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La gravedad del cáncer bélico
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Los lazos
familiares son también parte de las víctimas de una
guerra monstruosa
Juana Carrasco Martín
Patrice Confers
está muriendo de un cáncer pancreático. Le quedan
muy pocas semanas de vida, pero lucha
desesperadamente para sobrevivir el tiempo
suficiente para poder ver a su hijo.
Joseph Wagner, tiene 19 años
y sirve ahora en la 1ra. División de Infantería en
Iraq, pero una disposición inhumana le impide por el
momento estar junto a Patrice el tiempo que a ella
le queda. El ejército ha denegado a la madre la
solicitud de que su hijo retorne a casa bajo un
argumento terriblemente enfermo de burocracia: solo
a los efectivos a cuyos familiares les queden menos
de 30 días de vida se les da ese permiso.
¿Y quién puede decir cuánto
vivirá Patrice? Ni siquiera su médico, el oncólogo
Dean Delmastro, quien en una carta al Ejército
exponía: “Dado la muy pobre prognosis de cualquier
mejoramiento en su condición, la expectativa de vida
de la paciente puede estar ciertamente en el orden
de los 30 días o menos. Sin embargo, una
testificación exacta de esto simplemente no puede
proveerse”.
En Altoona, Wisconsin, un
pequeño pueblito de apenas 7 000 habitantes, Patrice
no entiende nada, y solo justifica así su deseo: “Yo
quiero pasar algún tiempo de calidad con él. No
quiero esperar para verlo cuando yo no esté lo
suficientemente bien. Haré cualquier cosa para
tenerlo de regreso”.
En Tikrit, donde las cartas
enviadas por Joseph aseguran que las cosas se están
poniendo “malas”, la Cruz Roja le informó de la
enfermedad de su mamá. El joven llamó a la clínica
donde estaba siendo atendida, y la señora Confers
describe así ese momento: “Ambos solo llorábamos
llorábamos...Fue muy duro para él escuchar esto y no
estar aquí. Es muy duro para él”.
La Cruz Roja intenta, en una
segunda solicitud que lleva la nota del doctor
Delmastro, apelar al Ejército estadounidense, pero
desde Tikrit, el sargento mayor Robert Cowens, un
vocero de la 1ra. División de Infantería, trata
ahora de justificar la posición inicial del mando
militar, alegando que el soldado Wagner no informó
correctamente sobre la gravedad de la señora Patrice
Confers y por eso habían decidido que podía esperar.
Pero aún no se ha producido el ansiado encuentro.
Los lazos familiares,
madres, padres, esposas y esposos, los hijos, son
también parte de las víctimas de una guerra
monstruosa, cuya justificación es probadamente
tramposa y está asentada en sórdidos objetivos:
apoderarse del petróleo iraquí, hacer base militar
en una región de interés estratégico, y sustentar el
poderío imperial con ese nuevo emplazamiento; además
de pretender Bush, el hijo, completar la tarea
inconclusa que le quedó a Bush, el padre, implicando
esto derramar tanta sangre, destruir un país y
también las herencias culturales de esa nación, por
simple deseo de venganza.
El beso y el abrazo que no
han podido darse todavía Patrice Confers y Joseph
Wagner es un ultraje al humano derecho del amor
madre-hijo, injuria agravada por las condiciones
especiales del caso.
Sin embargo, la muerte ha
separado a muchos más. ¿Acaso no hubieran querido
besar a sus hijos las madres de los 706 soldados
estadounidenses que han muerto hasta ahora en Iraq?
¿Se sabe acaso cuántos jóvenes, de los 3 952 que
-oficialmente- lograron sobrevivir a sus heridas, no
podrán dar el abrazo físico a sus madres porque
fueron mutilados por esta guerra? ¿Es esa la cifra
cierta, cuando otras fuentes aseguran que en el
Centro Médico Regional de Landstuhl, Alemania,
adonde son evacuados soldados heridos o con
problemas mentales, han sido tratados 11 754 de la
“guerra contra el terrorismo” de George W. Bush? ¿Y
qué decir de las madres e hijos iraquíes, muertos
por miles?
En tanta muerte y sacrificio
inútil está la verdadera gravedad del cáncer bélico
que se padece en Washington.
(Tomado de:
www.jrebelde.cu) |