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Afganistán, niños en
un mundo hostil
• Dos años
después del primer y aterrador ataque contra uno de
los países más pobres del mundo, hoy los Estados
Unidos continúan cercenando la vida y la suerte de
los menores afganos. Quince de ellos han muerto en
los últimos días a causa de bombardeos
indiscriminados
ALINA M. LOTTI (Periódico
Trabajadores)
El 7 de octubre del
2001, mientras el mundo acariciaba la idea de que no
se hiciera realidad la primera guerra del nuevo
milenio, un devastador huracán de centenares de
bombas y misiles lanzados por oleadas de aviones
norteamericanos y desde portaviones y aeronaves
británicas cayeron sobre Kabul, capital de
Afganistán, y Kandahar y Jalalabad, otras dos de sus
ciudades.
El aterrador ataque
y los bárbaros bombardeos que continuaron después
han dejado una nación en ruinas. Más allá de los
daños físicos geográficos, de las innumerables
pérdidas de vidas, de los miles de refugiados, y
familias deshechas, hoy están latentes en los niños
y en las niñas de este país las imágenes imborrables
de la guerra.
Con el pretexto de
luchar contra el terrorismo y capturar a Osama Bin
Laden, destruir su organización Al Qaeda, apresar al
lider espiritual de los talibanes Al Mullah Mohammed
Omar, y dotar a Afganistán de un gobierno
democrático, de corte occidental, los Estados
Unidos, y sus aliados, han cometido en esa nación
uno de los mayores crímenes de guerra.
Hoy, dos años
después de aquel primer y aterrador ataque, aún las
bombas y misiles norteamericanos siguen dañando la
suerte y cercenando el futuro de los niños afganos,
pues en estos momentos ya ascienden a 15 los
pequeños asesinados en la última semana por los
bombardeos indiscriminados.
LO QUE NO DEBE
ESCAPAR A LA CONCIENCIA
Un mes después de
haber comenzado la masacre, Olara Otunnu,
representante especial de las Naciones Unidas para
la Infancia y los Conflictos Armados, advirtió que
este conflicto militar amenaza la vida de millones
de niños y niñas que son víctimas de enfermedades,
desnutrición y violaciones a los derechos humanos.
Afganistán ha estado
en guerra por cerca de 30 años (solo los más viejos
tienen recuerdos de una infancia en paz); lo que la
ha llevado a estar entre uno de los países de peor
situación en términos de “desarrollo humano”, dado
que la expectativa de vida no supera los 40 años,
apenas el 64 % de la población es alfabeta; y sus
indicadores sociales y económicos son comparables o,
incluso, inferiores a los de África Subsariana.
Uno de cada cuatro
niños afganos muere antes de cumplir los cinco años
por enfermedades que podrían prevenirse, y la mitad
de los sobrevivientes sufren desnutrición. Solo en
Kabul, el 40 % de los pequeños han perdido, al
menos, a uno de sus padres. En todo el país, unas
700 mil mujeres son viudas de guerra y de las 100
mil víctimas estimadas de minas de tierra, más de
dos tercios son niños.
Olara Otunnu
advirtió que las imágenes de niños desplazados de
sus hogares, separados de sus familias y heridos
psicológicamente se han vuelto familiares, al grado
de no llamar la atención.
“Pero no debemos
permitir –insistió- que escapen de nuestra
conciencia. Los niños han sido endoctrinados para
defender con armas las causas que no pueden
comprender. Menos de la tercera parte de los niños,
y menos de la décima parte de las niñas han cursado
apenas la educación primaria”.
LA GUERRA AL DESNUDO
En las primeras dos
semanas del ataque, Estados Unidos e Inglaterra
soltaron unas dos mil bombas y misiles en uno de los
países más pobres del planeta. El 17 de octubre el
almirante Tom Zelibor, comandante del buque de
guerra USS Carl Vinson afirmó: “ Hasta la fecha,
nada más este buque ha soltado más de 300 mil libras
de municiones sobre Afganistán. Es una cantidad
increíble”.
Un medio de prensa
digital de Chicago reconoció a finales de ese propio
mes que los noticieros alaban las nuevas armas del
Pentágono, como si fueran héroes. Un día –señaló-
hablan de los aviones espías, sin tripulación, que
disparan misiles Hellfire, y al día siguiente de la
“increíble” potencia de fuego de los aviones
artillados AC-130. Aplauden la capacidad de matar a
distancia, anónima, invisible y metódicamente.
La edición asegura
que el Pentágono ha dejado de negar que han muerto
civiles en los bombardeos. Según varios informes, en
las dos primeras semanas, murieron unos 500 civiles.
Los corresponsales
que están en el país filmaron aldeas de casas de
barro y barrios urbanos destruidos por las enormes
bombas y misiles. Se documentó la destrucción de
varias comunidades cerca de Kabul y se informó la
muerte de refugiados que huían.
Ante tantas pruebas,
el Pentágono no pudo negarlo más. La nueva táctica
era decir que la cantidad de bajas “que dan los
talibanes es ridícula y que las bajas civiles son
accidentales (‘daños colaterales’) y aceptables”.
Por varios días el
Pentágono negó que bombardearon un barrio a tres
kilómetros del aeropuerto de Kabul. Pero cuando la
destrucción del barrio se vio en vídeo por todo el
mundo, le tocó admitir que un jet soltó una “bomba
inteligente” de dos mil libras. Un vocero dijo
fríamente: “La información preliminar indica que el
accidente ocurrió debido a un error de procesamiento
de blancos”.
Los aviones
artillados que volaron sobre las ciudades,
disparando cañones y ametralladoras continuamente,
crearon una nueva ola de desplazados. Observadores
de la ONU, ubicados en el puerto fronterizo de
Chaman, Paquistán, informaron que más de 3500
refugiados cruzaron la frontera en un solo día.
Otras noticias,
hicieron saber que en Kabul, los hospitales no
pudieron atender a los niños prematuros porque los
bombardeos cortaron la electricidad, imposibilitando
la utilización de las incubadoras.
La guerra aérea
trastocó la cosecha y la distribución de comida. El
16 de octubre, un avión bombardeó bodegas de la Cruz
Roja en Kabul, donde se almacenaba harina, medicinas
y otros suministros. Millones de afganos ya sufrían
hambre y desnutrición antes del ataque
estadounidense, por lo que la situación se tornó
catastrófica con la expansión de la guerra y la
llegada del invierno.
Un vocero de la
UNICEF aseguró por esos días que “unos cien mil
niños más van a morir en Afganistán este invierno si
no llega suficiente comida en las próximas seis
semanas”. Diez días luego de haber comenzado la
guerra, seis agencias internacionales de
beneficiencia pidieron que Estados Unidos parara
los bombardeos para recibir comida para el invierno.
La respuesta de
Washington fue negativa, aludiendo que no tuvo la
culpa del trastorno del sistema alimenticio.
El periódico
paquistaní The News comentó que “la desdeñosa
negativa del secretario de defensa estadounidense no
es prudente ni civilizada. Puede que calme la
opinión pública en Estados Unidos por un rato, pero
causará daños más graves a largo plazo reforzando la
percepción de que la sangre inocente afgana no vale
tanto como la americana”.
KABUL Y LOS NIÑOS
HOY
Las vidas de
millones de niños y niñas de Afganistán han quedado
arruinadas. Incluso, si no han sido el blanco
directo de abusos contra los derechos humanos, la
mayoría de estos pequeños han presenciado actos de
violencia y destrucción. La muerte, los
desplazamientos y la pérdida de los medios de vida
han afectado la capacidad de las familias para
proporcionar a los niños el apoyo emocional y
económico que requieren durante su desarrollo.
Numerosos niños han
padecido el derrumbamiento de las estructuras y de
los sistemas de salud y de salud pública. La
interrupción de los servicios de alimentos y
abastecimiento de agua, han causado muertes
prematuras e innecesarias.
Representantes del
UNICEF en la propia Afganistán han reconocido que
uno de los problemas más graves, y obvios, que
afronta el país es la situación de la niñez. Hoy hay
miles que viven y trabajan en las calles.
En 1996, la encuesta
oficial más reciente realizada, señaló que solamente
en Kabul habían más de 28 mil niños de la calle. En
los últimos tres años, esa cifra según expertos
podría haberse duplicado, debido a la cantidad de
familias que emigraron a la capital en busca de
trabajo y comida.
El
representante de la ONU para la Infancia y los
Conflictos Armados llamó a la comunidad
internacional a brindar una ayuda sistemática a los
niños de Afganistán. “... deben dejar de ser un
aspecto secundario... algo a lo que solo se le
presta atención cuando acabamos con las balas y las
bombas.
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