|
Nace
una estrella
A comienzos
de los años 80, con el gobierno de Ronald Reagan,
Estados Unidos desarrolla una política contra Cuba
consistente en fabricar una “oposición
interna”. Washington crea y paga “líderes”
dispuestos a llevar a cabo el “cambio pacífico”
que derroque a la Revolución Cubana. Uno de ellos,
Elizardo Sánchez Santa Cruz, ha sido desenmascarado
en el libro El Camaján. Juventud Rebelde presenta a
sus lectores estos dos fragmentos del capítulo No
hay humo sin fuego...
Arleen Rodríguez y Lázaro Barredo
NACE
UNA ESTRELLA
Entre
los elementos reclutados por la Sección de
Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA),
para construir esta oposición, sobresale Elizardo Sánchez
Santa Cruz-Pacheco, con una amplia trayectoria de
desvaríos políticos y predisposición al
oportunismo, ideales para la tarea que terminó por
convertirlo en uno de los principales brazos
ejecutores de la política subversiva de Estados
Unidos en Cuba.
Un
buen día, el señor Sánchez Santa Cruz-Pacheco
comenzó a aparecer en los grandes medios
norteamericanos, latinoamericanos y europeos y ya no
ha dejado de hacerlo hasta hoy. No han faltado para
él invitaciones y giras internacionales, premios y
reconocimientos pero, sobre todo, dinero, mucho
dinero, que parece ser el único amor verdadero de
su vida.
La
manipulación y la mentira son factores vitales en
la promoción de este hombre péndulo que de
partidario de la ultraizquierdista microfracción se
transformó en “líder disidente” por obra del
poder mediático que ejercen Estados Unidos y sus
principales aliados, la mayoría de ellos hoy bajo
gobiernos ultraderechistas que no aceptan la
sobrevivencia de Cuba al colapso de la experiencia
socialista, o de socialdemócratas de nuevo cuño,
arrepentidos de su pasado en la izquierda y para
quienes la dignidad de la Isla debe resultar una
alusión incómoda y ofensiva.
Néstor
Baguer, uno de los escasos periodistas verdaderos
entre los famosos “independientes” y quien
durante años actuó como agente de la Seguridad del
Estado dentro de los grupúsculos asociados a la
SINA, cuenta en el libro “Los disidentes”
que en su primera visita a la casa de Elizardo, fue
sorprendido cuando la novia de aquel lo recibió
preguntándole si buscaba “al señor
Presidente”. Otra agente, Tania —la
“disidente” Odilia Collazo—, dice que puso a
correr a Elizardo, cuando aquel quiso sacarla de la
presidencia del Partido Pro Derechos Humanos para
poner a otro personaje.
Esas
características, que podrían avalar sus socios y
abundantes enemigos en el negocio de la disidencia,
desde La Habana hasta Miami, restan total
trascendencia a las precisiones de que nació el 29
de junio de 1944, en la localidad santiaguera de La
Maya, en una familia de “agricultores”, como
insisten en presentarlo los que prefieren su lado
izquierdo.
Con
solo acercarse al cúmulo de reseñas y entrevistas
que sus promotores han puesto a circular por
Internet, se puede confirmar el movimiento de
Elizardo de un extremo a otro en disímiles
posiciones políticas y descubrir un solo rasgo
invariable en la maraña de sus declaraciones públicas:
la contradicción típica del doble y hasta del
triple discurso.
La
verdadera historia de Elizardo Sánchez, la política,
podría decirse que comienza en 1959, cuando se
convirtió en militante del Partido Socialista
Popular y ferviente defensor de la Revolución. Ya
en 1962 era funcionario del Ministerio de Relaciones
Exteriores, donde ocupó diferentes cargos hasta
1966, cuando un curso intensivo lo transformó en
profesor de Filosofía Marxista de la Universidad de
La Habana.
Dos
años después causaría baja de la Universidad, según
compañeros de entonces, por el peso de la
autosuficiencia, la ambición personal y el
resentimiento manifiesto hacia el resto de la cátedra.
Elisoviet
le llamaban con ironía algunos de sus contemporáneos
por la intoxicación de ultraizquierdismo y el vínculo
con la sectaria “microfracción” que en su
momento lo llevaron a acusar a los principales líderes
de la Revolución de formar “una elite pequeño
burguesa que ponía en riesgo el rumbo socialista
del proceso revolucionario”. Es decir, que uno de
los más prominentes asalariados de la SINA que
conocemos hoy, comenzó su vida política nada más
y nada menos que como un acérrimo crítico de la
Revolución, por “no estar suficientemente a la
izquierda”.
De
acuerdo con las pruebas obtenidas por la
Contrainteligencia cubana, también en esa época, y
de manera espontánea, Elizardo se convierte en
informante de la Inteligencia norteamericana.
Una
declaración firmada por la agente de la CIA Martha
Frayde Barraqué, devela que recibió información
de Sánchez sobre las opiniones de otros
“microfraccionarios”, que fueron remitidas a
Langley, sede de la “compañía”.
Pero
volvamos a los años 80 del siglo xx
y a la política de la administración Reagan
que puso a Elizardo en el camino del dinero,
disculpe, quisimos decir de la creación de
organizaciones subversivas.
Quienes
han seguido de cerca su itinerario, afirman que a
partir de 1985, tras cumplir una sanción de cinco años
por actividades contrarrevolucionarias, es que
comienza a singularizarse su vínculo con la Sección
de Intereses de Estados Unidos en La Habana.
Bajo
la dirección de la SINA, Sánchez Santa
Cruz-Pacheco se consagra a la creación de al menos
dos organizaciones de derechos humanos. Poco
importan hoy los nombres —que apenas varían por
el orden de colocación de las palabras—, los
objetivos o la inocultable orientación
contrarrevolucionaria de estos grupúsculos. Todos
serían su nuevo medio de vida.
El
antiguo revolucionario de extrema izquierda ya se ha
convertido a la ideología liberal burguesa y
deviene “defensor” prominente de esta concepción
de los derechos humanos, cuando ingresa en el
denominado Comité Cubano Pro Derechos Humanos,
creado por Ricardo Bofill Pagés, vividor y fullero
profesional que, con su servicios a la SINA ganó
finalmente la visa para irse a residir en Miami.
Por
las noticias que los promocionan en esos años y los
chismes frecuentes de El Nuevo Herald, es fácil
advertir que ambos, viejos camaradas de la simulación
marxista en la Universidad, comienzan a colaborar al
mismo tiempo que compiten por el estrellato de la
contrarrevolución interna. Las visitas a la SINA se
hacen cada vez más frecuentes con el pretexto de
entregar denuncias sobre supuestas violaciones de
los derechos humanos en el país. Para el año 1987
Elizardo es ya el flamante “Vicepresidente” del
comité fundado por su socio, con el que comienzan
las contradicciones.
Sucesivos
desencuentros y rencillas personales deben haber
empujado su salida del grupúsculo encabezado por
Bofill e “inspirarle” la fundación, el 23 de
octubre de 1987, de la denominada Comisión Cubana
de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional
(CCDHRN), de la cual inmediatamente, se nombra
Presidente, cargo que todavía sigue ocupando —a
despecho de sus pasos políticos posteriores—,
para asegurarse la llave de la fuente más segura y
permanente de financiamientos encubiertos.
Es
precisamente ese año 1987 el del salto a la vida
sin escaseces y plena de comodidades que disfruta
Elizardo con los dividendos que le proporciona su
“gestión humanitaria”, completamente enajenada
de las dificultades que atraviesa su país. No
sorprende por eso su insistencia en que el bloqueo
norteamericano no es la causa real de los problemas
económicos cubanos.
A
partir de 1989, año de inicio de la debacle
socialista europea, y en una práctica que persiste
en la actualidad, la SINA comienza a planificarle
entrevistas a Elizardo con cuanto político o
legislador de Estados Unidos visite a Cuba. Su misión
es entregar información —falsa o manipulada— y
transmitir “preocupaciones” con el claro propósito
de interferir en los crecientes esfuerzos de un
sector cada vez más amplio y diverso de la sociedad
norteamericana a favor de un entendimiento entre
ambos países sobre la base del respeto mutuo, algo
que pondría en peligro a la jugosa industria de la
contrarrevolución de la que él se alimenta.
Por
esos años, Elizardo consolida sus contactos con
organizaciones transnacionales de derechos humanos,
como Human Rights Watch y Amnistía Internacional,
hacia las cuales canaliza testimonios de supuestas
violaciones de los derechos humanos en Cuba,
fabricados por él mismo y sus principales
colaboradores.
Vendrán
después múltiples conspiraciones y traiciones,
además de otra condena de privación de libertad
por poco más de un año. Al salir de la prisión en
1992, Elizardo se enfrascó afanosamente en la tarea
de presentarse como una alternativa política
interna, relegando a planos secundarios su supuesta
lucha por los derechos humanos. Es cuando crea el
llamado Proyecto de Programa Socialista Democrático,
así como el Centro de Estudios sobre Democracia
(CEDE).
¿Qué
había pasado? ¿Por qué el “luchador por los
derechos humanos”, que más de una vez declaró no
tener ningún interés político, presenta en 1992
un ambicioso proyecto de ese tipo? ¿Acaso la
desaparición del campo socialista, la desintegración
de la URSS, el recrudecimiento del bloqueo y el
superanunciado fin de la Revolución Cubana, le
hacen creer a Elizardo Sánchez que “ha llegado su
hora” de asalto al poder? ¿O lo inspira la
agitación de la mafia, que alista otra vez sus
maletas en la vana ilusión de instalarse en una
Cuba poscastrista y la atmósfera creada por el
entonces presidente de Estados Unidos, George H.
Bush, quien por aquellos meses proclamó que él sería
el primer presidente norteamericano en pisar tierra
libre cubana?
Muy
oportunamente y como adelanto, para que “a la otra
parte” no le quedaran dudas de su posición
conciliadora, en una entrevista para El Nuevo Herald
el 27 de julio de 1991 Elizardo había afirmado que “Es
absurdo que alguien de la disidencia interna cubana
no necesite el apoyo de los exiliados…” “[…]
En la isla, la intolerancia de la izquierda
comunista es realmente peligrosa, ya que nos
encarcelan. Sin embargo, los grupos de extrema
derecha en Miami no son un peligro inmediato para
nosotros […]”
(Continúa)
|