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N O T I C I A S

La Habana. 3 de septiembre de 2003

Cuba no es perfecta pero constituye una prueba viviente de que un país del Tercer Mundo puede combatir la pobreza, la enfermedad y el analfabetismo

POR Brian Wilson
The Guardian,
(Traducido para Rebelión por Germán Leyens)

Este mes habrán pasado veinticinco años desde que visité Cuba por primera vez. La ocasión fue el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que atrajo a 20.000 personas de 150 países a La Habana. Probablemente haya sido la mayor muestra al mundo realizada hasta la fecha de los logros revolucionarios de Cuba.
Fui como periodista, lo que tenía sus ventajas. En lugar de alojarme con la heterogénea delegación británica, estuve en el hotel Habana Libre, que fue antes el Havana Hilton. Era antes de que el turismo se convirtiera en una necesidad para Cuba y, en lugar de cambiar los símbolos de Hilton, iban acompañados por letreros que decían: "Liberado del imperialismo yanqui".
Por suerte, ese lugar me alejó de los interminables debates en los que se empeñaron los británicos mientras todos los demás se divertían. Durante muchos meses antes del festival, las diversas facciones que contribuyeron a la presencia británica habían estado regateando sobre la posición correcta que debían adoptar sobre los derechos humanos. Continuaron haciéndolo al llegar a La Habana, en lugar de hablar con los cubanos.
Los dos maestros de ceremonias de ese desordenado circo político fueron Charles Clarke y Peter Mandelson. Clarke, que incluso era descrito en los informes de aquel entonces como "corpulento", había pasado un año trabajando en los preparativos británicos, después de haber sido presidente de la Unión Nacional de Estudiantes, mientras que Mandelson era presidente del Consejo Británico de la Juventud. Arthur Scargill, aunque ya entonces no era de los más jóvenes, apareció para agregar algo de diversión a la solemne búsqueda de la corrección política. Ésta se debía expresar a través de un comunicado de-fin-de-festival que, sin duda, el mundo estaba esperando ansiosamente. Nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre el texto.
Siempre ha formado parte de la hipocresía hacia Cuba que gente que visitaría cualquier otro país del mundo y aceptaría a primera vista sus ventajas y debilidades, aplicaba criterios muy diferentes en cuanto el avión aterrizaba en La Habana. Hace veinticinco años, ese hecho fue evidenciado por la retorcida conducta de la delegación británica. Actualmente, como entonces, los presuntos izquierdistas ven a menudo en la desaprobación de Cuba una oportunidad para hacer méritos ideológicos.
Para mí, no obstante, esa visita a Cuba fue el comienzo de un amor de toda la vida. No hay que confundir esta declaración con un elogio ciego de todo lo que sucede en ese país. Pero la crítica nunca debería ignorar que el servicio fundamental que Cuba ha rendido al mundo ha sido que es la prueba viviente de que se pueden vencer la pobreza, la enfermedad y el analfabetismo en un país que estaba demasiado familiarizado con los tres. Es un tremendo servicio. Y el que lo hayan logrado bajo la permanente hostilidad de un vecino obsesivo lo hace tanto más sorprendente.
Después de unos rápidos 22 años me convertí en ministro de comercio de un gobierno laborista. En mi primera reunión con el funcionario a cargo del comercio con las Américas y el Caribe, me presentó un resumen de nuestras relaciones comerciales con casi todos los países. Había un conspicuo ausente. "¿Qué", le pregunté, "estamos haciendo con Cuba?" La respuesta fue muy poco, aparentemente por una pequeña deuda impaga de mediados de los años 80.
Después de un mes nos encontramos de nuevo en un avión hacia La Habana, y nuestra relación fue de normalidad comercial. Durante esa primera visita ministerial, fui el invitado de honor en una pequeña cena y tengo una copia del telegrama diplomático que describió la ocasión.
El comienzo del resumen dice: "Invitación a cenar no programada de Castro a Mr. Wilson. Castro suelta una perorata de cinco horas y media. Mensaje inequívoco de los cubanos de que quieren mejoras en las relaciones bilaterales con especial énfasis en las relaciones comerciales. Relación estrecha establecida entre Castro y Mr. Wilson". La cena terminó con un brindis de su parte a "Tony Blair y la tercera vía" mientras que yo repliqué alzando mi vaso por "la paz y el socialismo".
Ahora he tenido media docena de sesiones similares con Castro. Habla mucho, pero es porque tiene mucho de qué hablar. Es un hombre con una sed inextinguible de conocimiento. He llegado a conocer a algunos personajes sorprendentes que pocos reconocerían por sus caricaturas - Castro como admirador de Churchill; Castro como pragmático que reconoce la inevitabilidad de la globalización y que quiere que América Latina la moldee; Castro, cuyos mordaces comentarios sobre la Unión Soviética confirman hasta qué punto fue un matrimonio de conveniencia sin amor.
Los que piensan que Cuba se va a derrumbar y a ser pisoteada cuando llegue el día en que Castro muera están, creo, totalmente equivocados. Cuba continuará desarrollándose pragmáticamente, como lo ha hecho más allá de la retórica durante 40 años, a fin de defender la integridad de sus logros. La tragedia es que el proceso de evolución -y no en último lugar el de las libertades democráticas- podría ser mucho más rápido y confortable si EE.UU. aprendiera a coexistir de una manera un poco más deferente.
Si se considera la condición de la Florida como salvadora por un pelo del poder republicano, es probablemente una vana esperanza. Pero las contradicciones de la posición de EE.UU., en cuanto a su propio interés racional, son tan extremas que exigen ser reconsideradas. Incluso la administración Bush ha tenido que preguntarse cómo, mientras está implicada en todos los demás sitios en su guerra santa contra el terrorismo, puede mantener la escandalosa Ley de Ajuste Cubano, que da asilo como refugiado político a cualquiera, incluyendo a secuestradores, que llegue de Cuba a tierras de EE.UU. por cualquier motivo. Por primera vez desde 1966, cuando aprobaron la ley, los estadounidenses devolvieron recientemente a tres secuestradores sobre la base de un acuerdo de que no serían sentenciados a más de 10 años. Esto ha provocado el furor de los extremistas cubanos en Florida.
Los problemas de Cuba son inmensos. El socialismo en un sólo país sigue encerrando una contradicción. Para los que van a La Habana sólo para mostrar desdén hay paradojas políticas en cada esquina. Todo es cierto, todo el inevitable producto de 40 años de cerco, pero también todo es irrelevante ante la visión más amplia de lo que Cuba representa como un símbolo de potencial humano.

28 de agosto de 2003
* Brian Wilson es parlamentario laborista por Cunninghame North.
brian_wilson_mp_@hotmail.com
mailto:brian_wilson_mp_@hotmail.com

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