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N O T I C I A S

La Habana. 16 de septiembre de 2003

Nace una estrella
A comienzos de los años 80, con el gobierno de Ronald Reagan, Estados Unidos desarrolla una política contra Cuba consistente en fabricar una “oposición interna”. Washington crea y paga “líderes” dispuestos a llevar a cabo el “cambio pacífico” que derroque a la Revolución Cubana. Uno de ellos, Elizardo Sánchez Santa Cruz, ha sido desenmascarado en el libro El Camaján. Juventud Rebelde presenta a sus lectores estos dos fragmentos del capítulo No hay humo sin fuego...

Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo

NACE UNA ESTRELLA

Entre los elementos reclutados por la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA), para construir esta oposición, sobresale Elizardo Sánchez Santa Cruz-Pacheco, con una amplia trayectoria de desvaríos políticos y predisposición al oportunismo, ideales para la tarea que terminó por convertirlo en uno de los principales brazos ejecutores de la política subversiva de Estados Unidos en Cuba.

Un buen día, el señor Sánchez Santa Cruz-Pacheco comenzó a aparecer en los grandes medios norteamericanos, latinoamericanos y europeos y ya no ha dejado de hacerlo hasta hoy. No han faltado para él invitaciones y giras internacionales, premios y reconocimientos pero, sobre todo, dinero, mucho dinero, que parece ser el único amor verdadero de su vida.

La manipulación y la mentira son factores vitales en la promoción de este hombre péndulo que de partidario de la ultraizquierdista microfracción se transformó en “líder disidente” por obra del poder mediático que ejercen Estados Unidos y sus principales aliados, la mayoría de ellos hoy bajo gobiernos ultraderechistas que no aceptan la sobrevivencia de Cuba al colapso de la experiencia socialista, o de socialdemócratas de nuevo cuño, arrepentidos de su pasado en la izquierda y para quienes la dignidad de la Isla debe resultar una alusión incómoda y ofensiva.

Néstor Baguer, uno de los escasos periodistas verdaderos entre los famosos “independientes” y quien durante años actuó como agente de la Seguridad del Estado dentro de los grupúsculos asociados a la SINA, cuenta en el libro “Los disidentes” que en su primera visita a la casa de Elizardo, fue sorprendido cuando la novia de aquel lo recibió preguntándole si buscaba “al señor Presidente”. Otra agente, Tania —la “disidente” Odilia Collazo—, dice que puso a correr a Elizardo, cuando aquel quiso sacarla de la presidencia del Partido Pro Derechos Humanos para poner a otro personaje.

Esas características, que podrían avalar sus socios y abundantes enemigos en el negocio de la disidencia, desde La Habana hasta Miami, restan total trascendencia a las precisiones de que nació el 29 de junio de 1944, en la localidad santiaguera de La Maya, en una familia de “agricultores”, como insisten en presentarlo los que prefieren su lado izquierdo.

Con solo acercarse al cúmulo de reseñas y entrevistas que sus promotores han puesto a circular por Internet, se puede confirmar el movimiento de Elizardo de un extremo a otro en disímiles posiciones políticas y descubrir un solo rasgo invariable en la maraña de sus declaraciones públicas: la contradicción típica del doble y hasta del triple discurso.

La verdadera historia de Elizardo Sánchez, la política, podría decirse que comienza en 1959, cuando se convirtió en militante del Partido Socialista Popular y ferviente defensor de la Revolución. Ya en 1962 era funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde ocupó diferentes cargos hasta 1966, cuando un curso intensivo lo transformó en profesor de Filosofía Marxista de la Universidad de La Habana.

Dos años después causaría baja de la Universidad, según compañeros de entonces, por el peso de la autosuficiencia, la ambición personal y el resentimiento manifiesto hacia el resto de la cátedra.

Elisoviet le llamaban con ironía algunos de sus contemporáneos por la intoxicación de ultraizquierdismo y el vínculo con la sectaria “microfracción” que en su momento lo llevaron a acusar a los principales líderes de la Revolución de formar “una elite pequeño burguesa que ponía en riesgo el rumbo socialista del proceso revolucionario”. Es decir, que uno de los más prominentes asalariados de la SINA que conocemos hoy, comenzó su vida política nada más y nada menos que como un acérrimo crítico de la Revolución, por “no estar suficientemente a la izquierda”.

De acuerdo con las pruebas obtenidas por la Contrainteligencia cubana, también en esa época, y de manera espontánea, Elizardo se convierte en informante de la Inteligencia norteamericana.

Una declaración firmada por la agente de la CIA Martha Frayde Barraqué, devela que recibió información de Sánchez sobre las opiniones de otros “microfraccionarios”, que fueron remitidas a Langley, sede de la “compañía”.

Pero volvamos a los años 80 del siglo xx y a la política de la administración Reagan que puso a Elizardo en el camino del dinero, disculpe, quisimos decir de la creación de organizaciones subversivas.

Quienes han seguido de cerca su itinerario, afirman que a partir de 1985, tras cumplir una sanción de cinco años por actividades contrarrevolucionarias, es que comienza a singularizarse su vínculo con la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

Bajo la dirección de la SINA, Sánchez Santa Cruz-Pacheco se consagra a la creación de al menos dos organizaciones de derechos humanos. Poco importan hoy los nombres —que apenas varían por el orden de colocación de las palabras—, los objetivos o la inocultable orientación contrarrevolucionaria de estos grupúsculos. Todos serían su nuevo medio de vida.

El antiguo revolucionario de extrema izquierda ya se ha convertido a la ideología liberal burguesa y deviene “defensor” prominente de esta concepción de los derechos humanos, cuando ingresa en el denominado Comité Cubano Pro Derechos Humanos, creado por Ricardo Bofill Pagés, vividor y fullero profesional que, con su servicios a la SINA ganó finalmente la visa para irse a residir en Miami.

Por las noticias que los promocionan en esos años y los chismes frecuentes de El Nuevo Herald, es fácil advertir que ambos, viejos camaradas de la simulación marxista en la Universidad, comienzan a colaborar al mismo tiempo que compiten por el estrellato de la contrarrevolución interna. Las visitas a la SINA se hacen cada vez más frecuentes con el pretexto de entregar denuncias sobre supuestas violaciones de los derechos humanos en el país. Para el año 1987 Elizardo es ya el flamante “Vicepresidente” del comité fundado por su socio, con el que comienzan las contradicciones.

Sucesivos desencuentros y rencillas personales deben haber empujado su salida del grupúsculo encabezado por Bofill e “inspirarle” la fundación, el 23 de octubre de 1987, de la denominada Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), de la cual inmediatamente, se nombra Presidente, cargo que todavía sigue ocupando —a despecho de sus pasos políticos posteriores—, para asegurarse la llave de la fuente más segura y permanente de financiamientos encubiertos.

Es precisamente ese año 1987 el del salto a la vida sin escaseces y plena de comodidades que disfruta Elizardo con los dividendos que le proporciona su “gestión humanitaria”, completamente enajenada de las dificultades que atraviesa su país. No sorprende por eso su insistencia en que el bloqueo norteamericano no es la causa real de los problemas económicos cubanos.

A partir de 1989, año de inicio de la debacle socialista europea, y en una práctica que persiste en la actualidad, la SINA comienza a planificarle entrevistas a Elizardo con cuanto político o legislador de Estados Unidos visite a Cuba. Su misión es entregar información —falsa o manipulada— y transmitir “preocupaciones” con el claro propósito de interferir en los crecientes esfuerzos de un sector cada vez más amplio y diverso de la sociedad norteamericana a favor de un entendimiento entre ambos países sobre la base del respeto mutuo, algo que pondría en peligro a la jugosa industria de la contrarrevolución de la que él se alimenta.

Por esos años, Elizardo consolida sus contactos con organizaciones transnacionales de derechos humanos, como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, hacia las cuales canaliza testimonios de supuestas violaciones de los derechos humanos en Cuba, fabricados por él mismo y sus principales colaboradores.

Vendrán después múltiples conspiraciones y traiciones, además de otra condena de privación de libertad por poco más de un año. Al salir de la prisión en 1992, Elizardo se enfrascó afanosamente en la tarea de presentarse como una alternativa política interna, relegando a planos secundarios su supuesta lucha por los derechos humanos. Es cuando crea el llamado Proyecto de Programa Socialista Democrático, así como el Centro de Estudios sobre Democracia (CEDE).

¿Qué había pasado? ¿Por qué el “luchador por los derechos humanos”, que más de una vez declaró no tener ningún interés político, presenta en 1992 un ambicioso proyecto de ese tipo? ¿Acaso la desaparición del campo socialista, la desintegración de la URSS, el recrudecimiento del bloqueo y el superanunciado fin de la Revolución Cubana, le hacen creer a Elizardo Sánchez que “ha llegado su hora” de asalto al poder? ¿O lo inspira la agitación de la mafia, que alista otra vez sus maletas en la vana ilusión de instalarse en una Cuba poscastrista y la atmósfera creada por el entonces presidente de Estados Unidos, George H. Bush, quien por aquellos meses proclamó que él sería el primer presidente norteamericano en pisar tierra libre cubana?

Muy oportunamente y como adelanto, para que “a la otra parte” no le quedaran dudas de su posición conciliadora, en una entrevista para El Nuevo Herald el 27 de julio de 1991 Elizardo había afirmado que “Es absurdo que alguien de la disidencia interna cubana no necesite el apoyo de los exiliados…” “[…] En la isla, la intolerancia de la izquierda comunista es realmente peligrosa, ya que nos encarcelan. Sin embargo, los grupos de extrema derecha en Miami no son un peligro inmediato para nosotros […]”

(Continúa)

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