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C U L T U R A

La Habana. 22 de septiembre de 2003

ADIOS A “...LA SUAVE Y SONRIENTE MIRTA,
CON SU MAGNIFICA SERENIDAD”

Inmóvil en la luz, pero danzante
• Falleció el 21 de septiembre, en Barcelona, una de las grandes
estrellas del ballet cubano

POR MIREYA CASTAÑEDA—de Granma Internacional—

LA última estancia  de Mirta Plá en La Habana fue de alegrías. Las cuatro joyas del ballet cubano (la propia Mirta, Josefina Méndez, Loipa Araújo y Aurora Bosh), como las denominara el crítico inglés Arnold Haskell, recibían en abril el Premio Nacional de Danza 2003.

 Fue una función inolvidable en muchos sentidos. Ya Mirta estaba herida de muerte, pero su sonrisa, ahora imperecedera en el recuerdo, volvía a llenar la escena del García Lorca. Primero los elogios, nada menos que por el maestro Fernando Alonso, y los homenajes de las grandes compañías cubanas de danza folklórica, contemporánea, y desde luego su Ballet Nacional.

 Luego sería el delirio. Cuando las joyas, emocionadas, revivieron en vestido de noche, el momento final del Grand pas de quatre, del que lograron creación inolvidable, y a cuyos personajes imprimieron una vez más sus personalidades.

 Todas felices, más sin dudas, Mirta especialmente. Así lo confesó a Granma Internacional, al caer el telón y reunirse todos en el escenario. Contenta —dijo— de estar con su compañía (hacía unos años trabajaba de maitre en Barcelona). La estrella, en su sencillez extrema, parecía como sorprendida del homenaje.

 En una tarde especialmente soleada del estío cubano, habíamos sostenido, en su residencia habanera, un extenso diálogo. Festejaba entonces Mirta (La Habana, 1940) su 60 cumpleaños.

 Lo primero que me viene a la mente —me dijo con la suave sonrisa que siempre la ha identificado— es que son muchos años a cumplir, pero “me animo sobre todo cuando veo en el Ballet Nacional tanta gente joven que baila tan bien. Me dan energías para seguir aportando mis conocimientos, mis fuerzas, para que sigan saliendo nuevos talentos”.

 Tratándose de un momento tan especial, le pido a quien fuera primera bailarina del BNC (comenzó sus estudios en 1950 en la  Academia Alicia Alonso) una reflexión acerca de su exitosa carrera.

 “La danza para mí es la vida. Pensé que cuando dejara de bailar iba a ser terrible. Me sentí mal por un tiempo, pero me dije que si he tenido la oportunidad de bailar, de asumir tantos roles, y haber sido profesora desde 1961, pues podía continuar”.

 Mirta Plá, en escena, fue muy querida y admirada por el público, y le pregunto si se dejaba llevar por éste: “A veces sí me motivaba el aplauso, pero otras me molestaba un poco. El público por momentos vivía más que uno mismo lo que estaba sucediendo en escena. Yo creo que el público debe aplaudir cuando el bailarín termine, no en medio de un paso. Porque sí, logró el balance, los fouttés, pero todavía no había terminado todo”.

 Le pedí entonces a la estrella su reflexión acerca de la siempre presente dualidad arte-técnica. “Todo va evolucionando, como la vida. Lo que antes era terrible, como hacer 32 fouttés, ahora no lo es. Pero no se puede olvidar lo que es arte, los estilos. Todo no se puede bailar igual. Por ejemplo, en La Bella Durmiente, hay seis hadas, todas con una variación, dentro del estilo hay que dar la alegría, la belleza. En el vocabulario de la técnica está, digamos, el arabesque, y en todo ballet está el arabesque, pero depende del estilo. Es diferente en El lago de los Cisnes, que en Giselle. No estoy en contra de la técnica, naturalmente, pero tenemos que dar arte. El circo es otra cosa”. 

 Mirta Plá debutó profesionalmente en 1953, en el Vals de las flores de Cascanueses con el entonces Ballet Alicia Alonso. A partir de esa fecha interpretó los más importantes roles del amplio repertorio de la compañía cubana, por lo que quise saber si tenía estilos o personajes preferidos.

 “Durante estos años en el escenario he tenido momentos que me han marcado. Yo hacía todos los ballets con gusto. Me alegraba ya desde llegar al camerino y empezar a maquillarme, a prepararme, para luego salir e interpretar. Normalmente hay roles que por mi tipo, mi personalidad me han sido más fáciles. Por ejemplo, La Bella Durmiente era como estar en un cuento. Otros, como el Cisne Negro, he tenido que trabajarlo más, pero cuando me decían que lo había bailado bien me sentía mejor, porque me había costado más”.

¿Que le dicen estos nombres?

Aurora (La Bella Durmiente): “La princesa. Quiero decirle que cuando oigo la música me emociona. En la celebración en la Lorca por mi 30 aniversario –de su debut artístico- bailé El adagio de la Rosa con cuatro compañeros que me hicieron sentir como una princesa, Esquivel, Zamorano, Salgado, Carreño”.

Consuelo (Tarde en la Siesta): “Lo estrené (1973). Es  un ballet bellísimo de Alberto Méndez. Diferente a Aurora. Es una mujer madura, con problemas típicos de la época colonial cubana”.

Lisette (La fille mal gardée): “Es también distinto. El estilo y el personaje. Una niña traviesa, malcriada. Me divertía mucho (debutó en 1961), a mí me venía muy bien, aunque es difícil de interpretar, porque creo que es más difícil hacer divertir de forma sutil, más difícil hacer reír que llorar”.

Giselle: “Llegó en un momento (1968) en que para mí fue un gran premio. Tenía un ejemplo muy grande a seguir, una meta muy alta, que ha sido Alicia. Ella era mi punto de mira. Bailarlo después de ella era muy difícil. Técnicamente estaba lista, me tenía que preparar artísticamente, asesorarme. Tenía a Alicia, mi maestra, la mejor, pero no quería copiarla. Desde luego está la escuela cubana, pero después cada una con nuestro punto de vista hemos sido diferentes. Hablo de las cuatro de mi generación (¡las cuatro joyas!). No somos iguales, pero dentro de lo que Alicia marcó, dentro del estilo romántico”.

 En aquel momento, y en la intensidad del diálogo, llegamos a un instante climático. Ya Mirta Plá había registrado su nombre en la historia del ballet mundial, me había hablado de su dolor por abandonar la danza. La pregunta era indispensable. ¿No fue demasiado pronto?

 “No, porque siempre he disfrutado el baile. Tuve la suerte de que nunca me lastimé. Sólo me detuve cuando tuve a mi hija. Cuando empecé a sentir que para bailar necesitaba una preparación extra y en el escenario las fuerzas no eran las mismas, cuando yo sabía que no estaba haciéndolo como debía ser, dije no. Y me detuve”.

 ¿Los sueños de Mirta Plá se han cumplido?

“Sí, puedo decir que he sido una persona con suerte. Mis sueños se han realizado, como bailarina y ahora como maestra, y también como ser humano. Estoy feliz con mi hija y mis dos nietos. No sólo he disfrutado mi carrera, sino también en mi vida personal. Tengo ese balance. Me siento satisfecha, y cuando llego a casa, a mi familia, luego de enseñar, me siento feliz”.

 Ahora se ha despedido para siempre de los escenarios, de las clases. Busco la palabra, el adjetivo justo, y encuentro este Soneto (1935) de Octavio Paz, que da título a este homenaje:

 Inmóvil en la luz, pero danzante/ tu movimiento a la quietud que cría/en la cima del vértigo se alía/ deteniendo, no al vuelo, sí al instante.

 Luz que no se derrama, ya diamante,/ fija en la rotación del mediodía,/ sol que no se consume ni se enfría/ de ceniza y llama equidistante.

 Tu salto es un segundo congelado/ que ni apresura el tiempo ni lo mata:/ preso en su movimiento ensimismado tu cuerpo de sí mismo se desata/ y cae y dispersa tu blancura/ y vuelves a ser agua y tierra oscura.

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