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La Habana, 10 de Noviembre de 2004

La soledad es mala consejera

POR JOAQUIN ORAMAS

CUANDO los médicos plantean la actividad social y el deseo de vivir como una de las condicionantes para prolongar la vida, se fundamentan en que son muchas las situaciones que deben afrontar las personas mayores, con o sin la ayuda de sus seres queridos y de los sistemas de salud.

La soledad, que es mala compañera, como reza el dicho, no es sólo una de ellas, sino que se convierte en la causa de muchas otras, como por ejemplo la depresión. Y es particularmente en esta época en que en muchos países los problemas de los ancianos se han multiplicado, llevándolos a una calidad de vida muy por debajo de la necesaria. ¿Por qué?

La expectativa de vida, especialmente en los países desarrollados y varios del Tercer Mundo, ha crecido significativamente con respecto a décadas anteriores, lo cual ha hecho crecer la población anciana a un ritmo realmente notable. El avance de las ciencias de la salud ha logrado tanto prevenir como curar muchas de las enfermedades que conducían a una muerte temprana, aunque se han desarrollado otras crónicas, como la diabetes, el estrés, la hipertensión y la obesidad. A la par de la medicina, la ciencia de la farmacología ha ayudado para aportar soluciones a problemas antes fatales para la población. Así, muchos más de nuestros mayores alcanzan hoy edades avanzadas, muchos de ellos con un excelente estado de salud, pero a veces sin tener un ambiente familiar que los acompañe.

Con este panorama, hay viejos viviendo solos, muy a pesar de sus deseos. Si a esta falta de compañía le sumamos una declinación constante de las actividades y los contactos sociales, comprenderemos lo tediosa y sofocante que puede ser su vida. Una falta de sentido de la existencia puede ganar sus conciencias con profundas consecuencias en su vida y su salud.

En Cuba se trabaja para resolver estos problemas mediante la atención de los geriatras a los adultos mayores; la creación de círculos de abuelos donde realizan actividades físicas, excursiones y otras sociales y culturales, y la atención directa a los mayores solitarios. Busca que los ancianos no se sientan solos y olvidados.

Como ejemplo, los integrantes del Club de los 120 años asisten a interesantes conferencias destinadas a aumentar sus conocimientos sobre lo que deben hacer cotidianamente para prolongar la existencia con calidad, entre otros temas.

Sin embargo, éste no es el panorama general del mundo.

La organización de la sociedad actual ha evolucionado a formas diversas. En ese sentido, profundos cambios en la concepción de la familia hacen que en los países desarrollados y otros del Tercer Mundo el número de hijos sea cada vez menor. El propio dinamismo económico acentúa la tendencia en los jóvenes de independizarse de los progenitores a edades cada vez más tempranas, por lo cual hay menores expectativas de convivencia con los padres. La antigua idea de la casa paterna, en la cual uno o más hijos podía constituir su hogar, se está convirtiendo en un viejo recuerdo.

También los lazos familiares se han vuelto más endebles en la llamada sociedad occidental a medida que en ella aumentan quienes aceptan la unión matrimonial como un contrato de partes que no necesariamente debe durar en el tiempo. Particularmente en Estados Unidos muchos hombres y mujeres divorciados o separados de hecho no vuelven a constituir otra pareja, y viven solos por el resto de sus vidas, hasta la ancianidad.

Por otra parte, una cultura que endiosa la juventud, el dinamismo, el cambio y la velocidad, ha hecho que los viejos tengan un lugar no muy apreciable en muchos de los campos sociales.

La depresión es uno de los padecimientos que más ha crecido en incidencia en un mayor número de personas ancianas en esos países. Una tristeza profunda puede afectar la totalidad de la vida psíquica, física y de relación, acompañada por síntomas de inhibición o angustia y por diferentes manifestaciones físicas.

La mala alimentación es otro de los riesgos que corren los ancianos que viven solos. Ya sea por problemas económicos que les impidan comprar los alimentos necesarios, o por falta de entusiasmo para cocinar y comer. La comida, uno de los  rituales de la vida cotidiana, suele ser una cuestión social.

Otros problemas comunes son las dificultades motoras: caminar, subir escaleras, etcétera. La pérdida total o parcial de algunas de las funciones sensitivas, como la visión o la audición, significa también grandes inconvenientes que se agravan cuando se trata de ancianos solitarios.

Ante estos y muchos otros problemas de los viejos solos, funcionan las casas de cuidados geriátricos y asilos, a los cuales son llevados por sus familiares o llegan por propia decisión. Muchos de ellos, mediante pago, constituyen por lo general hogares adecuados, donde reciben los cuidados necesarios y pueden mantener una vida social activa. Otros son lastimosos depósitos humanos, donde quedarán olvidados de sus familiares y no verán satisfechas ni siquiera sus necesidades esenciales.

No es fácil aplicar fórmulas cuando impera la desigualdad y la pobreza en el mundo. Pero no es imposible recuperar la costumbre de compartir en familia las diversas generaciones, desde los más pequeños hasta los más viejos. Ayudaría a enriquecer la existencia cotidiana y elevar nuestra calidad de vida. Y contribuir a que quienes  llegan a la tercera edad la sientan como una etapa de futuro, no como el final.

(Más información en redac2@granmai.cip.cu)
 

 

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