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A propósito de la crisis del agua POR IVAN TERRERO —de Granma
Internacional— SIN petróleo, el desarrollo de la vida industrial contemporánea sería pura utopía. Pero sin agua, la vida humana resultaría tácitamente imposible. Privatizarla conduciría a exponer la vida de cada hombre,
mujer y niño en función de un mecanismo inflexible y por demás arbitrario de unas pocas corporaciones capitalistas, que sólo persiguen obtener el máximo de beneficios en cada una de sus operaciones. El agua es el
petróleo del siglo XXI y el principal fundamento de las próximas guerras. Sin embargo, hoy la moda es privatizar debido a la creencia de que el sector privado funciona mejor que el público, pero se olvida que aquel que
obtiene la privatización sólo busca el beneficio económico y no la eficiencia. En todo el mundo se ha probado que la privatización de este recurso vital para la existencia humana resulta menos eficiente que los sistemas
públicos. Las mayores compañías privadas de agua son la alemana RWE y las multinacionales francesas Vivendi & Suez. El resultado de estas privatizaciones ha suscitado un incremento del costo de la vida en grandes grupos
poblacionales de diferentes puntos de la geografía terrestre. En Bolivia, una subsidiaria de Bechtel hizo ilegal recoger agua de lluvia en las propiedades privadas, sin permiso. En Africa, la modalidad es privatizar el suelo por donde pasa el agua a la vez que se les niega a los que no pueden permitirse
pagar el precio. En Canadá, la batalla está en la exportación de agua al por mayor. Y ya se empiezan a ver “guerras por el agua” en el suroeste americano, todo esto sin dejar de recordar las contiendas que no son precisamente una novedad entre israelíes y palestinos. Hoy cerca de 1,1 billones de personas no tienen acceso a agua potable, otros 2,4 billones (el 40% de la población mundial) no tienen acceso a una calidad acuífera decente y más de 5 millones mueren anualmente por enfermedades relacionadas con el agua. Según la Organización Mundial de la Salud, debido al aumento de la población, la urbanización, el cambio climático, el malgasto de agua en la agricultura y la acuicultura y la mala gestión en la regeneración del agua dulce; el agua
potable es cada vez más escasa. El agua es un derecho humano, y nadie debería cuestionarlo. ¿Cómo se puede hablar del derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad sin un prerrequisito como es el derecho al agua
potable? Para los capitalistas globalizadores, el agua es un producto que se puede comprar y vender, por supuesto al que más pague. Convertir la supervivencia humana en una comodidad es seguramente un comportamiento
psicótico, considerar el agua como comodidad es una locura, un tipo de ruptura con la realidad. Para Israel, la cuestión del agua es la clave para la cuestión del territorio. En la historia reciente ha habido 21
disputas armadas debidas al agua, y 18 de ellas involucraban a Israel. Yehezkel Lein, un experto en agua de B’tselem (un grupo pro derechos humanos israelí) dijo: “Hay un nexo de unión claro entre el abastecimiento de agua y la ocupación.” Israel ha controlado los recursos acuíferos de la Franja Oeste y la Franja de Gaza desde 1967, cuando ocupó por primera vez estas áreas. En la cuarta entrega del artículo titulado Jurassic Park, Stan Goff hablaba sobre las causas y consecuencias de la guerra de los 6
días. Sin preguntarse quién inició el conflicto y por qué, Goff acierta al afirmar que la consecuencia fue que Israel pasó a controlar los suministros de agua de toda la región. Los Altos del Golán sirios están todavía hoy ocupados desde entonces, y son la cuna del agua del río Jordán (una fuente de agua
primaria para toda la región). El Rey Hussein de Jordania dijo una vez que el agua era la única razón por la que entraría en guerra con Israel, ya que es Israel el que controla los suministros de agua del Jordán. Aunque
Oriente Medio puede ser uno de los puntos más calientes para un conflicto por el agua, no es la única región bajo esta amenaza. Para el 2015 alrededor de la mitad de la población mundial (más de 3 billones de personas) vivirá en países con problemas de agua.
Por su parte, Canadá y Alaska tienen las mayores reservas del mundo de agua potable. A medida que las señales de la escasez de petróleo proliferan, uno de los impactos menos
analizados sobre el consumo de energía es el uso del agua. Se asume que el petróleo es una fuente no renovable, y que el agua sí lo es. Pero el agua sólo es renovable cuando se usa a un ritmo sostenible, en procesos en que la renovación química es rentable.
Una de las reacciones dignas de mención en la crisis del agua es la aparente panacea de la desalinización (eliminar la sal del agua de mar). Es un proceso costoso que requiere de muchísima energía, debido a la quema de hidrocarburos. Además produce un residuo
con alta concentración salina que es una gran fuente de contaminación cuando es devuelta a los océanos. La noción del agua como un recurso renovable no tiene en cuenta el sobrepavimentado mundo industrial, donde las
lluvias no pueden retornar a los acuíferos subterráneos. El pavimento (asfalto, un producto derivado de los hidrocarburos) reseca los acuíferos subterráneos al reconducir el agua a las alcantarillas. Después de ser
tratada, el agua restante se vierte al océano. Por tanto a largo plazo no sería un ciclo renovable, especialmente dada la competición por hacerse con agua mineral entre las empresas. El refinamiento de petróleo es una
de las actividades industriales que más agua requiere. El petróleo mezclado con arena representa el 66% del suministro mundial de petróleo, y supone ingentes cantidades de agua fresca para refinarlo. Se necesita vapor de agua a presión (calentado con gas natural) para separar (por calentamiento) el
petróleo de la arena. Asimismo hacer un automóvil requiere aproximadamente 118 887 galones de agua fresca.
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