|
Tres banderas
Rosa Miriam Elizalde
Releyendo a John Dos Passos y ese libro
imprescindible que es Paralelo 42, tropiezo con esta
frase del presidente estadounidense William H. Taft,
atribuida a una carta de 1912, dos años antes que el
Canal de Panamá abriera un enorme tajo en la cintura
de América: “No está lejano el día en que tres
banderas de barras y estrellas señalen en tres
sitios equidistantes la extensión de nuestro
territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal
de Panamá y otra en el Polo Sur”.
Aunque el libro recrea la historia de la
todopoderosa compañía norteamericana United Fruit y
Taft aparece en los entretelones de la novela, es
difícil explicar en menos palabras el nacimiento de
una concepción geopolítica en la que Centroamérica
fue y sigue siendo un apéndice norteamericano, y el
mundo, el objetivo estratégico de los sueños
imperiales de Estados Unidos.
Un siglo después, a los desastres ecológicos ahora
habituales se unen el uso de las armas radioactivas,
las ejecuciones extrajudiciales, los bombazos
teledirigidos, el chantaje diplomático, el racismo
elevado a razón suprema del Estado, etc., etc. Pero
a todas esas plagas, habría que añadirle una de más
reciente data y no menos implacable: la mafia
cubana, presente no solo en la mayoría de las
tragedias nacionales norteamericanas, sino en todas
o casi todas las incursiones que ha hecho el vecino
para embanderillar el planeta.
No podría escribir otra cosa para estas Cartas,
después de haber leído un artículo que ha circulado,
de la edición de este lunes en The Washington Post,
y que habla de un libro que esta mañana me
recomendaba Juanita Carrasco, periodista de JR. El
diario norteamericano está reproduciendo fragmentos
de la más reciente obra de Bob Woodward, Plan de
Ataque. Acabo de leer la reseña en la que el célebre
periodista habla de la participación en la
estrategia para invadir a Iraq de un singular
experto de la CIA, un oficial encubierto,
identificado solo por el nombre de Saúl. “Saúl
trabajaba en la División del Medio Oriente de la
CIA, en el grupo de operaciones de Iraq, que era
conocido como ‘la casa de los juguetes rotos’’’.
Este hombre de 43 años, cubano, hijo de un
mercenario de Playa Girón, asumió el liderazgo de
esa División en agosto de 2001.
“Trabajó por años en puestos muy sensibles
encubiertos. Suele reconocer que ‘estoy aquí como
resultado de una operación fracasada de la CIA
(Girón)’’’. Según Woodward, este hombre aseguró a
las autoridades norteamericanas que en Iraq las
acciones encubiertas solas no garantizaban la salida
de Sadam, y que había que invadir ese país. “La CIA
no es la solución. El hijo de puta (Sadam) sabe lo
que es un golpe”, dijo.
Para Woodward, archiconocido por el reportaje en
colaboración con Carl Bernstein que terminó con la
dimisión del presidente Richard Nixon, no ha debido
ser muy sorprendente tropezarse con un cubano
siniestro en sus investigaciones. La Mafia estuvo en
el asesinato de John F. Kennedy y en los hechos que
desencadenaron el Caso Watergate. También, en el
Plan Cóndor y en el Escándalo Irán-Contras.
Reaparece y reaparecerá siempre que haya avance de
banderas hacia el Sur, y también, al Norte, porque
el zafarrancho mundial es para todos lados, como
anticipaba el “ilustrísimo” Taft hace cien años.
|