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N A C I O N A L E S

La Habana. 23 de septiembre de 2003

Volver siempre

POR MARELYS VALENCIA —de Granma Internacional—

MATANZAS es un lugar de regresos. Quien haya nacido en ese pedazo de tierra húmeda y tranquila, por muy lejos que vayan a parar sus pasos, suele sentir un extraño sentido de pertenencia; una ligadura que no la rompen distancias y que es más fuerte cuando el alma se te agrieta entre pecho y espalda.


Plaza de la Libertad, segunda plaza de
armas de la ciudad de Matanzas,
limitada por las calles Ayuntamiento,
Contreras, Santa Teresa y Milanés. A su
alrededor se conservan edificaciones
construidas en los siglos XIX y XX,
valiosos exponentes de la arquitectura
y la historia.


 


Valle Yumurí, sitio natural declarado
zona de protección. Es el único en el
mundo donde viven de forma natural
hermosos cactus esféricos de gran
valor científico y estético, junto
a otras tres especies poblacionales
de palmas y áreas extensas de
vegetación. Aquí se han realizado
valiosos hallazgos arqueológicos.


 


Puente sobre el río San Juan.

 


Estadio Palmar de Junco, construcción
civil declarada Monumento Nacional
en 1991. Sede del primer juego oficial
de béisbol en nuestro país,organizado
en 1878.


 

 Nunca viví en la ciudad de Matanzas; crecí en Jovellanos, territorio agrícola y próspero, situado en el centro de la provincia, a unos 50 kilómetros de la urbe principal. Jovellanos se hizo famoso desde mediados del siglo pasado cuando el dueño de una farmacia hizo florecer la industria jabonera y dentrífica con la fundación de la Gravi. Entonces, como hasta principios de los 90 en que se construyó una nueva fábrica en las afueras de la localidad, el perfume traspasaba las paredes de la Gravi y los transeúntes sentíamos que de alguna forma aquellos olores nos hacían parte de la alquimia.

 Cuando pienso en el pueblo, siempre mi mente vuela hacia mi infancia, y los carnavales cuyos paseos se extendían a lo largo de la calle Real, los muñecones que solían bajar rígidos sus cabezas provocándonos a los más pequeños el asombro y hasta cierto miedo disfrutable, o al Parque de Diversiones con su zoológico,  inaugurado a finales de los 70, ahora casi deshecho y abandonado.  Era uno de los parques infantiles más lindos y divertidos de la provincia; repleto de esbeltos arbustos que refrescaban el ambiente en el verano, y una decena de aparatos eléctricos para montar, principalmente los domingos.

 Para vacacionar prefería la ciudad de Matanzas y la cercana playa de Varadero, la más famosa de la Isla, a la que vuelvo siempre que puedo, porque como su azul no hay otro en Cuba ni como sus arenas blancas y finas tampoco. La tristeza más profunda se olvida por momentos cuando uno se sienta frente a su horizonte y siente la brisa húmeda y cálida del verano de 32 grados. Es una playa para las familias, los amigos, el amor.

 La ciudad de Matanzas, aun cuando la rodean algunas playas como El Tennis, en el arco que hace la bahía, o El Mamey, en la carretera que conduce a Varadero, y cientos de jóvenes, mayoritariamente, se reúnen aquí, cautiva más por su romántico diseño y tranquilidad. Muchos la llaman la Novia Dormida, por su perfil con el bucólicio fondo del Pan de Matanzas. El sobrenombre de Atenas de Cuba le fue otorgado hace casi dos siglos cuando los poetas y los músicos le cantaron y escogieron de plaza favorita, mientras las cadenas rotas entre las manos de la estatua del Parque de la Libertad hablan de su firmeza y vocación independentista. El Teatro Sauto, terminado en 1863, ostenta una arquitectura y ambientación sobresalientes en el panorama de la época.

 Heredia, José Jacinto Milanés y Plácido jamás la olvidaron en sus poemas. Le cantaron a su belleza y espíritu, y el alma de Matanzas sobresalió en el panorama cultural del siglo XIX como plaza increíblemente añorada por los bardos. Allí sostenían sus tertulias, que contaron también con figuras habaneras promotoras de la creación literaria, tal es el caso de Domingo del Monte, descollante en la historia de la cultura cubana.

 Los ríos que atraviesan o rondan a la ciudad, Yumurí, San Juan y Canímar,  enriquecen la aureola romántica, al igual que su bahía ancha, desde la cual se observa con una sola mirada la ciudad en toda su amplitud, porque en el terreno sobre el que se construyó la urbe sobresalen las alturas. Tanto de espectáculo tiene el balcón del Cabaret Canimao con su saliente a cientos de metros de altura y el panorama del río Canímar, como la vista encendida de Matanzas cualquier noche del año, desde su rada.

 Distante de la capital del país a sólo 100 kilómetros, la urbe ofrece a los visitantes la personalidad altiva de su prosperidad y un nivel de vida bastante parejo que se observa no sólo en la vestimenta de las personas sino en la arquitectura e interiores de las viviendas. Sin embargo, Matanzas combina tales características con la suavidad del cariz provinciano, lo cual le otorga un carisma disfrutable.

 Quien nunca la haya visitado, respirará su atmósfera como un suspiro largo y regresará a sentir en cualquiera de sus parques, plazas o puentes su belleza resistente a los latigazos del tiempo. Quien la conozca añorará sus esencias, su encanto apacible. Pero quien haya nacido más adentro, no en la ciudad de Matanzas, sino en cualquiera de los municipios de tierra roja y húmeda, y de abundantes cañas, en los cenagosos o los de playa azul, la querrá completa y  la buscará sin remedio cuando los golpes de la tristeza sean más fuertes que los del tiempo.

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