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ADIOS A “...LA SUAVE Y
SONRIENTE MIRTA,
CON SU MAGNIFICA SERENIDAD”
Inmóvil en la luz, pero danzante
• Falleció el 21 de
septiembre, en Barcelona, una de las grandes
estrellas del ballet cubano
POR MIREYA CASTAÑEDA—de Granma Internacional—
LA última
estancia de Mirta Plá en La Habana fue de alegrías.
Las cuatro joyas del ballet cubano (la propia Mirta,
Josefina Méndez, Loipa Araújo y Aurora Bosh), como
las denominara el crítico inglés Arnold Haskell,
recibían en abril el Premio Nacional de Danza 2003.
Fue una función
inolvidable en muchos sentidos. Ya Mirta estaba
herida de muerte, pero su sonrisa, ahora
imperecedera en el recuerdo, volvía a llenar la
escena del García Lorca. Primero los elogios, nada
menos que por el maestro Fernando Alonso, y los
homenajes de las grandes compañías cubanas de danza
folklórica, contemporánea, y desde luego su Ballet
Nacional.
Luego sería el
delirio. Cuando las joyas, emocionadas, revivieron
en vestido de noche, el momento final del Grand
pas de quatre, del que lograron creación
inolvidable, y a cuyos personajes imprimieron una
vez más sus personalidades.
Todas felices,
más sin dudas, Mirta especialmente. Así lo confesó a
Granma Internacional, al caer el telón y
reunirse todos en el escenario. Contenta —dijo— de
estar con su compañía (hacía unos años trabajaba de
maitre en Barcelona). La estrella, en su sencillez
extrema, parecía como sorprendida del homenaje.
En una tarde
especialmente soleada del estío cubano, habíamos
sostenido, en su residencia habanera, un extenso
diálogo. Festejaba entonces Mirta (La Habana, 1940)
su 60 cumpleaños.
Lo primero que
me viene a la mente —me dijo con la suave sonrisa
que siempre la ha identificado— es que son muchos
años a cumplir, pero “me animo sobre todo cuando veo
en el Ballet Nacional tanta gente joven que baila
tan bien. Me dan energías para seguir aportando mis
conocimientos, mis fuerzas, para que sigan saliendo
nuevos talentos”.
Tratándose de un
momento tan especial, le pido a quien fuera primera
bailarina del BNC (comenzó sus estudios en 1950 en
la Academia Alicia Alonso) una reflexión acerca de
su exitosa carrera.
“La danza para
mí es la vida. Pensé que cuando dejara de bailar iba
a ser terrible. Me sentí mal por un tiempo, pero me
dije que si he tenido la oportunidad de bailar, de
asumir tantos roles, y haber sido profesora desde
1961, pues podía continuar”.
Mirta Plá, en
escena, fue muy querida y admirada por el público, y
le pregunto si se dejaba llevar por éste: “A veces
sí me motivaba el aplauso, pero otras me molestaba
un poco. El público por momentos vivía más que uno
mismo lo que estaba sucediendo en escena. Yo creo
que el público debe aplaudir cuando el bailarín
termine, no en medio de un paso. Porque sí, logró el
balance, los fouttés, pero todavía no había
terminado todo”.
Le pedí entonces
a la estrella su reflexión acerca de la siempre
presente dualidad arte-técnica. “Todo va
evolucionando, como la vida. Lo que antes era
terrible, como hacer 32 fouttés, ahora no lo es.
Pero no se puede olvidar lo que es arte, los
estilos. Todo no se puede bailar igual. Por ejemplo,
en La Bella Durmiente, hay seis hadas, todas
con una variación, dentro del estilo hay que dar la
alegría, la belleza. En el vocabulario de la técnica
está, digamos, el arabesque, y en todo ballet está
el arabesque, pero depende del estilo. Es diferente
en El lago de los Cisnes, que en Giselle.
No estoy en contra de la técnica, naturalmente, pero
tenemos que dar arte. El circo es otra cosa”.
Mirta Plá debutó
profesionalmente en 1953, en el Vals de las flores
de Cascanueses con el entonces Ballet Alicia
Alonso. A partir de esa fecha interpretó los más
importantes roles del amplio repertorio de la
compañía cubana, por lo que quise saber si tenía
estilos o personajes preferidos.
“Durante estos
años en el escenario he tenido momentos que me han
marcado. Yo hacía todos los ballets con gusto. Me
alegraba ya desde llegar al camerino y empezar a
maquillarme, a prepararme, para luego salir e
interpretar. Normalmente hay roles que por mi tipo,
mi personalidad me han sido más fáciles. Por
ejemplo, La Bella Durmiente era como estar en
un cuento. Otros, como el Cisne Negro, he
tenido que trabajarlo más, pero cuando me decían que
lo había bailado bien me sentía mejor, porque me
había costado más”.
¿Que le dicen
estos nombres?
Aurora (La
Bella Durmiente):
“La princesa. Quiero decirle que cuando oigo la
música me emociona. En la celebración en la Lorca
por mi 30 aniversario –de su debut artístico- bailé
El adagio de la Rosa con cuatro compañeros
que me hicieron sentir como una princesa, Esquivel,
Zamorano, Salgado, Carreño”.
Consuelo (Tarde
en la Siesta):
“Lo estrené (1973). Es un ballet bellísimo de
Alberto Méndez. Diferente a Aurora. Es una mujer
madura, con problemas típicos de la época colonial
cubana”.
Lisette (La
fille mal gardée):
“Es también distinto. El estilo y el personaje. Una
niña traviesa, malcriada. Me divertía mucho (debutó
en 1961), a mí me venía muy bien, aunque es difícil
de interpretar, porque creo que es más difícil hacer
divertir de forma sutil, más difícil hacer reír que
llorar”.
Giselle:
“Llegó en un momento (1968) en que para mí fue un
gran premio. Tenía un ejemplo muy grande a seguir,
una meta muy alta, que ha sido Alicia. Ella era mi
punto de mira. Bailarlo después de ella era muy
difícil. Técnicamente estaba lista, me tenía que
preparar artísticamente, asesorarme. Tenía a Alicia,
mi maestra, la mejor, pero no quería copiarla. Desde
luego está la escuela cubana, pero después cada una
con nuestro punto de vista hemos sido diferentes.
Hablo de las cuatro de mi generación (¡las cuatro
joyas!). No somos iguales, pero dentro de lo que
Alicia marcó, dentro del estilo romántico”.
En aquel
momento, y en la intensidad del diálogo, llegamos a
un instante climático. Ya Mirta Plá había registrado
su nombre en la historia del ballet mundial, me
había hablado de su dolor por abandonar la danza. La
pregunta era indispensable. ¿No fue demasiado
pronto?
“No, porque
siempre he disfrutado el baile. Tuve la suerte de
que nunca me lastimé. Sólo me detuve cuando tuve a
mi hija. Cuando empecé a sentir que para bailar
necesitaba una preparación extra y en el escenario
las fuerzas no eran las mismas, cuando yo sabía que
no estaba haciéndolo como debía ser, dije no. Y me
detuve”.
¿Los sueños de
Mirta Plá se han cumplido?
“Sí, puedo decir
que he sido una persona con suerte. Mis sueños se
han realizado, como bailarina y ahora como maestra,
y también como ser humano. Estoy feliz con mi hija y
mis dos nietos. No sólo he disfrutado mi carrera,
sino también en mi vida personal. Tengo ese balance.
Me siento satisfecha, y cuando llego a casa, a mi
familia, luego de enseñar, me siento feliz”.
Ahora se ha
despedido para siempre de los escenarios, de las
clases. Busco la palabra, el adjetivo justo, y
encuentro este Soneto (1935) de Octavio Paz,
que da título a este homenaje:
Inmóvil en la
luz, pero danzante/ tu movimiento a la quietud que
cría/en la cima del vértigo se alía/ deteniendo, no
al vuelo, sí al instante.
Luz que no se
derrama, ya diamante,/ fija en la rotación del
mediodía,/ sol que no se consume ni se enfría/ de
ceniza y llama equidistante.
Tu salto es un
segundo congelado/ que ni apresura el tiempo ni lo
mata:/ preso en su movimiento ensimismado tu cuerpo
de sí mismo se desata/ y cae y dispersa tu blancura/
y vuelves a ser agua y tierra oscura. |