Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      


D E  L A  P R E N S A  N A C I O N A L

La Habana, 26 de Noviembre de 2004

Un Iraq todo Faluja

JUAN DUFFLAR AMEL
Tomado de Trabajadores

Escenario de encarnizados combates, bombardeada indiscriminadamente por la aviación, sitiada, ocupada y semidestruida por la metralla de los tanques, los morteros y el fuego de las tropas norteamericanas y de las fuerzas títeres del “gobierno interino”, la mártir y heroica ciudad sunita de Faluja se ha convertido en un símbolo de la patriótica resistencia iraquí contra el invasor extranjero.

Asediada durante varios meses y mantenida bajo una constante preparación artillera, el asalto final al bastión rebelde se produjo bajo el nombre de la operación Furia Fantasma, y fue la primera decisión ejecutiva con la que el presidente George W. Bush estrenó su segundo mandato en la Casa Blanca.

A la voz del amo, una jauría feroz de 15 mil soldados norteamericanos y dos mil de su consorte local se lanzaron sobre Faluja, protegidos por la Ley Marcial decretada por el servil primer ministro Iyad Alawi, que les proporcionó una licencia para matar.

Si la conciencia universal se estremece ante el genocidio perpetrado por el ejército de Estados Unidos y sus aliados contra el pueblo iraquí desde la invasión y ocupación de su territorio, en marzo del 2003, que ha cobrado la vida de más de 100 mil civiles, Faluja es la expresión de una horrenda furia asesina, que no se detuvo ante hombres, mujeres y niños indefensos, víctimas de una guerra injusta, ilegal e innecesaria.

Sobre las espaldas de la Administración norteamericana recae toda la responsabilidad de que el nombre de Faluya -la Ciudad de las mil Mezquitas- , situada a 50 kilómetros al oeste de Bagdad y con una población original de 300 mil habitantes, se sitúe hoy al lado de los trágicos nombres de Guernica, Lídice, Son My y My Lai, que permanecerán siempre en la memoria histórica universal.

Pero será recodada también por la firmeza, por la valentía e intrepidez de sus defensores que durante de más de dos meses y medio mantuvieron en vilo a un ejército que los centuplicaba en número de efectivos, y que lanzó sobre ellos una poderosísima maquinaria de guerra.

A pesar del asesinato de cientos de sus habitantes y de la enorme devastación causada en la ciudad, los planes de Washington de aniquilar la resistencia y capturar a sus principales jefes, entre ellos el jordano Abu Musab Al Zarqawi, fracasaron: y se ha visto obligado a pagar un alto precio de más de 20 soldados norteamericanos muertos y 200 heridos, expuestos a un adversario tan fantasma como el propio nombre de la operación.

El costo político ha sido aún mayor por el vasto repudio de la comunidad internacional a tan execrables acciones.

Como protesta por el ataque a la ciudad sunita, el partido musulmán más fuerte de Iraq, el Partido Iraquí Islamista, abandonó la coalición de gobierno encabezada por Allawi, por sus diferencias infranqueables con la forma de actuar en Faluja.

Por su parte el Consejo de Ulemas, los clérigos sunitas con gran influencia en el centro del país, han llamado a boicotear las elecciones previstas para el 27 de enero del 2005, por el derramamiento de sangre de la población.

En igual sentido, aunque menos enérgicamente, se pronunció el secretario general de la ONU, Koffi Anan, quien advirtió que la ofensiva militar en Faluja podría alentar una ola de violencia que amenazaría los comicios.  

Aunque el Pentágono aplicó en Faluja una doctrina de tierra arrasada, que obligó a la mitad sus habitantes a abandonar la ciudad,  y persiguió con saña a los combatientes, como la lava de un volcán en erupción la resistencia se ha extendido a  todo lo largo del país; y en Ramada, Baquba, Mosul, Kerbala  y otras ciudades se producen enfrentamientos directos contra las tropas norteamericanas, mientras el centro de Bagdad se estremece a diario por los coches bombas y las acciones suicidas de los rebeldes.

La insurrección armada iraquí, que cuenta con el apoyo de la población,  ha obligado a los ocupantes a tratar de enfrentar desarrollar una guerra urbana para la que no estaban preparados, y las típicas tácticas guerrilleras empleadas por la resistencia han aumentado el número de muertos norteamericanos, que ya superan los mil 140, sin contar las decenas de miles de heridos. 

Iraq es hoy todo Faluja; y su pacificación, un vano empeño norteamericano.

En el cínico lenguaje de los invasores, los “daños colaterales” causados a los habitantes de Faluja son inexistentes, sin contar que más de 100 mil de sus habitantes se han visto obligados a abandonar la ciudad, y que existen millares de personas, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, que carecen de refugio, comida, agua y atención médica, como lo ha advertido el Comité Internacional de la Cruz Roja en Bagdad.

Según diversas fuentes, cerca de la mitad de la población de Faluja ha huido hacia las aldeas vecinas, ante los bombardeos que han causado centenares de víctimas civiles.

Pero la abrumadora ofensiva norteamericana y su proclamada destrucción de las bases insurgentes en Faluja no ha acelerado el fin de la desbordada y creciente resistencia iraquí contra la ocupación extranjera, pese a los partes del Pentágono y los cantos de victoria del presidente Bush.

¿Acaso no consideran los analistas militares y políticos que la invasión a Iraq fue un error estratégico y que ésta es una guerra perdida para Estados Unidos, por el odio y la hostilidad mayoritaria de su población?

 

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