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La última expedición
René Tamayo León
El pasado viernes debíamos haber regresado de una
semana de faena en la Ciénaga de Zapata. Estaríamos
con los guardabosques del Circuito de Hatiguanico y
expertos del Parque Nacional, haciéndole fotos a las
aves migratorias que por estos meses llegan a la
zona.
Como
en expediciones anteriores, dormiríamos en casas de
campaña y cargaríamos con todo el alijo de equipos,
vituallas, insumos y comestibles para las
eventualidades que los guardabosques —excelentes
anfitriones y, en especial, entrañables amigos de su
pequeño hijo Hasim— no podían encontrar en medio del
monte y el fango.
Esta vez serían horas de vigilia, a la caza de las
mejores imágenes, como solo las sabía hacer él.
Inaplazables compromisos profesionales obligaron a
postergar el viaje; quedó para el próximo año, como
los planificados recorridos por montañas y planicies
orientales, la Cordillera de los Órganos,
Guanahacabibes...
La base de los trabajos para Juventud Rebelde y
Granma Internacional en la Ciénaga de Zapata, serían
las fotos de Ahmed. El redactor se limitaría a
escribir unas pocas líneas para apoyar el discurso
principal: la construcción artística y periodística
de alguien que ya era, a pesar de su juventud, uno
de los más importantes y reconocidos fotorreporteros
de Cuba.
Ahmed Velázquez, con sus apenas recién cumplidos 39
años de edad, acaba de caer en la trampa absurda de
la muerte. Sobre las 3:30 pm de este martes,
repartía bromas, sonrisas y amores en los salones de
JR y subía hacia Granma Internacional —su
medio de prensa— para salir hacia una cobertura.
Esta vez su joven corazón lo impidió. Sobre las 4:00
am del miércoles dejó de latir. Fue traición
inmisericorde.
Podríamos decir
que se nos fue como le gustaría hacerlo a cualquier
fotorreportero de ley: preparando las lentes para
salir a una cobertura. Pero en su caso no hay
consuelo.
No se lo merecía.
Sus venas se empeñaron en impedir que fluyera tanta
y tan bondadosa sangre. Su cuerpo no acompañó el
calibre de su alma.
Cuando en nuestra primera y última expedición a la
Ciénaga, en medio del agreste paisaje,
visualizábamos en una laptop las imágenes recogidas
y planificábamos lo pendiente,
Ahmed, de
repente, se nos fue de la lógica de trabajo y quedó
ensimismado mirando las fotos que le hizo a Hasim
—su hijo que apenas alcanza los diez años y con
quien tuvimos que “cargar” para que Ahmed accediera
al viaje—, donde mostraba las dos biajaibas que
había capturado a cordel.
Me decía que
aquel había sido el mayor placer de su vida. “Tú no
sabes cuánto he disfrutado los gritos de Hasim
cuando cogía un pez... Esa es mi felicidad.”
Sus dos hijos, su
esposa y su madre han perdido a quien fue el centro
de sus vidas. Una criatura cándida para su mujer,
amorosa para su “pura”, delicada para su progenie.
Muchos redactores
han perdido, también, al fotorreportero ideal. Ahmed
adivinaba nuestros pensamientos; comprendía mejor la
dinámica de la noticia; daba las claves a seguir
para salir airosos en la amarga hazaña de la
escritura. Y al final preguntaba, “¿Está bien?”
“¿Qué hace falta?” “¿Qué tú quieres?”
Más de un
centenar de colegas de Ahmed Velázquez,
fotorreporteros y redactores —de medios nacionales e
internacionales— acompañamos ayer su última
expedición. La corona enviada por el Comandante en
Jefe, nos aligera el dolor.
A mí, en lo
particular, me tranquiliza que debajo de su féretro,
en una de las bóvedas del panteón de la Unión de
Periodistas de Cuba, en el extremo norte del
Cementerio Colón, esté mi madre: estoy seguro que
ella lo recibió con los brazos abiertos.
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