La mentira en
política, una
degeneración democrática
POR
Xavier Caño
En 1898, el casus belli de
EE.UU. para poder declarar la guerra a España y
apoderarse de Cuba y Filipinas, fue una mentira: la
acusación de que agentes españoles habían hundido
con explosivos el destructor Maine. Setenta años
después, un inexistente ataque contra torpederas
estadounidenses en la bahía de Tonkín fue el
pretexto norteamericano para bombardear Vietnam del
Norte. Y, en nuestros días, la descomunal y conocida
mentira de la existencia de armas de destrucción
masiva en Iraq ha pretendido justificar la invasión,
ocupación y control petrolífero de ese país. Pero el
uso sistemático de la mentira en la acción política
no se circunscribe a la guerra. Parece que la
mentira, que no es otra cosa que faltar a la verdad,
va de la mano de la política. El periodista y
analista Miguel Ángel Bastenier ha escrito que,
aunque "en una guerra la primera víctima es la
verdad, hoy se va más allá: se pervierte el lenguaje
y se envilece la palabra". El engaño sistemático, la
manipulación de las palabras y la corrupción del
lenguaje se han convertido en herramientas políticas
que no se ponen en cuestión. El engaño y la
ocultación de la verdad contribuyen a mantener
elevados niveles de desinformación en los
ciudadanos, lo que les impide decidir su voto con
justicia, discernimiento y acierto; puesto que la
decisión electoral es esencial en la democracia y
cuanto atente contra la libertad y ecuanimidad de
esa decisión es una agresión contra la misma
democracia.
Claudio Guillén, catedrático emérito
de la Universidad de Harvard (EE.UU.) y académico de
la lengua española, hablando de mentiras, ha escrito
que "se inventó aquella provechosa entelequia del
terrorismo internacional (...) y el terrible
atentado del 11S llegó a ser una bendición para
quienes vienen soñando con la incontenible y
victoriosa hegemonía que haga posible el predominio
mundial de los propósitos e intereses de EE.UU". La
mentira nunca es gratuita ni altruista y crear un
escenario de palabras que oculten o camuflen la
verdad es en beneficio de "los que viven del
esfuerzo de los demás", tal como ha descrito el juez
español Baltasar Garzón a los poderosos explotadores
del planeta.
La política de mentiras y la
ocultación de la verdad van acompañadas de
desfachatez. Y así, la guerra es "humanitaria" en
los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia o
"preventiva" en Iraq.
En España, el saliente gobierno
conservador de Aznar sustituyó la palabra "guerra"
por "conflicto armado" porque la entusiasta adhesión
del Partido Popular a la cruzada de Bush hubiera
precisado la aprobación del Parlamento de llamar a
la guerra por su nombre. La última mentira de los
conservadores españoles ha sido una obscena
ocultación de la verdad con engaño incluido: la
pretensión de que los ciudadanos españoles no
conocieran la autoría islámica integrista del brutal
atentado de Madrid que ha dejado un balance de 200
muertos y 1 500 heridos. Al muy arrogante y
conservador presidente saliente Aznar le convenía
que la autora de la masacre fuera la organización
terrorista ETA porque creía que los votantes le
darían a los conservadores la mayoría absoluta a la
que aspiraban. Afortunadamente, como ha escrito el
filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais, "la mayoría
de los españoles ha sabido transformar el dolor y la
lucidez en realismo político (...) para decir no a
la mentira del Gobierno".
¿Y qué decir de las mentiras
electorales? Esas mentiras están en el origen del
profundo descontento de los ciudadanos cansados de
promesas siempre incumplidas en Perú, Ecuador,
Bolivia o Argentina. Un partido de izquierda español
ha propuesto recientemente que se registren
oficialmente las promesas hechas en campaña
electoral para poder demandar luego a los
gobernantes que mientan. El columnista y crítico
teatral español Eduardo Haro Tecglen ha escrito con
irónico pesimismo que "cunde la idea de que la
mentira es una institución política en sí misma que
no ha de considerarse contraria a la gobernación
sino virtud política"; si es así, los ciudadanos
seríamos responsables de los severos daños que la
mentira causa al sistema democrático. Dicen que la
mentira es inevitable en política, pero es
imprescindible hacer frente a la mentira, a la
ocultación de la verdad y a la manipulación y
corrupción de la palabra. La buena salud democrática
así lo exige.
Acaso no podamos evitar que se
mienta, pero sí que quienes mientan ocupen cargos de
representación política o de gobierno, impunemente.
Ante la mentira, siempre tenemos la opción de
manifestar con claridad nuestro desprecio por la
miseria moral y la cobardía política de los mendaces
y rechazarlos con nuestro voto. Como ha ocurrido
ahora en España.