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Un Iraq todo Faluja
JUAN DUFFLAR AMEL
Tomado de Trabajadores
Escenario de encarnizados combates, bombardeada
indiscriminadamente por la aviación, sitiada,
ocupada y semidestruida por la metralla de los
tanques, los morteros y el fuego de las tropas
norteamericanas y de las fuerzas títeres del
“gobierno interino”, la mártir y heroica ciudad
sunita de Faluja se ha convertido en un símbolo de
la patriótica resistencia iraquí contra el invasor
extranjero.
Asediada
durante varios meses y mantenida bajo una constante
preparación artillera, el asalto final al bastión
rebelde se produjo bajo el nombre de la operación
Furia Fantasma, y fue la primera decisión ejecutiva
con la que el presidente George W. Bush estrenó su
segundo mandato en la Casa Blanca.
A la voz del amo, una jauría feroz de 15 mil
soldados norteamericanos y dos mil de su consorte
local se lanzaron sobre Faluja, protegidos por la
Ley Marcial decretada por el servil primer ministro
Iyad Alawi, que les proporcionó una licencia para
matar.
Si la conciencia universal se estremece ante el
genocidio perpetrado por el ejército de Estados
Unidos y sus aliados contra el pueblo iraquí desde
la invasión y ocupación de su territorio, en marzo
del 2003, que ha cobrado la vida de más de 100 mil
civiles, Faluja es la expresión de una horrenda
furia asesina, que no se detuvo ante hombres,
mujeres y niños indefensos, víctimas de una guerra
injusta, ilegal e innecesaria.
Sobre las espaldas de la Administración
norteamericana recae toda la responsabilidad de que
el nombre de Faluya -la Ciudad de las mil Mezquitas-
, situada a 50 kilómetros al oeste de Bagdad y con
una población original de 300 mil habitantes, se
sitúe hoy al lado de los trágicos nombres de
Guernica, Lídice, Son My y My Lai, que permanecerán
siempre en la memoria histórica universal.
Pero será recodada también por la firmeza, por la
valentía e intrepidez de sus defensores que durante
de más de dos meses y medio mantuvieron en vilo a un
ejército que los centuplicaba en número de
efectivos, y que lanzó sobre ellos una poderosísima
maquinaria de guerra.
A pesar del asesinato de cientos de sus habitantes y
de la enorme devastación causada en la ciudad, los
planes de Washington de aniquilar la resistencia y
capturar a sus principales jefes, entre ellos el
jordano Abu Musab Al Zarqawi, fracasaron: y se ha
visto obligado a pagar un alto precio de más de 20
soldados norteamericanos muertos y 200 heridos,
expuestos a un adversario tan fantasma como el
propio nombre de la operación.
El costo político ha sido aún mayor por el vasto
repudio de la comunidad internacional a tan
execrables acciones.
Como protesta por el ataque a la ciudad sunita, el
partido musulmán más fuerte de Iraq, el Partido
Iraquí Islamista, abandonó la coalición de gobierno
encabezada por Allawi, por sus diferencias
infranqueables con la forma de actuar en Faluja.
Por su parte el Consejo de Ulemas, los clérigos
sunitas con gran influencia en el centro del país,
han llamado a boicotear las elecciones previstas
para el 27 de enero del 2005, por el derramamiento
de sangre de la población.
En igual sentido, aunque menos enérgicamente, se
pronunció el secretario general de la ONU, Koffi
Anan, quien advirtió que la ofensiva militar en
Faluja podría alentar una ola de violencia que
amenazaría los comicios.
Aunque el Pentágono aplicó en Faluja una doctrina de
tierra arrasada, que obligó a la mitad sus
habitantes a abandonar la ciudad, y persiguió con
saña a los combatientes, como la lava de un volcán
en erupción la resistencia se ha extendido a todo
lo largo del país; y en Ramada, Baquba, Mosul,
Kerbala y otras ciudades se producen
enfrentamientos directos contra las tropas
norteamericanas, mientras el centro de Bagdad se
estremece a diario por los coches bombas y las
acciones suicidas de los rebeldes.
La insurrección armada iraquí, que cuenta con el
apoyo de la población, ha obligado a los ocupantes
a tratar de enfrentar desarrollar una guerra urbana
para la que no estaban preparados, y las típicas
tácticas guerrilleras empleadas por la resistencia
han aumentado el número de muertos norteamericanos,
que ya superan los mil 140, sin contar las decenas
de miles de heridos.
Iraq es hoy todo Faluja; y su pacificación, un vano
empeño norteamericano.
En el cínico lenguaje de los invasores, los “daños
colaterales” causados a los habitantes de Faluja son
inexistentes, sin contar que más de 100 mil de sus
habitantes se han visto obligados a abandonar la
ciudad, y que existen millares de personas, en su
mayoría ancianos, mujeres y niños, que carecen de
refugio, comida, agua y atención médica, como lo ha
advertido el Comité Internacional de la Cruz Roja en
Bagdad.
Según diversas fuentes, cerca de la mitad de la
población de Faluja ha huido hacia las aldeas
vecinas, ante los bombardeos que han causado
centenares de víctimas civiles.
Pero la abrumadora ofensiva norteamericana y su
proclamada destrucción de las bases insurgentes en
Faluja no ha acelerado el fin de la desbordada y
creciente resistencia iraquí contra la ocupación
extranjera, pese a los partes del Pentágono y los
cantos de victoria del presidente Bush.
¿Acaso no consideran los analistas militares y
políticos que la invasión a Iraq fue un error
estratégico y que ésta es una guerra perdida para
Estados Unidos, por el odio y la hostilidad
mayoritaria de su población? |