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Y
se preguntan: “¿Por qué nos odian?”
Juana
Carrasco Martín
El sábado 4 de diciembre
sorprendió con pruebas frescas de la práctica común
de las fuerzas militares norteamericanas que
guerrean por el mundo: fotos de efectivos de las
fuerzas especiales de la Marina de Estados Unidos,
los SEAL, abusando, maltratando, humillando a
prisioneros iraquíes. Fueron tomadas en mayo de
2003, cuando apenas comenzaba la ocupación de Iraq.
En
un anodino sitio de Internet dedicado a vender fotos
de aficionados o profesionales, la esposa de un
marino que sirvió en Iraq había colocado 40
instantáneas. Poco después de que fueran
descubiertas en Smugmug.com, ya no podía llegarse a
ellas libremente porque se exigía un login y un
password. Pero en otros sitios de la red ya estaban
las evidencias, luego que un reportero de la
Associated Press las encontrara.
SEALs que reían junto a
detenidos encapuchados, esposados, amontonados,
semidesnudos; SEALs que encañonaban la cara
ensangrentada de otro iraquí en una casa sometida a
registro; SEALs que ponían sus botas sobre el pecho
de un hombre yaciendo en el piso... La bandera de
Estados Unidos en los uniformes y un tatuaje de esas
fuerzas de operaciones especiales ponían la firma
del ultraje.
Venían de inmediato las
informaciones y comentarios de la BBC, Islam Online,
The Telegraph, agencias noticiosas y otras
publicaciones, pero hay de nuevo un silencio
cómplice en cadenas televisivas de Estados Unidos y
en algunos de los mayores medios de ese país. El
ciudadano norteamericano no debe ejercer su derecho
civil a conocer qué hacen realmente sus tropas a
miles de kilómetros, en los países que mantienen
ocupados, donde han dado muerte a decenas de miles
de personas —buena parte de ellos mujeres y niños—,
allí donde ya han perdido la vida 1 273 efectivos
estadounidenses en Iraq y 146 en Afganistán.
Ahora,
las escenas recién descubiertas por el periodista y
las copias compradas por la AP al precio de 29
centavos cada una, fueron puestas en manos de la
jefatura del Comando Naval para la Guerra Especial (NSWC)
en Coronado, California, y un vocero de ese cuerpo,
Jeff Bender, les aseguró que “el asunto sería
meticulosamente investigado”.
Se hace de nuevo evidente
que la tortura, los abusos, se ejercitan sin reparos
de ningún tipo y forman parte del entrenamiento que
reciben los militares estadounidenses, sea cual sea
la fuerza en la que sirven.
En Abu Ghraib fueron
policías militares, oficiales de inteligencia
militar y agentes de la CIA. Son los mismos que
actuaron primero en Afganistán y que han interrogado
e interrogan a quienes están detenidos en el campo
de concentración que edificaron en la Base Naval de
Guantánamo para los talibanes o miembros de Al Qaeda
capturados.
La brutalidad es el método,
igual si lo emplean durante los registros casa a
casa o de mezquita en mezquita, o si lo utilizan en
los interrogatorios o cuando desean dar rienda
suelta a conductas aberrantes, propiciadas por lo
que es política oficial para el trato a quienes ni
siquiera quieren reconocer como prisioneros de
guerra, en total desprecio a los convenios
internacionales.
“Era solo para divertirnos”,
dijo en su momento la policía militar Lynndie
England, cuya oprobiosa presencia en las fotos de
Abu Ghraib recorrió el mundo y la convirtió en
símbolo del abuso imperial. También ella dice que la
quieren convertir en un chivo expiatorio y más allá
de su propia responsabilidad en estos actos
criminales, tiene razón, porque el pasado 1ro. de
diciembre el diario The Washington Post reportaba
que generales del ejército de Estados Unidos habían
sido advertidos en diciembre de 2003 de que tropas
de operaciones especiales y personal de la CIA eran
sospechosos de abusar de prisioneros iraquíes, y
esto era cuatro meses antes de que salieran a
relucir las imágenes que choquearon al mundo.
Las
fotos de los SEALs están ahora en manos del Servicio
de Investigación Criminal Naval para que identifique
a esos hombres y determine qué estaban haciendo,
quizás los lleven ante un tribunal como a la England
y otros siete policías militares de Abu Ghraib, pero
¿alcanzará algún día a quienes engendraron la
guerra, a los que en el Pentágono y la Casa Blanca
les dieron la orden de sacar información por
cualquier vía a los supuestos terroristas?
O el cinismo los llevará
simplemente a prohibirles a los soldados
estadounidenses que entre su atuendo militar lleven
una indiscreta cámara fotográfica o un peligroso
dispositivo de video. No lo dudemos. Según Islam
Online, con expertos en leyes de la guerra que
revisaron las fotos a requerimiento de AP, afirman
que estas “necesariamente no muestran nada ilegal”.
Lo dijo Gary Solis, un ex fiscal del Cuerpo de
Marines y juez que enseña en la Academia Militar de
Estados Unidos: las imágenes muestran una conducta
“estúpida” y “juvenil”, no necesariamente un crimen.
Igual de indignantes
resultan las opiniones del vicealmirante retirado
John Hutson, quien sirvió como Juez General de la
Marina desde 1997 hasta el año 2000, cuando sugirió
que habría posibles violaciones de la Convención de
Ginebra: esas leyes internacionales —dijo— prohíben
las fotos souvenires de prisioneros de guerra.
El vergonzoso manto del
ocultamiento está echado. Y George W. Bush, este
martes 7 de diciembre, se reunió con los marines de
Camp Pendleton, en California, y le pidió al pueblo
de Estados Unidos que apoye a sus heroicos soldados.
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