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C I E N C I A  Y  T E C N O L O G I A

La Habana, 15 de Noviembre de 2004

Muestras de hielo glaciar evidencian aumento de temperatura global
• El deshielo del Artico como consecuencia del Calentamiento Global podría afectar la Corriente del Golfo y el Clima del Atlántico Norte

POR IVAN TERRERO —de Granma Internacional

EL deshielo del Artico, como consecuencia del Calentamiento Global podrá afectar la Corriente del Golfo, alterando el clima de Europa Occidental y la región este de Norteamérica, lo que derivará en ciclos de veranos muy cálidos que se extenderán hasta el otoño e intensos inviernos que podrán prolongarse hasta la primavera, todo lo cual crearía condiciones climáticas árticas en regiones del norte de Europa y América.

 Los valores de temperatura registrados en la década de los noventa, la más cálida del milenio, estuvieron marcados por el año de mayor temperatura desde 1860, el año de 1998. No es casuístico que el año que le precedió (1997) fue el de mayor concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, 360 partes por millón (ppm), en 160 000 años. Las emisiones de este gas carbónico siguen en aumento pues de 23 900 millones de toneladas en 1996 se ha elevado a más de 24 500 millones en el 2000.

 Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), en el siglo XX la temperatura aumentó en mas de 0,6°C, no en forma regular puesto que el mayor crecimiento se produjo a partir de 1976 cuando se elevó a un ritmo tres veces mayor de lo previsto. Nueve de los diez años más calientes son posteriores al 90, incluyendo 1999 y el 2000.

 Por su parte en el 2001 la temperatura de la superficie terrestre superó en 0,42°C a la media, tomando como referencia el período comprendido entre 1061-1990. Desde que se comenzaron a realizar estudios estadísticos sobre el clima, el mes de octubre se destaca como el más caluroso en la mayoría de los países europeos. Gran Bretaña, por ejemplo, fue el de mayor temperatura en 343 años.

 Los expertos consideran que el calentamiento global puede acelerarse con el aumento de las temperaturas en el Artico, debido a que el calor puede derretir el suelo permanentemente helado (Permafrost) provocando la emisión de gases de Efecto Invernadero. Según cálculos científicos, un 14% del CO2 del planeta se encuentra cautivo bajo esas tierras heladas. De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), existen recientes evidencias científicas (del año 2001) que avalan el alarmante aumento de temperatura del Permafrost Artico.

 A comienzos de la década de los ochenta, investigadores de una misión científica europeo-norteamericana extrajeron una muestra de hielo en el sur de la Isla de Groenlandia y realizaron mediciones de los niveles de isótopos en los gases atrapados por la congelación a distintas profundidades para estimar la temperatura en la región durante miles de años.

 Al representar en un gráfico los diversos valores de temperaturas, los científicos descubrieron algo desconcertante, la muestra indicaba un aumento de la temperatura correspondiente al final del último período glaciar, hace unos 11 000 años y se demostraba que el calentamiento se había producido en sólo cuarenta años.

 Este resultado contradecía, radicalmente, lo que los científicos hasta entonces sabían sobre el cambio climático, lo cual estimuló en los años siguientes la extracción de nuevas muestras, que revelaron una situación aún más asombrosa: un aumento de 5°C a 10°C de la temperatura y una duplicación de las precipitaciones sobre Groenlandia en un lapso de apenas veinte años.

 Estimulados por dichos descubrimientos, los expertos procuraron localizar, a partir de ese momento, sitios en el que los sedimentos oceánicos se acumularan con suficiente rapidez, para registrar las temperaturas con igual precisión que las muestras de hielo. Y, en efecto, se descubrieron cambios climáticos bruscos en lugares tan distantes como California y la India.

 Los períodos glaciares admitidos desde 1920, basados en una investigación del científico serbio Milutin Milankovitch, establecían un vínculo entre estos lapsos y ciertas variaciones en la órbita terrestre, provocados por la atracción y repulsión de los demás planetas, lo que alteraba la concentración de radiación solar que llegaba a la tierra. De esta forma, durante miles de años, las transformaciones eran graduales y de ninguna manera los cambios climáticos podían ser repentinos. La inercia térmica de los océanos, según Milankovitch, amortiguaría cualquier cambio brusco. A igualdad de peso, para calentar el agua, se necesita diez veces más energía que para calentar el hierro sólido.

 Sin embargo, la trascendente conclusión de Wallace Broecker, de la Universidad de Columbia (estado de Nueva York), contradecía los análisis de Milankovitch: Las Corrientes Oceánicas transportan calor por la tierra como una inmensa correa de transmisión.

 En el Atlántico, por ejemplo, una corriente cálida que parte del Golfo de México avanza hacia el Norte y transmite, a su paso, calor al aire por evaporación. Sus aguas se tornan progresivamente más frías, más saladas y más densas hasta el momento en que cerca de Islandia se vuelven tan pesadas, que se hunden e inician un largo viaje hacia el Sur a través de los fondos oceánicos.

 Broecker se dio cuenta que este proceso complejo y delicado, que denominó La Correa, podía ser el talón de Aquiles del clima terrestre, al permitir que cambios suaves se convirtieran en trastornos de gran envergadura. Sin tener que alterar la masa total de los Océanos, un cambio mínimo de temperatura podría bastar para modificar el comportamiento de La Correa y desencadenar cambios climáticos rápidos y radicales en una inmensa región.

 Por ejemplo, la fundición paulatina de los hielos del Artico podría diluir la salinidad de La Correa, hasta una densidad que le impidiera sumergirse y emprender su viaje hacia el Sur para obtener más calor. Así quedaría detenida, aislando el Atlántico Norte de las aguas tropicales cada vez más cálidas. El resultado sería claramente paradójico: un leve calentamiento del Artico haría que la temperatura de los países del Atlántico Norte se fuera abajo.

 Hoy se acepta casi unánimemente que la explicación de Broecker es la clave de los bruscos cambios climáticos registrados en el pasado. Causa inquietud la previsión de que el calentamiento del planeta tendrá justamente sobre los hielos árticos el mismo efecto que amenaza la existencia de La Correa. Las proyecciones computarizadas sobre el impacto de la contaminación en las temperaturas mundiales predicen un flujo de agua dulce fría en el Atlántico Norte que podría diluir La Correa lo suficientemente como para bloquearla.

 Si ello sucediera, dice Broecker, las temperaturas invernales en la región del Atlántico Norte descenderían 10°C dentro de diez años, dando a una ciudad como Dublín el clima de Spitzberg, una ciudad ubicada a 400 kms del Círculo Polar Artico. Las consecuencias serían desastrosas, afirma Broecker.

 Dentro de la misma apreciación continúa el climatólogo Kendrick Taylor, del Instituto de Investigación sobre el Desierto de Reno, en un artículo de American Scientist; las informaciones suministradas por las muestras de hielo hacen más verosímil el escenario planteado por Broecker, sostiene Taylor. Numerosas muestras indican que hace unos 8 000 años se produjo una vuelta repentina a un "mini-período glaciar" que duró alrededor de 400 años.

 La precipitación en el Atlántico de aguas de hielos fundidos de los lagos de Canadá es, según Taylor, la causa más probable del fenómeno: interrumpieron el curso de La Correa que transportaba calor. "Paradójicamente, el calentamiento del planeta podría enfriar de manera repentina el este de Norteamérica y el norte de Europa".

 Se desconoce cuándo La Correa se detendrá, lo que sí han demostrado los modelos informáticos es que reducir las emisiones de gases contaminantes permite ganar tiempo, al disminuir el ritmo de calentamiento del planeta y hacer que el clima cambie con más suavidad, lo que parece aumentar su estabilidad frente a los cambios.

 

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