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siempre
POR MARELYS VALENCIA —de Granma Internacional—
MATANZAS es un lugar de regresos.
Quien haya nacido en ese pedazo de tierra húmeda y
tranquila, por muy lejos que vayan a parar sus
pasos, suele sentir un extraño sentido de
pertenencia; una ligadura que no la rompen
distancias y que es más fuerte cuando el alma se te
agrieta entre pecho y espalda.
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Plaza de la Libertad, segunda
plaza de
armas de la ciudad de Matanzas,
limitada por las calles Ayuntamiento,
Contreras, Santa Teresa y Milanés. A su
alrededor se conservan edificaciones
construidas en los siglos XIX y XX,
valiosos exponentes de la arquitectura
y la historia.
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Valle Yumurí,
sitio natural declarado
zona de protección. Es el único en el
mundo donde viven de forma natural
hermosos cactus esféricos de gran
valor científico y estético, junto
a otras tres especies poblacionales
de palmas y áreas extensas de
vegetación. Aquí se han realizado
valiosos hallazgos arqueológicos.
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Puente sobre el río San Juan.
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Estadio Palmar de
Junco, construcción
civil declarada Monumento Nacional
en 1991. Sede del primer juego oficial
de béisbol en nuestro país,organizado
en 1878.
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Nunca viví en la ciudad de
Matanzas; crecí en Jovellanos, territorio agrícola y
próspero, situado en el centro de la provincia, a
unos 50 kilómetros de la urbe principal. Jovellanos
se hizo famoso desde mediados del siglo pasado
cuando el dueño de una farmacia hizo florecer la
industria jabonera y dentrífica con la fundación de
la Gravi. Entonces, como hasta principios de los 90
en que se construyó una nueva fábrica en las afueras
de la localidad, el perfume traspasaba las paredes
de la Gravi y los transeúntes sentíamos que de
alguna forma aquellos olores nos hacían parte de la
alquimia.
Cuando pienso en el pueblo, siempre
mi mente vuela hacia mi infancia, y los carnavales
cuyos paseos se extendían a lo largo de la calle
Real, los muñecones que solían bajar rígidos sus
cabezas provocándonos a los más pequeños el asombro
y hasta cierto miedo disfrutable, o al Parque de
Diversiones con su zoológico, inaugurado a finales
de los 70, ahora casi deshecho y abandonado. Era
uno de los parques infantiles más lindos y
divertidos de la provincia; repleto de esbeltos
arbustos que refrescaban el ambiente en el verano, y
una decena de aparatos eléctricos para montar,
principalmente los domingos.
Para vacacionar prefería la ciudad
de Matanzas y la cercana playa de Varadero, la más
famosa de la Isla, a la que vuelvo siempre que
puedo, porque como su azul no hay otro en Cuba ni
como sus arenas blancas y finas tampoco. La tristeza
más profunda se olvida por momentos cuando uno se
sienta frente a su horizonte y siente la brisa
húmeda y cálida del verano de 32 grados. Es una
playa para las familias, los amigos, el amor.
La ciudad de Matanzas, aun cuando
la rodean algunas playas como El Tennis, en el arco
que hace la bahía, o El Mamey, en la carretera que
conduce a Varadero, y cientos de jóvenes,
mayoritariamente, se reúnen aquí, cautiva más por su
romántico diseño y tranquilidad. Muchos la llaman la
Novia Dormida, por su perfil con el bucólicio fondo
del Pan de Matanzas. El sobrenombre de Atenas de
Cuba le fue otorgado hace casi dos siglos cuando los
poetas y los músicos le cantaron y escogieron de
plaza favorita, mientras las cadenas rotas entre las
manos de la estatua del Parque de la Libertad hablan
de su firmeza y vocación independentista. El Teatro
Sauto, terminado en 1863, ostenta una arquitectura y
ambientación sobresalientes en el panorama de la
época.
Heredia, José Jacinto Milanés y
Plácido jamás la olvidaron en sus poemas. Le
cantaron a su belleza y espíritu, y el alma de
Matanzas sobresalió en el panorama cultural del
siglo XIX como plaza increíblemente añorada por los
bardos. Allí sostenían sus tertulias, que contaron
también con figuras habaneras promotoras de la
creación literaria, tal es el caso de Domingo del
Monte, descollante en la historia de la cultura
cubana.
Los ríos que atraviesan o rondan a
la ciudad, Yumurí, San Juan y Canímar, enriquecen
la aureola romántica, al igual que su bahía ancha,
desde la cual se observa con una sola mirada la
ciudad en toda su amplitud, porque en el terreno
sobre el que se construyó la urbe sobresalen las
alturas. Tanto de espectáculo tiene el balcón del
Cabaret Canimao con su saliente a cientos de metros
de altura y el panorama del río Canímar, como la
vista encendida de Matanzas cualquier noche del año,
desde su rada.
Distante de la capital del país a
sólo 100 kilómetros, la urbe ofrece a los visitantes
la personalidad altiva de su prosperidad y un nivel
de vida bastante parejo que se observa no sólo en la
vestimenta de las personas sino en la arquitectura e
interiores de las viviendas. Sin embargo, Matanzas
combina tales características con la suavidad del
cariz provinciano, lo cual le otorga un carisma
disfrutable.
Quien nunca la haya visitado,
respirará su atmósfera como un suspiro largo y
regresará a sentir en cualquiera de sus parques,
plazas o puentes su belleza resistente a los
latigazos del tiempo. Quien la conozca añorará sus
esencias, su encanto apacible. Pero quien haya
nacido más adentro, no en la ciudad de Matanzas,
sino en cualquiera de los municipios de tierra roja
y húmeda, y de abundantes cañas, en los cenagosos o
los de playa azul, la querrá completa y la buscará
sin remedio cuando los golpes de la tristeza sean
más fuertes que los del tiempo. |