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Exclusiones, lealtades y ganancias
Juana Carrasco Martín
Tomado de Juventud Rebelde
No
se distinguió precisamente por su brillantez como
asesora de seguridad de la Casa Blanca bushiana,
pero sí como “amiga” leal y confiable. Por tanto,
recibió su ascenso para estos cuatro años más en que
el mundo está obligado a soportar a la
administración estadounidense.
Y
en uno de sus primeros pasos de la nueva etapa —aún
como consejera y en el umbral de la Secretaría de
Estado—, comienzan los roces que provoca la
prepotencia propia y la que representa. Se sabe
ahora que Condoleezza Rice convocó a los
representantes del Reino Unido, Francia, Italia,
Alemania y Holanda, para explicarles los nuevos
planes de su jefe, George W. Bush, para el Oriente
Próximo, pero... excluyó a España, que en el primer
mandato fue la más fiel aliada, bajo las riendas del
señor Aznar.
El pase de
cuentas es evidente. José Luis Rodríguez Zapatero
retiró las tropas españolas del escenario bélico
iraquí, y la Rice saca al embajador de Madrid en
Washington, Carlos Westendorp, de la lista de una
reunión selectiva de Estados Unidos con sus socios
europeos. El hecho —resaltado hace un par de días
por el diario El Mundo— tuvo lugar el pasado día 5,
y el periódico también destaca que incluso hace
semanas, antes de conocer su nombramiento al frente
del Departamento de Estado, la Condi dio
instrucciones a su equipo de no invitar a su
homólogo español, Carles Casajuana, director de
Internacional en el Palacio de La Moncloa, a otras
reuniones suyas con los europeos.
La “señorita”
viene con mano de hierro contra quienes no complacen
mandatos, deseos, o intereses de Washington.
Tras estos
episodios españoles hay mucho más que la anécdota.
Se trata de un acento mayor del unilateralismo, del
aislacionismo estadounidense, de la prepotencia para
encarar al mundo.
Considerada sobre
todo “confidente” de su jefe, algunos analistas
estiman que la Rice no tiene siquiera una visión por
sí misma de la política, pero sigue con facilidad lo
dictado por los protagonistas del campo
neoconservador, que adquiere todavía más poder en
este segundo mandato.
Es una señal para
el mundo: ahora hay una sola voz en política
exterior, se eliminan los relativos conflictos de la
etapa Powell, cuando las opiniones del ex general a
veces no concordaban con aquellas políticas en
ejecución, salidas de la Casa Blanca —tanto desde la
Oficina Oval como desde los salones del
vicepresidente Dick Cheney—, y por supuesto del
Pentágono, dirigido por Donald Rumsfeld.
Sin embargo, la
intención de los neoconservadores va mucho más allá
de lo logrado por el imperio con dos guerras —Iraq y
Afganistán— llevadas a cabo bajo el impulso de otra
muy particular que Bush denominó “contra el
terrorismo”, al punto de que hasta Rumsfeld estaría
entre los secretarios removibles, pues está siendo
blanco de no pocos ataques por parte de los más
ultras. Cosas de la vida.
Hasta el momento,
seis de los 15 secretarios dejarán sus cargos en
enero y por lo pronto, con esa intención de
estrechar el círculo de los incondicionales, Bush ha
promovido a varios de sus consejeros: nominó a
Alberto Gonzales como secretario de Justicia, y a
Margaret Spellings para Educación. Este lunes
también anunció a un directivo del consorcio Kellog
como secretario de Comercio, se trata de Carlos
Gutiérrez, de origen cubano y calificado como un
estrecho y viejo amigo, lo que ya se ve como una
nueva paga de favores a la mafia de Miami.
Hasta ahora, los
“dimitentes” son Colin Powell (Estado), Spencer
Abraham (Energía), Ann Veneman (Agricultura), Don
Evans (Comercio), John Ashcroft (Justicia) y Rod
Paige (Educación). Pero se insiste en que la lista
pudiera ampliarse con Tom Ridge, el jefe de
Seguridad Interna, y con el secretario de
Transporte, el del Tesoro y el de Comercio
Internacional.
Se requiere de
todo un programa transicional para que los escogidos
puedan juramentar en enero fidelidad absoluta al
reyecito; y como en Estados Unidos todo parece
basarse en esa fórmula de dinero, dinero, dinero...
otra revelación de este lunes mantenía en movimiento
la maquinaria de los dólares. Brad Freeman, el gran
recaudador, el que puso 273 millones de dólares en
los bolsillos de Bush para su reelección, da el
último empujón de la campaña: necesitan 40 millones
de dólares para la gran fiesta de la segunda
inauguración presidencial.
Y lo van a
lograr, porque para esos donantes está a punto la
segunda recogida. El equipo que se está conformando
señala a un reforzamiento de lo más brutal para
entronizar una hegemonía planetaria. Sin rivales.
Tras esa definición política y geoestratégica
vendrán los negocios y las ganancias. |