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D E  L A  P R E N S A  N A C I O N A L

La Habana. 26 de Abril de 2004

La gravedad del cáncer bélico
Los lazos familiares son también parte de las víctimas de una guerra monstruosa

Juana Carrasco Martín

Patrice Confers está muriendo de un cáncer pancreático. Le quedan muy pocas semanas de vida, pero lucha desesperadamente para sobrevivir el tiempo suficiente para poder ver a su hijo.

Joseph Wagner, tiene 19 años y sirve ahora en la 1ra. División de Infantería en Iraq, pero una disposición inhumana le impide por el momento estar junto a Patrice el tiempo que a ella le queda. El ejército ha denegado a la madre la solicitud de que su hijo retorne a casa bajo un argumento terriblemente enfermo de burocracia: solo a los efectivos a cuyos familiares les queden menos de 30 días de vida se les da ese permiso.

¿Y quién puede decir cuánto vivirá Patrice? Ni siquiera su médico, el oncólogo Dean Delmastro, quien en una carta al Ejército exponía: “Dado la muy pobre prognosis de cualquier mejoramiento en su condición, la expectativa de vida de la paciente puede estar ciertamente en el orden de los 30 días o menos. Sin embargo, una testificación exacta de esto simplemente no puede proveerse”.

En Altoona, Wisconsin, un pequeño pueblito de apenas 7 000 habitantes, Patrice no entiende nada, y solo justifica así su deseo: “Yo quiero pasar algún tiempo de calidad con él. No quiero esperar para verlo cuando yo no esté lo suficientemente bien. Haré cualquier cosa para tenerlo de regreso”.

En Tikrit, donde las cartas enviadas por Joseph aseguran que las cosas se están poniendo “malas”, la Cruz Roja le informó de la enfermedad de su mamá. El joven llamó a la clínica donde estaba siendo atendida, y la señora Confers describe así ese momento: “Ambos solo llorábamos llorábamos...Fue muy duro para él escuchar esto y no estar aquí. Es muy duro para él”.

La Cruz Roja intenta, en una segunda solicitud que lleva la nota del doctor Delmastro, apelar al Ejército estadounidense, pero desde Tikrit, el sargento mayor Robert Cowens, un vocero de la 1ra. División de Infantería, trata ahora de justificar la posición inicial del mando militar, alegando que el soldado Wagner no informó correctamente sobre la gravedad de la señora Patrice Confers y por eso habían decidido que podía esperar. Pero aún no se ha producido el ansiado encuentro.

Los lazos familiares, madres, padres, esposas y esposos, los hijos, son también parte de las víctimas de una guerra monstruosa, cuya justificación es probadamente tramposa y está asentada en sórdidos objetivos: apoderarse del petróleo iraquí, hacer base militar en una región de interés estratégico, y sustentar el poderío imperial con ese nuevo emplazamiento; además de pretender Bush, el hijo, completar la tarea inconclusa que le quedó a Bush, el padre, implicando esto derramar tanta sangre, destruir un país y también las herencias culturales de esa nación, por simple deseo de venganza.

El beso y el abrazo que no han podido darse todavía Patrice Confers y Joseph Wagner es un ultraje al humano derecho del amor madre-hijo, injuria agravada por las condiciones especiales del caso.

Sin embargo, la muerte ha separado a muchos más. ¿Acaso no hubieran querido besar a sus hijos las madres de los 706 soldados estadounidenses que han muerto hasta ahora en Iraq? ¿Se sabe acaso cuántos jóvenes, de los 3 952 que -oficialmente- lograron sobrevivir a sus heridas, no podrán dar el abrazo físico a sus madres porque fueron mutilados por esta guerra? ¿Es esa la cifra cierta, cuando otras fuentes aseguran que en el Centro Médico Regional de Landstuhl, Alemania, adonde son evacuados soldados heridos o con problemas mentales, han sido tratados 11 754 de la “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush? ¿Y qué decir de las madres e hijos iraquíes, muertos por miles?

En tanta muerte y sacrificio inútil está la verdadera gravedad del cáncer bélico que se padece en Washington.

(Tomado de: www.jrebelde.cu)

 

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