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Cuando empieza la
vida
POR JOAQUIN ORAMAS
SEGUN
especialistas, la vida de una criatura no ha hecho
más que empezar y sin embargo se enfrenta al período
más decisivo, desde el punto de vista fisiológico,
para su futura longevidad: la infancia en los
peligros del estrés.
Cuentan
que una campesina con un bebé entre los brazos se
acercó una vez al famoso pedagogo ruso Anton
Makarenko y le pidió que si se podía encargar de la
educación de su pequeño, pues no quería perder
tiempo en la formación del hijo.
Makarenko
preguntó la edad del niño y cuando la campesina le
respondió que tenía seis meses, el pedagogo
respondió: “Pues ha perdido usted seis meses en la
educación de su hijo, si es que ahora pretende
comenzar”.
Nada
más ilustrativo para reflejar lo que queremos
destacar: el papel de la familia, sobre todo el de
los padres, en la formación de hábitos y valores
desde el primer día del nacimiento de ese pequeño,
que un día podrá llegar a ser un longevo de 120
años. Sería totalmente ilusorio pensar que la
criatura tendrá una infancia sin estrés si los
padres no adoptan las medidas para evitarlo.
Entonces, lo importante será enseñarle a enfrentar
tal situación desde el comienzo de la vida.
Y lo
primero serán los hábitos alimentarios, la adecuada
e insustituible lactancia materna, el consumo de
frutas y productos frescos, el balance nutricional
de la dieta, para que el niño coma lo que su
organismo necesita a fin de alcanzar un desarrollo
adecuado. Los hábitos que adquiera en esa etapa lo
llevará después durante toda su existencia y sería
una condición para poder aspirar a una longevidad
satisfactoria e incluso llegar a 120 años.
Hay
quienes han tenido que transformar totalmente sus
hábitos alimentarios después de adultos, no sin
pocos traumas, ante las insuficiencias en su
formación durante la infancia. Principalmente por el
abuso en el consumo de grasas y carbohidratos, entre
otros elementos.
En lo
que califican la primera etapa de la vida, el bebé
se nutrirá, crecerá y su sistema nervioso central
madurará hasta que entre los 3 y 4 años comenzará a
tener noción de sí mismo, se activarán sus
mecanismos de la memoria y empezará un proceso de
aprendizaje e instrucción mucho más acelerado.
Es la
etapa de la educación preescolar y comienza a
demandar una mayor atención de los padres y toda la
familia por las futuras escolares, las visitas a la
casa de sus amiguitos y la interminable relación de
los “¿por qué?”, donde sus padres les deben
explicar, ya que está descubriendo el mundo en que
vive. Si esa etapa de “envejecimiento” del infante
se produce en un ambiente hostil, de continuas
peleas o, en el peor de los casos, de separación de
los padres, las consecuencias serán desastrosas.
Más
del 90% de los estudiantes de enseñanza primaria y
secundaria con problemas de conducta o de
aprovechamiento docente tuvieron una infancia en ese
ambiente desfavorable; en no pocos casos con
necesidad de la asistencia de psicólogos y
psiquiatras que han debido recomendar tratamientos
de acuerdo con las individualidades. Cabe entonces
la pregunta: “Es importante una infancia feliz para
una vejez satisfactoria”.
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