana pasada, camiones rugiendo bajo
el peso de cientos de toneladas de concreto, en
bloques gigantes, y montañas de cemento. Comprendí
lo que esto significaba: protección contra carros
bomba.
Los
vi con mucha frecuencia en Beirut, cuando los
marines estadounidenses se vieron bajo fuego en
1983. Los “liberadores” de Beirut se habían
convertido en los ocupadores, y ahora pasa lo mismo
en Iraq. Los “liberadores” se están volviendo
agresivos: tiran puertas a puntapiés, le gritan a
iraquíes desobedientes y disparan contra
conductores que no se detienen en los puestos de
control.
Cuando
matan a la vieja dirigencia, a los hijos de Saddam,
hacen desfilar sus cadáveres ante el público
televisivo como cualquier otro régimen
medioriental. Bienvenidos al “nuevo Iraq”, donde
todavía falta colocar kilómetros de vallas de
concreto como protección contra los coches bomba
que estallarán.
En
Al Ghoraib, al noroeste de Bagdad, una base
estadounidense tiene un muro aún más simbólico.
En una antigua fábrica soviética de vehículos de
transporte militar, los estadounidenses han
ensamblado 30 blindados rusos, oxidados pero sólidos,
con los que han formado un semicírculo en torno de
la entrada principal de la base.
Detrás
de esta muralla, un vehículo de combate Bradley y
un solo soldado en la torreta. Alguien escribió
“prohibido el paso” en uno de los blindados
rusos. Así, el fantasma del Pacto de Varsovia ahora
protege a la única superpotencia del mundo de
aquellos a los que “liberó”.
La
casa de Mosul que fue devastada por misiles y
cohetes el pasado martes permanece como testimonio
de que “triunfamos”, como en Belgrado, lo mismo
que el macabro espectáculo de los cuerpos de Uday y
Qusay. Las autoridades estadounidenses, llenas de
pruritos morales cuando se trata de mostrar imágenes
de soldados de la “coalición” muertos,
promovieron una suerte de pornografía barata. Uday,
lleno de sangre; Qusay, barbudo e irreconocible para
la mayoría de los iraquíes.
No
hay problema. Un embalsamador estadounidense lava la
sangre y cose la cara de Uday, cerrando así una
herida de bala que se explicó como “un golpe”,
mientras que a Qusay, con dos orificios detrás de
la oreja, le dan la mejor afeitada posible para
hacerlo más parecido al producto original. Y así
se espera que los iraquíes se convenzan de que el
“nuevo Iraq” está a la vuelta de la esquina. El
Baaz desapareció, solo queda Saddam.
Todos
nos dicen que este es el “momento decisivo”,
aunque el término favorito de algunos es “el
punto álgido”. “Es un gran día para el nuevo
Iraq”, según Tony Blair. “Es un día histórico
para el pueblo y el futuro de Iraq”, dijo el
comandante estadounidense Ricardo Sánchez. “Cada
día nos acercamos más a la estabilidad”, agregó.
A diario sus subordinados enfrentan lo que él llama
“fuerzas desobedientes” para romper “el
malvado y dictatorial yugo” de Saddam Hussein
sobre el pueblo iraquí. Los “remanentes” de
Saddam son lo único que se interpone entre Iraq y
el brillante futuro que le hemos asignado al país.
Nadie
habla de los crecientes grupos de sunitas islamitas
que se unen a la resistencia, hombres que no querían
nada al horrible Saddam, ni se mencionan las redadas
cada vez más brutales que ejecutan las tropas
estadounidenses en Mosul, Tikrit y Fallujah. Sánchez
ahora habla descaradamente de un centro
“podrido” dentro de la autoridad, debido a décadas
del mal gobierno de Saddam, porque según él los
ministerios no estaban en funcionamiento cuando
llegaron los estadounidenses. Olvida los 158
edificios gubernamentales que fueron quemados y
saqueados ante los ojos de sus tropas.
Por
todos lados hay augurios del colapso. Los tanques y
blindados estadounidenses custodian los bancos de
Bagdad, detrás de barricadas de alambre de púas,
acero y piedra. Los soldados patrullan las calles al
estilo israelí; el vehículo de adelante y el de
atrás del convoy están equipados con
ametralladoras pesadas, para evitar que alguien se
acerque. Lección uno: baja la velocidad y deja que
pase el convoy. Lección dos: no te metas entre los
vehículos del convoy, porque las minas en el camino
normalmente explotan al paso del quinto y sexto vehículos.
Los conductores civiles no tienen inmunidad.
Todas
las estaciones policíacas están rodeadas por sacos
de arena y alambre de púas, y de soldados
estadounidenses que se asoman por los huecos de esas
barricadas. Este es un ejército de ocupación, no
de liberación, que ya está hundido en la maleza de
una ideología creada por los siniestros amigos del
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y que
supuestamente ha creado una democracia, mientras
Estados Unidos cambia el mapa de Medio Oriente
compartiendo el negocio con Israel.
Con
el calor abrumador de Bagdad, los soldados
estadounidenses buscan comprensión. “Lo único
que quiero es irme a casa”, lamentó un soldado de
la tercera división de infantería, con quien hablé
la semana pasada. “Nunca creí que esto pasara. Le
digo a mi esposa que todo está bien, pero entre
nosotros siempre nos preguntamos quién será el próximo”.
Hace dos meses moría un soldado estadounidense a la
semana, hace tres semanas era uno diario, y ahora
son dos o tres al día.
Del
fuego de francotiradores se pasó a los
lanzagranadas, y ahora son granadas y rifles. También
hay minas terrestres sofisticadas, hechas con varios
morteros unidos y enterrados en las carreteras que
los estadounidenses usan como vías de
abastecimiento.
La
Autoridad Provisional de la Coalición, nombre que
apesta a disculpa por existir, presenta edictos como
un emperador romano que se dirige a godos, visigodos
y austrogodos a las puertas de la capital. Toneladas
de alambre de navaja rodean hoy el palacio de mármol
de Saddam, donde genios y asesores antiterror de
Bremer ahora gobiernan Iraq. La coalición
—formada esencialmente por estadounidenses y británicos—
parece menos provisional y menos autoridad, a medida
que transcurren las semanas.
El
consejo interino —los paralelismos entre
“provisional” e “interino” son aún más
dolorosos— no ha logrado aciertos. Sus 25
miembros, que representan a las poblaciones chiíta,
sunita, kurda y laica (con lo que recuerda los muy
equilibrados gobiernos de Chipre e Irlanda del
Norte), ya son presa del más profundo cinismo. El
primer acto del consejo, que estuvo a cargo del acólito
chiíta del Pentágono Ahmed Chalabi, fue declarar
el 9 de abril como día de fiesta nacional, que
marca la caída de Hussein. Al menos así se percibe
en Occidente. Para los iraquíes, el nuevo día
nacional conmemora el primer día de ocupación
extranjera de su país.
En
días previos a la guerra, miembros del partido Baaz
afirmaron que lo primero que harían los invasores
estadounidenses sería instalar una embajada israelí
en Bagdad. Ahora Adnan Pachachi, ex ministro del
Exterior sunita que pertenece al consejo, se ha
reunido con el ex canciller israelí Shimon Peres en
Roma, quien solicitó —sí, lo adivinaron— una
embajada israelí en Bagdad.
El
señor Pachachi consideró su deber condicionar esto
a un repliegue israelí de los territorios
palestinos ocupados en 1967, en acatamiento a la
resolución 242 de la Organización de Naciones
Unidas (ONU). No se le ocurrió pensar que Israel, a
diferencia de Iraq, no tiene que acatar las
resoluciones del organismo internacional. En todo
caso, el discurso sobre la embajada ya comenzó.
Muchos iraquíes creen que el respaldo
estadounidense a Pachachi y Chalabi aumentará.
La
ilusión de estabilidad global se basa en todos los
elementos anteriores. Ya llegaron los polacos, ya
vienen los japoneses. Ruua Lubbers, el Alto
Comisionado para los Refugiados, se aparece en
Bagdad y anuncia que decenas de miles de refugiados
volverán el próximo año. Hay 204 000 iraquíes en
Irán, 300 000 en Jordania, 22 200 en Arabia
Saudita, 72 000 en Siria, 50 900 en Alemania (sin
mencionar a 200 000 solicitantes de asilo) y 38 500
en Holanda. Alguien le pregunta a Lubbers si es
seguro volver a Iraq. “Bueno, nosotros estamos aquí”,
responde sonriente.
Pese
a su actitud, los radios de la ONU transmiten estática
y temor. Un convoy fue atacado en un camino de Hilla
y murió un empleado iraquí de la ONU. Un coronel
estadounidense dijo a periodistas que el episodio
comprueba “lo bajo que han caído los
remanentes” de Saddam.
En
el centro de prensa de las autoridades de ocupación,
en Bagdad, se reparten a periodistas boletines en
los que se intercalan las buenas y las malas
noticias. “Gran inauguración de la clínica pública
de Al Saydia”, “Soldado muerto en explosión”,
“Día nacional de vacunación”, y a solo dos
centímetros de esta última noticia uno se da
cuenta de la muerte de otros dos soldados
estadounidenses. “Exitosa, la operación de la
cuarta división de infantería”, anuncia otro
reporte.
Solo
se documentan los ataques fatales que sufren las
tropas estadounidenses. Otras emboscadas contra los
hombres y mujeres de estas fuerzas simplemente no
existen.
¿La
realidad? Sí, hay hombres buenos que sinceramente
están tratando de ayudar a los iraquíes. Están
funcionando muchas organizaciones no
gubernamentales, ya abrieron todas las universidades
y los iraquíes con pasaportes vencidos podrán
volver al país. Nueve mil jóvenes iraquíes
quieren unirse al nuevo ejército —hay que
preguntarse qué tan escrupuloso será el proceso de
selección. Inclusive se habla de una “milicia”
iraquí, además del ejército. Lo que sea,
cualquier cosa con tal de frenar los ataques contra
las tropas estadounidenses.
Vienen
las elecciones en Estados Unidos y en Gran Bretaña
el señor Blair también necesita ayuda. Vamos a
ponerle remedio a este asunto.
¿Qué
fue lo que dijo la semana pasada Paul Wolfowitz, uno
de los asesores de Donald Rumsfeld que más insistió
en la guerra? “Algunas de las cosas que dimos por
hechas resultaron falsas”. Así es,
definitivamente.
(Tomado
de La Jornada, México)
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