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Muestras de hielo glaciar evidencian
aumento de temperatura global
• El deshielo del Artico como
consecuencia del Calentamiento Global podría afectar
la Corriente del Golfo y el Clima del Atlántico
Norte
POR IVAN
TERRERO —de Granma Internacional—
EL deshielo del Artico, como
consecuencia del Calentamiento Global podrá afectar
la Corriente del Golfo, alterando el clima de Europa
Occidental y la región este de Norteamérica, lo que
derivará en ciclos de veranos muy cálidos que se
extenderán hasta el otoño e intensos inviernos que
podrán prolongarse hasta la primavera, todo lo cual
crearía condiciones climáticas árticas en regiones
del norte de Europa y América.
Los valores de
temperatura registrados en la década de los noventa,
la más cálida del milenio, estuvieron marcados por
el año de mayor temperatura desde 1860, el año de
1998. No es casuístico que el año que le precedió
(1997) fue el de mayor concentración de dióxido de
carbono (CO2) en la atmósfera, 360 partes por millón
(ppm), en 160 000 años. Las emisiones de este gas
carbónico siguen en aumento pues de 23 900 millones
de toneladas en 1996 se ha elevado a más de 24 500
millones en el 2000.
Según la
Organización Meteorológica Mundial (OMM), en el
siglo XX la temperatura aumentó en mas de 0,6°C, no
en forma regular puesto que el mayor crecimiento se
produjo a partir de 1976 cuando se elevó a un ritmo
tres veces mayor de lo previsto. Nueve de los diez
años más calientes son posteriores al 90, incluyendo
1999 y el 2000.
Por su parte
en el 2001 la temperatura de la superficie terrestre
superó en 0,42°C a la media, tomando como referencia
el período comprendido entre 1061-1990. Desde que se
comenzaron a realizar estudios estadísticos sobre el
clima, el mes de octubre se destaca como el más
caluroso en la mayoría de los países europeos. Gran
Bretaña, por ejemplo, fue el de mayor temperatura en
343 años.
Los expertos
consideran que el calentamiento global puede
acelerarse con el aumento de las temperaturas en el
Artico, debido a que el calor puede derretir el
suelo permanentemente helado (Permafrost) provocando
la emisión de gases de Efecto Invernadero. Según
cálculos científicos, un 14% del CO2 del planeta se
encuentra cautivo bajo esas tierras heladas. De
acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el
Medio Ambiente (PNUMA), existen recientes evidencias
científicas (del año 2001) que avalan el alarmante
aumento de temperatura del Permafrost Artico.
A comienzos de
la década de los ochenta, investigadores de una
misión científica europeo-norteamericana extrajeron
una muestra de hielo en el sur de la Isla de
Groenlandia y realizaron mediciones de los niveles
de isótopos en los gases atrapados por la
congelación a distintas profundidades para estimar
la temperatura en la región durante miles de años.
Al representar
en un gráfico los diversos valores de temperaturas,
los científicos descubrieron algo desconcertante, la
muestra indicaba un aumento de la temperatura
correspondiente al final del último período glaciar,
hace unos 11 000 años y se demostraba que el
calentamiento se había producido en sólo cuarenta
años.
Este resultado
contradecía, radicalmente, lo que los científicos
hasta entonces sabían sobre el cambio climático, lo
cual estimuló en los años siguientes la extracción
de nuevas muestras, que revelaron una situación aún
más asombrosa: un aumento de 5°C a 10°C de la
temperatura y una duplicación de las precipitaciones
sobre Groenlandia en un lapso de apenas veinte años.
Estimulados
por dichos descubrimientos, los expertos procuraron
localizar, a partir de ese momento, sitios en el que
los sedimentos oceánicos se acumularan con
suficiente rapidez, para registrar las temperaturas
con igual precisión que las muestras de hielo. Y, en
efecto, se descubrieron cambios climáticos bruscos
en lugares tan distantes como California y la India.
Los períodos
glaciares admitidos desde 1920, basados en una
investigación del científico serbio Milutin
Milankovitch, establecían un vínculo entre estos
lapsos y ciertas variaciones en la órbita terrestre,
provocados por la atracción y repulsión de los demás
planetas, lo que alteraba la concentración de
radiación solar que llegaba a la tierra. De esta
forma, durante miles de años, las transformaciones
eran graduales y de ninguna manera los cambios
climáticos podían ser repentinos. La inercia térmica
de los océanos, según Milankovitch, amortiguaría
cualquier cambio brusco. A igualdad de peso, para
calentar el agua, se necesita diez veces más energía
que para calentar el hierro sólido.
Sin embargo,
la trascendente conclusión de Wallace Broecker, de
la Universidad de Columbia (estado de Nueva York),
contradecía los análisis de Milankovitch: Las
Corrientes Oceánicas transportan calor por la tierra
como una inmensa correa de transmisión.
En el
Atlántico, por ejemplo, una corriente cálida que
parte del Golfo de México avanza hacia el Norte y
transmite, a su paso, calor al aire por evaporación.
Sus aguas se tornan progresivamente más frías, más
saladas y más densas hasta el momento en que cerca
de Islandia se vuelven tan pesadas, que se hunden e
inician un largo viaje hacia el Sur a través de los
fondos oceánicos.
Broecker se
dio cuenta que este proceso complejo y delicado, que
denominó La Correa, podía ser el talón de Aquiles
del clima terrestre, al permitir que cambios suaves
se convirtieran en trastornos de gran envergadura.
Sin tener que alterar la masa total de los Océanos,
un cambio mínimo de temperatura podría bastar para
modificar el comportamiento de La Correa y
desencadenar cambios climáticos rápidos y radicales
en una inmensa región.
Por ejemplo,
la fundición paulatina de los hielos del Artico
podría diluir la salinidad de La Correa, hasta una
densidad que le impidiera sumergirse y emprender su
viaje hacia el Sur para obtener más calor. Así
quedaría detenida, aislando el Atlántico Norte de
las aguas tropicales cada vez más cálidas. El
resultado sería claramente paradójico: un leve
calentamiento del Artico haría que la temperatura de
los países del Atlántico Norte se fuera abajo.
Hoy se acepta
casi unánimemente que la explicación de Broecker es
la clave de los bruscos cambios climáticos
registrados en el pasado. Causa inquietud la
previsión de que el calentamiento del planeta tendrá
justamente sobre los hielos árticos el mismo efecto
que amenaza la existencia de La Correa. Las
proyecciones computarizadas sobre el impacto de la
contaminación en las temperaturas mundiales predicen
un flujo de agua dulce fría en el Atlántico Norte
que podría diluir La Correa lo suficientemente como
para bloquearla.
Si ello
sucediera, dice Broecker, las temperaturas
invernales en la región del Atlántico Norte
descenderían 10°C dentro de diez años, dando a una
ciudad como Dublín el clima de Spitzberg, una ciudad
ubicada a 400 kms del Círculo Polar Artico. Las
consecuencias serían desastrosas, afirma Broecker.
Dentro de la
misma apreciación continúa el climatólogo Kendrick
Taylor, del Instituto de Investigación sobre el
Desierto de Reno, en un artículo de American
Scientist; las informaciones suministradas por las
muestras de hielo hacen más verosímil el escenario
planteado por Broecker, sostiene Taylor. Numerosas
muestras indican que hace unos 8 000 años se produjo
una vuelta repentina a un "mini-período glaciar" que
duró alrededor de 400 años.
La
precipitación en el Atlántico de aguas de hielos
fundidos de los lagos de Canadá es, según Taylor, la
causa más probable del fenómeno: interrumpieron el
curso de La Correa que transportaba calor.
"Paradójicamente, el calentamiento del planeta
podría enfriar de manera repentina el este de
Norteamérica y el norte de Europa".
Se desconoce
cuándo La Correa se detendrá, lo que sí han
demostrado los modelos informáticos es que reducir
las emisiones de gases contaminantes permite ganar
tiempo, al disminuir el ritmo de calentamiento del
planeta y hacer que el clima cambie con más
suavidad, lo que parece aumentar su estabilidad
frente a los cambios. |