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El mea culpa que aún le falta reconocer al
New York Times
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El escritor
guatemalteco Percy Francisco Alvarado Godoy hubiera
preferido mantenerse combatiendo, de forma anónima,
como siempre lo hizo, a favor de la Revolución
cubana, pero disciplinadamente acató la orden de
brindar toda la información que poseía al periodista
de The New York Times, Timothy Golden, al cual le
relató "hombres y hechos que constituían un sagrado
secreto para mí hasta ese momento". Godoy fue
"testigo y participante de planes de atentados
contra instalaciones turísticas en Cuba", orientados
por la Fundación Nacional Cubano-Americana
POR
PERCY FRANCISCO ALVARADO GODOY
Todo el mundo
se sintió conmocionado cuando el poderoso The New
York Times reconoció, hace apenas unos días, haber
mantenido una cobertura distanciada de la realidad
con respecto a la existencia de armas biológicas y
de destrucción masiva en Iraq, pretexto esgrimido
por la Administración de George W. Bush para invadir
esa nación.
La amplia
cobertura con la que este importante medio abordó el
tema iraquí en los meses antes de la invasión,
contribuyó en gran medida a que el pueblo
norteamericano tuviera una percepción errónea sobre
las causas que provocaron el conflicto, a la par que
favoreció a la impunidad de la Casa Blanca en su
campaña bélica internacional.
Con
independencia del reconocimiento de los errores por
parte de la dirección del diario y de su Defensor
del Lector, el mea culpa no elimina las dudas
sobre un posible comprometimiento del periódico con
los dictados de la Administración de Bush e,
incluso, su subordinación a los intereses
gubernamentales, cosa que no es totalmente nueva en
los últimos tiempos. Muchos no olvidan el
sometimiento de las principales cadenas de
televisión con respecto a las noticias a divulgar
bajo los requerimientos goebelianos de la Ley USA
Patriot, impuestos por la Casa Blanca a los medios
de información norteamericanos.
El mea culpa,
por tanto, deja serias dudas, más si se tiene en
cuenta que, salvo excepciones, la cobertura del
rotativo sobre distintos aspectos de la situación
internacional ha dejado mucho que desear por su
parcialidad y su comprometimiento con la extrema
derecha norteamericana. Aún se recuerda cómo este
periódico fue vocero de los guerreristas de la Casa
Blanca durante el conflicto en Viet Nam y su postura
incondicional hacia el aumento de la escalada
militar en Indochina. También, y no puede ocultarse,
este rotativo santificó las criminales agresiones a
Panamá y Granada, de la misma manera que justificó
los genocidas bombardeos a Yugoslavia.
Otro hecho
reprobable que lo vincula a sórdidos manejos de la
realidad y a hacer gala del veneno mediático, fue la
publicación el 5 de enero del 2003 de un artículo
sobre Cuba. Bajo la firma de Timothy Golden, The New
York Times lanzó serias acusaciones contra la Isla
que no difieren en nada de los mismos perversos
argumentos que siempre han empleado los personeros
del Gobierno norteamericano.
Si infames
fueron la excrecencias vertidas en el artículo de
Golden al escribir sobre Cuba, todavía más
deleznables fueron sus calumnias al referirse a los
Cinco Héroes Cubanos que guardan injusta prisión en
Estados Unidos. Con argumentos retorcidos trató de
presentar a estos luchadores antiterroristas como
vulgares criminales y espías, desvirtuando las
verdaderas motivaciones que los llevaron a enfrentar
el más cruel terrorismo ejercido contra su Patria.
En aquella ocasión, el diario neoyorkino cometía uno
de sus más atroces errores al comprometerse con la
mentira y dejar a un lado a la justicia y la razón.
THE NEW YORK
TIMES, POSADA CARRILES Y LA FNCA
Uno de los
pocos momentos en que el Times de New York abordó
con seriedad el tema Cuba, fue la publicación de dos
reportajes en julio de 1998, en los cuales sus
autores, Ann Louise Bardach y Larry Rother, dan a
conocer declaraciones del conocido terrorista Luis
Posada Carriles, en las que él acusó a la Fundación
Nacional Cubano-Americana de financiar los atentados
cometidos contra hoteles en Cuba.
No omitió un
solo detalle de su fuga en Venezuela cuando purgaba
una condena por su participación en la voladura de
un avión comercial cubano, hecho criminal que
provocó la muerte a 73 personas inocentes. Fue un
escape garantizado por la propia FNCA y así lo
declaró sin ambages.
Los
articulistas también destacaron el tácito
reconocimiento de Posada Carriles sobre su
involucramiento en los atentados terroristas contra
hoteles, discotecas y restaurantes de Ciudad de La
Habana y Varadero, hechos que provocaron la muerte
al turista italiano Fabio di Celmo, varios heridos y
cuantiosos daños materiales. El reclutamiento de
mercenarios centroamericanos por parte de Posada
Carriles para ejecutar tales acciones, respondió,
según él, a un plan organizado y financiado desde
Miami por parte de la Fundación Nacional
Cubano-Americana (FNCA).
Luego de
recibir la primera estocada y rebasar la sorpresa,
la FNCA intentó pasar a la contraofensiva,
anunciando que demandaría a The New York Times por
difamación. Para ellos, según su apreciación, no
había un solo cabo suelto que pudiera colocarlos en
una situación desventajosa frente al rotativo
neoyorkino. Se olvidaban, por supuesto, de que yo
había sido testigo y participante de estos planes de
atentado contra instalaciones turísticas cubanas y
había recibido de parte de altos directivos de la
FNCA el dinero y las orientaciones para ejecutarlos.
Se olvidaban también que Pepe Hernández, su
presidente, y dos de sus directores, Arnaldo Monzón
Plasencia y Horacio Salvador García Cordero, estaban
involucrados directamente en la planificación,
financiamiento y organización de los mismos. Se
olvidaban, por último, que fueron ellos los que me
pusieron en contacto con Luis Posada Carriles para
que este me entrenara y abasteciera con los
explosivos a detonar en el famoso cabaret Tropicana.
DE LO QUE
NUNCA HUBO UN MEA CULPA
The New York
Times, aparentemente interesado en esos momentos en
profundizar en el tema del terrorismo, así como
protegiéndose de la amenaza de la FNCA de entablarle
pleito por difamación, envió a Cuba a uno de sus más
sobresalientes reporteros, Timothy Golden. Durante
dos semanas, con la total cooperación de las
autoridades cubanas, este periodista recibió amplia
información sobre la participación de la FNCA y
otros grupos terroristas en las agresiones contra la
Isla. Pudo entrevistarse con cinco centroamericanos
detenidos en La Habana y con varios oficiales de la
Seguridad del Estado de Cuba, los que le impusieron
de minuciosa información al respecto.
El 12 de junio
de 1998 fue recibido por el Presidente de los
Consejos de Estado y de Ministros, Fidel Castro, con
quien mantuvo una larga conversación. De la misma
manera, fue atendido por Ricardo Alarcón de Quesada,
presidente de la Asamblea Nacional del Poder
Popular. No existían dudas, pues, de que el
periódico contaba con pruebas suficientes para
enfrentarse a la FNCA en un posible litigio legal, a
la par que con abundante información para realizar
un serio y profundo trabajo en relación con el tema
en cuestión.
En mi caso
particular, manteniéndome yo todavía en mi condición
de colaborador secreto de la Seguridad cubana y
encontrándome en Miami, infiltrado aún dentro del
ala terrorista de la FNCA y de otro grupo de similar
condición, Cuba Independiente y Democrática (CID),
fui convocado a La Habana el 5 de agosto de 1998. Ya
se había tomado la decisión de "quemarme" en aras de
denunciar el permanente terrorismo contra nuestra
Patria.
El 13 de agosto
de 1998 me entrevisté con Timothy Golden en una casa
del reparto Siboney. Había recibido instrucciones de
la jefatura de que fuera franco y abierto con mi
interlocutor, y que debía atenerme a relatarle lo
que había sido mi vida como luchador antiterrorista.
En sus ojos y en el resto de su gestualidad, no lo
niego, percibí el profundo interés por conocer al
detalle mis vínculos con la FNCA y Luis Posada
Carriles. Me pareció, a qué negarlo, un periodista
serio y diligente.
Reconozco, sin
embargo, que fue difícil para mí ser sincero y
abierto ante un periodista norteamericano totalmente
desconocido y ser precisamente yo, quien había
guardado celosamente, durante años, mi participación
en este anónimo batallar, el llamado a relatarle
nombres y hechos que constituían un sagrado secreto
para mí hasta ese momento. Como me fue orientado, me
apegué a la verdad y le narré todo, sin ocultar
detalles.
Fueron más de
tres largas horas de entrevista en las que Golden
grabó y apuntó cada pormenor. Fumamos ambos, hasta
terminarnos una caja de mis cigarrillos. Él revisó
todos mis documentos de identificación con precisión
y argucia. Luego nos despedimos con un apretón de
manos. Golden, mis compañeros y yo, lo sabíamos:
Cuba había dado a conocer a The New York Times a uno
de sus más antiguos colaboradores en la lucha contra
el terrorismo, lo que constituía un importante
sacrificio en nombre de la verdad.
En un
sospechoso silencio, los meses transcurrieron y el
diario no se dignaba a publicar noticia o referencia
alguna sobre las múltiples pruebas aportadas por
Cuba. Para sorpresa nuestra, treinta días después de
mi entrevista con Golden fueron apresados nuestros
hermanos en Miami y recibieron el escarnio y el odio
del grupo intolerante de la extrema derecha miamense.
La prensa y otros medios de comunicación se pusieron
al servicio de esos espurios intereses.
En reiteradas
ocasiones me pregunto: ¿Se hubiera podido
desarrollar ese amañado juicio contra nuestros Cinco
Héroes en Miami, si Timothy Golden y The New York
Times hubieran publicado toda la verdad sobre el
terrorismo contra Cuba? ¿Hubiera sido la misma la
suerte corrida por ellos e igual la percepción del
público norteamericano? ¿Hubieran triunfado, acaso,
con la misma facilidad como sucedió, la intolerancia
y el odio contra Cuba? ¿No se hubieran evitado tal
vez, otros hechos terroristas ocurridos con
posterioridad a estos sucesos, como lo fue el
intento de asesinato a Fidel en Panamá o la
infiltración de terroristas en abril del 2001 con la
finalidad de explotar bombas en Tropicana?
No cabe la
menor duda de que The New York Times tiene una gran
deuda con Cuba y conmigo en particular. Una gran
deuda también con la verdad a la que traicionó por
descarada omisión o por cuestionable compromiso con
la ultraderecha de Miami y con la Administración
norteamericana. Pero lo más objetable para un
periódico son las deudas que contrajo con sus
propios lectores, a los que traicionó también y les
despojó de una importante verdad.
Si el diario se
precia de ser capaz de reparar errores, creo que ha
llegado el momento de esgrimir un sincero mea culpa
por haber escondido la verdad en este capítulo del
terrorismo contra Cuba. Entonces, no lo niego,
tendría razón Juan María Alponte, profesor de la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la
UNAM, cuando comentó en un artículo aparecido el
lunes 31 de mayo del 2004, en El Universal de
México, que "The New York Times, que rectifica y
esclarece, con gran valor ético, muchas de sus
informaciones sobre Iraq, seguramente, desde esa
admirable autocrítica, el diario podrá observar los
problemas mundiales, cubanos y latinoamericanos,
desde una perspectiva histórica que no da la razón a
George W. Bush". |