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Miami: una ciudad al borde
POR MAX CASTRO,
Tomado de Juventud Rebelde
The Herald ha
dado tantas diferentes razones para esta decisión*
como la administración Bush tiene para la guerra de
Iraq —y con igual credibilidad. En ambos casos, las
razones verdaderas son transparentemente
ideológicas. Mi habilidad como escritor y analista
nunca ha sido cuestionada y ciertamente no por los
editores de The Herald.
(...) Durante los
cinco años que mis columnas aparecieron en el
periódico, me convertí en una voz cada vez más
solitaria a medida que The Herald se desplazaba
decididamente a la derecha en relación con Cuba y
otros temas.
(...) mi
independencia, mi negativa a modelar mis opiniones
para complacer el súbito giro a la derecha del
periódico, o a ser silenciado en temas como Iraq o
la guerra de clases de arriba hacia abajo de la
administración, fue demasiado para The Miami Herald.
A fines del año pasado, inmediatamente después de
presentar mi columna en que se contrastaba el
brillante éxito de relaciones públicas del viaje a
Bagdad del presidente Bush en el Día de Acción de
Gracias con las tristes realidades de la guerra en
sí, me informaron que mis siguientes dos columnas
serían las últimas.
Pero eso no fue
el final. Como prueba adicional de que el Miami
Herald, un firme defensor de la libertad de prensa
en Latinoamérica y de los “disidentes” en Cuba, no
podía tolerar la disidencia en sus propias filas,
cuando fui a presentar la que iba a ser mi penúltima
columna para publicarla el 16 de diciembre, recibí
este seco mensaje de un editor de The Herald:
“Después de leer esta columna, hemos decidido no
publicarla”.
El lector puede
juzgar por qué. Esta es la columna que el Miami
Herald suprimió:
El sociólogo de
la Universidad de Princeton Alejandro Portes y el
antropólogo de la Universidad Internacional de la
Florida Alex Stepick titularon su libro de 1993
acerca de las relaciones raciales y la política
étnica de Miami Ciudad al borde. La
referencia no es simplemente por la localización
marginal de Miami en el mapa, sino también por las
perennes tensiones intergrupales de la ciudad y su
papel primordial en la gran ola de inmigración hacia
Estados Unidos que comenzó en los años 1960.
Una década más
tarde, las mismas tensiones que Portes y Stepick
analizaron están presentes aquí, aunque más sutiles
y con una configuración de participantes algo
diferente. Los inmigrantes siguen viniendo en gran
número, aunque ahora es más probable que sean
colombianos o venezolanos, en vez de
centroamericanos. Pero Miami es una ciudad al borde
de una manera nueva: su posición en relación con el
actual debate acerca de la política de EE.UU. hacia
Cuba. Porque mientras el apoyo a una política de
línea dura ha disminuido en el público y el
Congreso, en los últimos años la competencia de
ideas en Miami —y específicamente en las principales
instituciones a través de las cuales se generan, se
debaten y se diseminan ideas— han ido marchando en
dirección opuesta.
Se puede medir la
fuerza de una opinión nacional en contra de una
política de línea dura por el hecho de que ambas
cámaras del Congreso aprobaron recientemente una
legislación que hubiera terminado eficazmente con la
prohibición de viajar a Cuba, uno de los componentes
principales del embargo. Más importante aún, la
medida fue aprobada en un Congreso controlado por
los republicanos, a pesar de la fiera oposición de
un presidente republicano y de las recientes
enérgicas medidas cubanas. Esa opinión se está
generalizando en todo el país.
Incluso en este
estado, donde es más alto el apoyo a una política de
línea dura, la última encuesta en la Florida
demostró una aplastante mayoría a favor de la
libertad de viajar a Cuba. Las encuestas en Miami
han mostrado que una gran mayoría de afro-americanos
y de blancos no hispanos y una minoría creciente y
significativa de cubano-americanos se oponen al
embargo.
(...) Mientras
tanto, el Instituto para Estudios Cubanos y
Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, un
centro de pensamiento de línea dura, que por
principio se niega a cualquier contacto con
instituciones en Cuba, ha recibido un generoso
financiamiento del gobierno federal para que idee
maneras para acelerar la transición en la isla e
imagine qué debe suceder después. El título de uno
de sus paneles recientes —“La transición en estados
delincuentes: Iraq, Palestina y Cuba”— sugiere la
línea de pensamiento que prevalece.
Finalmente The
Herald, otra institución clave en este debate, en
años recientes ha incrementado dramáticamente la
frecuencia y virulencia de sus editoriales en contra
de Fidel Castro y su gobierno, y ha disminuido sus
críticas anteriores a aspectos de la política
norteamericana. La eliminación para fines de año de
esta columna (no por iniciativa mía), en la que han
aparecido frecuentes críticas a las actitudes y
políticas de línea dura, fortalecerán esta
tendencia, y esta ciudad se acercará más a un
discurso acerca de Cuba en contra del pensamiento de
la mayoría de esta nación. (Fragmentos)
*Nota del autor: A principios de diciembre de 2003,
The Miami Herald me informó que eliminaría mi
columna al finalizar el año. |