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Cuba
no es perfecta pero constituye una prueba viviente
de que un país del Tercer Mundo puede combatir la
pobreza, la enfermedad y el analfabetismo
POR Brian
Wilson
The Guardian, (Traducido
para Rebelión por Germán Leyens)
Este
mes habrán pasado veinticinco años desde que
visité Cuba por primera vez. La ocasión fue el
Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes,
que atrajo a 20.000 personas de 150 países a La
Habana. Probablemente haya sido la mayor muestra al
mundo realizada hasta la fecha de los logros
revolucionarios de Cuba.
Fui como periodista, lo que tenía sus ventajas. En
lugar de alojarme con la heterogénea delegación
británica, estuve en el hotel Habana Libre, que fue
antes el Havana Hilton. Era antes de que el turismo
se convirtiera en una necesidad para Cuba y, en
lugar de cambiar los símbolos de Hilton, iban
acompañados por letreros que decían:
"Liberado del imperialismo yanqui".
Por suerte, ese lugar me alejó de los interminables
debates en los que se empeñaron los británicos
mientras todos los demás se divertían. Durante
muchos meses antes del festival, las diversas
facciones que contribuyeron a la presencia
británica habían estado regateando sobre la
posición correcta que debían adoptar sobre los
derechos humanos. Continuaron haciéndolo al llegar
a La Habana, en lugar de hablar con los cubanos.
Los dos maestros de ceremonias de ese desordenado
circo político fueron Charles Clarke y Peter
Mandelson. Clarke, que incluso era descrito en los
informes de aquel entonces como
"corpulento", había pasado un año
trabajando en los preparativos británicos, después
de haber sido presidente de la Unión Nacional de
Estudiantes, mientras que Mandelson era presidente
del Consejo Británico de la Juventud. Arthur
Scargill, aunque ya entonces no era de los más
jóvenes, apareció para agregar algo de diversión
a la solemne búsqueda de la corrección política.
Ésta se debía expresar a través de un comunicado
de-fin-de-festival que, sin duda, el mundo estaba
esperando ansiosamente. Nunca llegaron a ponerse de
acuerdo sobre el texto.
Siempre ha formado parte de la hipocresía hacia
Cuba que gente que visitaría cualquier otro país
del mundo y aceptaría a primera vista sus ventajas
y debilidades, aplicaba criterios muy diferentes en
cuanto el avión aterrizaba en La Habana. Hace
veinticinco años, ese hecho fue evidenciado por la
retorcida conducta de la delegación británica.
Actualmente, como entonces, los presuntos
izquierdistas ven a menudo en la desaprobación de
Cuba una oportunidad para hacer méritos
ideológicos.
Para mí, no obstante, esa visita a Cuba fue el
comienzo de un amor de toda la vida. No hay que
confundir esta declaración con un elogio ciego de
todo lo que sucede en ese país. Pero la crítica
nunca debería ignorar que el servicio fundamental
que Cuba ha rendido al mundo ha sido que es la
prueba viviente de que se pueden vencer la pobreza,
la enfermedad y el analfabetismo en un país que
estaba demasiado familiarizado con los tres. Es un
tremendo servicio. Y el que lo hayan logrado bajo la
permanente hostilidad de un vecino obsesivo lo hace
tanto más sorprendente.
Después de unos rápidos 22 años me convertí en
ministro de comercio de un gobierno laborista. En mi
primera reunión con el funcionario a cargo del
comercio con las Américas y el Caribe, me presentó
un resumen de nuestras relaciones comerciales con
casi todos los países. Había un conspicuo ausente.
"¿Qué", le pregunté, "estamos
haciendo con Cuba?" La respuesta fue muy poco,
aparentemente por una pequeña deuda impaga de
mediados de los años 80.
Después de un mes nos encontramos de nuevo en un
avión hacia La Habana, y nuestra relación fue de
normalidad comercial. Durante esa primera visita
ministerial, fui el invitado de honor en una
pequeña cena y tengo una copia del telegrama
diplomático que describió la ocasión.
El comienzo del resumen dice: "Invitación a
cenar no programada de Castro a Mr. Wilson. Castro
suelta una perorata de cinco horas y media. Mensaje
inequívoco de los cubanos de que quieren mejoras en
las relaciones bilaterales con especial énfasis en
las relaciones comerciales. Relación estrecha
establecida entre Castro y Mr. Wilson". La cena
terminó con un brindis de su parte a "Tony
Blair y la tercera vía" mientras que yo
repliqué alzando mi vaso por "la paz y el
socialismo".
Ahora he tenido media docena de sesiones similares
con Castro. Habla mucho, pero es porque tiene mucho
de qué hablar. Es un hombre con una sed
inextinguible de conocimiento. He llegado a conocer
a algunos personajes sorprendentes que pocos
reconocerían por sus caricaturas - Castro como
admirador de Churchill; Castro como pragmático que
reconoce la inevitabilidad de la globalización y
que quiere que América Latina la moldee; Castro,
cuyos mordaces comentarios sobre la Unión
Soviética confirman hasta qué punto fue un
matrimonio de conveniencia sin amor.
Los que piensan que Cuba se va a derrumbar y a ser
pisoteada cuando llegue el día en que Castro muera
están, creo, totalmente equivocados. Cuba
continuará desarrollándose pragmáticamente, como
lo ha hecho más allá de la retórica durante 40
años, a fin de defender la integridad de sus
logros. La tragedia es que el proceso de evolución
-y no en último lugar el de las libertades
democráticas- podría ser mucho más rápido y
confortable si EE.UU. aprendiera a coexistir de una
manera un poco más deferente.
Si se considera la condición de la Florida como
salvadora por un pelo del poder republicano, es
probablemente una vana esperanza. Pero las
contradicciones de la posición de EE.UU., en cuanto
a su propio interés racional, son tan extremas que
exigen ser reconsideradas. Incluso la
administración Bush ha tenido que preguntarse
cómo, mientras está implicada en todos los demás
sitios en su guerra santa contra el terrorismo,
puede mantener la escandalosa Ley de Ajuste Cubano,
que da asilo como refugiado político a cualquiera,
incluyendo a secuestradores, que llegue de Cuba a
tierras de EE.UU. por cualquier motivo. Por primera
vez desde 1966, cuando aprobaron la ley, los
estadounidenses devolvieron recientemente a tres
secuestradores sobre la base de un acuerdo de que no
serían sentenciados a más de 10 años. Esto ha
provocado el furor de los extremistas cubanos en
Florida.
Los problemas de Cuba son inmensos. El socialismo en
un sólo país sigue encerrando una contradicción.
Para los que van a La Habana sólo para mostrar
desdén hay paradojas políticas en cada esquina.
Todo es cierto, todo el inevitable producto de 40
años de cerco, pero también todo es irrelevante
ante la visión más amplia de lo que Cuba
representa como un símbolo de potencial humano.
28 de agosto
de 2003
* Brian Wilson es parlamentario laborista por
Cunninghame North. brian_wilson_mp_@hotmail.com
mailto:brian_wilson_mp_@hotmail.com
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