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Anhelo y frustración... ¿Sólo risa?
Por WALDO GONZÁLEZ
—especial para Granma Internacional—
LA esperada
puesta de Cabaiguán-La Habana-Madrid (Premio
Tirso de Molina 2000, España) de Julio Cid, a cargo
de María Elena Soteras (Chiquitina), es una
revelación, en tanto nos permite “descubrir” al
experimentado guionista de radio y TV y dramaturgo
“en vacaciones” (ya que sólo desempeña esta
profesión cuando se lo permiten las labores en la
radio y como profesor del ISA).
El autor, pues,
sólo había estrenado, con el desaparecido grupo
Teatro Político Bertolt Brecht, su ópera prima
en 1985: la comedia musical La trabazón, que
él, con su habitual modestia, califica de intento
fallido. Pero como reza el viejo proverbio, “a la
segunda va la vencida”, esta ocasión Julio, como un
Cid Campeador tropical, venció. Y aquí está, con
valiosos actores de la Compañía Hubert de Blanck, el
triunfo de su gustada pieza que mantiene atestada la
sala de Calzada entre A y B.
La comedia —según
bien la define su autor en el programa de mano— “es,
ante todo, un homenaje a las tradiciones bufas y
costumbristas del teatro cubano, un intento por
revitalizar todo lo que muchos dramaturgos a lo
largo de más de un siglo han instaurado en un país
en el cual el chiste florece a cada paso”.
Mas, resulta
también y particularmente, una honda y escrutadora
vivisección, durante la última década, a las
problemáticas sociológicas, humanas y, aún más,
éticas de los aquí nacidos. Por todo ello, la pieza
es, además — acota Julio—, “un homenaje al día a día
del cubano, a toda esta nación que ha resistido
embates con una sonrisa, un poco de ternura y mucho
orgullo”.
La calidad
sostenida durante décadas por este prestigioso
colectivo se corrobora una vez más aquí. De tal
suerte, anoto la brillantez de Yolanda Zamora y
Míriam Learra (Odilia), la de Pedro
Regüeiferos y René Lozada (Fernando), como la
de Carmen Florián y la propia Soteras (Silvia),
sin olvidar el alto profesionalismo en la breve pero
rotunda aparición de Pancho García en su
Benedicto, el clásico gallego
supuestamente rico que llega inesperadamente y
frustra las ambiciones de todos.
Algún joven
colega ha señalado “fallas” (el homenaje al bolero,
las dos horas, el excesivo regodeo con el escenario
giratorio...), que a este crítico no le restan un
ápice del resultado general, pues se trata de una
comedia no sólo para reír, sino, sobre todo, para
pensar. Pensar —parafraseando al Benedetti de El
cumpleaños de Juan Ángel— con esa triste
alegría por los difíciles años 90 vividos en un
agreste período especial que tanto marcó a nuestro
pueblo.
Tal largueza de
la puesta, como el acertado empleo de valiosos
boleros, sólo vienen a acentuar tal nostalgia por lo
que pasó... (¿realmente ya pasó?) y continúa
marcándonos, a pesar de nuestra cotidiana alegría y
empeño de seguir luchando por un porvenir más claro
y, en consecuencia, reír, reírnos de todo.
Creo que con esta comedia reflexiva y con tan
lograda puesta, gana la escena nacional y, por
supuesto, el público, siempre tan necesitado de
verse reflejado en la escena, reír y pensar. |